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Rumbo a Juárez

EL MEDICO NO ME OCULTÓ la tempestad por la que cruzaba mi padre:

Se llama delirium: alucinaciones, amnesias, desorden psíquico. Podría tratarse también de una demencia causada por una depresión sicótica. Ordene una prueba de electrolitos séricos y una tomografía simple de cráneo.

El neurólogo quería ver el teatro del cerebro de mi padre, volverse el espectador de esa intriga absurda como si la mente de papá encerrara un nuevo Ionesco. Nunca me gustó Eugéne Ionesco. En sus historias los cadáveres crecen en una habitación y los hombres se convierten en rinocerontes; para él los sueños eran pensamientos más lúcidos que los producidos en la vigilia. Para ese loco que triunfó con sus delirios, las historias oníricas develaban formas dramáticas. Vistas así las cosas, durante la noche, cuando soñamos, o en el delirio, cuando enloquecemos, todos somos surrealistas, somos Breton, Picasso, Dalí. Por el camino de la locura, Ionesco fue reconocido como un maestro del teatro del absurdo, pero la verdad es que sus diálogos pesan como un piano. Para comprenderlo  hay que cargar con un diccionario de términos literarios: vanguardia, absurdo, traumatismo de la posguerra, soledad del hombre, crisis del idioma, alienación, erotismo oculto de las sillas. En fin, pasemos a ver a mi padre.

Los pensamientos de papá no eran muy diferentes a los de Ionesco. Tomado por las alucinaciones tramaba en la sombra de su cuarto historias fantásticas. Las criaturas de su mente confinadas a los sótanos de las funciones cerebrales clamaban por entrar en la casa de la conciencia. Al final las puertas cedieron y los pensamientos raros arrasaron  los interiores de la razón. Cierto, la mente es un misterio aún no resuelto y la vida, sueño. Mi padre eligió una intriga internacional para adentrarse en un laberinto oscuro. Recogió del aire privado el  asunto central de la vida pública mexicana.

Intenté seguirlo en su trama. Así me enteré de que desde tiempo atrás él era un espía encubierto que informaba en código de las acciones de dos o tres capos del Cártel de Juárez, una organización delictiva venida a menos desde que murió Amado Carrillo Fuentes, El Señor de los Cielos. En una misión lo enredaron con las cuerdas de la mentira y fue traicionado en Madrid. Agentes federales comprados con dinero sucio lo llevaron al borde del abismo. La acusación era gravísima; según los traidores, mi padre quiso introducir un cargamento de droga a España. Lo detuvieron en el aeropuerto de Barajas acusándolo de complicidad con jefes colombianos del narco. Puesto que funcionaba como un federal encubierto, las autoridades nacionales no lo reconocieron como agente secreto y lo acusaron de ser uno de los operadores del cártel que intentó introducir mil quinientos kilogramos de cocaína pura al territorio español.

Mil quinientos kilos repetí la cifra con asombro fingido.

No sabes nada del crimen organizado me reprochó colérico.

Mientras me contaba el drama de su presente, en varias ocasiones intenté ubicarlo de este lado de la realidad, pero mi padre me miraba desconfiado. Interrumpió su relato y me dijo:

Dime la verdad: ¿qué tienes que ver en todo este juego de traiciones?

Nada le respondí abatido por sus fantasmas.

¿Confías en tu hermano? me preguntó en voz baja.

Sí.

Yo en tu lugar lo investigaría. Hay demasiados cabos sueltos se cruzó la boca con el dedo índice pidiendo silencio.

Lo arrasó la desesperación cuando me informó que mi madre había sido detenida como sospechosa del grave delito de lavado de dinero. Procuraba darle sentido a su experiencia y orden a lo fortuito; al final, me reveló que dos espías disfrazadas de enfermeras le tendieron una trampa. Me señaló desde su cama a una de ellas. Toda esta creación provenía del cerebro de mi padre, esa galaxia que cabe en una mano y los neurólogos han definido como un universo autosuficiente. Ese aleph está formado por billones de neuronas interconectadas y es capaz de crear y cancelar su propia energía e información, funciona con la misma intensidad en la vigilia que en el sueño, cuando no hay entradas del mundo exterior, y también en la locura, esa voraz dinamitera de la conciencia.

Mamá intentó seguirlo a través de las fantasías que mi padre creaba con la furia y el desconcierto de un creador desesperado. Mi madre lo abandonó en algún punto de la intriga española y declaró:

Tu padre deambula entre nosotros, pero ya no está aquí.

Hablaba de un fantasma, una presencia que ha venido a cobrar su última cuenta pendiente en el mundo de los vivos. Como otras veces mi madre tenía razón, mi papá estaba en muchos lugares al mismo tiempo, pero no entre nosotros:

Dile a tu madre si anoche estuve o no en el aeropuerto de Chanona me llamaba a testificar.

Chanona queda muy lejos seguí la corriente falsa de ese puerto aéreo inexistente. ¿Ahí estuviste?

Sí. Un aeropuerto moderno como pocos  mintió con la verdad de la locura.

Durante las mañanas las enfermeras entraban y salían atendiendo a los viejos. A mi padre lo alteraba el movimiento y me llamaba a su cuarto para preguntarme por la vida doméstica que a él le parecía una guerra sin cuartel:

¿Qué pasa?

Nada le contaba: las enfermeras arreglan la camas, vacían los excusados, preparan el desayuno.

Esto es un desorden africano afirmaba describiendo el ajetreo y agregaba desorientado: Anoche dormí en Puebla, hace dos días amanecí en una butaca del cine Plaza, la semana pasada en un departamento desconocido de los edificios Condesa. Me volví loco me dijo y empezó a llorar. No quiero estar un minuto más en esta vida, esto es una sucursal del infierno sonaba como una orden de clausura, pero hasta ahora nadie puede mandarle al destino el día y la hora de su propia muerte como no sea dándose un tiro en la sien.

Mi padre tenía razón, el manto de la locura sobre las sombras de la  vejez vuelve infernal a la existencia, le añade un toque trágico de oscuridad en un callejón sin salida.

Vamos a consultar al médico quise reconfortarlo. Vas a salir del laberinto.

No supe lo que decía. Los resultados de los electrolitos séricos no revelaron alteración alguna en el sodio, el potasio, el magnesio o el calcio, sustancias que fuera de rango suelen ser la causa de los pensamientos delirantes. La tomografía reveló un cerebro limpio de tumoraciones o hematomas. El neurólogo atribuyó el desorden mental a una depresión sicótica cuyo origen situó muchos meses atrás en un pozo de tristeza. Si entendí bien, el origen del delirio no se conoce, lo detona una afección cardiaca, una bronquitis o un episodio de dolor que hunde a quien lo padece en un sueño eterno.  Entre los pliegues de cada desvarío espera la dicha fugaz y la infelicidad, la fantasía y el hierro candente de lo real, la memoria dulce o la pesadilla insoportable. En esa prisión onírica entró mi padre a cumplir la condena de los noventa años de su edad.

El médico recurrió a una batería química para rescatarlo de la penumbra: Risperdal, Rivotril, Remeron. El frente antidepresivo, antisicótico y ansiólitico venció el acoso de la angustia, pero lo hundió en una nube de letargo. Los sedantes devolvieron los delirios al interior de los sueños, pero redujeron la vigilia de  mi papá a unas cuantas horas.

Dormirá más nos advirtió el médico, pero estará tranquilo, sin el enemigo de la ansiedad sufrirá menos y quizás podamos traerlo de regreso. 

Cuando despertaba de los sopores químicos provocados por las medicinas, mi padre espantaba con la mano gatos imaginarios y confundía las ventanas con las puertas. En uno de sus despertares me dijo:

No entiendo. Esta mañana aparecí en la Plaza de Toros México.

¿Querías torear? solté el chiste imprudente.

No, ahí quiero celebrar mis noventa años.

¿Cincuenta mil invitados? le dije el cupo de la plaza.

Sí me respondió convencido. ¿Podremos llenarla?

Me parece difícil. No tenemos tantos amigos respondí y creí ver en su mirada no la llama de la locura sino el agua clara del humor.

Si cobramos la entrada sería un negocio redondo en un momento me hizo socio de la empresa. 

Hay rasgos de carácter que nunca nos abandonarán, ni en el lecho de muerte. La vanidad desaforada y la búsqueda obsesiva de la fortuna, segunda piel de mi padre, aun en la vejez y la locura. La vida juega a los dados con nosotros: en los días de la trama delictiva que culminó con su arresto en España, me invitaron a Ciudad Juárez.

 

FUI POR DINERO. No quería viajar a Juárez, pero al final acepté. Si cuento las veces que he admitido propuestas a las que quise negarme llenaría un cuaderno. Me ofrecieron un pago por sentarme en una mesa a perorar sobre cultura y narcotráfico acompañando a dos periodistas que ciertamente sabían del mundo narco todo lo que yo ignoraba. Me rondaba el fantasma de la quiebra, por eso tomé ése y otros compromisos indeseables. Cuando en la casa hay niños, ancianos o enfermos, no hay dinero que alcance. Terminé trabajando el doble y ganando la mitad. Entregué textos a destiempo sobre asuntos que no me interesaban. Siempre hacemos lo  contrario de lo que una vez quisimos. De narcotráfico yo no sabía nada que no se desprendiera de las ocho columnas de un periódico o de un reportaje televisivo. Me defendí contando historias extraordinarias recogidas de la prensa.

Si no quieren morir de hambre y desaparecer, en nuestros días los escritores tienen que hablar como pericos en todos los foros, asistir al estudio de televisión y a la cabina radiofónica. Sé que esta razón financiera no es suficiente argumento para explicar la cantidad de fanfarrones que pueblan el territorio de nuestras letras y el espacio público. Quizás  esto se deba a que nadie teme al exhibicionismo, cualquiera toma un lugar ante la cámara o el micrófono a hablar como un río que corre hacia ninguna parte. La celebridad es un veneno corrosivo.

Hice una maleta y salí al aeropuerto. Durante el vuelo leí en el periódico El País que España era la puerta de entrada de la cocaína colombiana a Europa y el centro del blanqueo de los cárteles que utilizaban empresas fugaces para lavar sus ganancias. El negocio global de la droga movía 322 mil millones de dólares, casi dos tercios provenían de la cocaína. La fotografía central de primera plana reproducía la imagen de la cubierta del barco Oceanía, en Vigo, donde la policía había incautado mil 500 kilogramos de cocaína. Fueron capturados los jefes de la misión, un colombiano y un mexicano, dos de los narcos más buscados por la policía internacional. El mexicano probaba alianzas después del imperio derruido del Cártel de Juárez. La edición del diario que tenía en las manos se imprimió muchos días después de la delirante trama en que mi padre fue detenido en el aeropuerto de Barajas. Pensé que los sueños de los locos se cumplen todos los días en algún lugar del mundo, nosotros mismos somos la realización de un delirio soñado en el otro lado del planeta. Cuando el piloto anunció que aterrizaríamos en el aeropuerto de Ciudad Juárez recordé la sentencia de Chesterton: un loco es todo menos un hombre que ha perdido la razón.

Juárez es una boca del infierno. En la entrada, el sol desértico muestra los brillos deslumbrantes de una ciudad enana extendida en el norte de Chihuahua y la frontera con Estados Unidos. Desde hace muchos años, ese pueblo ganó el premio mayor de una lotería macabra: crimen organizado, ilegalidad, corrupción policiaca, violencia sin castigo. Nos hospedaron en el hotel de una gran cadena estadunidense. Horrendo. Se rieron de mí cuando pregunté por el centro de la ciudad. No hay calles centrales en Juárez, como si el embudo de la frontera las hubiera abducido hacia el sueño americano del otro lado de la línea fronteriza.

Bajo las nubes que dispersan los vientos calientes del verano, la montaña Franklin estriba la separación de la frontera. En ese ramal corto de montañas funciona un reino militar estratégico para Estados Unidos: Fort Bliss. En la geografía desértica de ese laberinto montañoso de cuevas entrenaron los marines para invadir a Irak. Desde esa cárcel de la disciplina atraviesan los soldados norteamericanos para drogarse y desfogarse en los burdeles mexicanos.     

Lo más parecido al Zócalo es una vieja estación de ferrocarril donde Francisco Villa tiró bala y asesinó inocentes en algún episodio revolucionario; nada raro, Villa y su estado mayor siempre mataron inocentes. Me dieron en cambio las señales de una calle de bares, llamada precisamente Juárez, establecidos en el camino que conduce al puente fronterizo más antiguo. Todo lleva en esa ciudad el nombre del prócer oaxaqueño y todo tiñe con su nombre la antípoda juarista. La pesadilla de Juárez se ha cumplido en Juárez.       

Caminé bajo el sol del desierto entre imágenes del fin del mundo: pobreza, droga, prostitución. A uno y otro lado de la calle vi edificios derruidos. Más tarde supe que se trataba de picaderos, antros de droga y prostitución en los que la heroína es la moneda corriente. El gobierno del estado los destruyó con la piqueta. Después de cerrarlos una y otra vez, de arrestar a los dueños, las casas eran tomadas de nuevo por la mafia y los heroinómanos. La única solución  a la mano que encontró el municipio para acabar con esos centros de locura y delincuencia fue la destrucción. Algunas veces, el único remedio consiste en agregar escombro a los escombros.

Entré al Kentucky, una cantina en penumbras en la que sonaba al fondo el lamento de la redova norteña cantando una leyenda del narcotráfico. Concurrieron ese mediodía de sol a rajatabla soldados norteamericanos francos y de juerga, hombres que recorrieron la mitad del país para encontrar trabajo en las maquiladoras, jóvenes vestidos con mezclillas deslavadas que bordaron la piel de su rostro con anillos, alfileres y navajas. En la sombra sórdida del bar me pregunté: ¿aquí empieza o termina México? 

Sonó mi celular. La enfermera le dio el auricular a mi padre:

¿Supiste lo que pasó anoche? se oía agitado, como si le hubieran revelado un secreto.

No le respondí esperando su historia.

Arrestaron a uno de los jefes del cártel del Golfo. Todo se sabrá de un momento a otro. Tienes que venir por mí, si es necesario recurre a la embajada.

Descansa. Iré por ti le mentí.

Le dije a la enfermera que le diera dos gotas más de Risperdal para disminuir la angustia. No le conté  a mi padre del viaje a Juárez, no quise agregar delirio a su delirio, pero oído en el bar Kentucky, el mensaje parecía no sólo real sino urgente: de un momento a otro todo se sabría. Un aire de inminencia y acoso dominaba las sombras del bar.

Las calles de Juárez guardan en cada esquina la historia de un asesinato. Todos llevan como extraña medalla al mérito un relato de crímenes impunes, mujeres tiradas en el desierto, y la saña patológica de los soldados del narco. A mí me tocó oír de los labios de un taxista la breve historia de amor desdichado de El Chiquilín, un capo menor de la droga que operaba bajo la férula de Amado Carrillo Fuentes, El Señor de los Cielos, y de su hermano Vicente. El Chiquilín tuvo la gloria y la desgracia de caer en la trampa del amor con una joven belleza a quien se llevó un día como se roba un objeto de una casa. Con ella fue feliz hasta que al cabo de un tiempo ella pisó la trampa de la pasión con un subordinado, quien le correspondió de tan febril y mutua manera que sus amores culpables salieron como torrente a la luz y se hizo evidente para todos. At last the secret is out, escribió Auden, pensé mientras oía el cuento del taxista.

Las puñaladas de la deslealtad son mortales. El Chiquilín resintió más la traición de su amigo que la de su joven mujer. Era su protegido, nadie sino el mismo Chiquilín lo había hecho alguien en su pequeño reino de las calles de Juárez. El Chiquilín se saltó a la mujer y dijo al amigo: “Te voy a dar tres horas para que hagas lo que quieras y luego voy a empezar a buscarte hasta que te encuentre y te mate”. Le dio las últimas tres horas de vida libre y luego lo buscó burdel por burdel, cantina por cantina, casa por casa hasta que lo encontró y lo mató con sus propias manos. Quedó tirado en la oscuridad, de donde un día lo recogió para que fuera alguien en la luz de su reino callejero. Mientras tanto, El Chiquilín había mermado algunas de las entregas del dinero que debía hacer por la venta de sus mercancías al hermano del Señor de los Cielos, Vicente Carrillo Fuentes, heredero del imperio donde El Chiquilín tenía su reino. El heredero echó de menos el dinero y mandó preguntar por El Chiquilín que llevaba tres meses perdido en la droga y el desarreglo absoluto como consecuencia de la ejecución del amigo y la pérdida del amor. Cuando lo encontraron, no entendió de qué le hablaban, ni supo bien a bien por qué lo mataban en una de las esquinas de las calles de edificios derruidos que habían sido su reino. De la mujer no volvió a saberse nada.

El taxi me dejó en la entrada del hotel. Subí a mi cuarto y transcribí el episodio como me lo permitió la memoria para leerlo al día siguiente como umbral a mi exposición en la mesa pública por la que cobraría dinero fresco. Al final de ese portal de amores prohibidos y leyes mortales escribí una línea que no era mía: Así pasa la gloria del mundo: sin gloria, ni pena, ni mundo. Me venció el sueño mientras intentaba recordar al autor. Me perdí en un embrollo de imágenes sin sentido, tirado en la cama, con una frase interior:

De un momento a otro, todo se sabrá.

Fragmento de la novela Nos acompañan los muertos. Planeta. 2009.