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Vladimiro el árabe

Vladimiro el árabe

by

Guillermo Fadanelli


Vladimiro Pérez no es precisamente un experto en asuntos islámicos aunque él piense lo contrario. Sedentario por naturaleza, hombre sin grandes ambiciones, vive desde hace muchos años con su mujer y su hija en un modesto departamento que no le pertenece, un conjunto de cuartos viejos que renta a cambio de la mitad de su sueldo. A pesar de ser una persona tolerante, su mujer está cansada de escucharlo opinar acerca de cuestiones que tan poco le conciernen a una familia mexicana.

—Jamás en nuestra jodida vida saldremos de este país. ¿Por qué tenemos que preocuparnos por pleitos ajenos?

—Si le sucede a la humanidad nos sucede a nosotros —responde Vladimiro oponiendo un rostro estoico a los comentarios de su esposa.

—¿Acaso los gringos estuvieron aquí para ayudarnos cuando estuvieron a punto de lanzarnos del departamento? ¿O es que nosotros no somos parte de la humanidad?

A Vladimiro le irrita escuchar reproches tan poco cerebrales. No comprende cómo es que la mayoría de las personas posee una visión del mundo tan estrecha. Pasarse las horas revisando facturas en un modesto escritorio o cocinando para nuestros hijos no nos exime de lo que sucede en Cachemira o en Afganistán. Así piensa Vladimiro Pérez.

—Parecemos ratones con las narices metidas en nuestro agujero.

Después de que dos aviones comerciales derrumbaran las torres gemelas en Nueva York la vida de Vladimiro cambió. Desde entonces compró diariamente el periódico para no perderse los detalles de las investigaciones que los servicios de inteligencia estadounidenses llevaban a cabo para aclarar el asunto. Sorteando los problemas propios de un hombre que no cursó la preparatoria consumía ávido los artículos de especialistas publicados en revistas que dedicaban la mayor parte de sus páginas al atentado. En las oficinas de la pequeña empresa Ventilación Monte Blanco comenzaron a tenerle respeto. Como Vladimiro no acostumbraba revelar los orígenes de su información, sus compañeros atribuían sus conocimientos a una sabiduría que le llegaba desde la cuna.

"¿Crees que se desatará una guerra mundial, Vladimiro?" Era ésta una de las preguntas más comunes que solían hacerle en la oficina de la colonia Narvarte. Entonces Vladimiro abandonaba su humildad acostumbrada, cambiaba el tono de su voz anodina y comenzaba con el sermón.

—La guerra ha comenzado desde hace muchos años, cuando los gringos quisieron hacer negocios con un petróleo que no les pertenecía.

—Ese no es un pretexto para matar a gente inocente —dijo el licenciado Argudín que desconfiaba de los conocimientos de sus empleados de menor jerarquía. Ya era suficiente permitirles distraerse con temas ajenos a su trabajo como para también aceptar que se las dieran de ilustrados.

—Tampoco existen buenos pretextos para matar gente inocente en Afganistán —dijo Vladimiro. No se dejaría amedrentar por su superior. Menos ahora que los oídos de sus compañeros estaban atentos a la inesperada polémica.

—Es distinto. En Afganistán se preparan terroristas que después sembrarán el miedo en el mundo.

—No me parece un buen argumento, licenciado. En ese caso hubiera sido mejor bombardear Florida. ¿O no fue allí donde se prepararon los responsables del atentado a las torres gemelas? —los compañeros de Vladimiro aprobaron su razonamiento. No sólo porque les pareció convincente, sino porque tenían la sensación de que Vladimiro los representaba frente al licenciado Argudín, gerente y accionista de Ventilaciones Monte Blanco (Equipos y Refacciones).

—No le conocía sus inclinaciones comunistas, señor Pérez —dijo Tajante Argudín. Era un hombre delgado y bigote ralo. Jamás sonreía.

—Los comunistas no son religiosos, señor.

—Árabes o comunistas, qué más da. En México no se necesita leer el Corán para salir adelante. Con el trabajo y el talento basta.

—¿Y qué me dice de nosotros, licenciado? —Vladimiro había pronunciado el nosotros de manera automática—. Ganamos unos cuantos pesos trabajando durante todo el día. ¿O quiere decir que no tenemos talento?

—Yo creo en Dios pero no mataría a nadie en su nombre —dijo Argudín ignorando las provocaciones de Vladimiro. ¿Desde cuándo un pinche empleado calvo cincuentón sin estudios se sentía tan chingón?

—No me va a negar, licenciado, que les pegaron reduro los ojetes, con sus propios aviones — intervino Artemio, el mensajero de la empresa. Argudín lo miró despectivamente: "¿También a éste le tengo que dar explicaciones?"

—Es un método muy primitivo. Allí tienen al árabe que intentó prenderse el zapato dentro del avión. Ja ja ja. No pueden compararse actos tan rudimentarios con los modernos cohetes nucleares dirigidos que utilizan las grandes potencias.

—Eso dice porque no caen sobre nosotros —murmuró entre dientes Artemio. Jamás se atrevería a contradecir al licenciado. Vladimiro, en cambio, volvió a intervenir:

—Señor Argudín, creo que se trata más bien de una victoria. Usted sabe que en las mezquitas donde se practica el islamismo uno debe quitarse los zapatos para entrar. Gracias a este terrorista ahora uno debe quitarse los zapatos en el aeropuerto para comprobar que no esconde explosivos. Los árabes han convertido los aeropuertos del mundo en mezquitas.

Argudín prefirió no continuar con la conversación. Con gesto sarcástico invitó a sus empleados a volver a sus labores. Ya en su privado se propuso jamás volver a entrometerse en discusiones delicadas. Encendió nuevamente el puro interrumpido la noche anterior, un Hoyo de Monterrey que comprara en unos cuantos pesos a un vendedor callejero. ¿Qué pensarían sus clientes si se enteraran que simpatizantes de árabes trabajaban en la empresa que los proveía de sistemas de aire acondicionado? ¿No era ése uno de los medios que los terroristas planeaban usar para propagar el ántrax? No le gustaba ese aspecto de mustio santón que estaba tomando a sus ojos Vladimiro López. Quizás sería conveniente prescindir de sus servicios. Esto pensaba el licenciado Argudín mientras observaba a través del cristal de su apartado el movimiento cansino de sus empleados administrativos. En cambio, Vladimiro estaba radiante. Jamás se había imaginado ser capaz de enfrentar una disputa con tanto éxito. De haber continuado sus estudios —se animó a sí mismo— habría sido un magnífico abogado. Esa noche, durante la cena, contó a su familia los pormenores del enfrentamiento vespertino.

—¡Otra vez la burra al trigo! —exclamó su mujer en franca hostilidad contra su marido— A ver si los árabes nos dan de tragar cuando estés en la calle.

—Sí, papá. ¿Cómo te pones a discutir de eso con el licenciado Argudín? —añadió Rosalía, su única hija.

—Rosalía, entiéndeme. Tú eres joven...

—Y tú estás muy viejo para andar con esos asuntos de estudiante revoltoso —dijo su mujer levantándose bruscamente de la mesa para llevar su plato a la cocina.

Esa noche Vladimiro tuvo un sueño que cambiaría el color de sus próximos días. Se soñó a sí mismo entrando a la oficina del licenciado para conversar acerca de asuntos políticos. En el momento en que Argudín le ordenaba retornar a sus actividades, Vladimiro le arrebataba el habano para encender los explosivos atados alrededor de sus costillas que había ocultado bajo su abrigo. Los restos del licenciado flotaban en el aire azolvando los conductos de aire acondicionado. ¿Sería realmente ésa la descripción del sueño? Al menos para el modesto auxiliar administrativo lo fue. La mañana siguiente a su sueño se acomodó en la cabecera de la mesa repasando con la vista a los integrantes de su familia. ¿Qué podían entender ellos de la importancia de una revelación? Estaba tan contento que hizo lo que jamás acostumbraba en el desayuno. Pidió que le sirvieran un poco más de tocino frito en los huevos.