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Una separación

Después de una accidentada espera (batallas domésticas, abogados suplentes, gestores desalmados, huelgas en tribunales e improvisadas prórrogas), Arturo recibió la confirmación de la cita. Cuando supo la noticia recordó, con un dejo de romanticismo, el lejano momento en el que empeñó por escrito el resto de su vida en compañía de una mujer por la que se hubiera dejado cortar la cabeza. No fue capaz de imaginar, entonces, que la convivencia y el tiempo serían los únicos verdugos.

El día de la firma, Arturo llegó temprano. Quería evitar la burla cotidiana del tráfico, la posibilidad de un aguacero, el cierre de la autopista por alguna protesta o el colapso del estacionamiento en los hacinados tribunales. El deseo de una libertad real, apostillada y reconocida por la Ley, reforzó sus delirios apocalípticos y la inevitable hipocondría. La llamada del abogado le produjo una reacción alérgica; un vasto sarpullido le coloreó las manos, los brazos y los hombros de un rojo tan intenso como imaginario. Al llegar al despacho, una secretaria le informó que, dado que su cita estaba programada para las once de la mañana, no podían atenderlo a primera hora. Arturo, nervioso e incrédulo, decidió esperar el fin del presidio en un bar cercano. Fue en ese lugar donde, por asuntos de la casualidad, se encontró a Julio, un viejo amigo de la universidad.

Tomaron un café. Tenían muchos años sin verse. Arturo no quería contarle a su compañero los episodios miserables de su vida reciente por lo que prefirió dedicar el reencuentro a preguntar por el destino de conocidos comunes, recordar anécdotas sin gracia (magnificadas por la melancolía) y dejar pasar el tiempo en la banalidad de la tertulia. Arturo sintió un golpe de calor en el estómago cuando, alrededor de las diez, recibió un mensaje de texto. «¿Podemos hablar antes de la firma?», invitaba su exmujer quien, para el momento de la lectura del mensaje, todavía era su legítima esposa. La aparición inesperada lo desarmó. Tenía más de un año atento a la posibilidad de un armisticio o un llamado de auxilio. La última entrevista con ella había sido un creciente intercambio de maldiciones. Desde entonces, todo el trabajo de comunicación y destrucción quedó en las manos (y en los bolsillos) de los abogados. Julio captó la palidez de su amigo. Cuando Arturo, mortificado por la situación, le contó parte de lo que le estaba pasando, su antiguo colega habló con el dueño del bar y, de manera discreta, pidió una botella de whisky. Sirvieron los tragos en vasos de plástico. Brindaron. Julio escuchó la historia sin participar, con la mirada clavada en un televisor que transmitía el resumen de un partido de béisbol. El doliente expuso, de manera abierta y sobreactuada, los descalabros exagerados de su vida conyugal, como si se tratara del único hombre burlado e infeliz. Al final, Arturo le dijo que su mujer acababa de enviarle un mensaje de texto en el que sugería la posibilidad de un encuentro. Julio recargó su trago. La piedra de hielo se deshizo bajo el roce de sus dedos anchos. «Arturo, escucha. No sé cuál sea tu situación. No sé por qué me cuentas lo que me cuentas. Tú y yo tenemos muchos años sin dirigirnos la palabra. Sé que no es mi problema pero me gustaría contarte mi historia. Puede que lo que me pasó te dé algunas pistas para tomar una decisión».

Hacía más de cinco años que Julio se había casado con una compañera de trabajo, le contó a Arturo. Reconoció que, hasta el momento del colapso, había estado enamorado de su pareja e incluso había sido feliz. Los primeros meses de matrimonio coincidieron con una buena racha profesional. La economía, entonces, le permitió enriquecer el modelo de vida prefabricada al que siempre había aspirado con la compra de una casa, un carro e incluso un perro dálmata. Más tarde tuvieron una hija. Había logrado labrarse un mundo convencional y perfecto que, para su sorpresa, se desplomó de un día para otro. «El problema —contó al terminarse el trago— fue que Cecilia se volvió loca».

Ocurrió a principios de un diciembre. Julio fue a buscar a la niña al colegio, regresó su casa, se bañó y al salir de la ducha encontró a su mujer sentada en el borde de la cama. Estaba desnuda, con los ojos desorbitados y algunos rasguños en la cara. El colchón estaba lleno de tiras de cabello, sobre la almohada reposaba una tijera manchada de sangre. Cecilia le dijo que no podía soportarlo, que si pasaba un día más en esa casa tomaría la irrevocable decisión de matarse. La mujer, con voz trémula, enumeró una serie de disgustos: el aliento matutino, asquerosos hábitos de comida e higiene, la vulgaridad del humor, flatulencias de madrugada. Cecilia dijo que odiaba su vida, que el perro dálmata le daba alergia y, además, que no podía soportar la estupidez de una niña que solo había tenido por complacerlo, para que terminara de regocijarse en su estúpida idea de familia perfecta. «Maldigo el día que te conocí. Maldigo todos los días en los que me tocaste. Maldigo el día en el que me violaste y me condenaste para siempre con tu podrida simiente», gritó convencida.

Julio reaccionó de manera apacible. No se lo tomó en serio, pensó que se trataba de un episodio de histeria, de un chiste de mal gusto de esos que los agoreros de la astrología atribuyen a las andanzas del planeta Mercurio. «Me mudé a un hotel con la niña», explicó. La madrugada estuvo enfocada en una reflexión atenta sobre lo que había ocurrido en los últimos años de su vida. Julio analizó minuto a minuto, fotograma por fotograma, todos los sucesos relacionados con su matrimonio. Sabía que, al principio de la relación, no tenían muchas cosas en común; que las aficiones de ocio (gastronómicas, musicales, cinematográficas, lectoras) eran algo dispares, pero siempre valoró esos desencuentros como una excusa para vivir en un constante descubrimiento del otro.

Cecilia dijo que no quería verlo. Julio trató de encontrar aliados en su compleja causa de reconquista. Habló con su cuñada, con quien siempre había mantenido una relación respetuosa y honesta. Para su sorpresa, ella tomó posición en su contra. Julio tenía que admitir (entendía la otra) que él era el único responsable de todo lo que había pasado… «Pero, honestamente, Arturo, yo no me sentía responsable de nada. Si cometí un error, no lo vi; si fui severo o injusto, no me di cuenta. Me pregunté y todavía me pregunto si la vida que viví por más de cinco años me la había imaginado, si todo fue algo que me quise creer, un espejismo o una obra de teatro mala».

La memoria de Julio, avivada por el desengaño, recreó una serie de anécdotas. Tonterías, menudencias, detalles insignificantes que, para su lógica personal, no podían tener ninguna relevancia. Lo que tú quieras, por ejemplo. Tardó más de cuatro horas en tratar de descifrar el significado de esa expresión porque, durante mucho tiempo, esa había sido la única repuesta de Cecilia. Al repasar esos momentos, Julio le dio la razón en uno de sus reclamos: siempre terminaban haciendo lo que a él le daba la gana (elegía el restaurante, la película, el vino, la marca de café, la reunión pertinente y la impertinente). «Pero —contó— si lo hacía de esa manera es solo porque a ella parecía darle lo mismo. Nunca dijo no quiero. No mostró mala cara ni denunció la supuesta invasión de una privacidad que siempre interpreté como algo común».

Julio se sirvió otro trago, alzó los hombros. «Los problemas no estaban en la cama». Contó que, hasta la noche antes de la denuncia, había mantenido con ella una carnalidad jovial y lúdica. El tiempo, reconoció Julio, adormiló la entrega. Había cesado la furia, la intensidad, los inventos, las posiciones raras, las transgresiones deliciosas, las pequeñas torturas. El amor había adoptado el formato clásico de un acoplamiento fisiológico que solo servía para calmar los nervios, matar las pulsiones y preceder al sueño profundo. «Cecilia dijo que hacer el amor conmigo le daba asco y que siempre, desde el primer día, le había dado asco», le contó a su amigo. Le costó darse cuenta de que lo que percibía como placer en realidad era dolor, que el único alivio que ella había logrado sentir a su lado era cuando, finalmente, lograba quitárselo de encima. «Nunca opuso resistencia», insistía Julio. Nunca sugirió antipatía por su intimidad o por su cuerpo. Julio aceptó algunas culpas, admitió posibles responsabilidades y miopías pero reconoció que no podía estar tan loco como para no darse cuenta de que toda su vida conyugal había sido un artificio.

 Arturo recibió un segundo mensaje de texto. Su esposa lo invitaba a encontrarse en un viejo bar cercano a la oficina ministerial; dijo que quería hablarle sobre un asunto importante. Se sirvieron otro trago. Julio continuó su relato. «Acepté la derrota», dijo. Dos o tres veces intentó hablar con ella pero, enceguecida e iracunda, no quiso dirigirle la palabra. Cambió las cerraduras de la casa, hizo pública la separación por las redes sociales y un grupo de amigos fantasmas dio el visto bueno a su decisión. «El malo era yo».

Si quieres, quédate con tu hija, no me interesa, anunció ella durante una discusión telefónica. El perro desapareció. Un vecino le contó a Julio que la noche anterior había escuchado dolorosos aullidos y que, en horas de la mañana, vio un montículo sospechoso en el punto más remoto del jardín. Lo más difícil de llevar eran las preguntas de su hija. Una mañana en la que la niña tuvo una fuerte crisis de llanto, Arturo tomó la decisión de rendirse y firmar los papeles. Habló con el abogado. Aturdido, impresionado, triste, molesto y frustrado, inició los trámites de la separación.

El divorcio, burocráticamente, fue lento y traumático. Los abogados no lograron llegar a ningún acuerdo. Los tribunales, condicionados por huelgas, días de asueto, jueces suplentes y otras circunstancias, alargaron el proceso por un lapso irracional. El día menos esperado, una comisión policial se presentó en la oficina de Julio. Cecilia lo había denunciado por maltrato psicológico. Las nuevas leyes, condicionadas por la equidad y el discurso del Género, apostaban a favor de ella. La denuncia vino precedida por un cambio de opinión. A última hora, Cecilia se empeñó en hacerse con la custodia de la niña, ella le pertenecía y él no tenía absolutamente nada que ofrecerle. «Si tú te encargas de la crianza, dentro de diez o doce años tendremos que pasar la vergüenza de ver su nombre en la página de anuncios», dijo ella a través de su abogado. «Yo quise a esa mujer, Arturo, la respetaba como persona, como profesional, como compañera. Vivimos juntos por más de cinco años, me dio una hija. Estos argumentos me hicieron llevar con mucha cautela todo lo que tenía que ver con el divorcio. No quería que la niña creciera bajo la sombra de la lucha, no quería que nuestra separación se convirtiera en un trauma, pero llegó un momento en el que, de verdad, lo único que quería era hacerle daño». Un año después del performance, Julio despertó con fiebre. No pudo levantarse. Llamó al trabajo y dijo que no asistiría. Se bañó, desayunó Corn Flakes con leche vencida, dio vueltas por la casa (desde hacía dos meses le había alquilado un apartamento a un compañero de la oficina) y tuvo una clara revelación: el odio. Revisó sus sentimientos por Cecilia y solo encontró un genuino y espontáneo sentimiento de desprecio. Buscó su teléfono celular, llamó al abogado: «Está bien, vamos a hacerlo a tu manera».

 Arturo escuchaba con atención. La historia de su amigo le permitía distraerse, reconocerse y, lo más importante, matar el tiempo hasta las once. No entendía por qué Julio, en ausencia absoluta de confianza, le contaba esa triste historia. Tenía miedo de mirar el teléfono celular pero no podía evitarlo, cada minuto bajaba la mirada a la pantalla. Para su fortuna, su esposa no había vuelto a escribir.

«Una semana antes de firmar el divorcio, Cecilia me llamó —contó Julio—. Dijo que quería verme, que necesitábamos hablar». Había bajado las armas. No hizo reclamos ni denuncias ni intentó atacarlo físicamente. Cecilia puso sobre la mesa la idea del perdón y asomó la posibilidad del reencuentro. Reconoció sus excesos; dijo que, desde hacía unas semanas, estaba participando en una eficiente y constructiva terapia de grupo. Lo invitó a que fueran juntos, a que expusieran sus dificultades de convivencia ante la mirada de un experto en relaciones humanas; dijo que quería vivir con su hija y con su esposo, con el hombre al que amaba; que no sabía que le había pasado, que la agotó la ciudad, el trabajo, la estupidez de los otros y que, bajo una horrible crisis de ansiedad, había dicho y hecho cosas inaceptables. De repente, el perro apareció; Cecilia dijo que una vecina lo había encontrado vagando por un terreno baldío. La niña jugó con él un rato. Esa noche, bajo el paraguas de la ingenuidad, su hija le contó que ese perrito era muy simpático pero que no era el mismo animal. Julio y Cecilia improvisaron una cena romántica (la cuñada se encargó de hacer los preparativos). Hablaron de cosas de las que nunca habían hablado, admitieron errores, se comprometieron a una plausible tolerancia, retomaron las risas y las complicidades de los tiempos del noviazgo y, como en los más intensos encuentros de juventud, gozaron a fondo cada minuto de la madrugada. «Volvimos a intentarlo —contó Julio—. Ya los abogados habían fijado un cronograma para establecer la separación, pero el día la firma no estuvimos ahí».

Y, como era previsible, la locura volvió. Los nuevos episodios, sin embargo, tuvieron un rasgo diferencial: la violencia. Julio sospechó que algo estaba mal el día que ocurrió un extraño accidente: la niña estuvo a punto de morir ahogada en la bañera, supuestamente se resbaló. Una mañana, luego de una discusión anodina (se había terminado el jugo de naranja), Cecilia lo atacó con un cuchillo. Al defenderse, Julio le pegó en la cara. Según él, fue un golpe reflejo, el efecto inevitable de un movimiento brusco pero espontáneo. Cecilia soltó el arma y, al darse cuenta de que sangraba por la nariz, tuvo un ataque de risa. «Ahora sí te jodiste, maldito. Te voy a destruir», gritó antes de denunciarlo. La foto del hematoma, expuesta en las redes sociales, condenó a Julio al oprobio. La noticia fue un escándalo. Su jefe, en beneficio de la imagen de la empresa, le dio unos forzados días de vacaciones. El abogado renunció, la niña pasó a la custodia de la madre. El dinero, empeñado en los trámites de la primera firma, comenzaba a agotarse. «Y aquí estoy. Tengo que presentarme cada quince días en esta oficina, entrevistarme con una funcionaria que considera que debo estar preso, que soy un irrecuperable maltratador y esperar a que el nuevo abogado pueda, al menos, evitar que esa loca le haga daño a la niña. Yo a esa mujer no la conozco, Arturo. No es la persona con la que me casé. A lo mejor sí lo era pero, aturdido por la estupidez de los afectos, no me di cuenta. Sí, la amé, lo reconozco; pero honestamente, quiero que se muera, que la atropelle un carro, que la parta un rayo, que algún asesino drogado e iracundo tropiece con ella. No sé cuáles sean tus problemas —dijo—, pero si tomaste la decisión de separarte, si consideraste que algo no iba bien en tu relación y has llegado hasta acá, no se te ocurra reunirte con tu mujer. Si te tomas ese café o, peor aún, ese vino o esa cerveza de última hora estarás apostando por un nuevo fracaso, será tu perdición y nunca, escúchame bien, nunca tendrás la oportunidad de volver a empezar».

 Arturo escuchó la lección. Su historia no se parecía ni remotamente a la peripecia que había vivido su amigo. Su esposa, pensó, padecía una locura benigna, convencional e histérica. Nada comparado con lo que acababa de escuchar. El fracaso de su matrimonio no había seguido los mismos derroteros; su experiencia había estado ligada al aburrimiento mutuo, al cansancio, a la aparición inevitable de terceros. La historia de su amigo, sin embargo, le permitió repasar el conjunto de circunstancias que lo había llevado a sentir de una manera tan vivaz el agotamiento por su pareja. Confirmó su impresión de que, por el bien de los dos, lo mejor era que no volvieran a verse, a hablar, a recordarse, a tenerse presentes. El teléfono celular repicó, Arturo respondió inmediatamente. «¿No has visto mis mensajes?», dijo una voz de mujer. «¿Mensajes? ¿Qué mensajes?». «Los que te mandé. Te decía que quisiera que habláramos antes de firmar». Durante un par de segundos, prolongados e intransitivos, Arturo imaginó el desenlace del encuentro. Pensó que su mujer le pediría otra oportunidad, un nuevo tiempo, la idea mortificada de volver a intentarlo. Pero la realidad refutó el ideario romántico. Su esposa solo quería saber si había dejado en su casa el par de zapatos de tacón que había comprado en el último viaje a Roma. No los encontraba por ninguna parte. Considerando que, después de la firma, no quería volver a saber nada de él, quería informarse sobre el destino de aquel añorado fetiche. Arturo recordó que, hacía más de dos meses, había tirados los zapatos a la basura. Le dijo, sin embargo, que no los había visto. Quedaron en encontrarse en el Juzgado. Trancaron sin decir adiós. Arturo se levantó y dio dos palmadas en la espalda de su amigo. Julio no se despidió; se pasó el resto de la mañana (y de la tarde), bebiendo y hablando solo.