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Don de gentes

  El Dodge Dart aparcó en el paso de cebra con la rueda delantera derecha subida al bordillo y el parachoques tocando la base de la farola. Doña Mercedes, sentada en el asiento del copiloto, abrió la puerta y soltó un bufido.

  -Cada vez conduces peor, hija. Se nota que te estás haciendo vieja –dijo, aunque Felisa era dieciocho años más joven que ella.

  Felisa era la criada, cocinera y, cuando hacía falta, choferesa de doña Mercedes. Menudita, algo encorvada, con cara de ratón, Felisa salió a ver.

  -Tampoco está tan mal –dijo.

  -Cada día estás más tonta. Venga, ayúdame.

  Le dijo ayúdame pero Felisa tuvo que hacerlo todo: abrir la puerta trasera, coger en brazos a la pobre Fosca envuelta en su vieja manta escocesa y llamar con el codo al timbre del veterinario. Fosca, sin mover un músculo, dejó escapar un suave lamento. Oyeron pasos en el interior de la clínica, y la anciana agarró a la perra e hizo un gesto a Felisa para que volviera al coche y buscara un sitio para aparcar.

  -Rápido, que pesa –dijo mientras se abría la puerta y asomaba la cara redonda y brillante de Laura, la hija de Lumbreras.

  Sin darle tiempo a decir nada, doña Mercedes pasó a la sala de espera y se sentó en el sofá con la perra en el regazo. La pared estaba decorada con fotos de perros de diferentes razas. Fosca, de raza indefinida, recogida en el callejón trasero de la casa cuando era sólo un cachorrillo, no se parecía a ninguno de esos perros. Doña Mercedes se tapó la nariz con un pañuelo y lloró un poco:

  -Mi pobre Fosca, mi Fosquita...

  Laura, balbuceando frases inconexas, corrió a avisar a su padre, que enseguida se hizo cargo de la situación. Lumbreras era un hombre redicho y untuoso, con algo de sacerdote preconciliar. Se sentó al lado de la anciana y acarició el húmedo morro de la perra, que cerró los ojos con lentitud. En sus frases de consuelo había algo aséptico y maquinal que le restaba credibilidad.

  -Mi querida Mercedes, me ha dicho mi hija que había llamado... Ya lo sabemos: a todos nos acaba llegando el momento, y a nuestras queridas mascotas también. Es un momento doloroso, pero más para nosotros que para ellas. Veamos. ¿Mamas abultadas? Sí. Llagas, también. Decaimiento general, dificultades motoras... No se preocupe. No va a notar nada. Una inyección, un sueñecito ligero que cada vez se va haciendo más profundo, y ya está.

  La perra, como si supiera que estaban hablando de ella, abrió los ojos y miró a su dueña, que ahogó un sollozo.

  -Mi pobre Fosquita... –volvió a decir-. Se está dando cuenta de todo.

  -Sé que es triste pero si no hay más remedio...

  Doña Mercedes se puso filosófica:

  -La muerte nos iguala a todos. Animales, personas. A las personas las vuelve un poco animales y a los animales un poco personas, ¿no le parece?

  La perra, con esas orejas grandes y lacias y esos dientecillos montados, siempre había sido fea, y con la enfermedad aún lo era más.

  -Yo creo que entiende lo que decimos –siguió diciendo la anciana-. Si ahora se lanzara a hablar, no me extrañaría demasiado. ¿Se lo imagina? ¿Se la imagina diciéndome: por qué me haces esto, con lo fiel que te he sido siempre, con lo que te he querido, con todos los momentos de felicidad que te he dado en estos diez años?

  -Vamos, vamos, mi querida Mercedes... –dijo el otro, agarrando a la perra y acunándola como a un bebé.

  La mujer sacudió la manta escocesa y la alejó de sí. Ese gesto pareció bastarle para recuperar la entereza.

  -¿Y qué se hace con un animal muerto? –dijo, guardándose el pañuelo en la manga-. ¿Dónde hay que llevarlo?

  -Usted no se preocupe. Nosotros –y aquí el veterinario hizo una señal en dirección a su hija, que asentía con aire afligido- nos encargaremos de Fosca.

  Se levantaron los dos.

  -¿Puedo? –preguntó ella, mostrando la palma de la mano.

  -Claro.

  Doña Mercedes acarició despacio, muy despacio, a la perra, y ésta emitió un nuevo lamento, tal vez el último.

  -Muchas gracias. Y mándeme la factura –dijo la anciana con la voz quebrada.

  Laura, plegando la manta, la acompañó a la salida. Luego se reunió con su padre en la sala de intervenciones. La perra yacía en la mesa bajo una potente luz blanca. Mientras rebuscaba en los cajones del instrumental, Lumbreras ni siquiera se molestó en atar al animal, que no tenía ni fuerzas para moverse y parecía haber aceptado su destino con mansedumbre. Colocó una jeringuilla desechable sobre la mesita auxiliar de aluminio y fue encajando uno a uno los dedos en los guantes de látex. Antes de romper el precinto de la jeringuilla, echó un último vistazo a la perra.

  -Fosca, Fosca... –dijo.

  Acercó el rostro a sus mamas y las observó pensativo. Luego, mirando al techo, las palpó meticulosamente. Laura se dio cuenta de que su padre acababa de hacer un descubrimiento inesperado.

  -¿Tú qué crees? –preguntó, sin esperar respuesta.

  La joven permaneció atenta. Lumbreras dejó pasar varios segundos antes de decir:

  -No son tumores.

  Nueva pausa. Ahora fue Laura la que la interrumpió:

  -¿Entonces?

  -Es leche.

  -¿Leche?

  -Galactorrea -asintió el veterinario-. Suele presentarse en el diestro avanzado del ciclo sexual.

  -¿Y las dificultades motoras?

  -Quién sabe. Un poco de fiebre, malestar general...: puede ser cualquier cosa.

  Con un movimiento de cabeza indicó la calle.

  -Mira a ver si la alcanzas. Dile que vuelva.

  Había visto tan afectada a la anciana que la simple idea de alegrarle el día le puso de buen humor. Mientras mataba el tiempo acariciando a Fosca, se descubrió a sí mismo tarareando el brindis de La Traviata. Oyó ruidos a su espalda y gritó:

  -¡Adelante, adelante!

  Doña Mercedes, escoltada por Laura, avanzaba con expresión vacilante. El veterinario no reparó en que no llevaba consigo la manta escocesa.

  -¡Adelante! –repitió.

  La anciana parecía más bajita que unos minutos antes. Se detuvo a pocos centímetros de la mesa y observó a la perra, que la saludó con un débil movimiento de cola y un ronroneo casi inaudible.

  -Buenas noticias. Se trata de una falsa gestación. Un embarazo psicológico, digamos.

  El silencio que siguió a esta declaración era sólo eso: silencio.

  -¿Qué quiere decir? –dijo finalmente doña Mercedes.

  -Estas cosas pasan: a veces los síntomas se parecen tanto... Nada. Arreglado. Que no coma nada durante las próximas veinticuatro horas, y procure que no se lama a sí misma porque eso estimularía las glándulas... Por lo demás está perfectamente, y aún puede vivir en buenas condiciones algunos años más.

  Lumbreras se quitó los guantes, haciéndolos restallar en el aire.

  -¿No lo entiende, doña Mercedes? –siguió diciendo, ufano-. Que no va a hacer falta sacrificar a Fosca. Que ahora mismo la metemos en el coche y se la puede llevar a casa.

  La anciana, inesperadamente severa, dijo:

  -Creía que las cosas habían quedado claras. Yo ya me he despedido de ella. Ahora usted haga lo que tenga que hacer.

  Echó a andar hacia la salida, y ni siquiera se detuvo para añadir:

  -Y no se olvide de la factura. Buenas tardes.

  El padre y la hija se miraron y después miraron a doña Mercedes, que al salir dejó la puerta abierta.

  En la calle, el Dodge la esperaba en segunda fila. Felisa, con el cinturón de seguridad puesto, tuvo que ladearse y estirar el brazo para retirar el seguro de la puerta, que luego alcanzó a abrir con las yemas de los dedos. Para instalarse en su asiento, la anciana se agarró con la mano derecha al borde de la puerta y con la izquierda a la parte superior del respaldo. Como a todos los viejos, le costaba más entrar que salir de los coches (y más bajar escaleras que subirlas). La operación se desarrollaba en varias fases. En mitad de dos de ellas se detuvo un instante para decir:

  -Pero qué inútil eres, hija. Tampoco ahora has sido capaz de encontrar aparcamiento.

  Felisa hinchó los carrillos y soltó una pedorreta. La anciana respondió dando un portazo.

  -A casa, ¿no? –dijo Felisa.

  -¿Adónde si no?

  Cuando llegaron, todavía olía a las chuletas de cordero de la comida.

  -A ver si ventilamos un poco –dijo doña Mercedes.

  -Eso ya es cosa suya. No mía.

  Las pertenencias de Felisa seguían donde las había dejado por la mañana, amontonadas junto al paragüero del recibidor. Entre ellas destacaba la maleta de imitación piel comprada treinta y cuatro años antes, cuando estuvo a punto de irse de la casa para contraer matrimonio con un cerrajero que resultó ser un golfo. Alrededor de la maleta había varias cajas de cartón con objetos diversos. Algunas de ellas contenían ropa, casi siempre heredada de doña Mercedes, que nunca tiraba una prenda sin ofrecérsela antes. En otra había una selección de bajorrelieves en estaño, de la época en que a las dos mujeres les dio por dedicar las tardes de lluvia a la artesanía. En otra estaban las fotos enmarcadas: fotos de Felisa con su familia antes de entrar a servir, fotos de la boda de su hermana en la iglesia del pueblo, fotos de sus sobrinos cuando eran bebés o hicieron la primera comunión, una foto del mayor de ellos jurando bandera, otra del segundo en su viaje de novios a Florencia... Eran fotos de una vida posible, y junto a ellas había pocas, muy pocas fotos de su vida real, su vida con doña Mercedes, reacia siempre a posar delante de una cámara.

  -Toda una vida... –suspiró Felisa, y luego, para restar gravedad al comentario, canturreó:- Toda una vida te estaría mimando...

  Doña Mercedes entró en la habitación que llamaban despacho y que, desde la muerte de su marido, dieciséis años antes, había ido acogiendo todos los cachivaches que perdían su acomodo en el resto de la casa. Allí, detrás de una máquina de coser estropeada y una vieja bicicleta estática, estaba la cómoda en la que guardaban los papeles. Del cajón superior sacó una cartilla de ahorros y una carpeta pequeña. Cuando llegó al recibidor, Felisa salía del cuarto de baño. El ruido de la cisterna cargándose concluyó, como siempre, con un gorgoteo algo ansioso. Le tendió la cartilla, abierta por el medio.

  -Ésta es la última anotación. Todo correcto, ¿no?

  Felisa, como una niña vergonzosa, bajó la mirada al suelo. Doña Mercedes le entregó también la carpeta.

  -El coche ya está a tu nombre. Y el seguro, pagado hasta junio.

  -¿Y para qué quiero yo ese coche, con lo que consume? –gimoteó la otra.

  Empezó a meter las cosas en el maletero del Dodge. Las cajas que no cabían fueron a parar al asiento de atrás.

  -¡Y tú decías que no iba a caber todo...! –le reprochó la anciana desde el escalón de la entrada.

  En la parte de delante aún quedaba sitio, y doña Mercedes le ordenó que fuera a la cocina y cogiera la cesta de las ciruelas claudias.

  -¿Entera?

  -Entera. ¡Con lo que te gustan!

  Felisa obedeció y luego permaneció junto al Dodge sin saber muy bien qué hacer.

  -¿Necesita algo? ¿Quiere que le deje la cena preparada? –dijo, por fin.

  Doña Mercedes negó con la cabeza e hizo un gesto hacia el cielo como diciendo: Vete ya si no quieres que te coja la noche por el camino. Felisa esperó aún unos segundos para ver si la señora tenía pensado darle un abrazo o pronunciar unas palabras de despedida. Como vio que no hacía el menor movimiento, se puso al volante del Dodge y se frotó los ojos húmedos.

  -Llámame cuando llegues –dijo entonces la anciana-. Esa carretera no me gusta nada.

  El coche arrancó y enseguida desapareció por la esquina de la guardería de las monjas. Doña Mercedes cerró entonces la puerta, fue al saloncito que daba al jardín trasero y se sentó en la mecedora a esperar.