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Los desvelos

I
Días en blanco ¿qué sería
de mí? Mientras cae la noche
en el pecho soñado, cuántos
pasos inciertos hacen blanco,
enemiga. Caer como la noche
sin engaño, en cualquier lecho
que el azar nos propone, en busca
de la caricia más recatada y blanca.
Dime tú, alma mía, elogiada
o favorecida, amiga del señor
en la noche estrellada, cómo
borrar el día cegado por su luz.

II
Días en blanco ¿qué sería
de mí? Libre como el corcel
ante la meta infinita, jadeante
sin caer, libre del muro
que nos pusieron ciego, pero
con el orgullo de quien pone
todo lo que de sí puede
poner el hombre—libre,
si puede ser, no maldecido—
sabiendo que ahora estoy
aquí y mañana . . . ni dónde
ni cuándo ni mañana. Libre,
libre como el puñal pero con-
tigo, sufriéndote, negándote,
callándote el poder de la más
fiera conciencia y sin embargo
amado, temido sin descanso.
Cuando te deposito, mi cuerpo,
en la noche del bien, ahí obs-
curecido renazco y me calumnio.

III
Días en blanco ¿qué sería
de mí? Al borde de la luz
más repentina y ácida, arena
envanecida por el rayo, como
la espuma al filo de las
olas iba mi corazón entre
vaivenes, de tumbo en tumbo
hacia la estrella. Qué blancura
más sigilosa, qué maravilla
insomne, las rocas de cal
viva, las aguas que la furia
hace palidecer, la plata gritando
en el crisol que no se apaga.
Días sólo con nieve dibujados.
Días como la luna endurecidos
por la mirada de la cobra
y el llanto derritiendo la nieve
egoísta del pecho más amado.
Oh implacable, oh feroz blanco
entre el gris y el aire, entre el agua
y el gris, pero brillante, dañino,
humillante, con el brillo del homicida,
así los huesos que dejaré labrados
y pulidos de señal en la noche.

IV
Estoy arrodillado ante el muro
blanco. Escribo mi nombre
sobre el agua. Veo pasar
las horas como nubes. No hay
fondo. No hay abismo.
A mis pies disminuye la sombra.
¿Quién soy? ¿No me conoces?
¿Qué extraño monstruo me
está sorbiendo el poco de
tiniebla que necesito para no
desaparecer? ¿Qué delirio
los dioses huraños me regalan?
Estoy en mí fuera de sí,
contigo, niebla mía, mi
ceniza, mi descendencia, mi
cuerpo, mírame la última vez
antes que me destruya.

V
Alguien me llama y no sé responder.
No estoy. No he regresado. No soy yo.
Subterfugios, desconocida persona,
cuerpo extraño que seguirá llamando
desde siempre hasta nunca sin jamás.
No estoy. No me conozco. ¿Quién es quién?
Llamo, imploro, interrogo, no contesta,
y seguiré llamando ¿a quién? y quién
a quién, sin fin y sin principio,
hasta que pueda llamar y responder
a la vez, con una sola vez.

VI
Qué veloz pensamiento
me lanzó al corazón,
el corazón a Ti. Qué
dicha no negada.
Qué asombro. Dentro
de su corteza la vida
guardaba las formas
exteriores, como el huevo,
anterior a sí mismo.
Quise a la vez lo que
quise y no quise—
recordar, ser desleal
al presente—y consentir
¿qué más da? que sólo Tú
me quemes las entrañas.

VII
El dolor no significa
movimiento ni el placer
inmovilidad. Tan quieta-
mente oscilo entre el
daño y el gozo que
ya no sé si vivo
o desfallezco. Hazme
que gire o permanezca.