View this article in English | bilingual

A Troya, Helena

Acostáronse ambos en el torneado lecho, mientras el Atrida se revolvía entre la muchedumbre, buscando    al deiforme Alejandro... 
HOMERO, Ilíada III, 448ss. 

 

Aparqué el coche a cuatro manzanas de la calle como si hubiera ensayado esa estrategia cientos de veces. ¿Qué sentido tenía que Helena no me sintiera llegar si nunca sabía cuándo me iba? Yo era una suerte de extraño visitante en mi propia casa, más concentrado en mis alumnos y en la facultad que en atender a Helena o a los niños. Tal vez porque había vivido demasiado rápido y me encontraba ahora cerca de los treinta sin algo verdaderamente atractivo que me estimulara, pues había conocido el amor y la muerte tan temprano que tardé más de una década en aminorar la velocidad e intensidad de mis experiencias. De pronto me hallé prematuramente envejecido en una cátedra universitaria, empachado por todo lo bebido y lo bailado y con una mujer que también llegaba a los treinta en su momento, llena de apetitos y curiosidades y con ese ímpetu sensual que nunca colmé completamente. 

Entré con sigilosa cautela para que no escuchara, pero el fragor de su propia batalla lo habría impedido de todas maneras. Helena era preciosa, mas sobre todo buena y diligente: antes de mandar a los chicos al colegio ya había preparado el almuerzo, barrido los suelos, planchado la ropa y hasta desempolvado mi vieja colección de piedras, reunida en los cerros de Santa Eulalia cuando fui a mi primer campamento en tercero de primaria. Nunca se quejó de mi estúpida arqueología sentimental: los cepillos de mi bautizo, chapitas de gaseosas de los cinco continentes e incluso la peonza de bronce que le gané al chinito Alejos en tres jugadas memorables. Todos esos cachivaches recibían puntuales su franelazo indiferente porque Helena era ordenada y meticulosa. Por eso mismo, cuando vi los vasos de whisky en la alfombra y la ropa arrojada con urgencia sobre los muebles, comprendí que estaba exorcizando la rutina doméstica, mi costumbre de doblar camisa y pantalón antes de hacer el amor. 

La verdad es que Helena había resistido demasiado, más de lo que se le podía pedir a una chica que se casa a los veinte años con un huevón de oficio pero sin beneficio. Primero empezó organizando el decrépito chalecito que alquilamos ('vas a ver cómo Barranco se pone de moda', decía), luego fue el embarazo de Martita y el inevitable año de universidad perdido. Más tarde vino la desesperación por la coincidencia de biberones y exámenes, de monografías y pañales. Parecía que al fin acabaría la carrera cuando el ginecólogo le dijo que su análisis daba positivo, que felicitaciones y toda la matraca. Fue la única vez que la vi llorar, lamentándose de cómo al final estaba como todas las marujas que estudian psicología para educar a sus hijitos. Por lo menos ahora la escuchaba reír y hasta ronronear, gemir una y otra vez como si estuviera fuera de sí. 

La universidad fue su obsesión. A pesar de haber ingresado juntos nunca estableció comparaciones odiosas, mas siempre sospeché que le repateaba que esas chicas a quienes había visto crecer en mi oficina desde que estaban en primero se graduaran antes que ella, y que encima yo les dirigiera sus tesis. Ellas eran jóvenes, no estaban cargadas de niños, tenían tiempo de arreglarse y además un título profesional ('pueden conquistar a quien les dé la gana, ¿no?', repetía a cada rato, quizá con doble intención) ¿Pensaría acaso que alguna de esas cosas estaba ya fuera de su alcance? Para bien o para mal ello debió de ser un acicate constante, pues cuando Marta y los mellizos crecieron se metió al gimnasio, sacó la licenciatura y descubrió el afrodisíaco hechizo que sus tobillos infligían sobre los machos de toda condición. 

Desde el corredor me aproximé hacia la puerta entreabierta y el espejo del ropero me exoneró de seguir acercándome. Helena estaba de espaldas, sentada sobre la barriga de un amante enardecido que la hacía subir y bajar, entrar y salir. Parecerá extraño, mas lo que llamó poderosamente mi atención fue el exótico aderezo de mi esposa. Recordé que un día se apareció en nuestro cuarto con una bata transparente bajo la cual resaltaba esa misma ropa interior negra, con sus medias, ligueros y todo. Me desvistió como si pelara una fruta y me tumbó encima de la cama con lujuria y violencia, sin importarle mis quejas acerca del suelo encerado y mis calzoncillos blancos. Con torpe rudeza la despojé de sus encajes y en cinco minutos apuré el trámite que su emboscada exigía, a pesar de los desesperados movimientos de sus caderas por reavivar el cartílago marchito que saciado se dejaba aplastar completamente adormecido. 

¿Cuántas veces se habrá quedado con el deseo y el sostén a medio quitar? En cambio ese hombre sabía hacerla disfrutar sin destejer las nigrescentes gasas que la envolvían, como si conociera de memoria dónde estaban sus vulvas y turgencias en medio de ese laberinto de redes y orificios. 

De pronto decidieron ensayar nuevos juegos y posturas y rodaron retorciéndose entre nalgas y caricias, los dedos hurgando bajo los vellos, las lenguas avezadas en su sitio, los ojos delirando casi a oscuras. Hacía tiempo que no veía así el rostro de Helena, la boca abierta con los labios sugerentes y la mandíbula en un espasmo, transfigurada por el placer. Nuestra intimidad era más bien monótona, burocrática y sin duda a veces frustrante. Allí todo era osadía, evasión y espontaneidad. 

¿Quién era esa persona que de golpe y porrazo se había metido en mi cama y en mi vida? ¿Sería algún vecino o quizá un instructor del famoso gimnasio? A través del espejo creí reconocer sus facciones aniñadas, andróginas, y reparé en que había sido alumno mío el ciclo pasado: Alejandro Parissi, hijo de un fabricante de panetones, expulsado de la universidad por haber sido cateado tres veces en Historia Universal I. ¿Se trataba de un ajuste de cuentas a la italiana o Parissi era el ignorante instrumento de la revancha erótica de Helena? Me sentí ofendido en mi amor propio al ser desplazado por un tipo así, mas comprendí que Parissi era todo lo opuesto a mí con sus torrenciales veintiún años y a la vez todo lo que Helena necesitaba con sus diez años más. 

Al fin y al cabo el chico no tenía la culpa porque a esa edad no se perdona. ¿Yo no había hecho lo mismo con la secretaria de mi viejo y con las lagartonas pijas que se sentaban a ligar con jovencitos en cafeterías de lujo? En aquella época lo veía desde el prisma de una adolescencia incontinente y me importaba un huevo lo que pensara la treintañera de turno. Debían de sentirse solas, desdeñadas e insatisfechas en esa edad en la que siempre estás salida, y hacían bien en adornar la cabeza de sus maridos. Ellas iban a lo suyo y yo iba a lo mío, así como Parissi se esmeraba en prolongar el último orgasmo de Helena hasta el límite de las gunfias. 

Los dos se quedaron laxos y relajados después del clímax, pero las manos sonámbulas seguían buscando las partes blandas, húmedas, acalambradas. Entonces Helena intentó reanimarlo con delicadas felaciones que fueron descendiendo lentamente por las piernas hasta llegar a los pies, donde empezó a rozar sus rígidos pezones sobre esos dedos sensibles que atesoran la energía final. Sacudido por una descarga indescifrable y fulminante, Parissi aferró enhiesto la odalisca cintura que se apretaba contra su cuerpo y ordenó con voz ronca y temblorosa: 'A Troya, Helena. Ahora vamos a Troya'. 

Recordé cuántas veces intenté penetrar infructuosamente en los insondables dominios traseros de Helena y reprimí un instinto homicida desde el otro lado del espejo. Mi memoria repasó la hambrienta concupiscencia de las mujeres maduras que conocí y cómo me justificaba a mí mismo por hacer lo que hacía con ellas dos veces al mes, tres veces por semana, cuatro veces al día. Por esos años Helena era la típica enamorada adolescente que vivía en las nubes, pero ahora se había convertido en una lagartona, en una Melusina insaciable. Pensé en los niños y en la soledad en que quedarían si la mataba, en la ausencia irreparable de su madre y en las pesadillas que les harían dar gritos destemplados. Así, así como Helena gritaba ahora con la cara congestionada, la sonrisa contenida, el desenfreno en cuatro patas. Me dije entonces que no valía la pena y que ese enervante reflejo me devolvía en realidad mis lascivos quehaceres de otra época, espejismo al mismo tiempo urdido en el deseo imposible de haber sido una vez Parissi y raptado a mi propia Helena, sus níveos brazos, mi Caballo de Troya. 

Bajé las escaleras y volví a dictar mis clases. Nunca me atreví a transgredir mi aburrida rutina para no enfrentarme otra vez al inefable espejo del ropero. Helena seguía siendo hermosa, pero sobre todo buena y diligente: un beso entrañable todas las mañanas, los mismos encuentros fugaces de siempre y hasta un franelazo indiferente de vez en cuando. Con el tiempo olvidé la escena pecaminosa que reverberó en el armario, mas a veces resuena en mis oídos ese ruido tan sórdido que hacen dos cuerpos cuando se aman.