View this article in English | bilingual

“¡Qué manera de perder!”: Violencia y narcotráfico en México

En México, el permiso para matar un borrego cimarrón se subasta en unos 70 mil dólares. Matar a un hombre es más barato: dos mil dólares, según la tarifa de los sicarios de Ciudad Juárez, la ciudad más peligrosa del mundo.

Sin embargo, en ocasiones la muerte es gratuita. El 24 de agosto de 2010, 72 migrantes fueron asesinados en Tamaulipas, antes de alcanzar el dorado sueño americano. Los trabajadores sin pasaportes venían de Brasil, Centroamérica y diversas partes de México. Un comando de sicarios los interceptó y trató de reclutarlos para el narcotráfico. Les ofrecieron dinero rápido, comida y, lo más importante en esos desiertos sin ley, protección. Después de viajar en condiciones oprobiosas, los migrantes estaban dispuestos a desempeñar todos los trabajos ilegales que ofrece Estados Unidos, pero no a ingresar al crimen organizado. Durante unos minutos “negociaron” ante las ametralladoras AK-47 de quienes pretendían contratarlos. Su suerte sería la misma que la de los alcaldes que se han atrevidos a rechazar las ofertas del narcotráfico. En esas tierras dominadas por las víboras y la impunidad, decir “no” es una afrenta. Los trabajadores fueron acribillados.

Esto se supo por el testimonio de un sobreviviente (cuyo nombre ha sido mencionado con enorme descuido por la prensa mexicana e internacional, poniendo en riesgo su vida y la de sus familiares).

“Lo más grave es que ya había cifras de que eso podía suceder”, me dijo hace unos días Néstor García Canclini, autor de Culturas híbridas: “En los últimos seis meses ha habido diez mil secuestros de indocumentados. Son víctimas perfectas: gente indefensa, que busca trabajo ilegal y no tiene papeles. Los secuestran por 400 dólares, pagaderos a través de Western Union”. Esas cantidades son insignificantes, comparadas con las cifras que mueven el tráfico de drogas, armas y mujeres, pero revelan el deterioro social y la falta de protección que caracteriza a buena parte del territorio.

En los años noventa, Amado Carrillo, conocido como El Señor de los Cielos, no por su religiosidad, sino por la puntualidad con que despegaban sus avionetas cargadas de coca, propuso pagar la deuda externa a cambio de que el gobierno lo dejara operar. Los narcos con proyecto social son cosa del pasado. Su violencia se impone sin disimulo y afecta a todos por igual.

La muerte ha dominado buena parte de la cultura mexicana, de los rituales populares que se celebran en los cementerios el 2 de noviembre a los grabados de esqueletos y calaveras del dibujante José Guadalupe Posada. El inframundo azteca (Mictlán) es la remota antesala de obras decisivas de nuestra poesía moderna, como Nostalgia de la muerte de Xavier Villaurrutia y Muerte sin fin de José Gorostiza.

Hoy el aniquilamiento no solo es motivo de rito, evocación lírica o reflexión filosófica. En Avenida Patriotismo y Río Mixcoac, uno de los cruceros más transitados de Ciudad de México, hay un puente en el que se suelen colocar anuncios o mantas de protesta. La semana pasada encontré ahí un letrero amarillo. Promovía una profesión de moda: “Tanatología”. El estudio de los cadáveres y las formas de morir se ha vuelto urgente.

Parafraseando al protagonista de Conversación en La Catedral podríamos preguntar: “¿En qué momento se jodió México?”. La escalada de violencia comenzó hace décadas, pero se aceleró cuatro años atrás. En diciembre de 2006, luego de unas muy discutidas elecciones, Felipe Calderón anunció la “guerra contra el narcotráfico”. Llevaba 14 días en el poder, tiempo escaso para planear una contienda de esa magnitud.

Cuatro años más tarde, el saldo es desolador: entre 23 y 32 mil muertos, muchos de ellos civiles. Es cierto que ha habido decomisos y detenciones importantes (como la reciente captura de Edgar Valdez Villarreal, alias La Barbie), pero la justicia opera con menos velocidad que el delito (cada mes se incautan 200 armas y otras 2000 llegan de Estados Unidos).

El aspecto político decisivo en la “guerra contra el narcotráfico” es que carece de consenso. Sin una alianza social que la respalde, no se percibe como un asunto de Estado. Tampoco es vista como un empeño del Partido Acción Nacional, que gobierna el país desde hace diez años, sino como una iniciativa personal del presidente Calderón. Las cuestionadas elecciones de 2006 dividieron al país y el ganador quiso que cambiáramos de conversación. El costo social por mudar de tema ha sido inmenso.

“Todo se acabará en tres años, cuando regrese el PRI”, dice mucha gente, convencida de que no estamos ante una lucha nacional sino presidencial. Este convencimiento se funda menos en la esperanza que en la resignación. El partido que gobernó el país durante 71 años es visto como un antihéroe necesario para poner orden. Un graffiti resume el tema: “¡Que se vayan los ineptos y que vuelvan los corruptos!”.

Si toda guerra se mide por los avances y repliegues en el frente de batalla, la que México libra en su bicentenario no arroja saldos positivos. De acuerdo con Diego Enrique Osorno, autor de El cártel de Sinaloa, el principal efecto de la contienda ha consistido en subir el precio de las armas y las drogas. El consumo y el tráfico no han disminuido. Los obstáculos han servido para favorecer a los intermediarios.

Durante décadas, el narcotráfico fue creando una subcultura, es decir, una normalidad paralela. Hoy en día, es posible tener un hijo en un hospital de narcos, bautizarlo en una iglesia de narcos, inscribirlo en una escuela de narcos, criarlo en un condominio de narcos, casarlo en un salón de fiestas de narcos, incorporarlo a un negocio de narcos y velarlo en una funeraria de narcos.

El fenómeno comenzó en Sinaloa, cuna de los principales capos (entre ellos, Joaquín El Chapo Guzmán, segundo hombre más rico de México, después de Carlos Slim), pero se ha extendido a todo el territorio, al grado de que las ciudades que se consideran más seguras (Mérida, Puebla, Torreón) son las que el crimen organizado utiliza para vivir y no para “trabajar”.

En un país sin nieve, el narco ha patrocinado delirios arquitectónicos estilo Tudor ranchero. Basta ver esas mansiones coronadas por antenas parabólicas para saber qué venden sus inquilinos. En Ciudad de México, la tienda El Triunfo ofrece objetos de decoración que responden a un descarado sentido el kitsch. Si alguien compra tres jirafas de hojalata, cada una de tres metros de altura, sabemos a qué se dedica. Conocemos los restaurantes donde los miembros de los cárteles comen mariscos (la cadena Los Arcos ha sido rebautizada como Los Narcos) y las mujeres de pelo flamígero que los acompañan. Martín Amaral, periodista de Culiacán, escribió un elocuente retrato de costumbres: “Joven sicario lava su carro”. La ropa, los vehículos y los dólares delatan a quienes viven en estado de delito.

El narcotráfico ha prosperado a la luz de día, creando tradiciones y apropiándose del 10% del dinero circulante. Acostumbrados a los turistas (“invasores sutiles”, los llamó Jean-Paul Sartre), durante años vimos el narco al modo de un turismo extremo. Gente que no era como nosotros pero dejaba propina en nuestras mesas. Gente distinta, con botas de piel de avestruz, cadenas de oro y tatuajes específicos, que llevaba una vida cuestionable pero venturosamente ajena.

“Asesino compasivo” y otros éxitos musicales

Las tragedias mexicanas suceden dos veces: primero en la realidad, luego en la canción. La música han contribuido a normalizar el oprobio, transformando a los criminales en émulos de Robin Hood. Numerosas grabaciones son dictadas y patrocinadas por los propios capos (se dice que llegan a pagar 40 mil dólares por un narcocorrido). Curiosamente, las deprimentes melodías, las letras primitivas y los anémicos acordeones han contado con un público amplio, dispuesto a descubrir que la sordidez es chic.

El efecto ha sido similar al de las historias que romantizan la prostitución. En su libro Esclavas del poder Lydia Cacho cuenta que en un burdel mexicano la película Preety Woman (con Julia Roberts y Richard Gere) se usa como obra de superación personal. Después de ser secuestradas y privadas de sus documentos, las mujeres ven la cinta en la que Gere aparece como un Príncipe Azul que brinda amor dentro de la prostitución. Saber que hay una alternativa preferible, sin eliminar la subordinación, ayuda a las mujeres a aceptar su condena.

Los narcocorridos han otorgado dudoso pedigrí artístico al oficio de vivir matando. No es casual que varios intérpretes hayan acabado como sus personajes. En la noche del 26 de junio de 2010, Sergio Vega, el Shaka, fue asesinado en la carretera 15, al norte del país. Fiel a su estilo, conducía en pijama un Cadillac rojo. Aparentemente se dirigía a un concierto que tendría al día siguiente. Dejó 17 huérfanos. Llevaba años recibiendo amenazas; por eso había adoptado el sobrenombre de un guerrero zulu (Shaka significa “el que no tiene miedo”). Uno de sus éxitos era “Asesino compasivo”, que alude al tráfico de drogas: “Me dediqué al contrabando/ sólo así se hace dinero/ he cruzado toneladas/ de hierba hasta el extranjero”. Poco más adelante informa: “Para vengar a mis hermanos/ me convertí en asesino”.

El número de músicos muertos sugiere una turbia connivencia entre el crimen y el narcocorrido. En agosto de 2006, fue herido el cantante y compositor del grupo Explosión Norteña, que solía cantar las gestas del cártel de los Arellano Félix. Uno de sus discos registra un concierto en una discoteca de Tijuana. En una pausa, los cantantes saludan e interpelan a celebridades del narco entre el público.

Celebrar a un grupo delictivo es oficio peligroso. Aunque no tengan contacto directo con el dinero sucio, los cantantes pueden ser vistos como propagandistas de otro ejército. En una lucha donde las decapitaciones cumplen la función simbólica de humillar y reducir el poder de los rivales, silenciar a un músico significa borrar la historia enemiga.

En julio coincidí en Zacatecas con Élmer Mendoza, novelista que vive en Culiacán, bastión del narcotráfico. A propósito de los ataques a periodistas comentó con ironía: “Hay que cuidarse de los buenos, no de los malos”. El autor de Balas de plata se refería a lo siguiente: los más enjundiosos criminales se dedican a hacer fechorías en los caminos de la droga; para la gente que no pertenece a ese entorno, la zona más peligrosa es la del lavado de dinero, donde el delito pretende legitimarse y transformase en entretenimiento a través de hoteles, discotecas, prostíbulos, bares. Ahí, un reportaje o un narcocorrido pueden sentar peor que en los desiertos donde los rivales son el Ejército o la DEA. El narco reconvertido en dueño de una sala de conciertos es más peligroso para la sociedad civil porque está dispuesto a preservar su reputación a balazos.

Ningún grupo norteño ha tenido la trascendencia de Los Tigres del Norte, nominados al Grammy Latino por El jefe de jefes. Durante años, los Tigres destacaron por darle voz a los migrantes y articular el relato de los mexicanos en el exilio. Sin embargo, cometieron el error de glorificar al Jefe de jefes, Arturo Beltrán Leyva, narcotraficantes que dejaba mensajes con trozos de víctimas mutiladas. En forma sorprendente, la canción donde el capo aparece como un árbol benévolo que protege del sol ha tenido éxito en México, Estados Unidos y España.

Menos afortunada ha sido la ruta de otros músicos. En noviembre de 2006, el cantante Valentín Elizalde fue acribillado en Tamaulipas (después de cantar “A mis enemigos”, El Gallo de Oro recibió 67 balas de Ak-47). En enero de 2007, Javier Morales Gómez, integrante de Los Implacables del Norte, recibió seis balazos mientras hablaba por teléfono en una plaza de Michoacán. En diciembre de 2007, Zayda Peña, La Dama del Sentimiento, vocalista de Zayda y Los Culpables, fue herida en un hotel de Matamoros y rematada en el quirófano del hospital donde era intervenida. En diciembre de 2007 Sergio Gómez, vocalista del grupo K-Paz, fue asesinado en Michoacán, luego de sufrir atroces torturas. En diciembre de 2009, Ramón Ayala, El Rey del Acordeón, fue detenido en Cuernavaca mientras actuaba en una fiesta de los Beltrán Leyva.

En cierta forma, el delito se asimila a la costumbre con la música que transforma asaltos y fugas en una saga de valientes pericipecias. De ahí la importancia de despojar al narcocorrido de su aura romántica.

Enemigos íntimos

Hace unos treinta años, Carlos Monsiváis impartió una conferencia sobre la novela negra con un titulo mordaz: “Usted, que nunca ha sido asesinado”. Actualmente ese lema sería tétrico. Los vivos somos víctimas omitidas.

La distancia con la violencia se ha roto. Cualquier mexicano tiene anécdotas al respecto. El 26 de noviembre de 2008 asistí al almuerzo de editorialistas de Reforma, periódico en el que escribo. Nuestro director, Alejandro Junco, nos comunicó su decisión de abandonar el país. Había sido amenazado por un cártel y debía mudarse a Texas. Desde entonces vive ahí. Manuel Vázquez Montalbán escribió que lo primero que debe saber un periodistas es quién es el dueño de su periódico. Lo segundo es saber dónde vive. Cuando tu jefe se tiene que exiliar para proteger su integridad, queda claro cuáles son los límites de la tuya.

Hace cosa de un año quise consultar a un acupunturista al que llevaba tiempo sin ver. Como nadie me respondió en sus teléfonos, acudí al centro de acupuntura del que él formó parte. Ahí me contaron su historia. El médico había sido secuestrado para curar a un narcotraficante herido. Hizo un espléndido trabajo; entonces, los hombres que lo habían llevado a ver a su jefe le dijeron: “Teníamos órdenes de matarlo pero estamos muy agradecidos. Si se va del país, no le haremos nada”. El acupunturista vive en Austin, Texas.

El 22 de mayo fui a Monterrey al estreno de mi obra de teatro Muerte parcial. Terminada la función, quisimos cenar a un restaurante en Calzada Madero. La puerta estaba cerrada. Ya nos íbamos cuando el portero nos informó que podían recibirnos. Entramos a un sitio desierto. Un pesado portón se cerró a nuestras espaldas. Las ventanas habían sido tapiadas. Nos explicaron que las ráfagas de ametralladoras se habían vuelto frecuentes. En esa avenida abundan los bares y los negocios de table dance. Las mafias del narcomenudeo señalan con disparos los puntos en los que trafica la competencia. Cenamos en condiciones rigurosamente enclaustradas.

Escribo estas líneas en 31 de agosto. Ayer, una pariente recibió el siguiente correo electrónico desde Tampico: “No vayas sola al supermercado porque están secuestrando”. Hacer la compra en esa ciudad del golfo se ha vuelto asunto de alto riesgo.

La violencia invade nuestras vidas, a tal grado que la normalidad paralela comienza a ser la nuestra. Mientras tanto, el presidente Calderón celebra el bicentenario en forma ditirámbica. Hace unas semanas hizo que los huesos de los héroes desfilaran por el país en sarcófagos rodantes. En un momento en que se encuentran narcofosas por todas partes, ¿hay algo más absurdo que se exhiban osamentas para exaltar el orgullo nacional?

Richard Sennett advierte que en la economía contemporánea la incertidumbre existe “sin la amenaza de un desastre histórico”. Es normal cambiar de trabajo y sacrificar la seguridad de la rutina para seguir la caprichosa actividad de los mercados donde los accidentes son más comunes que los planes a largo plazo. El individuo pierde estabilidad y relación directa con sus jefes, trabaja en redes y grupos progresivamente difusos. El resultado es “la corrosión del carácter”, la pérdida de valores y sentido de pertenencia.

El “capitalismo flexible”, como lo llama Sennett, prepara un escenario aún más vago: las economías de sombra, las inversiones offshore que lavan dinero, la piratería. Esto prepara otro escenario: el narcotráfico. La globalización articula negocios y vulnera identidades.

No se ha estudiado a fondo una variable cultural del tema. En México hay 7 millones de jóvenes que no estudian ni trabajan. Son conocidos como Ninis. Este sector no tiene otro horizonte que el crimen organizado, no sólo en términos económicos sino como forma de integración social. El narco ofrece arraigo y códigos compartidos. Es difícil encontrar mejor forma de combinar lo local y lo global en el “capitalismo flexible”.

Acabar con el problema exigirá de una estrategia múltiple: legalizar selectivamente las drogas, intervenir las redes de financiación del narco, detectar la complicidad en los distintos mandos del gobierno, mejorar la estrategia de inteligencia militar, extraditar a los capos y, sobre todo, que Estados Unidos asuma su responsabilidad como principal consumidor de estupefacientes y principal vendedor de armas.

Pero el factor fundamental es educativo. Crear opciones para los jóvenes es más tardado y costoso que patrullar el país, pero es la única forma digna de reconstruir el tejido social.

Cada cien años, México se somete a una guerra. En 1810 la causa fue la Independencia; en 1910, la Revolución. En 2010 asistimos a una batalla entre un gobierno sin brújula y criminales que buscan preservar su impunidad. Lo único que sabemos de la posguerra es que ahí no habrá sitio para ninguno de los bandos combatientes.

Cuco Sánchez anticipó la situación en la canción ranchera: “¡Qué manera de perder!”