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Los minutos negros

by

Martín Solares


Hasta ahora, la pesadilla más importante de mi vida la tuve cuando viajaba por una carretera llena de pinos, en un camión de pasajeros. No he podido averiguar qué significa, o por lo menos, no por completo.

Era de noche y no lograba dormir. Cada vez que empezaba a cabecear, las luces de los autos que venían en sentido contrario o los movimientos del camión me despertaban de inmediato. Supe que por fin estaba dormido cuando dejé de escuchar el ronroneo del motor y las luces del camino se volvieron suaves y azules y dejaron de ser una molestia.

Tenía un sueño agradable y hasta cierto punto musical cuando sentí que una persona sarcástica, que me conocía lo suficiente, se había sentado en el asiento trasero. El visitante esperó a que me acostumbrara a su presencia; entonces descruzó las piernas, se estiró hacia delante y dijo, en dirección a mi nuca:

“¿Verdad que en la vida de todo hombre hay cinco minutos negros?”


La idea me asustó tanto que desperté, y como no había nadie en los asientos contiguos pasé el resto de la noche dedicado a beber agua, a mirar la luna y a revisar si ya había cumplido con mi quinta cuota de minutos negros.

Así llegué a Paracuán.



1

Hay dos tipos de policías en todo el mundo: a los que les gusta su trabajo y a los que no. A mí me gustaba mi empleo, al agente Chávez le gustaba su empleo, al Comandante García claro que le gustaba investigar y resolver un problema, pero a su mejor detective no -y fue él quien recibió la denuncia. Intentó deshacerse de ella como de una papa caliente, pero hay pistas que se te prenden a la piel y no te dejan en paz hasta que las investigas. Dicen que entre ellas y nosotros se establece una especie de obsesión, como de perro que sueña con la presa que olfateó, aunque le digan que la caza ha terminado.
Bueno, hay que empezar por alguna parte. El diecisiete de marzo de mil novecientos setenta y siete Vicente Rangel González, casi treinta años, natural del puerto, domiciliado en una casa junto al río, un músico metido a detective fue el encargado de levantar la denuncia. Rangel tenía seis años en el cuerpo y llevaba cuatro renunciando. Siempre decía que iba a renunciar, pero cada vez que estaba a punto de hacerlo se involucraba en un caso difícil y volvía a postergar su salida. El día que empezó todo fue el Chicote -ese recepcionista, velador, lavacoches y mensajero de todo el departamento- quien le pasó la llamada:


-Ahí le hablan.

-¿Mi tío?

-No, cómo cree. Es una denuncia.

Eso del tío era una broma entre ellos, si pudiera decirse que a Vicente Rangel le gustaban las bromas.... La verdad es que no.

Tomó el aparato negro y pesado que estaba en el centro del salón. Un tipo desesperado gritaba en el otro extremo del alambre:

-¿Bueno? ¿Bueno? ¡Bueno!

-Jefatura...

-¡Oiga, por fin! Le llama el licenciado Rivas, del Bar León. Encontramos otra niña, como la de El Palmar.

-Un momento -dijo, y cubrió la bocina con la palma de la mano:

-¿Dónde está el Travolta? –le preguntó al Chicote.

-No ha llegado.

-¿Y porqué me la pasas a mí?

-Me dijo Lolita.

Lolita se estaba mordiendo las uñas a dos escritorios de distancia. Era la secretaria del jefe.

-A ver Lolita, ¿qué pues? El caso le toca al Travolta.

-Pero no va a volver, ya ve que siempre se tarda, ¿por qué no va usted?

-¿Es una orden?

-Pues... sí, ¿no? ¿O qué será bueno?

Rangel suspiró a fondo y llenó sus pulmones con el aire denso, caliente, que no se podía respirar; luego descubrió la bocina y dijo con la mayor autoridad posible:

-¿Es usted el gerente?

-Sí.

-No toque nada ni deje salir a nadie. Ya van para allá.

-¿Sabe dónde estamos?

-Sí, hombre, ya van en camino.

Cualquiera sabía dónde estaba el Bar León: quedaba frente a la plaza de armas. Era uno de los bares más antiguos del puerto, tan antiguo como la refundación de la ciudad, a finales del siglo diecinueve. Aunque ya había pasado su época de oro –que fue en algún momento de los treinta, antes de la segunda guerra mundial- su aire de gran bar venido a menos aún atraía a los turistas y, sobre todo, a una escasa pero fiel clientela compuesta por vecinos y empleados de oficinas públicas, que trabajaban por ahí.

Rangel tomó la hora: Son las dos cincuenta, y bueno, se dijo, que conste en el acta que yo no quería ir. Mientras colgaba el aparato, Rangel debió admitir que estaba nervioso. ¿Será el mismo tipo?, pensó. Sintió que le volvían a hervir las palmas de las manos y se dijo: Chíngue su madre, me late que sí. Pensó en untarse la crema medicinal que le había recetado el doctor Rodríguez, pero no estaba seguro. No quería que nadie lo viera poniéndose el remedio, a él las cremas y los maquillajes le parecían cosa de maricones, no de policías bragados, a punto de cumplir los treinta años, pero era cierto que el doctor Rodríguez Caballero era el mejor especialista del estado. Bueno, se dijo, ¿qué tanto es tantito? Estaba abriendo el cajón, ya había sacado el remedio, se lo iba a aplicar en la mano izquierda, cuando reparó en que lo observaba un tipo de camisa a cuadros y anteojos gruesos, como de fondo de botella; un tipo humilde pero muy limpio, que esperaba sentado al comienzo del pasillo, acaso un aspirante a Madrina, de los que aparecían tantos por allí. El detective se sintió molesto y se guardó la crema en el pantalón.

Vicente Rangel González sacó la calibre veintidós que había comprado en diez pagos, se desabrochó el cinturón y se acomodó la funda. Prefería su veintidós a la pesada calibre cuarenta y cinco reglamentaria que le ofrecía el departamento. Por tratarse de una ciudad pequeña, no había armas para todos, y las pocas que había se guardaban en el despacho del Comandante García, en una vitrina bajo doble llave, pero el Comandante no estaba y la llave la tenía él. A Rangel no le gustaba usar armas, estaba seguro de que no iba a tener necesidad de utilizarla, pero la llevó de todas maneras: No vaya a ser que me encuentre a ese tipo. Luego de cerrar la funda de manera conveniente se rascó con disimulo, y cuando consiguió que la comezón se atenuara le ordenó al Chicote:

-Avisa a los peritos y mándame a Cruz Treviño, o a Tiroloco y al Gordolobo. Que hagan limpieza en la plaza de armas y en los muelles.

-¿Otra vez, oiga?

Rangel hubiera querido explicar la situación en detalle, pero no podía descartar que el hombre de la camisa a cuadros fuera un espía de los periódicos, así que hizo un gesto que significaba “No me preguntes” y salió de la habitación.

El Chicote obedeció en silencio. Su experiencia le había enseñado a no discutir con policías nerviosos, así que tomó la sección amarilla, buscó la Lonchería Las Lupitas y se concentró en encontrar al Tiroloco.


Rangel atravesó el estacionamiento de grava, seguido por una estela de polvo que lo acompañó hasta su auto. Como lo temía, el metal estaba hirviendo: olas de humo se desprendían del capó. Chingado, se dijo, quién tuviera aire acondicionado. Metió la llave en la chapa al rojo vivo, giró la manija para bajar el cristal izquierdo, le dio vuelta al cojín del piloto y se metió de una vez. Antes de que pudiera bajar la ventanilla derecha ya estaba sudando, ríos de agua le escurrían por la frente, Me lleva, pensó. Al encender la marcha volvió a quemarse los dedos, de manera que sacó un pañuelo y un paliacate rojo de la guantera, con uno cubrió el volante, con el segundo se cubrió la diestra y condujo en dirección del bar. Por entonces el ayuntamiento sólo tenía tres vehículos: la Julia –una camioneta cubierta, adaptada para “levantar” sospechosos- y dos patrullas pintadas con colores oficiales; una la usaba el Comandante García, otra la conducía el Travolta. El resto de los agentes tenía que usar sus vehículos particulares –si los tenían, como era el caso de Vicente Rangel.


Miró el termómetro: Cuarenta grados, dijo, y esto no va a refrescar. Desde que se compró el Chevy Nova trataba de no manejar durante las horas de mayor calor, en el mediodía interminable del puerto, cuando los edificios parecen hervir y los espejismos se alzan del pavimento. Tenía la impresión de estar entrando a otra realidad, al epicentro del miedo. Para distraerse de pensamientos tan macabros encendió la radio, donde un locutor sugería que los marcianos estaban calentando la tierra: “Primero van a acabar con la capa de ozono, después van a deforestar el planeta, luego fundirán las capas de hielo del polo norte e inundarán las ciudades. Piensan extinguir a la raza humana entre crueles sufrimientos”. Pinches marcianos, se dijo, han de ser putos.

Al pasar frente al Tiberius’ Bar disminuyó la velocidad para ver si encontraba al Travolta, pero no tuvo suerte. Pinche gordo, se dijo, y encima se va a encabronar.

Tomó el Boulevard del Puerto hasta la avenida del Palmar y recorrió el itinerario en diez minutos. Sólo tuvo que detenerse en el semáforo de la Curva a Texas, pues había un trailer delante, y por no llevar sirena, no tenía modo de hacerse oír. Bueno, se dijo, puedo esperar un momento. La verdad es que no quería hacer el trabajo y aún conservaba la esperanza de que el Chicote localizara al Travolta, y lo relevaran de la investigación. Treinta segundos después tuvo la certeza de que no sería así, por lo menos no de inmediato, y que no había forma de eludir las circunstancias: Ni modo, se dijo, que se empute el gordo, ¿pus qué? Otra raya más al tigre.

Miró el anuncio monumental de Refrescos de Cola, donde una mujer levantaba un vaso de líquido color petróleo, rebosante de hielos. Mientras esperaba el siga, como buen antiimperialista que era, le dedicó malos pensamientos a la compañía e incluso a la modelo del anuncio, Pinches gringos cabrones, y Pinche vieja en hot pants, ha de ser bastante puta. Cada vez que veía un refresco de cola lo relacionaba con la guerra de Vietnam, la tensión en Medio Oriente, la guerra fría, la caída de Salvador Allende en Chile. Desde que entró al cuerpo de policía estas explosiones de rencor externo se habían vuelto menos frecuentes, pero seguían persistiendo. Era su conciencia internacional, que se resistía a morir. Lo de la chava es más complicado y se va a explicar a su tiempo.

Llegó al Bar León en otros seis minutos –entonces toda la ciudad podía recorrerse en media hora- y al acercarse a la entrada divisó el coche de la doctora Ridaura, lo cual significaba que Ramírez también debía estar ahí. Por la mañana daban clases de química y biología en el colegio de los jesuitas; por la tarde, o en caso de una emergencia eran los peritos de la ciudad.

Cosa inusual, Ramírez lo estaba esperando en la calle. Parece mareado y trae los ojos rojos, pensó, no aguanta nada este hombre, a lo mejor le impresionó lo que vio:

-¿Ya terminaste?

-Estoy tomando aire.

-Apúrale, porque ya va a llegar la ambulancia -y en vista de que comenzaba a formarse una multitud de curiosos, le ordenó:- Hazme una valla en la puerta, no dejes entrar ni salir.

Antes de que diera otro paso el fotógrafo confesó:

-Señor Rangel...

-¿Sí?

-El gerente dejó salir a un individuo.

Rangel asintió, ¿Un individuo?, ¿el gerente? Ahorita va a ver ese pendejo, me lo voy a chingar por obstrucción de la ley. Ya iba a seguir caminando, pero la voz de la intuición lo obligó a detenerse. Conocía lo suficiente a Ramírez para advertir que le ocultaba algo:

-¿Tú lo conoces?

Rangel adivino que sí, a juzgar por las vacilaciones del perito:

-Era Jack Williams... Venía con su secretario y cuatro gringas.

¡Puta madre! Un influyente. No le gustaba tratar con influyentes, y el joven que se fue sin esperarlos era el hijo del hombre más rico del puerto: el legendario Bill Williams, dueño de la embotelladora local de Refrescos de Cola. Ramírez estaba sudando, y no era por los treinta y siete grados a la sombra.

-¿Dónde está el cuerpo?

-Al fondo, en el baño. Allí está la doctora.

Iba a entrar a la sala pero el fotógrafo solicitó su atención:

-¿Oiga?

-¿Sí?

-Se me acabó el rollo.

El agente sacó un billete de su cartera:

-Me traes nota, cabrón. Y no tardes.

Al traspasar el dintel tuvo que esperar un segundo para acostumbrarse a la oscuridad. Se le acercaron tres bultos oscuros, cada vez menos difusos... el gerente debía ser el más barrigón. No hubo necesidad de sacar la placa -nunca la había-, y mucho menos ahora: nadie querría estar en su lugar.

El gerente se llamaba Lucilo Rivas. Rangel lo reconoció de inmediato, lo había visto muchas veces de lejos, cuando iba al bar en calidad de cliente. Siempre usaba trajes color claro una talla menos de lo recomendable, que le quedaban muy apretados. Al verlo, el gerente dio señas de reconocer a un cliente habitual. Fue como si se dijera: Ah caray, no sabía que era detective. Le decían “La cotorra”, pero ese día estaba muy callado. Oh qué la chingada, se dijo Rangel, este cabrón se va a poner difícil.

-¿Están todos?

-Si se hubieran ido sin pagar me habría fijado.

-Eso lo vamos a ver. ¿Tiene las notas del día?

El gerente se demudó. Tenga, dijo Rangel, esto no le gustó ni tantito.

-Acabábamos de empezar.

-No mame, ni modo que no llevaran la cuenta de las bebidas. Algún registro ha de tener.

Más taciturno que nunca, el gerente abrió un cajón y le entregó las notas. Rangel tomó la que estaba más arriba y encontró lo que buscaba. El Junior había pagado con tarjeta de crédito:

Grupo Refrescos de Cola de Paracuán
John Williams, Jr
Subdirector general


Rangel no tenía tarjeta de crédito. ¿Cómo iba a tener, si ni siquiera podía llegar a fin de mes con dinero en el bolsillo? Para él las tarjetas de crédito eran títulos nobiliarios, vislumbres de un país imposible, un sueño tan remoto como un Ford en su futuro.

-¿Cómo? –la voz del gerente rompió su concentración.

-Le digo que lo dejé ir porque tenía mucha prisa. Venía con inversionistas gringos y les tenía que mostrar la ciudad.

Rangel meneó la cabeza:

-Usted y yo vamos a seguir platicando. Lo que hizo es suficiente para que me lo lleve consignado... Me llevo esto -dijo al tomar las facturas-. ¿Quién la encontró?

El barman le señaló a un muchacho con aspecto de burócrata, que estaba sentado en la barra, pálido como fantasma. Ay buey, dijo Rangel, este se va a desmayar.

Como acostumbraba desde hacía un año, el oficinista Raúl Silva Santacruz fue a comer al Bar León a las dos en punto. Cada tercer día llegaba con sus colegas a la hora de la botana, ordenaba una o dos cervezas y a cambio le servían un caldo de camarones secos, tacos de jaiba o carnitas y un arroz con guisado. El 17 de marzo de 1977 terminó sus dos cervezas, festejó la última broma torpe de sus compañeros y salió a orinar. Eran las dos cuarenta. Aunque el bar tenía mingitorios al fondo, por lo general inundados de miasmas, Silva Santacruz prefería abrir la puerta contigua a la barra y utilizar los otros baños, que estaban mejor ventilados. Se trataba de una habitación de cuatro metros de alto, paredes de azulejo blanco, urinario colectivo en forma de rectángulo y dos cubículos con sendas tazas, iluminados por un amplio ventanal. Ese día, cuando iba de camino al meadero, Raúl Silva Santacruz reparó en un objeto tirado frente a la puerta de uno de los excusados. Pensó en los malvivientes que rondaban la plaza de armas y se dijo: Pinches vagos, nomás vienen a ensuciar. Era común que los vagabundos entraran al bar para pasar al baño y una vez allí abandonaran botellas de refrescos de cola, envolturas de papas fritas, jeringas usadas para drogarse o bolsas de pan. Ya se iba a abrir el cierre cuando notó que el objeto tirado era un minúsculo zapato. Levantó la vista unos centímetros y descubrió que por abajo de la puerta del privado sobresalía un piececito infantil.

El descubrimiento le provocó una crisis nerviosa. Aunque el barman le servía dosis de alcohol turbio en un vaso tequilero sus movimientos aún eran lentos y en vaivenes, como si llevara el ritmo de un vals. Rangel hubiera preferido que el testigo no tomara pero no podía reclamarle: si no estuviera de servicio él mismo se bebería un trago de ron. La tarea que tenía pendiente no le gustaba nada, pero no la podía eludir.

Un relámpago iluminó el interior del restaurante y el agente supo que ya estaban llegando los fotógrafos: en este caso era el Albino, siempre el primero en llegar. De un tiempo a la fecha, a Rangel le incomodaba encontrar al Albino, y cada vez que salía a investigar un homicidio era probable volverlo a encontrar. Pinche ave carroñera, quién sabe quién le avisa, pensó, debe tener una oreja en el departamento, de lo contrario no me explico que siempre sea el primero en aparecer. No es que el Albino fuera mala persona, pero es que a Rangel lo inquietaba verlo trabajando: era un tipo silencioso, de cabello blanco y cejas blancas, siempre vestido de blanco entre los mares de sangre. Si al menos hiciera el esfuerzo de parecer amable, se dijo, pero sólo llega y estorba... Detrás de él no tardaría en llegar la Chilanga, una egresada de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, expulsada de la Ibero por sus ideas de izquierda. Cuando le impedían el acceso a los escenarios del crimen, la Chilanga acostumbraba soltar rollos largos e injuriosos, en un vocabulario marxista que Rangel a veces no lograba entender: Materialistas de cuarta, perros de mierda, son el brazo armado del gobierno burgués. Rangel no sabía cómo tratarla: Se aprovecha de que es mujer, guapa, feminista, ilustrada, y ya me tomó la medida, pinche vieja, debería estar en su casa. A Rangel le quedaba muy claro que los periodistas estorbaban el trabajo de la policía. Si de él dependiera les impediría mezclarse en las investigaciones, pero no todos pensaban igual. Al Comandante le gustaba lucirse, al Tiroloco le gustaba lucirse y al Travolta ni se diga: era toda una vedette. En cuanto el Albino intentó cruzar la valla de seguridad -en realidad un par de sillas, dispuestas por Ramírez en la entrada del bar-, ¡Ora cabrón!, Rangel le gritó: Que te largues, pero el Albino permaneció quieto, como si estuviera muerto, o como si fuera un animal que no comprendiera el lenguaje humano, y Rangel ordenó que bajaran las rejas. Un minuto después los meseros bloquearon la luz de la calle y los detectives quedaron a oscuras, de manera literal.