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El demonio vive en Lisboa

Los lunes madre se levantaba siempre a las cinco. Marchaba media hora después de haber abandonado la cama, una vez que había recogido todos los cacharros del desayuno, y, tras volverse a mirarnos con una sonrisa, no regresaba hasta el sábado. Descendiendo entonces por el mismo camino por el que había subido el lunes. Nieves tenía entonces siete años. Yo, seis. Y Elisa, tan sólo tres.

Madre trabajaba de maestra. En La Comba, un pueblecito de las montañas. La camioneta venía a recogerla cada lunes al final del camino, el de los castaños, junto al bosque de hayas. Allá, en La Comba, tenía una habitación alquilada para toda la semana. Y allí mismo le daban la comida y la cena. También el desayuno. El dueño de la casa y su hijo mayor trabajaban en la mina. Su mujer cuidaba de los pequeños, de las vacas, de los prados y la huerta, además de dar de comer a la familia y a la maestra que todos los lunes venía desde Pola de Siero. Y mientras tanto, nosotros tres nos quedábamos al cuidado de la tía. A padre entonces aún le veíamos menos.

Algunas semanas madre nos llevaba con ella. Sólo a uno de los tres. Pero eso fue muy al principio, cuando aún no íbamos a la escuela, aunque a veces, después de haber empezado ya en párvulos, al cumplir los cuatro años, madre hacía una excepción y nos dejaba acompañarla, permitiendo que faltáramos a clase. Aquellas semanas eran como una larga fiesta para nosotros. Una fiesta que sólo compartíamos con nuestra madre, mientras los demás se quedaban allá abajo, en el pueblo.

En eso, nos parecía que Elisa era la predilecta, pero es que, en aquella época en la que nosotros teníamos que ir al colegio, ella era aún muy pequeña y ni siquiera había empezado párvulos. Esa semana que pasaba con madre corría por el campo, ordeñaba las vacas, se bañaba en el torrente y comía toda la fruta que quería. Guindas. Manzanas. Peras. Y hasta higos. Y no es que aquí en el pueblo no hubiera todo eso, sino que allí sabía diferente.

Pero algunos sábados madre no volvía. Solía coincidir con el primer sábado del mes. Aunque no de todos los meses. Y desde el lunes, nosotros, Nieves y yo, tal vez hasta Elisa, lo sabíamos, porque esa mañana madre llevaba un bolso de viaje colgando del hombro y una sonrisa más amplia que de costumbre, tan amplia que le daba un aire de extranjera, de turista desenvuelta, dispuesta a todo, a llegar hasta ese lugar con el que uno ha estado soñando durante toda la vida. Ese lugar que muchos no llegamos a alcanzar jamás.

Y así, madre se alejaba. La sombra de los castaños jugando sobre sus hombros. Caminaba sonriendo. Bajo la lluvia. O bajo el sol. Lo mismo da. Caminaba como en el poema. Serena. Arrebatada. Rutilante. ¿Era de Prévert? ¿O de Aragon? Tal vez Nieves lo sepa. O madre, seguro que madre lo recuerda.

Lo sabíamos también porque durante aquellas semanas, con ella, desaparecía el espejo de mano que siempre ha tenido sobre la cómoda. En su dormitorio. El único objeto algo vistoso que hay en toda la casa. Una casa de paredes encaladas. De muebles grandes, viejos, sencillos, desgastados por el uso y el paso del tiempo.

La sonrisa de aquellos lunes, la de madre cuando se alejaba por entre los castaños, era la de alguien que ha recibido una consigna, la de quien se siente protegido, transportado por una sola palabra. Padre, sin embargo, no se daba cuenta de nada. O al menos, parecía no notarlo. O hacía como que no lo veía. Que no le importaba. A él le bastaban sus interminables partidas de cartas, sus parrandas con los amigotes. Y cuando madre marchaba con aquel bolsón y aquella sonrisa, nosotros nos quedábamos con la tía casi cuarenta y ocho horas más, uniéndose una semana a la siguiente, sin apenas verla, sólo durante un rato, en la cocina, cuando el lunes de madrugada madre se disponía a subir de nuevo a La Comba.

¿A dónde iría durante aquellos dos días que a mí me parecían interminables? Durante aquellas horas que a todos se nos hacían eternas. Tal vez incluso a padre. Durante aquellos días en los que yo siempre corría, tal vez también mis hermanas, Nieves y Elisa, hasta su cuarto, para contemplar el vacío dejado por el espejo. Aquel espejo enmarcado por una complicada filigrana de oro, con un mango largo y estrecho, que madre había heredado de la vieja tía Freditas. Fredesvinda se llamaba.

¿A dónde iría? No lo sé. No sé adónde marchaba madre. No estoy seguro. Sólo sé que, cada vez, cuando volvía, contaba que había estado en un sitio diferente, nuevo, en una ciudad distinta, no muy lejana, pero exótica a nuestros oídos acostumbrados a los escasos ruidos del pueblo. Ahora, en cambio, tanto tiempo después, creo que se trataba siempre del mismo lugar, de una única ciudad, aunque tampoco estoy del todo seguro acerca de cuál fuera. Sólo ha sido una intuición.

Un buen día, mucho después, madre empezó a faltar a aquellas citas. ¿O eran simples viajes y, por tanto, nada de los rituales con los que yo imaginaba que ella trataba de alejarse de la vida gris, insípida, que llevaba en el pueblo, junto a padre? Hoy, después de algo más de doce años, después de haber visto otra vez su sonrisa de entonces, he creído averiguar a dónde iba.

Madre, ¿tú crees en Dios?, le ha preguntado Elisa esta tarde. Madre ha sonreído y ha contestado, como de costumbre, con una nueva pregunta. ¿Y en el demonio? ¿Crees tú en el demonio? Mi hermana la ha mirado perpleja. Tal vez se le haya puesto la carne de gallina, como a mí. Tal vez se le hayan erizado los cabellos, como a mí. Tal vez incluso Nieves haya sentido lo mismo. ¿Será que aún creemos en la existencia del Maligno? ¿O habrá sido por la expresión que hemos reconocido en el rostro de nuestra madre?

Y madre ha explicado. Decía José María, ¿os acordáis?, uno de mis alumnos allá arriba, en el pueblo minero, que el demonio debía de vivir en Lisboa. Me lo escribió en una hermosa redacción. Naturalmente, aquella vez también se llevó una buena nota. Al fin y al cabo, era mi favorito. Y en una ocasión en la que les pedí que pusieran el nombre de un apóstol, ¿a que no sabéis cuál fue el que escribió José María? ¡El de don Pío!

Nosotros tres nos hemos reído. Nieves, que ya ha cumplido los diecinueve. Yo, que pronto cumpliré los dieciocho. Y Elisa, que sólo tiene quince. Don Pío era el párroco de La Comba. Un buen hombre, pero con un genio de mil diablos. ¡Qué cosas! ¿Y lo de los autos sacramentales? ¿Os acordáis? Decía que eran los vehículos de los Papas, de los obispos y de los curas importantes.

A José María, Lisboa le debió de parecer un sitio estupendo para vivir. Por eso, probablemente, se le ocurrió destinar allí al demonio. Aunque tal vez se hiciera una idea equivocada de la ciudad. Y eso que a mí también me lo parece, que debe de ser el mejor lugar para vivir. Lo más seguro es que el pobre niño nunca hubiera estado allí. Tampoco yo he estado nunca en Lisboa. Y él, a lo sumo, bajaría alguna vez hasta aquí. Hasta la Pola. ¿Y del demonio? ¿Sabría él qué o quién es el demonio?

¿Y qué fue del pequeño José María?, ha preguntado entonces Nieves. Con esa imaginación, tenía que haber sido escritor. El poeta de La Comba. Acabó en la mina, como todos, ha sentenciado madre con aire de incómoda resignación.

Figúrate, Juan, en Lisboa, ha dicho poco después, volviéndose hacia mí y haciéndome cosquillas en la nuca. Como entonces, ahora lo recuerdo. Los lunes en los que madre ya había decidido partir a uno de aquellos viajes, mientras tomábamos la leche y el pan del desayuno, ella jugaba con nuestro cabello, metiendo sus dedos por la nuca, subiendo hasta la coronilla y dejándolo alborotado. Aquel gesto cariñoso nos gustaba especialmente, pero pronto comprendimos que era el preludio de su marcha, y lo recibíamos con una amarga alegría.

Sonriendo, madre de pronto ha exclamado: Satanás viviendo en Lisboa. Con la sonrisa de hace doce años. La de aquellos lunes en los que ella se alejaba con el bolsón colgando del hombro. Rutilante. Arrebatada. Serena. Y me ha parecido ver en sus ojos el paso fugaz de unas flores, el reflejo de unas botellas de vino. ¿Vinho verde, madre? Como tus ojos, sí. Un verde transparente. Como el del cristal de una de esas botellas.

Casi me ha parecido sentir cómo latía su corazón. Un poco acelerado. Después, la nostalgia los ha enturbiado, sus ojos. Como la bruma del mar cuando envuelve las ciudades, esas ciudades de las que uno siempre se siente lejos, incluso cuando llega a ellas. La luz de la tristeza ha iluminado su rostro. Y madre se ha estremecido, como sintiendo frío, sentada junto a mí en el banco, la espalda ya vencida apoyada en el muro de la casa, en las piedras que a estas horas de la tarde desprenden el calor del sol que han ido acumulando durante todo el día. Madre se ha estremecido de arriba abajo, tal vez porque sabe que aquellos días secretos no volverán nunca más.

¿Iría ella a Lisboa? ¿Vería allí la senhora al demonio? Y he imaginado una habitación de hotel. Siempre la misma. Y una mesa en un café. Tal vez, también, siempre la misma. Paseos entre desconocidos por callejuelas en cuesta. Carreras hacia el andén, en alguna estación con las paredes cubiertas de azulejos. Y siestas en una playa. Fuego y agua a tus pies, recorriendo tu cuerpo, con la piel fresca cubierta de arena. ¿Sola? ¿Con una amiga? ¿O con el diabo?

Y he sentido envidia de él. Envidia del demonio, sí. Y de ella. De mi madre. Y rabia contra padre. Siempre encorvado sobre una mesa de madera, llena de cortes. Los cortes que él solía hacer con su navaja. Con una saña reconcentrada. Y de manchas. Manchas de grasa y de fuego, del calor del fondo de las cacerolas, que no se iban con nada. Y padre siempre con la baraja entre las manos. Brillante y sucia, con los cantos desgastados.

Eras, y aún lo eres, una mujer inteligente, resuelta. Trabajadora. Incansable. Y al mismo tiempo, parecías llena de nudos, como si siempre te encontraras ante una encrucijada, a punto de entrar en el reducto de tus sueños. De alejarte para siempre. Dulce e inaccesible a un tiempo. ¿Por qué no le dejaste, madre? ¿Por qué has seguido atada a este destino, a un hombre al que sin duda ya no querías, y que probablemente tampoco te quería? Que no te ha querido nunca como tú merecías. El amor eterno dura tan sólo cuatro meses, solía repetir él. Nuestro padre. Y el otro, dos años, sentenciaba inmediatamente después. Siempre tan destructivo, su sentido del humor.

¿Ha sido por nosotros, madre? Perderte habría sido duro, pero me hubiera gustado recordarte siempre con aquella sonrisa. Que no volvieras a rozarnos la nuca más que en sueños. Una ilusión suicida ha sido para mí este deseo de perderte, desde niño. De que te hubieras perdido en otras tierras. Entre otros brazos. Con tu sonrisa. Una sonrisa como para volver loco a un hombre. A los hombres. A todos.

Madre, ¿volvías locos a los hombres? Estoy seguro de que sí, de que aún serías capaz de hacerlo. Capaz, sin proponértelo. Enloqueciendo tal vez hasta tú misma. ¿Volvías entonces locos a los hombres? ¿O te encontraste con un loco de amor al que te dio miedo seguir? ¿Y si fueran sólo imaginaciones mías? ¿Y si en realidad nunca hubieras estado en Lisboa? ¿Ni en brazos del demonio? ¿Y si el demonio, al fin y al cabo, no existiera?

Pero no. Tú lo has visto, cara a cara. Lo sé. Y por eso ahora el espejo está roto. Allá dentro, sobre la cómoda, en tu cuarto. Lleva ahí años. Sin moverse. Probablemente ya ni siquiera te mires en él. Tal vez por temor a atrapar una imagen perdida en algún rincón del pasado. El reflejo del demonio, suspendido en el vacío. ¿Estará ahí? ¿En el espejo? Y a mí, al ver esa hendidura, de lado a lado, me duele el alma. Esa que habría estado dispuesto a vender con tal de que tú hubieras salido para siempre de aquí.

Ahora, cuando de nuevo llegue el invierno y los castaños se queden sin hojas, la casa silenciosa y las ventanas empapadas de lluvia, seremos nosotros quienes tendremos que irnos. Y Elisa, como siempre, la pequeña, la que más se parece a ti, se quedará contigo. Sus ojos verdes, francos, atentos, estarán más tiempo junto a ti. Aunque nunca se sabe. Tal vez sea ella la primera en toparse con el diablo. Con un demonio como Dios manda. Y entonces se alejará. Como tú, sonriendo. Serena, arrebatada, rutilante. Recuérdalo, madre.