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Las llaves secretas del Corazón

Aconteció en miércoles, la iluminación que aquí se cuenta. Los martes Pedro era El Corazón y rompía hocicos. Peso ligero, rudo. Máscara roja y pintado en el pecho lampiño un estallido rojo y triangular. Aplicaba la Quebradora a Caballo hasta que las manitas de los técnicos se aflojaban y El Corazón pedía Cuéntale réfere. No importaba que no contara, o que contara rápido, el resultado es nomás la ceremonia. Lo que importaba era la adrenalina y las luces, el griterío convulso en las butacas, la batalla de lépera elegancia que cada noche de martes le dispensaba tratamiento de ídolo. Los martes salía a la noche desbordado de esplendor.

Marina lo desfogaba después en un motel y cuando El Corazón la conducía de vuelta la realidad le manchaba el lustre: la casita de una sola pieza, el padre de Marina abotagado de charanda y tevé, la mueca sumisa en los labios de quien se sabe miserable y rumia cómo salir sin atreverse a hacerlo. Entonces comenzaba El Corazón a ser Pedro de nuevo. Y al día siguiente, en la obra, acarreando tambos de cemento y encimando ladrillos, era definitivamente Pedro y estaba encabronado.

Vio al policía ese miércoles entrar a la bodega, empujando a una sirvientita del rumbo. Era tarde y Pedro el último en irse. Escuchó que ella le decía No, Poli, ya no, quedamos que la pasada era la última, y Pedro se asomó por la puerta entreabierta y vio cómo el cerdo le metía mano, ella lloraba quedito y se agarraba la falda, él decía Quedamos madres, gorda, dijimos penúltima, jajá, o qué ¿quieres que vaya y le cuente a tu novio? ándale, que te gusta, al cabo que esta va a ser la última ora sí, ¿Me promete Poli? ¿después de esta ya me va a dejar?, Sí, gorda, luego platicamos, orita aflojas. Ella se dio media vuelta y empezó a desvestirse, despacio y sin ganas. Entonces Pedro metió los brazos, le tapó la boca al policía y le puso un candado en el cuello. Apretó. Apretó como nunca lo había hecho en el ring, no sólo porque a sus colegas los cuidaba, sino porque sentía emerger una rabia incandescente, porque entendió que este cerdo lo había ofendido, aunque no supiera de su existencia; aunque nunca lo hubiese mirado, acababa de insultarlo, a él, a su familia, a sus amigos, a todos los suyos. Lo apretó sin dejarlo emitir ni un sollozo, hasta que lo sintió flojito y lo depositó en el suelo. Cuando la muchacha, ya desnuda, se dio media vuelta, alcanzó a mirar una sombra que se evadía, y no gritó.

Pedro aventó el cadáver a un barranco y luego anduvo calle tras calle, como un iluminado. Sentía los pulmones hartos, los brazos ligeros; veía el mundo tras una nueva lente, como si antes todo fuera borroso y de súbito los hombres y las cosas estuvieran al alcance de su mano. Reparó en que sus llaves no sólo servían para representar historias sobre el ring, sino para determinarlas en la vida real. Para cuántas causas podía aplicar el Martinete, a qué cantidad de infames les caería bien una Tapatía brava. Él era El Corazón. Y era fuerte.

La vereda lo encaminó a lo de Marina. Entró sin tocar, la condujo a la única habitación y cerró la puerta. La desnudó, le lamió la sal del cuerpo, y cuando la cargó, ella le abrazó la cintura con las piernas, ávidamente, para empujarlo dentro de sí; mientras oían como el viejo afuera se ponía de pie, se acercaba a la puerta y la tocaba ¡Marina, Marina! ¿Qué haces? Pero no le hacían caso porque también Marina estaba descubriendo algo y se amaban como si estuvieran solos en el mundo o fueran los dueños del mundo, como lo eran.

Yo soy El Corazón, dijo luego en los cariños dulces con Marina, que no hizo preguntas. Sin esfuerzo le vinieron a la mente una docena de nombres y anticipó cómo haría justicia. Tenía la cabeza tan clara ahora.

Acechó la rutina del ingeniero de la obra con esperanza de que, el sábado, no fuera a desilusionarlo. Y no lo hizo: el día de raya lo vio conspirar como siempre con el capataz para hurtarle a cada albañil una fracción de la paga. Era la costumbre. Cada cual sabía su sitio y por eso nadie se quejaba, ni rencor parecían albergar. Pero El Corazón ya no se sometía. Se quedó, igual que cada quincena, a disipar el sueldo en cerveza con los compas, pero no toda la tarde en esta ocasión. Calculó que el ingeniero llegaba a su casa, que comía, que hacía la siesta de rigor, que despertaba. Entonces Pedro se despidió, y se atavió con la máscara roja para ir a matar al ruin.

Todavía alcanzó el ingeniero a hacer dos preguntas de alarma cuando lo vio, pero El Corazón lo prendió como a un trapo, lo dobló hacia atrás, le clavó una rodilla en la espalda al estilo del Cavernario Galindo, y cuando sintió que se quebraba aún lo exprimió un poco más para asegurarse.

Estuvo un rato sentado en un sofá del ingeniero antes de marcharse. Ni se fijó que en la sala había montón de aparatos costosos. Sólo se quedaba porque quería atesorar el momento, recordar en el futuro esta sensación de limpieza, este silencio. Algo así debía sentir el que termina de construir su propia casa.

En vez de la euforia de la primera ejecución, ahora Pedro se sintió relajado. Durmió mucho y bien. Luego fue a ver a Marina; se amaron con paciencia mientras afuera ya corría la noticia. Debió abrir la puerta de la calle el padre, porque escucharon a un vendedor de vespertinos gritonear acerca de los dos cuerpos quebrados. Y los que faltan, pensó Pedro. Y como si lo hubiese escuchado, aunque no podía referirse a ello, Marina dijo: ¿Por qué tardaste tanto? Mientras se le arrimaba, tibiecita.

Y los que faltan: la Soco, esa vieja inmundicia, que presta billete al ochenta por ciento y que vacía de muebles las vecindades; y esos muchachitos de coche caro que nomás vienen a malear en la colonia; y el tipo que le había quitado el taller a su suegro, el pobre infeliz, a ver si así se le borra la cara de odio bajo la sonrisa humilde. Una Tijera y un Cristo para cada uno.

Asomó la cabeza del cuarto de Marina cuando anochecía. El suegro estaba, como siempre, sentado ante el televisor. Pero el televisor estaba apagado y lo que el suegro miraba era a él, con una sonrisa macabra, y Pedro supo que el hombre había hecho algo terrible. Ya no se advertía sumisión en sus gestos, aunque el odio seguía ahí. Pedro se quedó de pie, mirándolo.

En esta casa el único que coge soy yo, dijo el hombre. Por supuesto, pensó Pedro, que hasta ahora comprendía. Escuchó el escándalo fanfarrón de las patrullas asaltando la calle. Carajo, qué pronto iba a terminar esta lucha. Pero él debía haberlo sabido, recordó: no se trata de ganar las tres caídas, sino de dar espectáculo. Esas son las reglas. Y hay que obedecerlas, se resignó. Asió de un manotazo al maldito que lo vendía y se dio tiempo para aplicar una última desnucadora antes de que entraran a quitarle la máscara.