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Sobre la muerte del autor

Escrito está en mi alma vuestro gesto

Y cuanto yo escrebir de vos de vos deseo

Garcilaso de la Vega.


Hay cuentos que, al parecer, son imposibles de ser contados. Debe hacer cuando menos diez años que hice un viaje por California y desde entonces estoy tratando de narrar, sin ningún éxito, la historia de un gran final: el de Ishi, un indio Yahi que fue encontrado en estado salvaje en la villa remota y vaquera de Oroville, durante el mes de agosto de 1910.

Siempre quise hacer un recorrido que comenzara en Cabo San Lucas, la punta más meridional de las Californias, y terminara en la que fuera su ciudad más norteña, que resultó ser, precisamente, Oroville. En ese viaje, tal como lo pensaba, mi ex-mujer y yo manejaríamos de sur a norte como navegando el sueño de un hipster y veríamos cosas descomunales, nos detendríamos en lugares imposiblemente siniestros, y hablaríamos con espíritus libres y francamente irregulares.

Por desgracia no fue así: en primer lugar, nuestro viaje en coche por casi toda California comenzó a medio camino –en el aeropuerto de Los Ángeles—y no fue a bordo de un cadillac negro y plagado de drogas cada vez más poderosas, sino en una miniván muy parecida al infierno, y en la compañía no ingrata, pero escasamente terrible, de las dos abuelas de mi esposa.

Aunque la crónica del viaje no se presta mucho a la literatura, tuvo sus partes interesantes, como cuando le enseñamos a las abuelas, en un restorán de comida china, a anular el efecto del chile untándose sal en la coronilla, o cuando una de ellas leyó un libro de poemas de Ferlinghetti que yo llevaba para hacerme el intenso y opinó que le gustaban. Además, en el Museo de la Universidad de Berkeley vimos una exposición con las fotos de Ishi.

La del último indio en estado de pureza de los Estados Unidos no debería ser una historia difícil de contar, ni parece que albergara ningún tropiezo imposible de ser librado por un aficionado a decir unas cosas mientras cuenta otras. Pero hay algo en el relato –o en mi—que lo transforma en mercurio: he intentado el pastiche, la narración directa, el abominable flujo de la conciencia, las entradas de diario, la narración epistolar y se me sigue escurriendo entre los dedos como un puñado de canicas.

Los hechos son simples y transparentes: una madrugada cualquiera un grupo de trabajadores se encontró, tirado a las puertas de un rastro, a un hombre bordeando el filo de la muerte por malnutrición y agotamiento. Lo cargaron hasta el interior del edificio y le dieron agua. Luego notaron que se trataba de un indio salvaje, algo que a ninguno de ellos le había tocado contemplar fuera del circo, pero que sus padres y abuelos les habían enseñado a identificar con el enemigo. Lo ataron de pies y manos –como si se hubiera podido escapar—y mandaron llamar al alguacil.

El oficial, acaso el último vaquero de la época brava que quedaba en funciones en esa parte de los Estados Unidos, lo subió tal como estaba a la grupa de su caballo y se lo llevó a la cárcel, no por ganas de joder –o eso fue lo que le dijo a la prensa—sino porque no sabía bien qué hacer con él. Hay que decir en su honor que consta que lo vistió con su propia ropa y lo alimentó con la comida que preparó su mujer especialmente para que no se les muriera de hambre en lo que se lo entregaban al ejército, que era el procedimiento de rutina.

Para el mediodía la noticia del hallazgo ya se había corrido como pólvora por toda la región, por lo que se armó un tumulto memorable para pasar a ver al último salvaje de los Estados Unidos. Entre los que desfilaron frente a la celda estaba el corresponsal de un periódico de San Francisco, que telegrafío una nota de color en la que describía las curiosísimas negociaciones del alguacil con las pasiones de su propia gente –todavía estaban frescas en la zona las heridas de la guerra indígena-- y los varios dueños de espectáculos de vaudeville que le querían comprar al indio para incluirlo entre sus atracciones.

Para fortuna de Ishi, que se habría muerto de haber sido menos honesto el alguacil o más rápido el ejército para ir por él y llevárselo marchando hasta un reservación, el reportaje del periódico de San Francisco fue leído por un profesor que, al notar que no había nadie que pudiera entender la lengua del indio, intuyó que se trataba de un hablante de yahna, un idioma que se suponía extinto y del que un amigo suyo estaba preparando un vocabulario.

El profesor tomó el primer tren a Oroville y, armado con las notas de su colega sobre la lengua de los yahis, fue y lo rescató. Ya en San Francisco se dio cuenta de que no había considerado el problema de dónde poner al indio mientras lo salvaba, de modo que hizo lo que su lógica, al parecer todavía más silvestre que la de Ishi o el alguacil, le dijo al oído: lo llevó al Museo Antropológico.

En los días posteriores a estos hechos hubo alguna discusión sobre qué hacer con él, pero al final todo el mundo estuvo más o menos de acuerdo en que, a fin de cuentas, el mejor lugar para el último aborigen intacto en los Estados Unidos era un museo. Ishi pasó ahí el resto de su vida, bastante más cómodo y al parecer más satisfecho que si se hubiera quedado en los bosques. Vivió primero en los cuartos para invitados, luego en las habitaciones del personal de intendencia y al final en el más soleado de los salones de exhibición, dónde le pusieron una cama para que bienmuriera de tuberculosis tres años después de su rendición a los blancos.

Probablemente sea que la historia es tan poderosamente significativa tal como sucedió, que tratar de reformularla siempre acaba por transformarla en una cursilería o un dechado de buenas intenciones políticas, que es siempre la peor forma de la cursilería. Elaborar metáforas de una historia que significa por sí misma es como amar el amor: por intensillo que parezca al principio, siempre acaba mal.

Como quiera que sea, el cuento del hombre que se gana la vida en calidad de pieza de museo siempre me pareció fascinante y reveladora, más por el hecho conmovedor de que, con todo y que hizo buenos y al parecer sinceros amigos entre la comunidad de médicos y antropólogos que lo estudiaron, el indio nunca les quiso decir su verdadero nombre. Hasta el último día de su vida siempre pidió que lo llamaran Ishi, que en yahna quiere decir “Hombre”: al parecer, cuando se es el último de lo que sea, el género basta.

El problema con la historia de Ishi, estoy cada vez más seguro, es de literalidad: quiere decir lo que quiere decir y no lo que yo quiero que diga.

Hace tres años, cuando todavía vivía en Washington DC y acababa de cumplir los 30, decidí tomarme un domingo libre del infierno grande que representaba la mudanza que emprendía rumbo a Boston, donde vivo. No es que estuviera precisamente nostálgico de dejar la capital del país, donde había pasado algunos años buenos pero otros, los últimos, francamente negros. Simplemente estaba en son de despedida de la ciudad en que había terminado de madurar y en la que se iban a quedar mi ex-mujer y mis hijos con la vaga promesa de que volveríamos a vivir los cuatro juntos cuando nuestros compromisos laborales lo permitieran y esa vez las cosas sí iban a funcionar. Fuimos a comer, en una expedición patética por lo que tenía de representación de lo que no era, a nuestro restorán favorito, y luego a un sitio con terraza y aires franceses en el que por entonces preparaban el mejor café de DC.

Nos estábamos comiendo un pastel de queso, cada uno concentrado en actuar su papel, cuando pasó entre las mesas y con seguridad de ángel en plan de exterminar, una pelirroja que llevaba una camiseta en la que se leía la leyenda: “Pelirroja”. Al verla tuve la certeza de que tanta literalidad podía producir en el mundo alguna especie de desequilibrio metafísico como los que gobiernan las tramas de ciertas novelas de Eça de Queiroz: cada que la pelirroja se pone esa camiseta que dice “pelirroja”, le dije a mi ex-esposa, se muere un chino. Creo que entendió el chiste, o cuando menos hasta cierto punto, porque en el último viaje que yo había hecho a México, le había llevado de vuelta como regalo una camiseta genial, también estampada con una leyenda, que decía en español: “Eres un pendejo” y abajo, en inglés y entre paréntesis: “(You are my friend)”.

Naturalmente que no creo que se muera un chino cada vez que la pelirroja se pone su camiseta que dice “pelirroja”, pero sí me parece que tanta literalidad puede acabar siendo nociva, aunque no sé para qué.

O sí: para uno mismo. Lo literal, lo he comprobado, puede ser de pésima suerte. No mucho después de haberme malhumorado tanto con la pendeja (my friend), de la camiseta del café de DC, fui a hacer una serie de lecturas a Berlín. He padecido fracasos memorables en ese tipo de eventos: si siempre hay maniáticos que de un modo u otro deciden asistir a las conferencias que uno dé por más intragables que sean sus tópicos, leer un cuento, o un pedazo de una novela en público, es casi siempre una lección sobre por qué no hay que ser escritor si a lo que se aspira es a la fama.

La experiencia berlinesa consistía en tres apariciones públicas. La primera era una mesa redonda con alguno de esos temas de venas abiertas que hacen sentirse muy bien a los europeos y los gringos con buena conciencia y que a los latinoamericanos que somos invitados a exponer nos hacen sentir más bien piezas del museo de la compasión. Además había dos lecturas propiamente literarias: una era en un teatro en el que hubo algo de público –era gratis, estaba lloviendo y había vino de honor--, y la otra en un café, que al parecer había estado muy de moda en la época en que Berlín Oriental era todavía una plaza comunista. El café se llama “Einstein” y luego se agregaba el extraño calificativo de “bajo los tilos”.

El nombre del lugar me pareció memorable cuando lo leí por primera vez en mi agenda de apariciones en la capital alemana, pero me dejó el sabor de los peores presagios cuando, a la mañana siguiente, me encontré con el local mientras hacía turismo de la peor ralea en las cercanías de la puerta de Brandenburgo. Resultaba que su extrañeza venía de que está en una calle más o menos equivalente a la rambla barcelonesa que se se llama “Bajo los tilos”, precisamente porque que está debajo de unos tilos.

Nací en una ciudad, la de México, en la que hay un bosque tupidísimo y sin fauna que se llama “Desierto de los leones”, de modo que la imaginación adánica teutona, tan sin chiste, me dio escalofríos. Mi sobrino, que se llama Jorge Arrieta, lo dijo con la claridad meridional de sus ocho años durante una discusión con uno de mis hijos, cuando el pasado agosto fuimos los tres a unas vacaciones tan desoladoras en casa de mis padres que tuvimos que acortarlas: ese juego, espetó, es tan divertido como jugar a llamarse Jorge Arrieta.

Total que en el café de Einstein bajo los tilos me pasó lo peor que le puede pasar a alguien en esos casos: no un vacío total, sino una asistencia de dos personas, que habían comprado un boleto, de modo que la moderadora, el traductor, el actor que iba a leer mi cuento en alemán y yo, atestamos una mesa en la proa de un auditorio que era el más solitario de los mares, habitado como estaba únicamente por una joven y su mamá. No sólo tuvimos que leer, hicimos la mesa redonda –con todo y traducciones simultáneas—porque las dos mujeres habían pagado y en una ciudad en la que una calle bajo los tilos se llama “Bajo los tilos” uno cumple con los cincuenta minutos de espectáculo que prometió.

A Ishi nunca le faltó el público: durante cuatro de los siete días de la semana, hacía una presentación en el recibidor del museo en la que cantaba alguna canción ritual, encendía una fogata frotando dos maderos y enseñaba a los visitantes a hacer arcos y flechas con los materiales que le llevaban de las cañadas de Oroville. Se los llevaban hasta el museo porque no quería volver a su tierra a pesar de la insistencia de los antropólogos. Los otros dos días de la semana los dedicaba a trapear y desempolvar todos los salones del museo, excepto uno en el que se exhibían ofrendas fúnebres y momias, al que nunca quiso entrar. Los lunes solía tomar temprano el tranvía e ir a ver el mar.

Fue hasta el último verano de su vida que aceptó, a regañadientes y acaso porque ya sabía que le quedaba muy poco tiempo, volver a las cañadas: en agosto de 1913 fue con el director del museo y su médico a recrear la vida silvestre que había llevado hasta rendirse en el rastro. Los tres pasaron días estupendos viviendo desnudos a la intemperie y comiendo lo que cazaban en el bosque.

La idea original era quedarse durante todo el mes, pero Ishi insistió en que volvieran a San Francisco, señalando, cada vez que trataban de convencerlo de lo contrario, que prefería la comodidad del museo al retorno a la naturaleza. Al parecer a nadie se le ocurrió pensar que la vuelta al bosque podía ser deprimente para el indio, que no había vivido en un jardín de rosas en lo que el médico calculaba que habían sido sus primeros treinta años de vida.

La tribu de los Yahis fue la última en ser sometida en los Estados Unidos: no hubo un proceso de rendición formal como en el caso de los apaches o los lakotas, porque fueron exterminados con encono singular: si el ejército federal los descubría antes de que los encontraran las partidas de rastreadores que salían de Oroville, los llevarían a una reservación, lo cual no le parecía suficiente castigo a nadie entre los blancos.

Ishi sobrevivió porque tuvo la fortuna inaudita de no haber estado durante los dos encuentros fatales de su tribu con el enemigo. En el primero, los cazadores de indios, que cuando no estaban oteando los cerros eran personas con familia y más o menos cultivadas, encontraron una tarde el último campamento de yahis que quedaba en las cañadas –la tribu ya había sido diezmada por un lustro de guerra y persecución-- y esperaron pacientemente al amanecer siguiente para poderles disparar desde los cerros. Ishi había ido al bosque con su abuela, que al parecer era el chamán de la tribu, y habían pasado la noche ahí para que el sereno bendijera las raíces que habían recolectado. Cuando regresaron se encontraron el campamento arrasado. Tardaron en encontrar a la tribu, que se había quedado casi sin hombres: las mujeres y los niños habían corrido hacia las grutas en lo que los guerreros se ofrecían en sacrificio al fuego de los vaqueros. Desde su refugio en las montañas, los yahis que quedaban recolectaban y cazaban de noche.

Un día una partida de blancos, conscientes de que se les había escapado parte del enemigo, encontraron un rastro de sangre de venado bajo los árboles, que muy probablemente fueran tilos. Lo siguieron y hallaron sin problema el refugio. Según cuenta una crónica –estupendamente escrita—de uno de los miembros de aquella partida, la situación fue perfecta porque habiendo ocupado ellos la boca de la caverna y estando ésta cerrada por su parte trasera, ninguno de los indios pudo escapar. En uno de los párrafos más estremecedores del relato, el caballero californiano platica que en algún momento de la matanza decidió utilizar el revolver porque, aunque se descarga con más frecuencia, hace un trabajo más limpio: según aprendió rápidamente, los bebés estallan cuando se les dispara con rifle.

De esta parte de la historia de Ishi, una parte que él nunca conoció bien, o no con el detalle con que yo la conozco, me enteré más tarde, en un libro de crónicas del periodo que me encontré en la biblioteca de la universidad en que doy clases. Él simplemente regresó con su madre y su hermana del arroyo, y se encontró con que tenían que ponerse, otra vez, a sepultar muertos. Aunque nunca habló directamente de ese día, hizo más de una vez alusión a la tarea terrible de enterrar a toda su gente.

Para cuando leí esa crónica, ya había tratado sin ningún éxito de escribir un cuento sobre él cinco o seis veces y siempre resultaba demasiado político: literal a morir con todos sus significados expuestos, o no todos, pero sí los que menos me interesaban: lo que me seduce de Ishi no es su condición trágica y la nitidez con que refleja que América es la exitosa utopía de un grupo de criminales, sino la soledad inaudita del que se sabe al final de algo que ya no tiene remedio.

La versión que escribí por esos días fue la peor de todas porque para entonces estaba cargado de humillaciones y repleto del prurito moral que nos hace rechazar unas formas de la hipocresía por otras. Esa versión del cuento se llamaba “Taking democracy to California”, con eso ya no tengo que anotar que era la peor.

Hay una historia, esa sí muy buena, que cuenta Bernardo Atxaga. Dice que un día, caminando por un pueblo de su región natal en el País Vasco, se encontró de pronto junto a una puerta con un agujero y un viejo. Hablaron un poco y al final el viejo le preguntó que si sabía porque había un hoyo en la puerta. Será para el gato, dice Atxaga que respondió. No, le dijo el hombre, lo hicieron hace años, para darle de comer a un niño que se convirtió en perro después de que lo mordió un perro.

Los cuentos que me gustan, los que me vuelven loco de ganas y envidia de escribir así, tienen la lógica deslumbrante del viejo vasco: les falta un pedazo y esa falta los transforma en una mitología, apelan al mínimo común denominador que nos hace a todos más o menos iguales.

Si a un niño lo muerde un perro y le da rabia, el espejismo de la causa y efecto universales se mantiene; hay un orden y por tanto categorías. Si, en cambio, se convierte en perro, el mundo es incontrolable como nuestros afectos, nuestra incapacidad para vivir de acuerdo con nuestros propios estándares, nuestras desgracias inmerecidas, que son casi todas. El viejo genial de Atxaga jamás se habría puesto una camiseta que dijera “Viejo”; lo que dijo es bueno por la misma razón por la que, para hacer literatura o cine, son mejores las historias de amor que fracasan: hay todo para que a conduzca a b y de ahí a los hijitos, pero algo se jode sin que nadie sepa bien qué fue lo que pasó y a conduce a los precipicios de la w y a la s curva del suicidio.

Ishi, a pesar de que vivió casi toda su vida en la más angulosa de las soledades, se resistió siempre la tentación de matarse: el silencio de los museos es todavía peor que el de los departamentos de profesor viejo y sin promesa, así que una soledad como la suya, que ni siquiera tiene el toque chic de ser autoinflingida, me hace algo parecido a lo que me hace la del niño que se convirtió en perro. Me llena con la esperanza de que algún día los futuros que se me escaparon entre los dedos como canicas parezcan una mitología.

Su tercer y último desencuentro con los blancos antes de la rendición en el rastro de Oroville fue el definitivo. Sucedió varios meses antes del sometimiento y refleja el que iba a ser su destino final: la tienda en que vivía con su madre y su hermana fue descubierta por un grupo de profesores de geología que acompañaban a una expedición minera. Aunque los científicos y los indios nunca se vieron la cara, el desorden que los primeros dejaron en el campamento de los segundos fue suficiente para que decidieran escapar para salvar lo que les quedaba de piel. Se dispersaron. Ishi nunca volvió a ver ni a su hermana ni a su madre, que habrán encontrado una muerte terrible en la huida, pero que seguramente dejaron el mundo con el aplomo épico de los que aguantaron vara sin rendirse.

Ishi se entregó con tal de conseguir algo de comida, pensando tal vez que si de todos modos se iba a morir, estaba mejor hacerlo con la barriga llena. Haber tomado esa decisión le deja poca garra y a los que hemos tratado de contar su historia nos acerca al abismo de la literalidad. En tanto sobreviviente de todo un mundo que además vive en un museo, es puro significado: no le faltan piezas y sin misterio no hay mitología.

Es por eso que creo que es mejor imaginárselo en los días en que en lugar de un indio de vitrina, era solamente el más denso de los empleados de limpieza de un instituto. Hay que pensarlo resignado a ser lo último de algo y trapeando en calma santa los corredores.

Cuando, a los pocos meses de que Ishi llegó a San Francisco se presentó el problema de que no podía vivir para siempre en las habitaciones de invitados, decidieron nombrarlo trabajador de mantenimiento y pagarle un salario para que pudiera vivir en las del personal. Para sorpresa de todos, no entendió que se trataba de una solución al problema de que por ser el último de algo no había donde guardarlo y al día siguiente se puso un mono de obrero y pidió una cubeta.

Casi no usaba dinero, más que para comprar cositas de comer siempre modestas: miel, harina de maíz, calabazas, manzanas, café; era un hombre mínimo y notoriamente frugal. También gastaba en tomar el tranvía, en el que se iba a ver el mar desde el parque del Golden Gate. Ahí se pasaba todos sus días libres: el mar es el lugar en el que nos disculpamos por las canicas que se nos escurrieron entre los dedos sin que hayamos entendido por qué. El resto de su salario lo acumulaba en la caja fuerte del museo: lo guardaba en unos paquetes para ampolletas que le regalaba su médico y que tenían la circunferencia y la altura precisas para guardar sólidamente diez monedas de un dólar. Al final de su vida se aficionó a contemplarlos: le pedía al director que le abriera la caja de seguridad, ponía sus paquetitos de dólares sobre una mesa, y se pasaba la tarde viéndolos, sin decir nada ni sacar nunca las monedas, como si fueran otra cosa.

Si uno es el último de algo, sus guardaditos no son un ahorro, sino el saldo de todo un universo: es ahí cuando en la historia incontable de Ishi el niño mordido se convierte en perro, el bosque se llama “Desierto” y la pelirroja porta una camiseta que no dice “pendeja”.

A veces escribir es un trabajo: trazar oblicuamente el camino de ciertas ideas que nos parece indispensable poner en la mesa. Pero otras es conceder lo que queda, aceptar el museo y contemplar el saldo en espera de la muerte, pedirle perdón al mar por lo que se jodió. Poner en la mesa nuestras cajitas y saber que lo que se acabó era también todo el universo.