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Árbol de navidad

En el lobby del hotel han colocado un enorme árbol, un pino hecho de plásticos imposibles de reciclar. Estamos en una tierra extranjera y se acerca la navidad. Miramos estas cosas con cierto desdén, cierta abulia de isleñas traspasadas por el orden alternativo de la belleza o la política. La navidad, para nosotras, no es más que una  nostalgia moderada en la memoria, la infancia de nuestras madres, el árbol esquinado en la foto a colores de los primos viajados a Miami, la bolsita de lana traída por alguien desde Rusia cuando el país tenía otro nombre más abarcador.

Estamos en tierra vecina y han colocado un árbol justo a la entrada del hotel, vamos a llamarlo lujoso; hay una niña pequeñita que se sienta frente al árbol y le habla, le habla con una paz que convoca otra medición para el dolor y la culpa. Una culpa que quiero llamar mía.

He llegado a esta otra  isla para expiar todos mis demonios. Algo total que se hace indolente en la palabra. He llorado a mi ausencia de dolor más que a la rabia, más que al saberme dueña del daño. La niña habla al árbol. Pide objetos  o personas, los alterna. La niña dice: ah, papá Noel, quiero una casa para meter dentro las muñecas, quiero una hermanita para jugar, quiero a mamá, quiero el último libro del héroe de los magos, quiero, papá Noel, quiero, quiero… quiero…

En este hotel he cometido algunas faltas insalvables y no siento pena de mi pena; no siento más que  algunos gestos, algunos fragmentos de sonoridad: la niña que pide, la mano que pasa, se desliza por mi cuello trayéndome del delirio al cuerpo, la falta que me expía, la que he venido a expiar…

He dejado que la mano de Luz me atraviese el cuello, que se meta bajo la camiseta  y se pose en los hombros, que se quede largo rato acariciando la herida del hombro, la herida del pecho, la herida de la espalda… Que se quede, que acaricie… Solo este gesto y la voz de la niña que pide y pide en un susurro… no hay más sensación que esta certeza de no pertenecerme, ninguna voluntad, solo un profundo saber que no estoy en mí más que si consigo circular desde la voz que le habla al árbol, desde la mano que me sujeta allá en el fondo.

Cuando quise atravesar el lobby con mi incapacidad para estar viva y dolorosa, la voz de la niña, o quizá fue la imagen del árbol, me hicieron detener. Hubo un tiempo atrás donde me soñé palpitando si conseguía asaltar las estancias que ahora mi pie cruza; entonces Luz no era más que  una palabra soltada al azar en medio de una reunión, supuestamente improvisada y no la soñaba recorriendo plazas y aeropuertos para venir a beber de mi impiedad, mi vacío de sensaciones dolorosas. No pensó mi piel que iba a ser rozada por su mano ni en cuánto habría de escuchar al mensaje de la niña frente al árbol y no pensó mi boca que diría frente al mar: escucha, Luz cómo te hablo aunque tenga la garganta cerrada por las rocas…

En la tierra extraña encontré a Luz y permití que acariciara cada vórtice de sombra. Permití, además, que me dejara a su lado un día y una noche, así aprendí el origen de todos los poemas; no los de Whitman, sino los que salieron de su boca, regresándome de la culpa al misterio del placer, dejando que mi pie, avieso, pudiera detenerse solo un instante y escuchar al rezo de la niña, pequeñita, clamando por cuánto no le ha sido dado todavía.

El árbol y la chiquilla traen hasta la mí la certeza de cuánto he estado pidiendo desde siempre. Supe, al verla, que éramos de una naturaleza idéntica en su costumbre de no sentir la vastedad de ningún acto. Dije a Luz estas cosas. Hablé de mi impiedad, de mi peligro; pero ella insistió en enseñarme el origen de cada verso salido de su boca. Leyó fragmentos de las fotos con que me hablaba desde el cuarto de atrás, en la memoria de otros días… mi espalda agradecida en la caricia, la roca de mi corazón ahora suave en su saliva.

Así, nos inventamos ciclos, cabalísticas eternas, puertas que se abren a un mañana prodigioso que solo vive en la palabra. Quiero escuchar a la niña mientras Luz pasea de una punta a la otra del lobby. Suya es la desesperación, mía la culpa. Ambas sabemos que no podemos salvarnos de cuánto nos corroe; pero insistimos en quedarnos a descifrar el mensaje de los cielos.

Ella dice te quiero en Stonehenge y en Copán y en la sal de la ola del Caribe donde llevo esperando tanto tiempo… y digo yo en La Habana hay una tienda perfumada que habla de tu nombre,  permanencia de mármol cuando te busco en el aire con que atravieso al aire. Cuando consigo volver a mi esencia tan desperdigada en el lobby del hotel, recuerdo, te recuerdo: soy el aire mismo… y veo a la niña pidiendo tantas cosas que consigo avergonzarme. Me salgo de mi conciencia en la falta de unidad; quiero atarme, ser algunos trozos completos en la rama de pino verde, artificialmente coloreado. Quiero ser la mancha de luz que separa cada hoja de otoño… tus ojos, ojos  del tiempo en que las reinas colocaban suaves, despreocupadas, el pie en el estribo de los coches… una ciudad y otra ciudad… el grito idéntico cochero a palacio… ojos como esos de las dueñas de todos los salones, reinas del encanto de ser reinas… la niña en el encanto despreocupado de pedir bendiciones al árbol en medio de la luz donde Luz me espera temblorosa.

Un árbol he querido, una manera de estar cerca de los abismos del deseo. Cuánto pedí  me ha sido dado… dije arrodillada hágase el oro y el oro, como la luz, se hizo… todo mi deseo reducido al momento en que siento la urgencia de levantar a la pequeña del suelo, retenerla entre mis brazos y cerrar su boca, darle de lactar de mis senos del mismo modo en que Luz me ha mostrado el camino de regreso a la unidad… pero el árbol me entorpece el paso y yo lo dejo, sé que aún la Navidad es un tiempo extraño a las isleñas.