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El Patio

Aquél lunes, sus compañeras también jugaban al balonvolea. Ella las observaba desde la grada con la esperanza de que la invitaran formalmente, para contestar que no hasta que insistieran, como hacía su madre de visita: “¿Quiere usted un poquito más de tarta? O no, no, no, muchas gracias. Venga, un poquito más. Bueno, si insiste, quizá un trozo pequeño”. La niña disfrutaba aquella retórica, pero las otras alumnas no apreciaban el refinamiento. En el patio todo se hacía a lo bruto, como si las enseñanzas de las monjas quedaran suspendidas a la hora del recreo. Le molestaba la incoherencia. Si Dios las quería discretas, ¿cómo podía llamar la atención sobre sí misma y que alguna de las capitanas la escogiese para su equipo? No lo veía claro. Debían elegirla, como Dios a la Virgen María. Casi seguro que con la autopromoción incurría en algún pecado. Su existencia antes era mucho más sencilla. En la zona de columpios y arena, no se planteaban estos problemas. Allí podía hacer sola lo que le viniera en gana, sin tener que preocuparse de la etiqueta. De vez en cuando alguien le pateaba haciendo la voltereta alrededor de la barra, pues bueno, ya patearía ella a otra. Las atracciones siempre estaban abarrotadas. El tobogán, el puente, los balancines y la rueda hacían imposible el aburrimiento. Desafortunadamente aquel espacio ya no le correspondía y, desde que sus compañeras abrazaron los deportes, se convirtió en una desplazada. Aburrida de sí misma, emprendió el ascenso hacia los patios superiores de B.U.P. en busca de su hermana. A la altura del gimnasio, se cruzó con Marta, la nueva alumna de la B. Nadie las había presentado formalmente pero las nuevas siempre destacaban, especialmente ésta que continuaba tan sola como el primer día. ¿De qué colegio vendría? ¿Qué haría por las tardes? ¿Viviría en el barrio o mucho más lejos? Llamaron a filas antes de que alcanzase el edificio de las mayores, y descaminando lo andado encontró a Marta en la misma pared del gimnasio, como esperándola. Cuando la antigua rebasó a la nueva, ésta la siguió sin disimulo.

            Al día siguiente, Marta aguardaba en el pasillo para que bajaran juntas. Hacía tiempo que quería preguntarle porqué no se cortaba la falda del uniforme como las otras novatas, que ya la llevaban por encima de las rodillas. Parecía que Marta la acabase de comprar. Cuando las alumnas empezaban el grado medio, en tercero de E.G.B., la falda sustituía al peto de las pequeñas. La tela seguía siendo la misma: una elaborada cuadrícula gris, blanca y negra, rodeada de finos, pero igualmente regulares cuadrados azul marino, en combinación con las medias y el jersey de pico. Marta no se planteó la longitud de la tela hasta ese momento.

            -Bueno, piénsalo. Lo que hacen otras es dar vueltas a la cintura y así les queda más corta. A veces tan corta que se les ven las bragas. ¿No te has fijado?

            -Sí. ¿Tú qué haces? –preguntó la nueva.

            -Yo, nada. La falda era de mi hermana y mi madre ya la arregló para ella. ¿Ves como esta tela es distinta que la tuya? ¿Dónde la has comprado?

            -No lo sé.

            -Las venden en El Corte Inglés, pero a mí me gusta más la mía.

            Desde su punto de vista, las telas antiguas eran más elegantes, porque habían perdido la rigidez que impedía a las tablas plegarse completamente, como a ella le gustaba. Marta asintió monosilábica. La veterana reconoció entonces la agonía de la conversación, sin duda a Marta, las disquisiciones estilísticas le traían sin cuidado. Cambiaron de tema, y charlaron durante todo el recreo. La antigua alumna ilustró a la nueva sobre los entretenimientos pasados en el campo de arena, en donde construía túneles bajo artificiales montañas, como la más experta de las ingenieras. Lo más complicado era el traslado del agua desde los lavabos para fijar los puentes. El método más eficaz, transmitido durante generaciones, consistía en aguantar el agua en los carrillos. Había que cerrar bien la garganta porque si no, al escupir sobre el agujero del barro, el agua se metía en la tráquea y acababas atragantada. Rememoró también los columpios, la euforia y el miedo del primer día en que se descolgó boca abajo en el puente, entrelazando los pies en los hierros.

            -Ahí, ¿dónde hacemos la fila? –le preguntó Marta.

            -Sí. Si quieres a la salida, cuando no haya nadie, vamos. Si no están las pequeñas no te dicen nada.

            Ninguna de las dos tenía ya cuerpo para el tamaño de las atracciones, y aunque consiguieran descolgarse entre los hierros, les faltaría espacio para balancearse. En todo caso, Marta no apareció al final de la jornada y, por no bajar sola a los columpios, ella se quedó jugando a la goma en la entrada, hasta que la recogió su hermana.

            El miércoles se repitió la misma escena: la nueva esperando en medio del pasillo. Cuando llegó a su altura, decidió no mencionar el plantón.

            -¿Qué has pensado sobre la falda? –preguntó a Marta.

            -Hablé con mi madre. Dice que no, pero igual le doy vueltas, como me dijiste. Hoy no, mañana. Mi madre se enfadó mucho. Sobre todo con mi hermano, como si él tuviese la culpa de algo.

            -No sabía que tuvieras un hermano. Yo tengo dos: Esther y Álvaro.

            -Mi hermano es mayor que nosotras. Estudia mucho y mi madre le está siempre regañando.

            -¿Por qué?

            -Porque es tonta. No le entiende –dijo Marta, y por un momento se quedó en blanco, como si le hubiese salido la vida por las orejas dejando al cuerpo abandonado,  allí, entre las clases y el patio, en mitad de una frase y con la mirada perdida en el hueco de la escalera.  –Mi madre no entiende nada. Mi hermano es muy tímido y si le conocieras, verías qué bueno y qué cariñoso es. Mi madre no le deja en paz. Casi nunca sale, porque cada vez que pone un pie fuera de casa, mi madre se desespera, y a lo mejor sólo ha ido por una barra de pan. A veces pienso que está loca.

            -¿Cómo se llama tu hermano?

            -Pedro.

            Se le imaginó moreno. Quizá porque el único Pedro que conocía tenía el cabello negro y rizado. Marta se recogía el pelo con una coleta y compartía el mismo tono castaño que el suyo, aunque algo más oscuro, definitivamente más graso. Se preguntó si Marta se daría cuenta o es que no se lavaba la cabeza aposta. Eso no se lo podía preguntar todavía, no tenían “la confianza”, no era como lo del uniforme, ni como lo de la madre. Qué triste lo de la madre. Pobrecilla, ¿cómo sería su madre para que la hija dijera esas cosas? Igual no le había enseñado a lavarse bien y por eso lo llevaba sucio.

            -¡Eh! Que te estoy hablando de mi hermano –dijo Marta masticando cada sílaba con resquemor.

            -Bueno, Marta, yo no le conozco.

            -Ya, pero es mi hermano. –Y lo dijo como si en lugar de “hermano” quisiera decir otra cosa, o como si los tres formaran parte de la misma familia. Entonces, sin venir a cuento, le preguntó si alguna vez había tenido novio y lo había hecho. Si en ese momento un terremoto hubiese abierto una fosa infinita bajo sus pies, no habría sentido más vértigo. El pitido del final del recreo la salvó del desmayo y cada una se dirigió a su fila en silencio, la B y la C, como soldaditos de distintos regimientos. Durante todo el día no pudo quitarse a Marta de la cabeza. ¿Cómo sabría la nueva? ¿Cuántas lo habrían hecho? Quizá sería algo normal en su antiguo colegio, pero en el María Virgen Pura no se hablaba directamente de esas cosas. Se hablaba de oídas, de que si has visto que a Marina Arroyo le están saliendo las tetas, o de que si realmente necesitas hacerlo para quedarte embarazada o basta con un beso. Ella nunca lo contó a nadie. Además había pasado tanto tiempo que no estaba segura. Ni siquiera podía afirmar que lo había hecho, hecho de verdad, y la curiosidad de Marta le planteaba el dilema: Por un lado, la experiencia le hacía sentirse especial, pero por el otro, igual aquella no era la mejor forma de “especial”, y Dios y su madre dejarían de quererla.       

            Al recreo siguiente, Marta le pidió que le acompañara al servicio y se encerraron juntas en uno de los retretes.

            -Mira, me he subido la falda –Marta alzó el babi. -¿Bien?

            Estaban tan cerca que para verla tuvo que agacharse. Aguantó unos segundos abajo, quieta, incapaz de decidir sobre aquel olor que le llegaba a ráfagas; una mezcla de suavizante y orina, que en la piel de Marta, adquiría la densidad rosa de las nubes de caramelo.

            -Sí, así se te ven las rodillas.

            -¿Me la subo más?

            -No. Si te la subes más, es como si no la llevaras.

            -Mejor, porque ya no puedo darle más vueltas sin que me quede muy prieto aquí arriba.

            Tomó su mano para enseñarle lo estrecha que le quedaba.

            -¿Lo notas?

            Le había metido la mano en la cinturilla y con la punta de los dedos le tocaba las bragas. Marta tenía la piel de la tripa muy suave y con la presión de la tela retorcida podía sentir los movimientos de sus vísceras.

            -Bajemos al patio –dijo la nueva.

            En aquella ocasión, en lugar de su habitual paseo por los campos, se sentaron en la grada mirando el juego de las demás niñas. La satisfacción de la nueva contrastaba con el desasosiego creciente de la antigua.

            -Igual todavía nos dejan jugar –dijo a Marta.

            -No me apetece.

            Aquella negativa iba cargada de una fuerza extraordinaria, como si la hubiese pronunciado un gigante. Marta se recostó sobre los codos sacudiendo las rodillas rítmicamente. El ímpetu del movimiento le deslizó la falda sobre los muslos. Ella miró de refilón el bello dorado que reflejaba los rayos del mediodía. Las profesoras de ronda se acercaban por la derecha.

            -Caminemos –propuso la nueva.

            Cuando se levantó todavía sentía el vientre de Marta en su mano.

            –Le hablé a Pedro de ti.

            -Ah –contestó mientras se llevaba las puntas a la nariz.

            -Ayer no me dijiste si lo habías hecho o no.

            Seguramente Marta trataba de interceptar su mirada. Ella no se sentía con fuerzas para el contacto y se volvió hacia las niñas de parvulitos que gritaban alrededor de la rueda.

            -Sí –susurró finalmente.

            -¿Qué?

            -Que sí, pero hace mucho –“de pequeña”, pensó.

            -¿Cuántos años tenías?

            -Yo tres y él cuatro.

            -¿Y con quién lo hiciste?

            -Con mi novio de entonces, Francisco -nunca antes habló del tema. Hacía años que no mencionaba aquél nombre, y las tres sílabas la transportaron a un escenario indefinido, a un lugar borroso, que no pertenecía a su limitada experiencia, sino a una película o a un sueño.

            -¿Y cómo fue?

            -No me acuerdo bien.

            Se acercaban a los columpios. En el puente de hierro, detrás del tobogán, dos niñas se balanceaban cabeza abajo, mostrando sus leotardos de lana y las cuatro manitas asomadas por la falda del babi vuelto del revés. 

            -¿Y dónde lo hicisteis? –preguntó la interrogadora.

            -En la cama.

            -¿En qué cama? ¿En la tuya?

            -No –como una chispa saltó la imagen del cuarto: la cama nido a la derecha, su hermano Álvaro y Laura de pie, a punto de marcharse. –Fue en su casa de la playa. Francisco era el mejor amigo de mi hermano y yo me hice amiga de su hermana, Laura, pero ya no nos vemos. Durante esas vacaciones, quisimos celebrar la luna de miel y nos fuimos juntos a la cama.

            -¿Pero qué pasó?

            -Pasó eso: La luna de miel.

            De espaldas a la zona de columpios, volvieron hacia los campos de deporte acelerando el paso.

            -¿Estabais desnudos?

            -Sí –dijo para darse importancia. Recordaba el cuerpo tibio de Francisco a su lado, pero no la ropa o su ausencia. Revisitó la suavidad de la cama y la lámpara verde sobre la mesita de noche.

            -¿Y entonces qué?

            -¿Qué de qué?

            -¿Cómo que qué de qué? –le insistía la nueva. Pues que le contara con detalles todo lo que pasó, que para eso estaban hablando del tema. Pero ella ya no sabía más. Eso era todo, una luna de miel, como los mayores. De los abrazos estaba casi segura, besos no los recuerda pero mintió ante la persistencia de su contraria, y a medida que mentía aceleraba la marcha y la nueva tenía cada vez más dificultades para mantenerse a su lado. Finalmente, Marta le preguntó: “¿Os tocasteis?” Y aquello fue todo. Salió corriendo lo más rápido que pudo y se escondió en el gimnasio, donde se mordió las uñas hasta el final del recreo. Ya nunca veían ni a Francisco, ni a Laura. Un día, después de aquél verano, cuando las dos familias se reunieron en Madrid, los chicos propusieron jugar a las peleas de boxeo. Ella recordaba la escena con exquisita nitidez: primero pelearon los varones, y ellas, sus entrenadoras, les dieron consejos de última hora como en las películas de Rocky. Los chicos terminaron el combate casi empatados, y al final dieron la victoria a Álvaro por puntos. Ninguna de las niñas tenía especial interés en pelear, pero los chicos insistieron hasta que desataron las bestias. Tras los primeros toques, las niñas olvidaron todas las reglas. Mientras una arañaba la cara, otra arrancaba el pelo, y cuanto más cerca sentían la respiración contraria, más armas encontraban en su propio cuerpo: primero las rodillas y después los dientes, infringiendo un daño sordo y ciego que sólo las permitía concentrarse en su enemiga. Los chicos pasaron del asombroso a la risa, y del divertimento al miedo. Incapaces de disolver el combate, se olvidaron de su amistad, lanzándose a la defensa de las hermanas; cada uno de la suya, fieles al más primitivo de todos los lazos. Cuando los padres escucharon el escándalo encontraron a cuatro niños magullados, con lágrimas en los ojos y la ropa hecha jirones. Después de aquello, las dos familias se distanciaron.

             Llegó el recreo del viernes sin que Marta la esperase en el pasillo, seguramente decepcionada por su abrupta huida. Bueno, volvía a la soledad. Dejó perezosa que sus compañeras la adelantaran una tras otra. No le apetecía bajar al patio y entró en el servicio. Cuando se bajó las bragas llamaron a la puerta.

            -Está ocupado.

            -Ya tonta, ábreme, soy yo.

            Abrió y Marta se la quedó mirando.

            -¿No vas a mear?

            Con la otra ahí se le cortaba el pis, así que dijo que no y la nueva le pidió que se apartara para tomar su puesto. Un hilillo de agua rebotó contra la loza.

            -Ayer le conté a Pedro lo que me dijiste de la luna de miel –Marta se interrumpió para limpiarse. Si ella hubiese cerrado los ojos no le habría visto el contorno del culo, y tal vez no se habría enmudecizo mientras Marta le contaba que su hermano Pedro quería conocerla, porque como ella tenía experiencia y él era tan tímido harían una buena pareja. Siempre y cuando ella estuviese dispuesta a repetir. Salieron a la zona de los lavabos. El jabón rosa le deslizaba por las manos hasta que lo volvía blanco espachurrándolo una y otra vez entre las palmas.

            -Eh, te estoy hablando. Repetirías, ¿verdad? –sin inmutarse por las palabras de Marta, ella cada vez formaba más y más espuma. –Contéstame que Pedro y yo lo tenemos todo pensado.

            Ella asintió, aunque hubiese preferido decir que no y que Marta desapareciera.

            -Pensamos –continuaba la nueva –que podría hacerse por mi cumpleaños. Así mi madre no sospecha. Tendríamos una fiesta en el salón, con fantas y gusanitos. ¿Te gusta la Coca-cola? A nosotros no. Pero si a ti te gusta podríamos comprar Coca-cola también. Le haría tanta ilusión. No te lo puedes imaginar.

            Claro que no podía. Marta le agarró las manos todavía enjabonadas y la arrastró hacia los patios escaleras abajo. Sintió que se le escapaba el agua del cuerpo y le iba todo a las palmas de las manos, ya no enjabonadas sino sudorosas.

            -Mi hermano te estaría esperando en el cuarto. Yo te mostraré el camino –El  bullicio del resto de compañeras se escuchaba a lo lejos-.  Si quieres puedo decirle que se meta en la cama antes de que entres. Sólo será una noche y lo puedes hacer con la luz apagada.

            Entonces ella, aprovechando la humedad corpórea, se deshizo de la mano captora y resbaló en los últimos escalones. Paró con la rodilla. Con toda seguridad le saldría un moratón muy feo. Marta corrió a su auxilio y cuando la tuvo muy cerca le susurró al oído:

            -Mi hermano me ha dado un billete –la nueva le pasó los brazos bajo las axilas para que se levantara-. Lo tengo arriba. Si no te parece suficiente puedo conseguir más.

            Desde aquella posición la antigua podía olerle el cabello graso y algunos pelos rebeldes, fuera de la coleta, le cosquilleaban las mejillas. Marta la apretó aún más y ella sintió su cuerpo palpitando.

            -¿Qué estáis haciendo? –preguntó la profesora de gimnasia. –Venga salid al patio –la adulta agarró a cada una de una mano y las llevó con firmeza hasta el balonvolea. Las colocó en distintos equipos sin consultar con las capitanas. Al lado de sus compañeras de siempre, Marta se volvía aún más extraña. Tras esquivar la primera bola la antigua alumna sintió que desaparecía, y el juego le pareció simple y divertido. En el siguiente turno, una de sus compañeras, eliminó a Marta. La nueva le hizo un gesto al salir de la pista para que ella misma buscase el golpe y se reunieran fuera del campo, pero ella se escondió en el bulto asegurándose un puesto, un lugar anónimo, pero seguro. En el siguiente turno agarró la pelota con una pericia desconocida y disparó a otros cuerpos menos atentos o motivados que el suyo. Nunca volvió a hablar con Marta, ni supo si la nueva le hizo la misma propuesta a otras niñas o solo a ella.