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¡Vivan las traducciones!

En 2010 la aclamada escritora norteamericana Lydia Davis publicó una nueva traducción al inglés de la aclamada novela de Flaubert Madame Bovary y tanto clamor no pasó, desde luego, inadvertido. En octubre de ese año Jonathan Raban escribía en la New York Review of Books una reseña de tres páginas del acontecimiento, y en noviembre Julian Barnes le dedicaba un montón más en la London Review of Books, con esa extensión meritoria y tantas veces apasionante a la que está acostumbrada la prensa literaria anglosajona y que aquí algunos, ay, echamos mucho de menos. Tanto Raban como Barnes se revelaban expertos en las traducciones inglesas de la novela; el primero citaba cuatro, el segundo, quince (y, para que veamos el nivel, en el número de diciembre de la revista un lector le reprochaba haberse olvidado una); y ambos establecían suculentas y divertidas comparaciones, aduciendo ejemplos y planteando dilemas.

Raban, al cotejar las distintas traducciones que manejaba, prestaba una especial atención al uso de Flaubert del imparfait, un tiempo verbal no siempre fácil de resolver en inglés; en determinado pasaje de siete páginas de la novela, contabilizaba laboriosamente, en una de las traducciones, 21 casos de uso del imperfecto, 25 en otra, 34 en una tercera, y, en la de Lydia Davis, 123, lo cual le llevaba a concluir que la versión de ésta “quizá sea irreprochable en su precisa reproducción de los tiempos verbales de Flaubert, pero convierte los preciosos jueves de Emma [en el hotel de Ruán con su amante Rodolphe] en algo parecido al calvario de Bill Murray en El día de la marmota”. Barnes le sacaba el jugo a una sola frase, que presentaba en seis versiones distintas, desmenuzadas todas ellas y expuestas al excelente juicio del lector. Los dos críticos, además y casi sobre todo, hablaban extensa y aguerridamente de las dificultades y enigmas generales de toda traducción: “La traducción es por supuesto una labor demasiado importante para que la confiemos a una máquina. Pero ¿a qué especie de humano habrá que confiarla?” (Barnes); “Como la cirugía, la traducción requiere discriminación, precisión y experiencia” (Raban); Barnes nos recordaba que, si Lydia Davis necesitó tres años para traducir Madame Bovary, John Rutheford dedicó a su “versión magistral de La Regenta […] el quíntuple de horas que Leopoldo Alas dedicó a escribirla”; Raban incidía en la condena a que los indefensos lectores ingleses se ven abocados, pues “sabemos que nunca oiremos las finezas de timbre, tono, inflexión y matiz de la narrativa infinitamente dúctil de Flaubert que podemos oír, por ejemplo, [como lectores de inglés] en Jane Austen”.

Tanta amena erudición y tanta sensibilidad a los peligros de una tarea que casi parece sobrehumana acababan volviéndose, como era de prever, un poco en contra de la pobre Lydia Davis… porque, claro, enfrentada a esa obra de exquisita cirugía, ni siquiera ella, tan competente y aclamada, salía del empeño sin algunas cicatrices. Para Barnes, al final, la traducción de la escritora norteamericana era “una versión más que aceptable” y, para Raban, con su característico sentimiento de fatalidad, “abre, como la mayoría de sus precedentes, algunas ventanas para que entre aire fresco en la novela al tiempo que cierra otras”.

Este nivel de exigencia y aprecio por lo sutil no es, sin embargo, exclusivo de los dos grandes reseñistas mencionados. Cualquier lector de la prensa literaria anglosajona está acostumbrado a vérselas con semejante despliegue de conocimiento y susceptibilidad. En una reseña del Times Literary Supplement (que, por cierto, a la Bovary de Lydia Davis apenas le dedicó tres párrafos) de una nueva traducción de Lenz de Georg Büchner publicada por una editorial neoyorquina, un crítico afirma después de citar una frase del texto: “Esta última cadencia, que casi iguala el énfasis del original, ilustra la sensibilidad verbal de Richard Sieburth [el traductor]. […] Aunque esta versión no supera la excelente de John Reddick para Penguin, aporta un respetable equivalente americano”, (TLS, 4/II/05). Sobre una traducción de Capitaine Pamphile de Alexandre Dumas, podemos leer: “La traducción de Andrew Brown es clara, vivaz y afronta impertérrita retos tales como el de reproducir el argot marinero de la Provenza” (TLS, 26/I/07). Y, sobre otra de Voyage autour de ma chambre de Xavier de Maistre, agradecemos saber que “esta nueva traducción es excepcionalmente buena, aunque [el traductor] habría podido optar por partir de los textos publicados por Pierre Dumas en 1984 en vez de los de Laffont de 1959” (TLS, 5/VII/13).

En nuestro país, los traductores se quejan muchas veces con razón de que su labor no es suficientemente valorada, y de hecho es rarísimo encontrar en nuestra prensa literaria ejemplos de tanta preparación y tanta entrega a la hora de juzgar una traducción. Pero es el momento, me temo, de recordar unas estadísticas. En 2010 colaboré en el Libro blanco de la traducción editorial en España con un artículo en el que citaba algunos datos del CEATL (Conseil Européen des Associations de Traducteurs Littéraires) y de otros organismos sobre las traducciones literarias en España y en Europa. Ahí podía leerse que, entre 2000 y 2010, el porcentaje de traducciones publicadas en España oscilaba entre un 22,9 y un 27,2 por ciento; en el período 2007-2008, concretamente, España iba pareja más o menos con Italia y Eslovenia, bastante por debajo de Dinamarca (60 por ciento), Suecia (45) o Grecia (40) y bastante por encima de Francia (14,4) o Alemania (7,2); el Reino Unido ocupaba los puestos más bajos de la lista con un 3 por ciento. Un estudio más reciente de Literature Across Frontiers (de la Universidad de Aberystwyth de Gales) recoloca esta cifra en 2008 entre el 2,21 por ciento (del total de libros publicados en el Reino Unido) y el 4,59 (del total de libros de narrativa, teatro y poesía). En Estados Unidos la web de la Universidad de Rochester dedicada a la “literatura internacional” se llama Three Percent (tres por ciento) en recuerdo del porcentaje de traducciones en ese país.

Estas magras cifras no solo proyectan una sombra interesante, ahora, sobre la maestría, el tiquismiquismo y el grado de profundidad (sin duda por una digna causa) de los excelentes artículos de Raban y Barnes sino que de algún modo explican también estas tremendas cualidades. Bueno, quizá un rasgo de la industria cultural no baste para explicar toda una cultura… pero en todo caso da algunas pistas. En un “mundo” en el que prácticamente no se traduce, cualquier traducción se ve como un fenómeno sumamente extraño, ajeno al orden de las cosas, y no es raro que, como un poltergeist, sea acogido, casi más que con curiosidad, con escepticismo y se vea sometido al escrutinio más riguroso. No es únicamente, por otro lado, la racionalidad y el curso de la naturaleza lo que parece ponerse en duda. La falta de costumbre engendra también, como en las sociedades más primitivas, sospechas ante el forastero y aconseja convocar un tribunal de sabios para analizar su composición y prevenir sus consecuencias. Una vez superado el examen, el forastero podrá ser admitido, sin perder nunca, eso sí, su estatus de raro inmigrante, al tiempo que permite perversamente a la sociedad que lo ha autorizado enorgullecerse de su docta norma de no dar cabida sino a lo más selecto.

Uno diría que, con la cantidad de basura en inglés que otras culturas nos tragamos tan ricamente, y con tan poco pathos, por cierto, bien podrían ellos estirarse un poco y consumir una ración más cuantiosa de la nuestra. Pero está claro que el pensamiento en inglés no razona así, favor por favor. En un rasgo inequívoco de pensamiento colonial, parece convencido de ser portador de lo natural y lo universal (en definitiva, de lo verdadero, y más selecto), que es precisamente lo que fundamenta su hegemonía. Es él quien “sabe” lo que es universal, quien detecta y dictamina qué es y qué no es “un acontecimiento global” (dicho en la moderna jerga) y quien, si por casualidad el “acontecimiento” está expresado en otro idioma, le da carta de naturaleza mediante ese proceso épico y espiritualmente privilegiado llamado traducción. Decreta no solo cuándo vale la pena correr el riesgo, sino qué contados bienes milagrosamente producidos más allá de sus fronteras lingüísticas son dignos de ser naturalizados y universalizados, es decir, traducidos.

En este panorama, los desafíos del imparfait, de “las finezas de timbre”, del “argot marinero de la Provenza” y el hecho tremebundo de que un traductor haya invertido cinco veces más horas en traducir una novela que un autor en escribirla se ven ciertamente de otra manera. Más que gajes del oficio, parecen ordalías; más que problemas intelectuales, misterios de salvajes; más que propiedades inherentes, accidentes abyectos; y, sobre todo, más que celebrar y fomentar el trabajo de los temerarios, parecen disuadirlo. Con lo que, de alguna diabólica manera, esa rácana cuota del 3 por ciento (o así) que el inglés concede a las traducciones queda también justificada.

La traducción es y debe ser un oficio especializado, pero de ahí a pensar que su público natural sean los especialistas hay un abismo. Es por supuesto deseable ­–y un objetivo a perseguir– que las traducciones sean todas muy buenas; pero que haya regulares y malas, aunque técnicamente sea lamentable, por otro lado es un signo de salud mental. Es cierto que aquí en España demasiadas veces editores y lectores aceptamos sin rechistar tentativas de intrusos y aficionados, y apenas destacamos el talento de los concienzudos y profesionales; es cierto que el juicio de los especialistas a menudo da la impresión de que nos importa un rábano: de otro modo tendríamos en nuestra prensa más artículos como los de Raban y Barnes, que en sí mismos­ –insisto–, fuera de ese desértico paisaje del 3 por ciento (o así), son magníficos, instructivos, entretenidísimos y necesarios. Sin embargo, que aquí ni siquiera a los especialistas el hecho de que una traducción esté destinada a ser imperfecta (“Flaubert, Imperfect” se titulaba el artículo de Raban) les parezca una fatalidad cósmica resulta, además de útil, francamente encomiable. Estamos familiarizados con la imperfección –¡ése sí que es un verdadero universal!– y no la vivimos traumáticamente. Esto nos permite, por ejemplo, conocer mundo sin necesidad de pensar que, para conocerlo, haya forzosamente que dominarlo. Nos permite seguir traduciendo y hacer cosas en lugar de, sibilinamente, prohibirlas.