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Regeneración

Una hermosa noche de enero, con pocas estrellas pero bien iluminada por la luna, Juan volvía a casa después de un fatigoso día de trabajo. Al pasar junto al bar, a un costado del distinguido pero viejo y venido a menos edificio en el que ocupaba el apartamento 3 C, segundo piso, no pudo evitar la tentación de mirar hacia adentro. A la luz del gran vidrio que corría a lo largo de la fachada pudo distinguir, en la mesa de costumbre, a Jovino, a Armando y Miguel, faltaban varios, pero los fieles estaban allí. Conjurando el peligro y la sospecha de que hubieran podido también ellos verlo a él, desvió la mirada y apresuró el paso. En vano, de Miguel, llamándolo a los gritos, no iba a poder escaparse. Estaba realmente cansado, llevaba más de una semana trabajando hasta tarde en el periódico, pero como le temía más a la soledad del apartamento que al tedio del bar, se dio vuelta, se hizo el sorprendido, suspiró y entró.

El Lucky II estaba más bien vacío, en realidad ya no era el sitio colorido y atestado de gente que una vez había sido. Por su parte, la tertulia, lo mismo que el bar, carecía del encanto y efervescencia de otros tiempos. La mayor parte de sus antiguos miembros había desertado, y los que aún no terminaban de hacerlo siempre encontraban una buena excusa para despedirse temprano. Unos y otros se justificaban argumentando que al lugar le faltaba atmósfera, que estaba mal ubicado, que la calle se volvía cada día más peligrosa, que las conversaciones no aportaban nada, que Miguel y Jovino eran unos déspotas, siempre querían imponer su criterio, no dejaban hablar a nadie.

Al verlo, Armando y Jovino se alborotaron un momento. ¡Ah, un aparecido!, exclamaron, pero siguieron hablando como si nada. Juan miró con nostalgia el afiche del cuadro de Matisse bajo el que estaban sentados. Le recordaba los viejos tiempos del bar. Era un afiche de muy alta calidad, con su bella pecera y sus pececitos rojos, regalo de Miguel a don Emilio, el primer propietario. El nuevo dueño, en realidad el administrador, a pesar de que hubiera preferido algo más actual, por respeto a los viejos clientes y a don Emilio que lo consideraba un talismán, no se había atrevido a quitarlo. Pasados unos minutos, Juan se sintió abrumado, no había entrado en meses y nada había cambiado. Armando y Jovino seguían obsesionados con los mismos temas.

Incondicional como era de la literatura norteamericana, Armando hablaba de un cuento de John Cheever del que había sido eliminado todo lo superfluo, nada de efectos ni intrigas baratas, nada de retórica, solo el tecleo preciso del gran arte de la prosa. A su vez, Jovino, que abominaba de los norteamericanos, golpeaba la mesa diciendo: Bouvard y PecuchetLa educación sentimental, eran esas las cimas de rigor y lucidez que habían dado al traste un siglo, un mundo de ilusiones y cantos de sirenas. Libros, libros, siempre libros, gimió Miguel. Tienen la cabeza llena de libros como otros de pájaros. Eso somos nosotros, libros ambulantes, dijo Jovino. De pronto, Juan cayó en cuenta de que no estaban a miércoles sino a jueves. Entonces les preguntó si es que habían cambiado el día de reunión. No, absolutamente no, respondieron, los miércoles eran sagrados, pero la noche anterior habían estado en casa de Sandro festejando su cumpleaños. Una cena memorable, dijo Jovino, no te imaginas las cosas que comimos, crema de almejas, brochetas de cordero, pavo en salsa de chocolate... Quiche de espárragos, continuó Armando, tartaletas de uvas amarillas y crema de mandarinas. En seguida, miró el reloj. ¡Ay!, dijo, y se puso rápidamente la chaqueta. ¿Ya te vas?, preguntó Miguel. Ya me voy, contestó, y volviéndose a mirar a Juan, exclamó:

¡Dios mío, no te imaginas lo delicioso que estaba todo!

Juan no tuvo que hacer ningún esfuerzo para imaginarse el banquete. Sandro era un gran anfitrión, un sibarita, un erudito de la gastronomía, pero por bien y a lo grande que se comiera y bebiera en su casa él no se sentía a gusto en ese ambiente. A pesar del despliegue culinario, de los mejores vinos y de las conversaciones en que cada uno se esforzaba por mostrarse más ingenioso y sabihondo que el otro, los invitados perdían rápidamente la compostura y todos sin excepción, Sandro el primero, terminaban dormidos o delirando como borrachos callejeros. Él había ido unas cuantas veces. A decir verdad, no formaba parte del grupo, solo tenía amistad con Miguel y Jovino, en particular con Miguel, a quien conocía desde sus años del bachillerato, cuando ya Miguel tenía reputación de intelectual y él era solo un muchacho apático, perdido en el camino. Sandro y él nunca se llevaron bien, simplemente no congeniaban. Por otra parte, la despersonalización de su poesía entre clásica y provinciana, que en su juventud lo había deslumbrado, precisamente por la astucia con que mezclaba la tradición elevada con la vulgata cotidiana, las grandes ciudades, Nueva York, Londres, París con el paisaje de su natal Tinaquillo, ahora le sonaba hueca y fatua, en cualquier caso prefería a otros poetas más auténticos.

¿Y el gran Mingus?, hace tiempo que no sé de él, dijo, recordando al que en su opinión era el mejor de su generación. Miguel respondió que por si no lo sabía ya no se acercaba a los bares. Tenía más de un año sin beber ni una gota. Todos se preguntaban cómo lo había logrado, les parecía un milagro. Por ahí corría una bella historia de amor y regeneración, se decía que vivía con una monja misionera colombo- francesa que debía viajar a un país africano y lo había dejado todo por él: el país africano al que estaba destinada, los votos recién tomados, la comunidad de las hermanas. Algunos decían que se habían conocido en el centro de desintoxicación donde Mingus estaba internado, otros que al sufrir una avería la camioneta de las monjas cerca de Maracaibo, él las auxilió con su viejo jeep, otros que el accidentado era él y las monjas habían acudido en su ayuda... en fin… Fuera como fuese, ya no era el mismo Mingus turbulento y obstinado de antes, aquel Mingus difícil de aquietar, difícil de tratar. Era otro hombre, bien vestido, rasurado, con el pelo pulcro y disciplinado. Le había dado por estudiar a los poetas chinos, no quería saber nada de la poesía occidental, nada de los latinos, nada de los provenzales, nada de Vallejo, nada de los surrealistas, a los que una vez veneró y de los que ahora, en su edad adulta, se avergonzaba. Nada de los muy amados poetas alemanes, estudiados a fondo en su propio idioma. Nada, nada de sus antiguos amigos. Alguien le había escuchado decir que no sabía qué habría sido de él sin los poetas chinos, que por fortuna estaban muy bien traducidos del mandarín por los más sabios sinólogos ingleses y franceses de los siglos XVIII y XIX, sin los grandes y delicados poetas chinos y sin su monja enamorada. Sin el arte y la santidad, sin la sabiduría y el placer. Miguel hablaba y respiraba al mismo ritmo con el que parecía pensar, debido a sus muchos años como conferencista y profesor. Juan había asistido a algunas de sus charlas, podía dar fe de que su modo de hablar, acentuando los más fugaces matices y todas sus connotaciones, coordinando la voz con la levedad de dedos y manos, tenía algo de hipnótico y seductor. Pero ahora le pareció que esos alardes de elegancia y preciosismo verbal, en el bar y con sus viejos amigos, estaban fuera de lugar. Los faros de un autobús se demoraron unos instantes en el vidrio. Se hizo un silencio largo y pesado, el cristal se oscureció, se escuchó el motor arrancar de nuevo. Juan recordó una vieja película de Chaplin en la que el juego de luces y sombras de la salida de un tren, que el cine repetiría al infinito, se reflejaba sobre el rostro de una muchacha. Era una película de los años veinte, un melodrama de amor frustrado, que originalmente Chaplin tituló La opinión pública, pero a la que más tarde los productores le cambiaron el nombre por Una mujer de París. La había visto unos cinco años atrás en una desvencijada sala de cine en Lima durante un encuentro de periodistas. Había olvidado buena parte de la historia, pero no la fuerza de las imágenes rodando a través del humo, el cristal, los espejos, ni la teatralidad de la cara palpitante de luces de la joven con los ojos perfilados de negro, prendidos de las líneas del andén despoblado.

La escena era tan sugestiva que había escuchado el ruido neumático de las puertas al cerrarse, el martilleo de las ruedas, el estridor de los rieles, la marcha del tren que se iba, veloz, con aire y humo vibrando a su alrededor. En los ojos de la mujer, brillantes de humedad, se sentía el dolor de la espera por aquel que no había venido.

Juan pidió un whisky, los otros continuaron con la cerveza. El mesonero, de ordinario bastante conversador, parecía molesto y apretaba los labios con una mueca de desdén. A esta hora el pobre Escalante solo piensa en irse a casa, tiene mujer joven e hijas, comentó Miguel en voz baja y, subiendo el tono, añadió: Ya nos vamos, Escalante, este es el último trago.

Juan no dejaba de pensar en lo que le habían contado de Mingus, pero como desconfiaba de sus amigos y sabía cómo tendían a exagerar y confundir las cosas inventando y aliñando historias, que tarde o temprano se prometían ponerse a escribir y raramente escribían, pensó que, fuera real o fabulado, necesitaba más información. A ver, ¿dónde están las pruebas, los testimonios de primera mano? En esta historia hay muchos alguien dice, se dice por ahí, se cuenta, todo de oídaspuras vaguedades... ¿Alguno de ustedes ha visto esa monja, alguno la conoce? Miguel y Jovino se quedaron callados, como si no comprendieran. ¿La monja? La monja, claro. Jovino respondió que él había tenido ese honor, muy de paso, apenas unos segundos una tarde, meses atrás, en que Mingus y ella salían del mercado cargados de bolsas. Le pareció más bien pequeña, una mujer blanca de tez bronceada, ojos azules... expresivos... pelo castaño, cara redonda, de colegiala, con una sonrisa fácil en los labios, más bien bonita, pero de una manera anticuada, y su piel era suave, no áspera, como suele ser la piel de las monjas. Mingus, dijo, estaba apurado por irse, lucía muy nervioso, tartamudeaba, apenas lo saludó y, obviamente, no se la había presentado, más bien intentó ocultarla cubriéndola con su cuerpo. También Sonia, la hermana de Armando, se los había encontrado recientemente en el cine. Al parecer Mingus había sido más amistoso con ella, le dijo que estaba viviendo en la playa, en una casa rodeada de uveros, que para los próximos meses tenía proyectado viajar a Pekín, Cantón y Shanghai. La monja, que se mantenía pegada a él como si temiera perderlo, le pareció pequeña pero fuerte, de músculos magros y firmes, no fea, solo insípida, simple, además vestía como visten las monjas seglares, sin la menor gracia, una camisa, una falda tableada o media campana y las toscas sandalias de rigor. Pero, comentó, Sonia siempre había estado un poco enamorada de Mingus y era de las que detestaban tener rivales. Lo del viaje a Pekín, Cantón, Shanghai, debió ser un chiste, dijo Miguel. Tal vez no, me imagino que su padre, que se dedica al lucrativo comercio de las piedras preciosas, estará dispuesto a dar lo que sea para verlo recuperado, incluso a regalarle un viaje al fin del mundo. Se les quedó mirando pensativo e hizo un gesto indolente con la mano. Baudelaire decía del poeta moderno que para hacer buenos versos debía resbalar en el fango del macadam. Ya Mingus tuvo bastante del fango del macadam, bastante de Circes y hechiceras, ahora le toca revolcar su sed de infinito en un lecho casto y virgen, y viajar a las tierras de Li Po, Tu Fu, Su Chung, Wang Wei, no digo exóticas, concluyó, porque ahora van muchos turistas.

La gente había empezado a irse. Solo quedaba una mesa ocupada por dos parejas maduras, las mujeres cantando boleros en voz baja, los hombres con los parpados adormecidos, y en un rincón de la barra, conversando con el barman, un gordo con una pequeña cola de caballo, sombrero de panamá y un tabaco humeante en la boca. Pasados unos minutos, Escalante trajo la cuenta. Por encima del hombro del gordo, el barman dijo que los disculparan pero que ya debían cerrar. Jovino revisó la cuenta. Yo invito, dijo. Empezaron a apagar las luces. Muy bien, ya nos vamos, un poco de paciencia, dijo, hay que pagar, ¿no? El hombre del sombrero de panamá fue el último en salir.

Pongamos que fuera una hermana, dijo Juan ya en la calle. Mingus no tiene hermanas de esa edad, él es el menor, respondió Miguel. Una sobrina... Una amiga, una conocida, nunca le faltaron mujeres... Cierto, mujeres. Pero, esa, Juan, terció Jovino, y sacando las llaves del automóvil las hizo bailar en el aire, era una monja. Te lo puedo asegurar. Una monja es una monja. En eso no puede haber equivocación. Yo vi lo que vi.

Entonces, duerme con una monja, dijo Juan. Si no duerme con ella, duerme abrazado a ella, abrazado a una mujer joven, bonita, afectuosa, contestó Jovino, caminando hacia el carro estacionado media cuadra más abajo. Son cosas que no se buscan, son cosas que le suceden a la gente. Espérame, gritó Miguel, mira que estas calles de noche se ponen espeluznantes. Hay tipos con suerte, Juan, eso es todo, añadió mientras se apresuraba a alcanzar a Jovino.

Con mucha, mucha suerte, murmuró Juan desde la entrada del edificio. Se habían ido casi sin saludarlo. Luego, mirándose en el espejo del ascensor, se encogió de hombros. ¿Qué quería decir suerte?

Apenas entrar en el apartamento abrió la nevera. Tenía hambre. Mordisqueó un resto de pollo, una lonja de jamón. Aspiró con fruición el olor del pavo horneado con salsa de chocolate, del vino mezclado a las especias de la cena de Sandro. ¡Suerte, suerte!, repitió dentro de sí. Se acordó de las matas del balcón, llenó la jarra en el fregadero y las regó como no lo hacía desde hace mucho tiempo. El balcón parecía un jardín, desbocaba de plantas, helechos, orquídeas. Era el lugar más acogedor de la casa. ¡Una monja!, dijo en voz alta volviendo a llenar la jarra. Se la imaginó plasmada en los rasgos dolidos de la actriz de la película de Chaplin. De pronto recordó su nombre: Edna Purviance, su carrera en el cine había sido corta. Un día se pondría a escribir un cuento sobre Mingus y la monja, un relato limpio y directo, un relato diáfano, sin grandes planos ni estructuras complejas, solo Mingus y la monja, solo ellos, hombre y mujer reunidos por la suerte, el azar, el destino. Empezó a desvestirse, se quitó los zapatos y se desabrochó la camisa. En el balcón corrió un viento fresco, sintió un ligero escalofrío. Crujieron unas hojas. Podía imaginarse la felicidad de Mingus y la monja en el instante del pleno arrebato del amor prohibido y transgredido. Se abrazaban, se besaban como cualquier pareja, sin embargo no era lo mismo, la intensidad, la locura carnal y platónica, la intimidad, la confidencialidad de dos seres venidos de mundos diferentes. De abajo subió un ruido, una moto, un silbido, un frenazo. Al asomarse al antepecho del balcón, vio al gordo del sombrero de panamá apoyado del capó de un carro. Tenía en las manos el sombrero con el que disimulaba su coronilla completamente calva y miraba hacia lo alto, con los ojos dirigidos, no al cielo, sino a una ventana. Él también tendría sus historias de esperas y amores contrariados. En la sala, dobló el pantalón con mucho cuidado y lo colgó del respaldar de una silla. De la mesa llena de papeles sueltos, periódicos viejos y libros, cogió un viejo cuaderno, se cayeron algunos papeles, una postal de San Jorge dando muerte al dragón y una fotografía de cuando su hijo tenía siete años, las recogió, las volvió a meter en el cuaderno, atravesó el corredor oscuro y se fue al cuarto. Recostado en la cama escribió algunas notas. Mingus, 1953, Puerto Cabello, talento precoz de poeta, autor de varios libros de poemas... El cazadorLa cosa justa... amante de la verdad y la belleza, temperamento fáustico. Se adormiló con el cuaderno abierto, el lápiz rodó entre las sábanas, lo apartó de un manotazo, el lápiz cayó al suelo. ¡El bar, qué pérdida de tiempo!, se dijo y se quedó dormido.