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Ne Me Quitte Pas

-No consigo recordarla –dijo el hombre, con angustia—. No consigo recordar su rostro, ni su cuerpo, ni su voz, esa voz que me gustaba tanto. Tengo el recuerdo mentalde que me agradaba su voz, pero no tengo el sonido. ¿Comprende? ¿Cómo se puede estar enamorado de alguien a quien no se consigue recordar? Sólo hace seis meses que nos hemos separado. (El psicólogo hizo una breve anotación en su bloc que pasó inadvertida para el hombre que no recordaba. Igor Caruso, famoso psicoanalista de los años setenta había escrito un ensayo muy lúcido y desgarrador sobre la separación de los amantes; había observado que los amantes separados no consiguen recordar el rostro de la persona amada.) 

-Cuando quiero recordarla tengo que mirar su fotografía -agregó el paciente. ¿Cliente? ¿Por qué no decir claramente cliente? ¿Qué compra el cliente de un psicólogo? Compra tiempo. Compra atención. Contención. Compra escucha. Compra una oreja tolerante y compasiva que lo va a oír como una madre abnegada, a la edad en que las madres escasean o necesitan ser escuchadas por otros, no por sus hijos.

-¿Contempla a menudo su fotografía? –preguntó el psicólogo con aparente indiferencia.

-Le hice cientos; ella de pie, ella acostada, ella de un lado de la cama, del otro, riendo, desnuda, vestida, en la calle, en la bañera, acariciando a un niño o a un gato; fotografié sus senos, el vello de su pubis, sus axilas, su cuello, su nuca y sus piernas –contestó el cliente, repentinamente regocijado. Parecía haber conseguido ahuyentar la angustia. Esas fotos son mi tesoro, mi museo privado. 

-¿Ha observado cómo ha cambiado el mundo desde que podemos hacer fotografías de cada instante con el móvil? -le preguntó. 

El psicólogo pensó en Javier. ¿Dónde estaba Javier? Tenía diecisiete años, todavía iba al instituto, pero detestaba estudiar. Quería que él le enseñara. Le parecía más divertido que ir al instituto y lo hacía sentirse privilegiado. Diecisiete años: una mala edad para estudiar. Una mala edad para cualquier cosa que no fuera exclusivamente fornicar. La testosterona a tope, las hormonas bulliciosas hirviendo en el cuerpo, el cuerpo brillante y lustroso de sudor –cómo amaba ese cuerpo- revolcándose con otros cuerpos también brillantes de sudor en un campo de deportes verde por la hierba. El sudor alimentaba esos campos; el sudor de los jóvenes de diecisiete, de dieciocho años obligados a estudiar por una supremacía perversa de la cultura sobre el instinto. Y él –cuarenta y tres años- amando un cuerpo mucho más joven que el suyo, más perfecto, más hermoso, como sólo se puede amar lo que se ha perdido. Por eso él no lo iba a dejar nunca: para poder recordarlo, no como su cliente, que al separarse de la mujer que amaba, no conseguía recordarla.

-Ella se quejaba un poco de que yo le hacía muchas fotografías, en la calle, en la cama, en los restaurantes, mientras se duchaba, mientras se vestía…

-¿Por qué le hacía tantas fotografías? –le preguntó.

Ahora, el cliente parecía a punto de hacer un gran esfuerzo por analizar su comportamiento.

-Quería retenerla, no dejarla escapar… Todo se nos escapa inevitablemente, ¿verdad? Creo que hacía esas fotos como una anticipación, como una premonición de lo que temía que sucediera. ¿Alguna vez le pasó que quiso retener lo pasajero? –le preguntó al psicólogo.

No tenía por costumbre contestar las preguntas de los clientes. Era una manera de conservar el poder. A lo sumo, respondía con otra pregunta.

-¿A usted sí le pasaba?

-Como si supiera y temiera, al mismo tiempo lo que iba a ocurrir un día.

-Sin embargo –precisó el psicólogo- fue usted quien la dejó.

Igor Caruso había observado también que quien abandona a la persona a la que ama se siente muchas veces abandonado. Quizás abandona porque alguna vez tuvo temor de que lo abandonaran, o porque presiente que va a ser abandonado, o porque se cansó de temer. 

Javier le decía “No voy a dejarte nunca, nunca”, con la firmeza que sólo se puede tener a esa edad. Y él sonreía con una tristeza imperceptible para el muchacho. “Tú estudia y ya veremos”, le contestaba, asumiendo por un momento un rol de padre que no le gustaba, que no le sentaba bien pero que parecía ser fruto de la diferencia de edad. El chico tenía su propio padre, no necesitaba otro. Y quería contárselo al verdadero padre, parecía ansioso por desafiarlo y decirle: “Estoy enamorado de un psicólogo de cuarenta y tres años, un poco calvo, inteligente, culto y con el que follo todos los días”. Tres veces por día, como deberían hacer todos los adolescentes de esa edad, cuando tienen las hormonas a tope, excitadas, y si cierran los ojos, las hormonas, en círculos rojos, sólo le representan volcanes a punto de estallar. En cambio, los encierran en institutos como zoos, donde se inquietan, se manosean, escupen a sus profesores, no les interesa ni la matemática ni la historia… sino satisfacer los deseos imperiosos del cuerpo, que es otra sabiduría, como la de los leones y los tigres. Él no iba a poder seguir el ritmo sexual del muchacho mucho tiempo más, pero no quería rendirse tan pronto, como se rinde el macho alfa de la manada ante el joven macho que quiere ocupar su lugar. Iba a combatir un poco más. ¿Dónde estaba Javier que todavía no lo había llamado al móvil? Inexplicablemente para él, Javier se aburría con los jóvenes de su edad. Se aburría con otros cuerpos de diecisiete o de dieciocho años. “Sólo hablan de fútbol y de chicas, de cerveza y de música enlatada” le había dicho con evidente desprecio. En cambio, ellos hablaban de otras cosas. Y hacían otras cosas. Miraban películas antiguas, en blanco y negro, con una avidez que sólo podía nacer de una extremada codicia. Javier quería saberlo todo y no por cuenta propia: le gustaba más que él se lo explicara. Quién era James Stewart, cuántas películas había hecho Roberto Rosellini, por qué se produjo la expulsión de los judíos en España, cómo se reproducían las libélulas (con un pene mucho más largo que el cuerpo entero del macho, una especie de aspiradora que consigue extraer el semen de los machos anteriores, y permanece agarrado a la hembra la mayor parte del tiempo posible, a veces durante varias horas, para impedir que otros machos la penetren), qué registro vocal tenía Ella Fitzgerald, cuándo fue el Día D en la Segunda Guerra Mundial, cómo mataron al Che Guevara, por qué el concierto de Koln de Kay Jarrett se llamaba de Koln, por la ciudad o por un ministro, y leer juntos a Baudelaire y a Rimbaud, y mirar juntos Casablanca, Gilda y La noche del cazador. Javier parecía tan excitado por adquirir rápidamente toda esa información que le faltaba como él, el psicólogo, estaba ansioso por retenerlo a su lado, sabiendo, sin embargo, que algún día lo iba a perder.

Como el cliente había sabido, intuido, que un día iba a perder a la mujer que amaba. 

-Me pidió que le devolviera las fotografías –dijo- pero yo no lo voy a hacer. De ninguna manera. Yo las hice, son mías. Parecía complacida cuando se las hacía.

-¿Siempre?- preguntó el psicólogo.

-No, a veces protestaba un poco, pero era un juego, un coqueteo.

-¿La fotografiaba porque presentía que un día se iban a separar? –insistió. 

-Quería atraparla de alguna manera, quería retenerla. Creo que la fotografía es una forma de luchar contra la fugacidad. Y si ella quiere recuperarlas es porque sabe, presiente, que hay una parte de su vida en esas fotografías que ya no le pertenece más. 

-¿A quién le pertenece? –preguntó el psicólogo. A veces, aplicaba el método socrático, la mayéutica; le parecía más dialéctico.

-A la muerte –sentenció el cliente con voz neutra. Seguramente el dolor de esa afirmación ya había pasado; lo había sentido antes, al hacer las fotografías. Olvidamos el dolor. No todo, pero gran parte de él. Si lo recordáramos, no podríamos seguir vivos. 

-¿Mira muy a menudo las fotografías? -preguntó el psicólogo.

¿Por qué Javier no lo llamaba? Tenían un código, mientras él trabajaba. Javier le hacía una llamada perdida, y entonces, sabía que ya estaba en casa, leyendo, mirando viejas películas o cocinando. A Javier le gustaba sorprenderlo con algún plato casero, lleno de calorías y de colesterol, que él no debía comer, pero que ingería con fruición para complacer al muchacho. “Tengo miedo de perderlo”, se autoanalizó.

-A veces siento una horrible sensación de vacío –dijo el cliente. Vacío, ¿comprende? Es peor que el dolor. El dolor ocupa mucho espacio, ocupa casi todo el sistema nervioso, es absorbente, agudo; pero el vacío es una rara sensación de extrañamiento, de hueco. Cuando siento ese hueco busco las fotografías. 

El psicólogo pensó en una especie de museo. El museo que el cliente le había erigido a ella, pero que, en realidad, era su única manera de no volverse loco. Un santuario amoroso. Como las mujeres, antiguamente, guardaban las estampitas de los santos, los mantelitos bordados, las tijeritas con las que habían cortado el ombligo de sus hijos o de sus nietos. 

-Cuando la veo en las fotografías, recupero algo. No me pregunte qué recupero, pero me siento un poco más lleno otra vez. 

-¿Sólo las mira? –preguntó el psicólogo. Imaginó a Javier en el gimnasio, con los pantaloncitos blancos muy limpios, muy bien planchados –era un poco obsesivo, su amante, obsesivito-, sus zapatillas blancas de deporte, los calcetines blancos y las piernas doradas, fuertes y bien torneadas, completamente depiladas. Como muchos chicos de su generación, le gustaba tener un cuerpo impoluto, libre de pilosidades. En cambio él conservaba algunos pelos en el pecho y cerca del ombligo; desagradables, siempre le habían parecido desagradables, pero nunca se le había ocurrido quitárselos. 
-Las miro, sí, hasta llenarme de ella otra vez. Sufro un poco, es verdad –dijo el paciente-, pero es otra clase de sufrimiento. Entonces, por unos instantes, recuerdo lo que sentí. La recuerdo y nos recuerdo.

Aquel hombre se resistía a olvidar, por lo menos, hasta que tuviera otra cosa entre manos. Atravesaba el duelo cargado de imágenes, tal era el pavor que le inspiraba el vacío. 

-El olvido es un sistema de defensa –le explicó. Si recordáramos no podríamos seguir viviendo –le dijo, suavemente.

-No me quiero defender de haberla amado –protestó el cliente. Es verdad: nos hemos separado. La relación ya no era buena. Discutíamos mucho. Pero yo la amaba. Y creo que ella también. 

No estaba en condiciones de aceptar el olvido, todavía. Pero se defendía heroicamente contra él, como si se tratara de su única pertenencia.

¿Le ocurriría lo mismo a Javier? No, él lo había educado bien. Le había dicho: “Cuando te separes de mí, olvídame inmediatamente. Ni un recuerdo, ni una emoción. No tengas piedad por mí, ni por ti. Enseguida encontrarás a otro hombre a quien amar. O a una mujer. Y no conserves fetiches. Olvida la música que oímos, las películas que vimos, las ciudades que visitamos. Olvida el sofá, el edredón, la lámpara de noche. No tengas miedo, ni creas que es doloroso o injusto. Para seguir viviendo, es necesario olvidar que se vivió. Y para seguir amando, es necesario olvidar que sea amó”. Javier había protestado, como correspondía a su edad. “No voy a dejarte nunca, nunca, nunca”, le había dicho, y él sonrió, con una triste complacencia. “Me dejarás tú cuando te canses de mí”, le había dicho. “Y yo me moriré de tristeza, de vacío y de melancolía”, había pensado Javier. Amar a alguien mucho más joven era completamente solitario, pero ¿cuándo el amor no era un asunto solitario?

-Sé –dijo el paciente- que un día cualquiera miraré esas fotos de otra manera. ¿La reconoceré en las fotos? ¿O me ocurrirá como ahora, que no consigo recordar su rostro, si no contemplo las fotografías? Me he separado de otras mujeres, entiéndame. A veces, en alguna fiesta, o en algún bar, alguna mujer se me acerca, me saluda con familiaridad y yo me pregunto: “¿Hemos hecho el amor?”, pero con ella ha sido diferente. Es la única mujer a la que he amado en la vida. ¿Entiende lo que quiero decir? Quiero decir que no sólo quería hacer el amor con ella; quería verla vestirse, quería oír el agua de la ducha cuando se bañaba, quería ir al cine con ella, comer pizza a la noche, reírme, quería verla envejecer. Cuando le salía una arruga, ella se asustaba, protestaba, rechazaba la arruga. En cambio, yo sentía una corriente de amor. Amaba esa arruga, me gustaba verla. El psicólogo pensó que el cliente usaba las sesiones para evocarla. Posiblemente no tenía amigos con quiénes hablar de ella;la vida moderna era muy dinámica, muy activa, muy veloz. No había tiempo para evocar nada. Todo se consumía rápidamente, y este pobre hombre estaba haciendo un esfuerzo denodado por no olvidar, por ganarle un día más de vida a la muerte. A la muerte de lo que había sentido.

Escuchó la señal del móvil. Respiró, aliviado. Quería decir que Javier ya estaba en casa. Se habría duchado, habría puesto la ropa del gimnasio en la lavadora, separando la blanca de la oscura, habría echado el polvo de lavar en la ranura, y el suavizante en la otra –era muy cuidadoso, obsesivito-y ahora estaría consultando alguna receta a esperarlo con una comida indigesta, llena de calorías, pero que él comería con inmenso amor, porque Javier lo amaba y quería complacerlo. Y él amaba a Javier. Y mientras cocinaba buscaría uno de esos discos de jazz que el psicólogo coleccionaba, lo escucharía con gran interés y luego le haría una lista de preguntas: ¿quién fue Duke Ellington? ¿Cuántas películas filmó Michelangelo Antonioni? ¿Podríamos ir a la isla Santa Margarita este verano? ¿Quién ganó el Campeonato Mundial de Fútbol del año l951?Luego, jugarían un rato al Trivial. Y en cualquier momento –al atardecer, o a la noche- Javier comenzaría a besarlo, las comisuras delos labios, detrás de las orejas, la nuca, el cuello, lamería sus tetillas, hasta que él, un poco cansado pero excitadísimo, lo volviera de espaldas en el largo y ancho sofá de cuero negro y con cuidado, con extremo cuidado (inversamente proporcional a su deseo) le bajara el estrecho sleep gris (tenía una colección de sleeps de todos los colores, “para cambiar varias veces al día”, le había dicho, con aparente ingenuidad) y comenzara a besarlo delicadamente, nada de violencia, pero con devoción: la casi imperceptible huella de los vellos que se había depilado de la nuca al cóccix, la pequeña hendidura que tenía entre la séptima y la octava vértebra, las nalgas tensas y bien torneadas, y con extrema dulzura –nada de violencia, ¿o la violencia estaba contenida?- introdujera la punta de su miembro en el ano de Javier, sintiendo que cometía uno de los actos más antiguos del mundo, el acto inicial, el acto que repetían desde la prehistoria los bisontes, los elefantes, los ciervos, las jirafas, los chimpancés, los dinosaurios y las mariposas. Y comenzara a sacudirse epilépticamente y a resollar, macho cuarentón que impone su veteranía sobre el macho joven, macho alfa dispuesto a no darse por vencido, a morir antes que ceder el poder, macho viejo que ama y envidia la juventud perdida. (Nunca había sido hermoso, nunca fue atractivo, y, sin embargo, el macho joven, hermoso y atractivo se dejaba sodomizar por él, como ocurre entre los leones y los tigres.)

Y cuando acabaran, Javier se dormiría sobre su hombro, alegre y satisfecho, confiado, estaba en buenos brazos, un díapodría abandonarlo sin remordimientos.

Le pareció que tenía que decirle al paciente que no se excediera mirando las fotografías de la mujer que había amado; a veces, el resultado podía ser muy doloroso, pero cada cual es la medida de su dolor, y posiblemente, el vacío que sentiría al no hacerlo iba a ser peor. 

-Lo veo la semana próxima –le dijo, y dio la sesión por finalizada.

Cuando el cliente se retiró, marcó el número de su casa. Javier contestó.

-Estoy haciendo filetes rebozados con salsa de limón -le contestó un Javier risueño. 

Detestaba la salsa de limón,pero no se lo iba a decir.

-¿A que no sabes qué canción he bajado de Internet para esta noche?- (No podía aguantar más tiempo la novedad.)

Hizo un esfuerzo. Era inútil: estaba cansado. ¿Este chico no sabía que él trabajaba siete horas diarias con el dolor ajeno? Siete agotadoras horas.

-Dímelo, querido. Sé que será una sorpresa de lo más agradable.

-Ne me quitte pas -respondió Javier, entusiasmado. En la versión de Edith Piaf.

Ne me quitte pas, ne me quitte pas. Un éxito de otros tiempos, pensó el psicólogo.