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Apuntes sobre la violencia en Sinaloa, México

Magali Tercero acaba de publicar el libro Cuando llegaron los bárbaros, vida cotidiana y narcotráfico. De la primera parte, entresaco los siguientes pasajes.

 

Durante catorce días percibo la violencia como una fuerza invisible. Sólo me toca una intimidación directa: la de una treintañera extra-arreglada, con uñas de cinco centímetros adornadas con piedras brillantes, que me da un empujón en un OXXO[1] mientras pago. Busco su mirada, alzo la voz y le suelto un “¡pásale!” defeño sin recordar el tan culichi “te aguantas o te matan”. Y nada pasa. Ningún “ora te vas rapada y caminando a tu casa; y si te dejas crecer el pelo matamos a tu familia”, como aseguran que ordenó una mujer a su estilista para callar a la clienta que aplaudía la detención de Alfredo Beltrán Leyva, alias el Mochomo, el 20 de enero de 2008 (el verdadero inicio de la guerra aquí). No, ella me pide permiso para poner su bolsa Louis Vuitton. Interrumpiendo el súbito silencio, la cajera opina con desparpajo: “La oyó fuereña. El coraje de los buchones [la infantería del narco rural y urbanizado] no es con los de México.”

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“La violencia ya tocó el lenguaje, y cuando algo toca el lenguaje ya tocó todo”, me dijo el escritor sinaloense Geney Beltrán Félix.

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Una noche un hombre de unos 37 años, de una familia dedicada al sector de los servicios, el que más producto interno bruto produce en el estado, me lleva a un barrio donde no entra ni un soldado. “Mira a esos motociclistas. Sus armas están debajo de la sudadera. Todo el tiempo pasan los vigilantes de los narcos.” Nos instalamos en la mesa larga de una taquería de carne asada al aire libre. “Aquí nos protegen los asesinos: son buena gente, son mis amigos”, recalca Víctor antes de contar que mataron a un joven que él conocía. Su protector, un narcotraficante importante, llegó al velorio y dijo a la madre “préstemelo”. Y se fue con el cadáver a despedirlo. Luego lo regresó y el sepelio continuó.

“¿Ves esas casas de enfrente tan bien construidas? Hace diez años tenían techo de cartón y láminas sobre la tierra. A ver, ¿de dónde sale todo eso?” Señala a un muchacho. “Le faltan varios dedos. Lo tuvieron diez días secuestrado. Los calentamientos de los narcotraficantes son terribles. Muchas veces andan en coca. Los tienen tres días o cuatro encerrados, cortándolos en pedacitos.” Me tenso. “¿Son buenas personas pero hacen calentamientos?” “¡Ah no! El narcotráfico es un cáncer social”, revira Víctor. “Los conozco a todos desde niño. Son muy amables. Pero para el negocio son durísimos. Viven para sí mismos pues han sufrido mucho. Su corazón se endureció. Son friísimos.”

“¿Cuántos muertos hubo en la balacera de enfrente?”, pregunta al propietario. Mirando la calle oscura, este contesta: “Eran seis, pero dijeron que cuatro.” En esta esquina perdida del Culiacán más negro me entero de que no fue una bazuca lo que mató al hijo del Chapo sino un lanzagranadas. “Así son los periodistas.” La noche termina con el relato sobre el ahorcamiento de un personaje a quien terratenientes del sur, enemigos de la Reforma Agraria de Lázaro Cárdenas, forjaron una leyenda negra. El crispante gesticular de Víctor me enerva. Pero él continúa su relato, vertiginoso, in crescendo.

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Pienso a Culiacán como un lugar infernal, pero Sinaloa es tierra de contrastes extremos y cuenta con sitios paradisíacos como su Jardín Botánico, uno de los más importantes del mundo y eje del proyecto de arte público más ambicioso de América Latina, impulsado por el coleccionista Agustín Coppel. Creado hace 24 años, cuenta con tres ecosistemas –selvático, boscoso y acuático– y con 30 mil visitantes por mes. La violencia también llegó aquí con la persecución policíaca de un sicario contratado para asesinar a un profesor. Por suerte no logró su objetivo.

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La esquina de la avenida Sinaloa es, a las diez de la noche, un lugar de ruido y confusión donde circulan, en inacabable chirriar de llantas, las Hummer, las Lobo, las Pathfinder y otras camionetas lujosas, muchas nuevas y sin placas. Sus dueños exhiben, además de motores potentes, una grandísima y banal destreza para ejecutar sobre el asfalto todo tipo de suertes. En esta Babel motorizada los corridos del narcotráfico suenan desde las bocinas de costosos estéreos habilitados para el reventón.

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A bordo de un pequeño auto rojo, nos introducimos en una noche fantasmagórica. Hay tres o cuatro clínicas instaladas a la salida a Sanalona para atender a los traficantes heridos y rematados en sus camas; recorremos el bulevar Francisco Madero. En lugar de las tradicionales bandas sinaloenses, nos topamos con tres mariachis, solitarios debido al auge del corrido sobre los nuevos héroes narcotraficantes; pasamos frente a un prostíbulo con el tradicional foco rojo; y vamos a dar a un inmenso lote baldío atiborrado por una multitud pendiente del concierto de El Coyote, una forma de fiestear en provincia. Hay decenas de chavos bebiendo en la calle, con las puertas abiertas de sus camionetas y con el volumen de sus estéreos sobrepasando todas las normas.

En dos minutos alguien nos cierra el paso por la izquierda para detenerse a platicar con sus amigos. Cuamea intenta dar reversa pero un tipo se pone atrás y nos deja encerrados. Aprieta los labios, maniobra hábilmente y elude la trampa. No miro al agresor. Ya aprendí que en Culiacán se pasa del pensar al actuar en un parpadeo. Gloria define: “Aquí la vida no tiene valor. Los automovilistas traen a los niños en el brazo izquierdo, y manejan y hasta contestan el celular.”

“Están coartando la libertad individual. Es una narcodictadura. Está en todas partes. Es en el Distrito Federal donde detienen a los hijos de los capos. Ahora sólo es cuestión de que tomen sus calles. Los muertos aparecen, la policía los encuentra. Es una cultura de la prepotencia derivada de la impunidad y la corrupción”, afirma nuestro Virgilio.


[1] Cadena de tiendas de abarrotes.