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a Álvaro Pombo

Nosotros somos cómplices
y los cómplices no tienen
por qué abrazarse o besarse
o llorar sus muertes
y las nuestras. Vivimos
incesantemente la complicidad
de tiempos que fueron indignos
y que hoy son ceniza y cicatrices
en la memoria. Días oscuros
que hoy son luminosa neblina
en Neuchâtel
o en los prostíbulos de las Ramblas
a cuyas ceremonias
no asistíamos y que conocemos
porque vivíamos en los prostíbulos
y en las mazmorras
y en el incienso
de las basílicas.
Los cómplices no necesitan
ni siquiera quererse.
Se quieren, caminan
a ciegas, no quieren regresar al colegio
o a su casa
o a la literatura universal.
Les basta con ser cómplices
sin saberlo
o a su pesar.
Y ahora te digo o te susurro:
Álvaro, ¿entiendes las palabras
que nunca diré? ¿Entiendes
las lágrimas que llorábamos
y que nunca volveremos a llorar?
Yo ahorcado
en el cuarto de baño
cuando abres la puerta
y allí estoy en lugar del espejo
donde te buscabas.

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