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Nos destrozaron las radios y los televisores

Nos destrozaron las radios y los televisores
para que nos quedásemos sin imágenes,
sin aquellas empalagosas canciones
que adormecieron nuestro pasado
cuando aún creíamos en los trenes
junto al mar, en el rancho donde Laura
iba con sus cántaras de leche al río
a encontrarse con el príncipe a caballo,
besando la boca del caballo que piafaba
como en el jardín de Güendalina
entregados a lo que ellos llamaban amor.
Nos obligaron a pasar las noches
leyendo a Barthes y a Derrida
hasta que las palabras se deshacían
en nuestras manos y nada tenía más valor
que el que pudo tener y jamás tuvo,
como si promesas y pasado 
fuesen una misma cosa. Sólo podíamos
amar a las mujeres muertas, en las pantallas
aparecían desnudas y desoladas, la más bella
era la del cuerpo cubierto de vello
con un niño muerto en el pecho.
Nuestros ojos sólo veían dolor.
Nuestros oídos sólo escuchaban
palabras estridentes, chillidos.
Nadie quiso despertarnos. Nos negaron
los vergeles, las ciudades con tabernas
y  carruajes, la placidez de los cementerios,
los carruajes negros brillando bajo el sol,
las cabezas inclinadas ante el difunto
y a la hora del ángelus, la siega
y la ebriedad de las vendimia,
los pajares donde alguien finalmente
nos entregaba su cuerpo desnudo
y la revelación nos hacía llorar.
Laura todavía era virgen. Sus hijos
todavía no lloraban en el jardín.
Saludaba a los tripulantes de Thetis
anclado en el río Ouse, recorría
el ondulante perfil de las colinas
de Sussex, belleza inmersa
en la belleza, hasta que en Newhaven
descubrió la bruma, una mano
velluda que hurgaba en sus muslos,
violándola sin que ella hubiese sabido
qué era el amor en el que ya no creyó
jamás. Todas las mujeres expulsadas
del Paraíso, vituperadas y abandonadas,
convertidas en prostitutas. No humilléis
a los humillados, dejad de herir
a los muertos, no profanéis
la belleza. La capilla Sixtina
está llena de graffiti, al Papa
lo han arrastrado por las calles
de Roma, azotado por los niños
a los que tanto quiso y acarició.
En las pantallas de los ordenadores
buscamos nuestra olvidada
identidad, ellos son nuestra memoria, nos
devuelven el pasado. Nuestra madre,
una meretriz que huyó de casa
apenas parirme. No le gustó mi rostro,
no era televisivo, nunca anunciaría
jabones, feliz entre pompas. No quería
estropearse los senos. Por las noches
vaciaba la leche en el retrete
y a mí me despertaba el hambre
y el olor acre de sus pezones.
Y ahora busco a Laura, pero murió
crucificada. Su virginidad
ofendía a los hombres. Y
antes de la cruz la expusieron
desnuda, cubierta de sangre
donde más amamos a las mujeres
para que dejásemos de amarlas.
Hasta que nos abandonaron
en este páramo que a lo lejos
parecía una ciudad irreal,
el Paraíso en el que nunca
deberíamos haber creído.
El descampado estaba lleno
de cadáveres putrefactos de ángeles
y, al abrirnos las puertas una mano
invisible, escuchamos la música
que se escucha en el Cielo
pero no había nadie, ningún
camino que seguir, nada
que recordar. Tuve que inventarme
mi pasado, esta historia que escribo
sabiendo que no es cierta
porque no existe la certeza.
Me invento a Laura y huye.
Condenado a la imaginación,
maldecido por ella, ignoro
cuándo se acabarán los días,
cuándo empezarán los amaneceres
en esta pavorosa oscuridad.
Sé, pues lo acabo de inventar,
que Laura ha sido todas las mujeres,
el vello de su pubis, sus axilas,
su espalda en la que duermen los lagartos
su mirada ciega en la que duerme el sol.
Cuando regrese al mundo, ¿recordaré
esta historia? ¿Recordaré a la que fue
madre, la mujer violada, la mujer deseada,
al aliento de belleza que ahora
se me niega para siempre? ¿El amenazador
principio de Génesis, su perversa
vegetación?