View this article in English | bilingual

El redactor de memorias

De mi primera emigración no tengo recuerdos. Del país que dejé creo retener las imágenes de unas fotografías pequeñas y sin color. No vislumbro el dolor que despidió a mi madre. Tampoco el viaje ni el aterrizaje ni el abrazo de mi padre, cuando se reunió con nosotros. De mis primeros años como extranjero evoco una piscina donde no aprendí a nadar, una vez que me perdí corriendo por el lobby del hotel donde nos hospedamos, unos primos que pronto desaparecieron, el sonido del heladero, un mordisco en el aula y el comenzar a utilizar palabras que no conocían en casa. Patilla le dije a la sandía; lechosa, a la papaya.

En los recuerdos no sé de años, sino de lugares donde viví, que fueron muchos. Cualquier reminiscencia me encierra en cuatro paredes, en juegos solitarios, en el paisaje a través de una ventana. Miradores hubo tantos como mudanzas y como excusas de los caseros para rescindir los contratos. Del Savoy al Hilton. De Terrazas para Lomas. De Las Mercedes para Caurimare. De una torre para la de al lado. De un apartamento para el de abajo. Tanto peregrinar despertaba no poca malicia en los vecinos. Nos especializamos en cambiarnos dentro del mismo edificio, para que la rutina permaneciera incólume y nada más variara el alquiler, siempre en aumento, y las privaciones para pagarlo.

Mi segunda emigración la rememoro mejor. Supe, entonces, cuán difícil resulta guardar toda una vida dentro de una maleta. Que lo amado no quepa por milímetros, que un zapato sea más importante que un libro. Que tus pertenencias nada valen cuando se rematan. Mi mayor capital eran cientos de libros de literatura clásica, lo único que leo por consejo de los escritores que tanto admiro. Elegí quedarme con una docena y ya eran demasiados para el viaje. No había destino dónde llegar. El equipaje podría levantar sospechas en la aduana. A duras penas había conseguido la visa de turista.

El vendedor de libros usados miró, seleccionó, arrumó mis ejemplares. Dije mi precio y le pareció excesivo. Quiso pagar por todos lo que no vale ni uno. Regresé sin venderlos. Rematar la ropa, los electrodomésticos, los discos, la computadora y la cama resultó menos doloroso. Los libros se quedaron en las cajas. Todavía me esperan. Mi mujer desalojó una camisa de la maleta, para que cupiera mi manuscrito, una recopilación de cuentos.

Buscamos la dirección de las editoriales en la sección de novedades de una librería de Madrid. Un mes después, cuando habíamos dejado copia del manuscrito en las editoriales de la ciudad, viajamos a Barcelona. En el tren nos sentamos en la mesa del cafetín, nos besamos y fingimos dormitar para no atender al empleado que quiso, durante todo el trayecto, pedir unos boletos que no habíamos comprado. Aunque ninguno de los dos fumaba, prendimos un cigarrillo tras otro, para justificar nuestra renuencia a entrar al compartimiento de literas.

En Barcelona visitamos otras tantas editoriales. Volvimos a los hostales de Madrid justo con el invierno. Estas mudanzas resultaban más fáciles que las anteriores. Cada uno arrastraba su maleta por el empedrado de la calle, como por costumbre.

Ahora vivimos en una habitación subarrendada, que abandonamos sólo para cocinar. Hoy llegaron las tres últimas respuestas de las editoriales que faltaban por rechazar mis relatos. Ella guarda todas las cartas. Para consolarme, me leyó un recorte de periódico que decía que 17 editoriales no quisieron publicar La Ciudad de Cristal de Paul Auster. Yo, que hubiera preferido que me comparara con Balzac, temo a su manía de atesorar papeles. No quiero que nuestro equipaje engorde tanto como para esquivar nuevas mudanzas. Tampoco quiero emigrar de arriba abajo dentro del mismo edificio, como preferían mis padres. O de un cuarto para el de enfrente, como ya nos pasó en esta casa.

 

***

 

La carta de la editorial decía así: “El deleite que me ha producido la novela, que tan amablemente nos ha enviado, sólo ha sido superado por la lectura de la versión original escrita por Augusto Monterroso, titulada Animales y Hombres. La editorial que represento no posee los derechos de autor de dicha obra y sospecho que usted tampoco. Por tanto, no podemos publicar su no tan fiel trascripción”. Firmaba M. Aizpirrieta.

Busqué las cartas viejas que mi mujer atesora y confirmé mi sospecha. Más de cinco años antes, cuando recién había emigrado a España, M. Aizpirrieta, que para entonces trabajaba en otra casa editora, me escribió: “Debido a que su libro de cuentos muestra muchas similitudes con Movimiento Perpetuo, publicado en 1972 por Augusto Monterroso, sentimos comunicarle que nuestro comité de lectura ha desestimado la publicación de su ¿original?”

Dos años antes, cuando quise publicar mi segunda obra, M. Aizpirrieta, en nombre de una tercera editorial, me respondió: “Su libro es fantástico, pero ya alguien más lo escribió: Augusto Monterroso y lo llamó La Oveja Negra y Demás Fábulas. Igual le agradezco la gentileza de enviarme la trascripción, pues la relectura de este autor siempre se agradece y no roba demasiado tiempo”.

Desde que recibí la primera carta deseché la lectura de Monterroso, por temor a verificar las palabras de M. Aizpirrieta. Yo conocía el cuento más breve del mundo, El Dinosaurio, porque siempre lo recitaba un buen amigo que sabía de memoria miles de episodios de la vida de los escritores latinoamericanos famosos. Tengo que reconocer que el cuento se parecía a uno que formaba parte de un libro que aún no había enviado a las editoriales. Sin embargo, mi protagonista no era un durmiente y tampoco se encontraba un dinosaurio al despertar. Además, si publicara mi obra destronaría al escritor guatemalteco del récord, pues mi narración tenía seis palabras, una menos que la de él. Pero siempre existirá gente como M. Aizpirrieta, empeñada en encontrar similitudes entre textos, tan solo para desmeritar la escritura de quienes, como yo, cultivan la concisión.

Después de recibir esa tercera carta de M. Aizpirrieta, salí a comprar las obras de Monterroso. En la librería estaban los títulos que se mencionaban en las tres cartas. Pero preferí adquirir su obra completa, que cabía en un librito de 132 páginas. Siempre creí que para conseguir el éxito se tenía que ser tan prolífico como Alejandro Dumas. El cuadernillo que compraba me consolaba. En términos cuantitativos, yo también tenía un quehacer literario escueto.

Aunque yo era todavía un escritor rigurosamente inédito, había logrado vivir de la literatura: Redactaba las memorias de quienes me contrataban. Ganaba lo suficiente como para haber detenido las mudanzas en un bonito piso del centro de Madrid.

Al comienzo de mi carrera de escribidor, me promocioné repartiendo volantes en todos los buzones de la ciudad. Ofrecía la inmortalidad al alcance del bolsillo. “¿Quiere escribir el libro de su vida? Profesional se lo redacta. Honorarios por hora de entrevista. Aproveche: La posteridad es más fácil de lo que usted cree”. Los honorarios se cancelaban en tres cómodas cuotas. La primera, antes de iniciar la sesión de entrevistas, de dos horas por día, dos días a la semana, durante un mes; el segundo pago, cuando entregaba el borrador, que se sometía al escrutinio del dictador de sus memorias; y el tercero, cuando redactaba la versión final que incluía enmiendas por arrepentimientos de última hora de quien, al fin y al cabo, firmaba el libro. Redactaba entre diez y doce biografías en nueve meses. En invierno escribía mis propios libros. Justo aquel día que recibí la carta de M. Aizpirrieta me preparaba para la hibernación. Rehusaría cualquier contrato, hasta acabar mi nueva obra, que sería una novela muy experimental.

En mi casa, ojeé el volumen de Monterroso, que no era, como anunciaba el título, una obra completa, sino una narración de siete páginas, acompañado de otros doce relatos. El título me había engañado: Obras Completas (Y Otros Cuentos). Para mi sorpresa, las narraciones eran muy similares a algunas que yo había compuesto. Sin embargo, mis personajes y el trasfondo crítico de mi obra difería de la de Monterroso.

            Regresé a la librería. Compré otros nueve libros del guatemalteco.

Leí La Oveja Negra y Demás Fábulas. Al principio no me reconocí en los animales que dibujaba el autor, porque en mis textos yo hago fábulas con los habitantes del ecosistema marino. Después de rebuscar entre líneas, fungiendo como mi propio acusador, concedí el beneficio de la duda a M. Aizpirrieta. Algo me salvaba aún. Mi ópera prima no se parecía a la suya, sino a su cuarta obra. Tuve cierto sabor a triunfo, una especie de consuelo.

Sonó el teléfono.

-Llamo por el anuncio. Quiero escribir un libro.

-Muy bien, señor, pero tendrá que esperar algunos meses. Si desea, puedo anotar sus datos y me podré en contacto con usted tan pronto como...

-No, usted no entiende. No hay tiempo.

La voz era urgente, temblorosa, senil. Involuntariamente acepté una reunión inmediata en una cafetería de Chamartín, muy lejos de mi barrio. Recuerdo que me consolé pensando que, durante el trayecto en Metro, leería Movimiento Perpetuo para comprobar si también tenía parecido con mi segundo conjunto de relatos. El sol de otoño cedía. El frío, mi mal abrigado vestir debido a la premura con que salí y la necesidad de escribir mi nuevo libro para desquitarme de Monterroso, con el que tan sospechosamente coincidía, me predispusieron para no aceptar por ningún motivo el trabajo. Bajé en una estación cualquiera y di la vuelta. No acudiría a la cita.

            Ya en casa, volvió a sonar el teléfono. Levanté el auricular sin contestar. Era el viejo. Colgué. El teléfono repicó insistente y su sonido acompañó la lectura que hiciera de Movimiento Perpetuo. Esta obra, debo admitirlo, se parecía aún más a mi segundo libro. Su intento de elaborar una antología sobre las moscas, que a mí tanto me obsesionaban; los palíndromos que escribió en Onís Es Asesino eran los mismos que había fabricado yo después de cientos de horas de trabajo para un relato parecido, aunque hago la salvedad de que no eran iguales; y la odisea narrada en Cómo me Deshice de Quinientos Libros era la misma que yo había inventado para satirizar mi enorme nostalgia por los libros que dejé en mi tierra.

Lo terrible, sin embargo, se presentó cuando leí Lo Demás es Silencio. Era un calco a lo que yo me había propuesto escribir. Y el mismo final, que había sido lo primero que se me había ocurrido. Concluí que mi trabajo ya había sido hecho. Imaginé la carta de rechazo de M. Aizpirrieta: “El suyo es un esfuerzo sobrehumano que merece ser reconocido. Nunca nadie persiguió tanto a un autor para arrebatarle sus obras. Aunque no puedo desear que su constancia sea recompensada, sí espero, por esta amistad forjada a lo largo de corteses misivas de envíos suyos y rechazos míos, que la editorial que represento nunca entable un juicio contra usted”.

Cuando cerré el libro, sólo escuché el teléfono que, en realidad, nunca calló. Contesté.

-Señor, ya hemos perdido un tiempo del que no dispongo.

No asistir a la entrevista había sido miserable. De todos modos no quería el encargo, menos el de un moribundo. Le respondí:

-Pero sucede que la empresa tiene un retraso de más de un año y dar prioridad a su encargo supondría una inversión muy alta.

-Comprendo. Diga una cifra, la que sea. La pagaré.

Yo quería desaparecer. Llegar a un lugar donde nadie hubiera oído mencionar a Monterroso. ¿Existía acaso? Intuí que esta era mi oportunidad para olvidar la literatura. Pedí mucho dinero, suficiente para comprar una franquicia de hamburguesas. Le exigí la mitad por adelantado. El hombre, de seguro un millonario, aceptó y me citó en el mismo lugar para el día siguiente.

En la cafetería, el hombre, muy viejo, esperaba sentado, mirando a la puerta. Me vio entrar, pero no se levantó. Su cabello y su traje eran, ambos, blancos, muy limpios, más reluciente el cabello que el traje, porque ni siquiera la minuciosa pulcritud puede disimular las telas percudidas ni el corte tan pasado de moda. Las manos del hombre descansaban debajo de la mesa, donde el mantel se sacudía brevemente. Sobre el cenicero, un cigarrillo prendido y varias colillas quemadas hasta el filtro. En cuanto lo observé, supe que no podría pagar los honorarios que le solicité y yo no estaba dispuesto a negociar formas de pago ni rebajas. La entrevista sería fugaz. Sentí la prepotencia con que se trata a los desposeídos. Sé que el hombre advirtió lo que yo pensaba apenas me miró a los ojos y ni siquiera hizo un ademán de saludo. Sacó un montón de billetes descubiertos, sin delicadeza. La mano le temblaba en exceso.

-Quiero dictarle un libro, que debe estar listo en tres días. Comencemos de una vez.

Soltó los billetes y pretendió tomar el cigarrillo. Mientras luchaba con su mano trepidante, el viejo me invitó a contar el dinero.

-El adelanto está completo –retó-. No necesito que me firme ningún papel. Somos caballeros, ¿o no?

Los billetes eran, casi todos, de la denominación más baja, estaban desordenados y, muchos, arrugados o doblados en pequeños paquetes. Los guardé. Yo, para romper la tensión, iba a preguntar: “¿Rompió la alcancía del nieto?” Pero callé al ver el esfuerzo del viejo por llevar su mano hasta los labios.

-¿Se siente usted bien, señor? –interrogué.

-No es nada. Sólo Parkinson.

Sin perder tiempo, sin esperar a que pidiera un café, comenzó a narrar. Yo grabé.

Al cabo de cinco horas, ambos estábamos muy cansados.

-Lo espero mañana en este mismo sitio –me dijo antes de marcharse. Pagué la cuenta: doce cafés que yo ingerí. El no tomó nada. Durante los siguientes días, el viejo narró aventuras sin tregua. Sin tregua en su hablar y sin tregua en su vida.

-Tiene usted una gran historia –dije al final de la última sesión.

El viejo ni siquiera sonrió.

Comencé a transcribir. “Nací en 1934 y soy hijo de un prófugo de la justicia”.

El primer recuerdo del niño fue un desfile militar y supo por qué huía su progenitor. Diez años después, se alistó en la juventud comunista y participó en una intentona golpista que fracasó. Un amigo del régimen y de su madre llamó para avisar que lo sacaran del país. Cuando la policía llegó a buscarlo, ya había partido a Praga donde se decepcionó de la burocracia del partido y regresó a su “país chiquito asediado por el imperio”. Organizó la revuelta y el primer combate lo tuvo con su propio batallón. Supo que había perdido cuando los mismos chicos a los que dio el rifle conformaron el pelotón de fusilamiento.

Escuché mi voz en la única interrupción que le hice mientras hablaba. Pregunté, tímidamente, porque el viejo estaba conmovido, cómo escapó y en qué año sucedió. No me miró. Recuerdo que dijo: Estoy seguro de que alguno habrá llorado mientras disparaba.

Cambió de historia sin más.

El hombre vagó por los escenarios parisinos como espectador, siempre con la tentación de actuar. Al fin, hizo una audición, nervioso, joven y obtuvo un papel. Hizo carrera. Triunfó. La primera vez que viajó, su padre, hombre que nunca había demostrado cariño, lloró. Actuó en Inglaterra, España, Buenos Aires, Moscú. En aquella ciudad, su madre le envió un mensaje: Su padre había muerto. Le dijo que había callado su enfermedad para no interrumpir su carrera artística, que tanto le enorgulleció.

Anoté que debía preguntarle cómo se había salvado del pelotón de fusilamiento y cuándo su padre había dejado de ser prófugo.

El hombre se exilió en México, donde escribió poesía y conoció a una mujer que lo subyugó. El tuvo que abandonar la ciudad. En la despedida, ella le hizo jurar que no la olvidaría y él se dio cuenta que no sabía su nombre completo. El apellido que ella reveló era igual al suyo. El único de la familia que había emigrado a aquel país había sido su padre, cuando abandonó a su madre. Una corazonada amarga le obligó a preguntar de quién era hija. Ella le contestó sin fingir: De nuestro padre.

Pregunté el nombre de ella y cuándo su padre había emigrado. Dijo algo inaudible, difícil de escuchar.

Retrocedí el casete, presté más atención. Un murmullo. Rebobiné la cinta otra vez. Cerré los ojos, subí el volumen hasta que escuché el ruido del vacío. “Aquella poesía bien valía la pena el suicidio”. De frases así se tejió la confusa historia del viejo.

            Los combatientes agonizaban por carecer de armas y municiones. El dinero sólo alcanzaba para enviar a una persona a pedir ayuda a los países comunistas. Los líderes de la insurrección lo eligieron a él. Viajó a Argelia y registró una sociedad anónima dedicada a la exportación de aceite. Ordenó la fabricación de toneles para transportar el líquido, pero que debían tener doble pared y con la cara interna cóncava. Entre las láminas internas y externas, de pesado acero, se esconderían armas y municiones que compraría en China mientras se preparaban los cilindros. Allá probó el opio, cuyo sendero lo condujo hasta la India. Negoció con drogas y mujeres. Un traficante lo apuñaló. Los bidones quedaron varados en el puerto, a la espera de un cargamento de armas que no llegaría.

Otra pausa, otro día.

En la selva perdonó la vida a una osa que protegía a su cachorro. Luchó en el frente comandado por su hermano. Juntos inauguraron la lucha armada de la revolución, cuando acribillaron la fachada de una prefectura andina. Después asaltaron el tren de El Encanto, secuestraron al futbolista más célebre del planeta que se hospedaba en un hotel de San Bernardino. En una escaramuza, perdió a su hermano. Ocurrieron elecciones. Un hombre le preguntó la hora y cuando levantó la vista del reloj, estaba rodeado de militares. No llevar armas esa tarde le salvó la vida. En el fortín excavó un hoyo con una cuchara, escapó. Se firmó la pacificación. El y otros guerrilleros engrosaron la lista de desempleo. Decidieron volver a las armas, pero esta vez para beneficio personal. Su primer atraco fue una agencia bancaria de la provincia. Asaltaron treinta entidades en dos años. Por aventura, comenzaron a atracar también los camiones blindados, mucho mejor protegidos. Alguien delató una operación y los cercaron. Ninguno se rindió ni escapó.

Mientras desgrababa el casete, anoté, para interrogar al viejo en nuestro próximo encuentro, en el que puliríamos los detalles de la historia, cuántos murieron en aquel asalto y cómo se salvó él.

El hombre preparó el gran golpe. Robaría la remesa que llevaba a la capital el dinero íntegro de las sucursales bancarias de la isla, que era enviada con escasa custodia en un vuelo comercial. Después de jurar a una mujer amada que sería el último atraco de su vida, abordó el avión como cualquier pasajero. Diez minutos después del despegue, ya encañonaba al piloto y lo obligaba a desviar su ruta y aterrizar en una pequeña pista al borde de la playa de Higuerote. Cargó con las once valijas de dinero y montó en un velero que lo esperaba. Sus cómplices fueron apresados.

Tres décadas después, en una cafetería de Madrid, recordaba el robo.

Terminé de transcribir las sesiones y, antes de comenzar a redactar, debía aclarar todas las dudas. Parecía como si en vez de una vida, el viejo me hubiera narrado seis.

Cuando nos volvimos a ver, quise que mitigara las sombras del relato. Rehusó detallar fechas y nombres.

-Ya dicté el fin. ¿Cuándo debo cancelar la otra mitad?

Sólo entonces me fijé que todos los días que nos vimos siempre llevó el mismo traje blanco, cada vez más sucio, y que el hombre estaba verdaderamente agotado: Las ojeras hundían su rostro. Recordé entonces la frase con que me respondió cuando le pedí que dijera cómo se llamaba. “No quiero que mi nombre aparezca. Yo soy muchos”.

-Dentro de quince días, cuando yo le entregue la versión definitiva -concluí.

-Necesito el libro para mañana.

-Imposible.

-Le pagaré cuatro veces más si lo tiene para esa fecha. ¿Cree usted que la editorial que publicará el libro, cómo dijo que se llamaba, tenga algún ejemplar listo apenas termine de redactar?

-No sabe usted cómo me gustaría poder editar todos los libros que escribo.

-¿Aún no sabemos quién publicará este libro? ¡Vaya!

-Señor, el contrato no incluye la edición. Yo sólo redacto.

-¡Busque usted una editorial y podrá quedarse con los derechos! –al arrebato le siguió el desconsuelo-. Yo nada más quiero un ejemplar en mi mano lo antes posible.

Acepté sólo por no contrariarlo. El viejo se marchó. ¿Quién es este hombre?, me pregunté. No tenía su dirección ni su teléfono y nada más podría verle otra vez en esa cafetería. Decidí seguirlo. Me mantuve a distancia. Llegamos a un geriátrico público, casi en ruinas. El viejo entró y yo tras él. Vivía allí, entre habitantes ateridos y olor a orín. ¿Cómo pudo cancelar la altísima suma que le pedí para aceptar el contrato? Le devolvería el dinero. Para no herirlo, esperaría a la próxima reunión, cuando él llegara sin el importe restante del contrato. Le mentiría. Le diría que una editorial había mostrado interés y que esto lo exoneraba del pago. Además, agregaría, compartiríamos las regalías. Ambos firmaríamos el ejemplar.

Regresé a casa. Redacté como nunca antes, afiebrado por el remordimiento. Articulé las historias con la magia que tienen las palabras cuando vuelan y velan toda referencia. Terminé el trabajo justo a la hora en que debía ver al viejo.

Pero antes de la cita, buscaría a M. Aizpirrieta. En la editorial, le mandé a decir que el plagiador de Monterroso lo esperaba, con urgencia, en la planta baja. Que esta vez había escrito un libro inédito de veras.

-Haga el favor de leer este original –le dije cuando estuvimos cara a cara-. Se trata de las memorias de un personaje que no vivirá mucho tiempo. Quiero saber, con la prisa que tiene el agonizante, si usted recomendará su publicación.

Muy cortésmente prometió leerlo y llamarme en caso de tener buenas noticias. Le dejé mi teléfono móvil, el que no doy nunca a mis clientes.

Llegué retrasado a la cafetería de Chamartín. El viejo no estaba. Indagué con el mesonero, por si acaso se hubiera marchado, pero me respondió que no lo había visto hoy.  Le esperé pero no llegó.

Lo busqué en el geriátrico. Nadie controlaba el acceso. Adentro, en una sala paupérrima, varios ancianos se acurrucaban entre sí para brindarse calor. Pregunté por el viejo. Lo describí. Una anciana me pidió entrar a una habitación, donde, sobre una cama, un hombre moría.

-Salió muy temprano esta mañana –me respondió la mujer.

El hombre que moría balbuceó algo.

-Se llevó mi betún –agregó ella-. ¿Y usted quién es?

-Su biógrafo.

Ella sonrió.

-¿Y ya terminó su trabajo?

-Vengo a entregarlo.

-¿Puedo verlo? Las memorias son de nosotros también, que se las dictamos a él, para que se las contara a usted.

-¿Dónde está? –pregunté ya con angustia.

-Ha ido a buscar el dinero que nos faltaba para pagarle.

La mujer me sacó de la habitación. Me señaló al moribundo:

-Queremos regalarle el libro con nuestros recuerdos... Yo fui una actriz famosa.

            -Había seis historias.

            -Incluimos la de tres grandes amigos que se fueron hace tiempo.

-¿Pero dónde está él ahora?

            -Ya le dije: Salió a buscar el resto de su dinero. Me pidió que lo exonerará de una vieja promesa. Yo accedí porque él me aseguró: ‘Nunca robar un banco ha merecido tanto la pena’. Quise acompañarlo pero se negó. Me dijo que nada más tenía una pistola. Busqué una media de nylon, pero no la encontré. Por eso le di el betún. También quise ayudarlo a  embadurnarse la cara, pero él me dijo que lo haría en la entrada del banco. ¿Dice usted que no llegó a la cita que tenían ustedes? ¡Siempre ha sido tan puntual!

Mareado, caminé a la salida y me senté en el brocal del geriátrico. Necesitaba respirar un aire menos rancio. Sonó el teléfono móvil. Era M. Aizpirrieta.

-Le recomiendo postular su novela en nuestro certamen literario.

-Falta el último capítulo –le contesté.

-¿Sí? ¿Y cómo termina?

-Aún espero saberlo, pero temo que no será un final feliz.