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Tijuana: En la colina de El Pozolero



Uno
Un escritor tijuanense me dijo: “Si quieres saber de qué se trata Tijuana debes ir alla”. Allá era el ejido Ojo de Agua, un valle polvoriento a las afueras de la ciudad al que se llega luego de atravesar los cerros sembrados de casas que aparecen en todas las crónicas de Tijuana. En lo alto de una loma —un castillo de Drácula región cuatro— se encuentra el rancho de Santiago Meza López, El Pozolero del cártel de los Arellano Félix. Un hombre que disolvió los cuerpos de 300 personas en tambos de sosa cáustica.

barril

Mitad rural, mitad urbano, el ejido Ojo de Agua es todo menos un lugar. Hilillos de aguas negras bajan por las cuestas. En las calles, de tierra apisonada, aparecen casas levantadas con materiales de desecho: láminas, llantas, tablones. Para donde se mire, sólo existen piedras, sólo existe polvo.

El rancho es una construcción pequeña, de tabique, con muros de dos metros de alto. Adentro hay agujeros cavados en la tierra, tambos industriales con residuos líquidos y una mesa de madera con varios instrumentos de trabajo: guantes de carnaza, cuchillos, recipientes, cucharas de albañil. Unas 200 latas de cerveza, aplastadas, están diseminadas por el terreno. A El Pozolero le gustaba refrescarse la garganta mientras llevaba a cabo su labor.

En la parte alta del rancho hay una habitación sin puertas. Meza López dormía en el suelo, envuelto sólo con una cobija. Los 600 dólares que cada semana le entregaba el narcotraficante Teodoro García Simental no le permitieron nunca el lujo de colocar un catre en su lugar de trabajo.

El 22 de enero de 2009, elementos del ejército adscritos a la II Zona Militar recibieron una denuncia ciudadana: en una casa de la colonia Baja Season’s, hombres armados llevaban días enteros de fiesta. Había música norteña, vehículos sin placas y sexoservidoras que entraban y salían. Un convoy militar cayó sobre el lugar. Cinco minutos antes, corriendo por la playa, habían escapado Teodoro García Simental y 30 de sus allegados. “Cuando el ejército solicitó el apoyo del Ministerio Público, alguien de la PGR les dio el pitazo”, cuenta la directora del semanario Zeta, Adela Navarro.

Meza López estaba tan intoxicado que no se dio cuenta de lo que ocurría. Cuando los militares lo tendieron con las manos en la nuca sobre la arena de la playa, les dijo:
—No saben con quién se meten. Yo soy El Pozolero de El Teo.

Antes de regresar a la tierra había entregado nombres, domicilios, el patrón sorprendente de sus actividades. Fue presentado como uno de los 20 criminales más buscados por el FBI. El ejército lo exhibió ante la prensa como un trofeo. Recuerda el reportero Luis Alonso Pérez:

—Nos llevaron en tres camiones militares hasta el rancho del ejido Ojo de Agua. El Pozolero iba en una Hummer, tapado con una cobija. Toda la colonia salió a mirar el desfile. Los militares lo bajaron de la camioneta, lo llevaron al centro de la finca y le ordenaron que hiciera la reconstrucción de los hechos.
—¿A quiénes deshacías aquí?
—No sé quiénes eran. A mí sólo me los daban.
—¿Los despedazabas?
—No, los echaba enteros en los tambos.
—¿Cuánto tardaban en deshacerse?
—Catorce o quince horas.
—¿Qué hacías con lo que quedaba?
—Lo enterraba.
—¿En dónde?
—Aquí (mientras apuntaba con los ojos al suelo, bajo sus pies).

Agrega Luis Alonso Pérez:

—Los reporteros de Tijuana nos hemos acostumbrado a ver de todo. Pero esto nos dejó congelados. De algunos cuerpos sólo quedaban los dientes. Lo peor es que, de algún modo, él se sentía inocente. Era como un carnicero diciendo: “Yo no mato a las reses, nomás las destazo”.

Meza López era conocido en el cártel como El Chago. Se había dedicado durante muchos años a la elaboración de ladrillos. “Entré al crimen organizado por el lado de la construcción”, dijo después. A principios de los noventa fue reclutado por Ramón Arellano. A la muerte de éste, ocurrida en 2002, quedó bajo las órdenes de Marco Antonio García Simental, El Cris, quien le encargó la desaparición de los primeros cuerpos. “Aprendí a hacer ‘pozole’ con una pierna de res, la cual puse en una cubeta, le eché un líquido y se deshizo. Comencé a hacer experimentos y me convertí (en pozolero), agarrándole la movida, y ese fue mi error. Le puse más interés y por eso me quedé”, declaró, la noche de su detención, ante agentes de la SIEDO.

Desde 2005 la PGR estaba al tanto de sus actividades. Regimiro Silva Pereida, un secuestrador detenido en Mexicali, había asentado en la averiguación previa 3694/05/208:

Recibí instrucciones de El Cris para que yo y otro, de apodo El Flama, priváramos de la vida a tres personas por las que ya se había pedido rescate. Entre El Flama y yo les colocamos cinta adhesiva color canela en la cara para que dejaran de respirar y murieran por asfixia, hasta que dejaron de moverse. Después, otra persona a la que conozco como Chago se llevó los cuerpos a un lugar que desconozco, pero me enteré que los hicieron “pozole”, utilizando unos tambos de agua, de los cuales se pegan uno encima de otro con soldadura, se agregan casi doscientos litros de agua y se vierten dos sacos de sosa cáustica. Luego se arroja el cuerpo humano, sin ropa de vestir, y después de permanecer aproximadamente catorce o quince horas que tarda el cuerpo en desintegrarse, pero no completo, sino que quedan restos óseos, es arrojado el “pozole” al drenaje o en cerros.

Un segundo secuestrador, Iván Aarón Loaiza Espinoza, había declarado en la misma averiguación:

Al llegar a Tijuana conocí a una persona de nombre Luis, alias El Sombrero. Me invitó a trabajar para que le cuidara unas galleras pero con el tiempo me gané su confianza y me invitó para que yo le cuidara casas de seguridad en las cuales tenían personas secuestradas. Me llevó a un rancho conocido como Los Licuados, ya que en ese rancho “pozolean” a las personas, desintegran los cuerpos de las personas secuestradas. Mi primera función fue la de ayudar a soldar los tambos, ya que se requieren de dos para que quepan los cuerpos completos.

Miro aquel panorama gris. Las fosas cavadas en el rancho de El Pozolero. Todo luce como el día de su detención. En un rincón aparece incluso un pantalón de mezclilla manchado de sangre. La propietaria de la casa vecina corre a encerrarse en cuanto me ve. Toco la puerta. No la abre. Los vecinos del ejido Ojo de Agua dicen que por las noches llegaban hasta este sitio camionetas cerradas y pipas de agua. “Aquí hacemos gelatinas”, les decía Meza López, empuñando su lata de cerveza. El olor de los cuerpos sumergidos en ácido solía confundirse con el de un criadero de chivos ubicado a unos metros. Transcribo las palabras del escritor tijuanense que me recomendó venir: “Esto no es inseguridad, sino algo distinto. Algo que tendría que tener otro nombre, porque es más terrorífico: no se trata sólo de ser robado, secuestrado, golpeado, asesinado. Y a la vez, es algo menos, porque ese terror ya se hizo cotidiano, te terminas acostumbrando”.

Dos
En agosto de 2006 la detención del último de los hermanos Arellano Félix —Francisco Javier, El Tigrillo—, provocó un reacomodo en la estructura del Cártel de Tijuana. Al frente de la organización quedó un sobrino de los líderes históricos: Eduardo Sánchez Arellano, alias El Ingeniero.

—El desmembramiento del grupo provocó una pugna por el control de la plaza —dice el delegado de la PGR, Martín Rubio Millán.

El control de la plaza no significa sólo tener un corredor para el trasiego de drogas. El cártel controla también el tráfico de personas, los secuestros, la venta de autos robados, los asaltos de alto impacto, las máquinas tragamonedas, las apuestas, la prostitución, el juego clandestino y la “piratería”.

Un antiguo sicario de los Arellano, Teodoro García Simental, conocido como El Teo o El Tres Letras, ocupó la dirección de una de las células más violentas. El poder que acumuló en poco tiempo le permitió violar de modo sistemático las reglas impuestas por El Ingeniero: se limitaba a enviar su cuota al líder del cártel, pero “llegó el momento en que ya ni el teléfono le contestaba”.

El 25 de abril de 2007 El Tres Letras fue llamado a cuentas. Eduardo Sánchez Arellano le exigió una reunión para discutir los secuestros “no autorizados” que su grupo estaba cometiendo. Según una investigación del semanario Zeta, esa noche los teléfonos de la policía comenzaron a sonar para advertir a los agentes que se mantuvieran lejos de la calle “porque el asunto entre ellos se va a poner feo”. Los gatilleros de ambos grupos fueron requeridos por radio. “Vamos a escoltar a un jefe”, les dijeron. Era viernes y la mayor parte de los sicarios (algunos de ellos, policías municipales y ministeriales) estaban “enfiestados”.

La cita fue concertada en la madrugada, en el paseo conocido como el Guaycura. 22 vehículos con hombres armados hasta los dientes, y drogados a morir, llegaron hasta ese sitio. La policía había desaparecido de las calles. No sólo la municipal: también “se habían abierto de la zona” las patrullas de las policías federal y estatal.

El Ingeniero envió como avanzada a su lugarteniente, El 7-7. Éste le informó por radio que El Teo no se había presentado. En los autos sólo había personajes de segunda línea: “puros claves R”, que dijeron que tenían la orden de recibir el recado. “Acaben con ellos”, ordenó Sánchez Arellano. El 7-7 le disparó en la cara a Alfredo Delgadillo Solís, conocido como La Máquina. Se desató una cruenta balacera que dejó 15 muertos (entre ellos El 7-7) y 22 heridos. Más de mil 500 cartuchos fueron percutidos. La guerra que se decretó esa noche dejó 337 muertos en 2007 y 880 en 2008.

—Existen indicios de que Teodoro García Simental se había cobijado en el Cártel de Sinaloa, una organización que encontró en esta pugna la oportunidad de infiltrarse en Tijuana —afirma el delegado Rubio Millán.

El resultado: una estela de decapitados, encobijados, estrangulados y acribillados, que en ese tiempo convirtió a Tijuana en la tercera ciudad con mayor número de ejecuciones, luego de Culiacán y Ciudad Juárez.

Tres
En los días que siguieron a la batalla del Guaycura, un viejo escolta del ex gobernador Ernesto Ruffo Appel, el ex comandante de la Policía Ministerial del estado, José Ramón Velásquez Molina, fue secuestrado por sicarios al servicio de los Arellano. El ex comandante fue golpeado y torturado. Luego, sus verdugos lo sentaron frente a una cámara de video. El interrogatorio al que lo sometieron fue entregado en un disco compacto a diversos medios de comunicación. Velásquez Molina aparece golpeado y sudoroso, con la mansedumbre de un cordero que desea agradar en todo a sus verdugos.

—¿Para quién trabajas?
—Trabajo para una célula de El Chapo Guzmán y Mayo Zambada. Antes trabajaba para El Mayel. Hace tiempo, El Mayel, por medio de su abogado en Almoloya, me habló para decir que me fuera a Culiacán, que me iba a encontrar con su hermano El Gil, para ir a ver a estas personas, los dos fuimos, estuvimos allá.
—¡Más fuerte!

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—Estuvimos en Culiacán… platicando con El Chapo y El Mayo Zambada… Estuvimos ahí como unas cuatro horas platicando… El Gil se comprometió para trabajar con ellos… estuvo sosteniendo relaciones con estas personas hasta que lo detuvieron.
—¿Y qué está pasando ahorita?
—La relación de El Chapo se quedó conmigo. Y el año pasado (con) una persona de nombre Humberto Valdez, le dicen El Pato Valdez.
—¿Él quién es?
—El Pato Valdez es, me dijeron en ese tiempo, un asesor del procurador.
—¿Qué procurador?
—Antonio Martínez Luna.
—¡Hable más fuerte!
—Antonio Martínez Luna, el procurador. En ese tiempo me dijeron que el procurador Antonio Martínez Luna quería trabajar tanto con El Mayo como con El Chapo para combatir a la gente de Tijuana… y que querían formar un grupo de agentes ministeriales, 10 agentes ministeriales ya dados de baja, para conformar una célula para combatir a la gente de Tijuana… Yo llevé a El Pato Valdez a Culiacán, se entrevistó con El Chapo y con El Mayo… se tomaron acuerdos como que el asesor del procurador quedó de darles información, toda la información de Tijuana…
—Pérate, pérate. ¿Quién dirige esa célula?
—La célula que se formó en Mexicali la dirijo yo.
—¿Y quién más?
—Apoyado por El Pato Valdez.
[…]
—¿Tú y él dirigen esa célula?
—El grupo de la Procuraduría lo dirige él, él dirige a los agentes.
—¿Qué grupo?
—Sé que están en el grupo especial ese de inteligencia que el procurador formó con ese nombre.
[…]
—¿Cómo operan y quién los protege, cómo operan y quién los protege?
—¿Cómo se opera? Pues se opera de la forma en que todo el mundo sabe, o sea, cuando se va a levantar a una víctima, lo protegen a uno los agentes, el que nos protege es el licenciado Pato Valdez, él tiene pleno conocimiento de los operativos, a la vez él le comunica a El Blindado de todos los operativos.
—¿Y el procurador?
—El Blindado en este caso, es la clave que él utiliza.
—¿Quién es El Blindado, dónde, cómo se llama?
—El Blindado es el procurador.
[…]
—¿De dónde está agarrado el procurador?
—El procurador está agarrado del gobernador.
—¿Cómo se llama el gobernador?
—El gobernador se llama Eugenio Elorduy Walther. Pero yo no creo que el gobernador esté metido en esto. Pero sí lo apoya. Incondicionalmente lo ha apoyado. Ya van a ser los seis años y lo sigue sosteniendo igual.

El interrogatorio sigue, implacable: ¿Cómo es ese cabrón? ¿Qué edad tiene? Acuérdate, acuérdate, tienes que acordarte. ¿Te molesta la luz? Háblame de los trabajos que han hecho. A ver, de uno por uno. ¿Quién es la gente de El Chapo aquí? Di nombres y apodos. No te equivoques. ¡Nombres! Cárgate para acá, por favor. Veme a la cámara. ¿Cómo planearon las cosas, cómo fue el jale? ¿A qué más ministeriales les pagaron? ¿Están bien cuajados o qué onda? ¿Están cuajados? Y los municipales… ¿qué me dices de la municipal?

José Ramón Velásquez fue asesinado en cuanto terminó el interrogatorio. Abandonaron su cadáver frente a la casa donde vivía la novia del procurador. La tormenta que desataron 20 minutos de grabación no bastó para que el funcionario fuera removido del cargo. Martínez Luna declaró que no conocía, ni había oído hablar jamás de El Pato Valdez.

Al poco tiempo, una nueva videograbación reveló una extraña conversación sostenida en las oficinas de la Procuraduría estatal. Los protagonistas eran El Pato Valdez, el secretario particular del procurador, Julio Lamas, y el titular de la Unidad Especializada contra el Crimen Organizado, Víctor Felipe de la Garza Herrada.

Valdez detallaba ante los funcionarios una posible estrategia para lograr la captura de un miembro del grupo de los Arellano. No sólo eso: les pedía la entrega de “viáticos” para montar el operativo.

El huracán en que se vio envuelta la Procuraduría estatal cuando la videograbación fue entregada a los medios, tampoco hizo en mella en el procurador. Martínez Luna fue sostenido en el puesto hasta que terminó el sexenio del gobernador Elorduy (2001-2007). El entonces titular de la Unidad Especializada contra el Crimen Organizado, Víctor Felipe de la Garza, no consideró que el nuevo video constituyera una prueba de nada. Se encogió de hombros: “Yo recibía a muchas personas que aportaban información o presentaban denuncias. El objetivo de esa reunión fue recibir la denuncia de ese señor, que es un abogado de aquí de Tijuana. Yo lo conozco nada más de eso. Ha habido resultados muy importantes en las investigaciones, y la realidad obedece precisamente a esta confianza que tiene en nosotros la ciudadanía”.

Cuatro
—La única realidad de Tijuana es la impunidad —dice la directora de Zeta, Adela Navarro—. Se trata de una impunidad sin remedio, sin salida, porque es proveída por el mismo estado. En Tijuana, prácticamente todas las policías han sido compradas: de la municipal a la PGR, los agentes obedecen al cártel antes que al estado.

A fines de marzo de 2009, 18 oficiales de la Policía Municipal de Tijuana, entre los cuales se encontraba un jefe de Inteligencia, fueron detenidos por fuerzas federales.

zapato

Otros 39 habían sido consignados a lo largo del año. Cada uno de ellos cobraba entre 500 y 800 dólares al mes a cambio de colaborar con el crimen organizado. El dinero era enviado a los mismos cuarteles de la policía. Un oficial de alto rango era el encargado de repartirlo.

—El cártel controla a la fuerza pública, y controla también al poder judicial —prosigue Navarro—. Zeta lo ha documentado sistemáticamente durante 30 años. En los archivos del semanario no sólo está el organigrama del cártel, sino también los vínculos que éste ha establecido con las autoridades desde los tiempos en que comenzó a operar. Zeta ha documentado el modo en que nuestra sociedad se fue quedando en la orfandad, y perdió el asombro.
El presidente de la Coparmex, Roberto Quijano, asegura que Tijuana es víctima de una leyenda negra tejida por los afanes sensacionalistas de la prensa:
—La gente vive con normalidad. Hay una guerra entre grupos criminales, pero los ciudadanos no forman parte de esa pugna. Los muertos, los ejecutados, son los propios criminales. Aunque el tejido social fue dañado por las omisiones cometidas durante la administración de Elorduy, en Tijuana la mayor parte de los ciudadanos hacemos nuestra vida con tranquilidad.

La Quinta Encuesta Nacional sobre Inseguridad, realizada por el ICESI (Instituto Ciudadano de Estudios sobre la Inseguridad) coloca, sin embargo, a Tijuana como la cuarta ciudad más peligrosa del país (después del Distrito Federal, la zona conurbada del Estado de México y Acapulco), y la tercera donde la población se siente más insegura (luego del DF y el estado de Tabasco). Aunque en las calles no parece agitarse ni una hoja, y a primera vista la ciudad luce tan inofensiva como un domingo en la playa, en sus pliegues hay grietas, manchas de sangre, agujeros de bala. Taxistas, vendedores de chicles, boleros, meseros, repartidores de diarios, forman una red social asociada al narcotráfico. La PGR los conoce como “halcones”; la gente de Tijuana los denomina “punteros”. Su trabajo consiste en reportar la llegada de convoyes, de autos sospechosos, de visitantes extraños. Todo movimiento ocurrido en las oficinas gubernamentales es reportado de inmediato a los operadores del cártel.

—Al narco no lo ves venir, pero te sale al paso en todas partes. No es una construcción imaginaria. Está metido en la vida cotidiana. Forma parte de nosotros. El narco es ya nuestra cultura —dice el reportero Luis Alonso Pérez.

Beatriz Angélica Pérez Galindo, tampoco lo vio venir. Acababa de separarse, tenía un hijo de 10 años, necesitaba trabajo con urgencia. Una noche salió a comer tacos con una amiga. Esa amiga le presentó a un hombre. “Mira, este es Leonardo”. Leonardo traía una placa metálica encajada en el cinturón. Dijo que era “comandante de Inteligencia de la Procuraduría General de la República”. Le preguntó a Beatriz Angélica a qué se dedicaba. “A nada”, dijo ella. El hombre le sugirió: “Ya que no tiene trabajo, debería dedicarse a la correduría de bienes raíces. Usted busca casas en renta, las contrata para mí y yo le doy un mes de renta de comisión”. Beatriz Angélica le dio su número telefónico. Leonardo se negó a darle el suyo: “Como soy de la policía no se lo puedo dar”. La llamó al día siguiente: “Búsqueme una casa grande, que tenga cochera”. Beatriz Angélica se puso a revisar los anuncios del periódico. Encontró una casa de 800 dólares al mes. Cuando Leonardo volvió a llamarle, se pusieron de acuerdo para que él le enviara el dinero del depósito. Se firmó el contrato. Le pagó su comisión.

Al poco tiempo el comandante volvió a buscarla para que consiguiera otra casa. “Va a llegar gente de la ciudad de México”, le dijo. Beatriz Angélica llamó a la inmobiliaria y consiguió una casa con tres recámaras y portón eléctrico. 800 dólares de renta. Leonardo le mandó una credencial de elector: pertenecía a una tal Liliana Ortiz. “Sáqueme a nombre de ella el contrato”.

Durante varios meses la mujer anduvo rentando casas a lo largo de la ciudad. A veces, porque iba a llegar de visita la familia de Leonardo; otras, porque éste estaba esperando “más gente de México”. Casi todos los contratos salieron a nombre de Liliana Ortiz, y en algunas ocasiones a nombre de Gustavo Guajardo.

Cuando se hicieron de confianza, el comandante comenzó a pedirle que llevara comida a las casas que había rentado. En ellas encontraba siempre a hombres armados que miraban la televisión. Unos parecían policías efectivos, otros tenían aspecto de “madrinas”. Todos llevaban ropas de calidad. No se dio cuenta de cómo el narcotráfico se había metido en su vida. No lo vio venir, hasta la tarde en que la detuvieron llevando una bolsa de comida a una casa de seguridad del crimen organizado. No supo que en Tijuana el narco te sale al paso, hasta que, previa lectura de su dicho, lo ratificó, firmó y estampó su huella dactilar. No lo supo hasta que le dijeron que había pasado a formar parte de una averiguación. La PGR/UEDO/087/2000.

Cinco
El presidente de la Coparmex, Roberto Quijano, comprendió en el sexenio del gobernador Elorduy que el crimen había tocado nuevas esferas. El secuestro de un empresario le reveló el nivel de la infiltración.

—Acababan de secuestrarlo. Llamé a la Procuraduría para decirles: “Se lo están llevando”. A las dos horas, el empresario fue liberado. Me pregunté: “¿De veras la cosa es así? ¿Existen secuestros autorizados y no autorizados?”.
Agrega Quijano:
—Cualquier gobierno tiene prioridades. Para Elorduy la seguridad no fue una de ellas. No dimensionó el problema, y cuando quiso tomar cartas en el asunto era demasiado tarde. El agua le había llegado a los tobillos, la dinámica delincuencial había enfermado a Baja California. Esa es la lucha que ahora se está dando: cómo sanar a un cuerpo que lleva tantos años enfermo.

Afuera, en la calle, hay patrullas con las sirenas encendidas, operativos policíacos con encapuchados, convoyes repletos de hombres armados que al mediodía transitan a vuelta de rueda por Sánchez Taboada y el Paseo de los Héroes. Todos los días hay primeras planas que anuncian en las esquinas nuevas ejecuciones. Noticiarios de televisión que exhiben cuerpos ensangrentados. Tijuana es una balacera.

Un registro de la Asociación Ciudadana contra la Impunidad señala que, de 2007 a la fecha, 488 personas han desaparecido después de ser levantadas por comandos que portaban uniformes, credenciales, armas largas y logos de la policía.

—En el 40 por ciento de los casos se trató de secuestros de comerciantes, tianguistas y pequeños empresarios. Ellos forman el grupo más vulnerable de la sociedad, pues los narcotraficantes no acostumbran secuestrar a la gente pudiente. Prefieren secuestrar a los dueños de farmacias, de tiendas, de carnicerías: aquellos que no tienen influencia ni contactos. Algunos secuestrados regresan a sus casas; otros no vuelven a aparecer jamás —explica el secretario general de la asociación, Fernando Ocegueda.

En su escritorio, Ocegueda tiene un álbum que contiene los rostros de los desaparecidos. Son fotos tomadas en festejos, reuniones familiares, ocasiones solemnes y días de campo. Cada una de esas sonrisas ha sido borrada por un cuento de terror. “Entraron por él a su casa”, “lo levantaron al salir del trabajo”, “descuartizaron al chofer y lo fueron a tirar en la puerta para que la familia pagara el rescate”. Casi 500 personas en sólo dos años. Unas se habían metido en las redes del crimen organizado. Otras no. Fueron simplemente víctimas.

Cuando El Pozolero cayó en Baja Season’s, los miembros de la Asociación llevaron el álbum a las oficinas de la SIEDO.

—Teníamos esperanza de que él nos aclarara el destino de nuestros familiares —dice Ocegueda—. Pero El Pozolero contestó que nunca vio a las caras de los muertos. Que se los entregaban enteipeados, con la cabeza envuelta en cinta canela, y que de ese modo los metía en los tambos.

La directora de Zeta afirma que Tijuana es un cementerio. Que por cada muerto que aparece posiblemente hay otro enterrado en narcofosas o en casas de seguridad.

—Si tienes suerte, encuentran tu cuerpo por ahí tirado. Si no la tienes, posiblemente es porque te mandaron allá.
Allá. Un perro ladra en el ejido Ojo de Agua, cerca de la tapia tras la cual Meza López encendía fogatas para que los cuerpos metidos en tambos desaparecieran más pronto. El viento pega en las cuestas, levanta remolinos de polvo, agita los montoncillos de tierra que descansan junto a las fosas sembradas de huesos y dientes.