View this article in English | bilingual

La Mujer Arponeada

Dos soledades que algunas veces se juntan
para alimentar el ego de la destrucción.
Marilin Roque

 

Sobre la cama de las frustraciones, cama de las esperanzas perdidas, cama barco fantasma, demasiado ancha de pronto, demasiado profunda, demasiado quimérica, miro deluírse en el aire el humo de los cigarros, observo las fumaradas flotar y desvanecerse, desaparecer sin rastro, sustituidas súbitamente por otros chorros vaporosos e imprevisibles. Nunca más podré entrar a este cuarto. Nunca más podré entrar a mi cuarto, ni acostarme sobre mi cama, ni mirar las vigas de mi techo, ni las paredes, ni el espejo.  El espejo frente a la cama retiene los arabescos de humo, el espejo más que los otros objetos guarda en la memoria gestos y palabras y olores, el espejo, artificio y traición. Yo estaba sentada sobre la cama, tú, en el piso. En mi mano derecha sostenía el peine y con el peine acariciaba tu pelo, tan fino, tan leve y detrás del peine pasaba la otra mano en una caricia más ligera aun. A veces rozaba tu cuello, el borde de la espalda, una oreja, apenas. Me detenía desenredando algún nudo, pasaba la vista por nuestro reflejo, veía tus ojos semicerrados. Más que amantes éramos sutiles curanderas. Aplasto la colilla contra el cenicero, alcanzo una revista, la hojeo, busco una imagen o palabra, algo que rompa la telaraña en la que estoy atrapada, algo que detenga el desangrar de los recuerdos, cualquier cosa; me obligo a leer, casi no capto el sentido de las oraciones y de pronto me estremezco. “Sentí deseos de pescar una chica” - dice. Eso, pescar una chica, una muchacha solitaria, traerla a mi casa, acostarla en mi cama, desvestirla lentamente, besarla despacio. “¿Porqué corres?” – después de los primeros besos – “¿Porqué te apuras?” No comprendí la pregunta, no conocía otra forma de besar que no fuera simulando tragarme unos labios y lengua que simulan tragarse mis labios y mi lengua, hasta aquella confesión tan reveladora: “Cuando te beso, a veces me imagino que tu boca es tu bollo”... y entonces nunca pude imaginar otra cosa, que una boca – bollo, y mis besos por siempre se tornaron lentos y penetrantes, mientras mis fantasías me brindaban un bollo – boca, algo oscuro y sublime, algo vibrante, hasta tenerlo ante mí (“todo tuyo”) y ese vacío en el lugar que se suponen estar las vísceras. Busco frenéticamente entre mis ropas; (“pescar una chica”) esta noche necesito vestirme de gala, esta noche quiero estar deslumbrante, arrolladora, perfecta. Elijo una combinación ambigua, elegante y atrevida a la vez, bajo a bañarme; el agua me quitará el resto del letargo, restaurando mi esencia. “Quiero que me bañes siempre” - cerré los ojos, tu mano me envolvió en espuma, sentí las olas, la sal, el mareo; a tu lado todo el tiempo estaba mareada. Me abrazaste murmurando: “No temas, no te dejaré caer”... Luego me secaste, me vestiste; me sentí tan niña, tan cándida e inocente que más tarde en la cama deseé la madre, la teta y la tuve junto con la confesión: “Mis senos antes de que tú los tocaras por primera vez, eran absolutamente insensibles”... Me alarmé. Andábamos demasiado cerca de ciertos límites, había demasiadas cosas “por primera vez” para ambas, demasiada proximidad. Dejé que mi lengua siguiera jugueteando con los pezones en un retozo menos ingenuo, mientras te abracé con gesto desesperado. Me miro finalmente antes de salir, estoy deslumbradora, sólo los ojos brillan más oscuros que de costumbre, lástima que de noche no se usen gafas de sol, mis ojos podrían asustar a cualquiera que los mire a fondo. Los entorno un poco y me convenzo de que bajo la sombra de las pestañas se disimula la hoguera. Le sonrío a mi doble y salgo. Me siento eufórica, lista para cualquier aventura, para cualquier exceso. Nos mordíamos sin piedad. Como bestias que se aman violentamente nos llenábamos los cuerpos de mordidas, a punto de  arrancarnos pedazos. Cuando no alcanzaban las caricias y besos, perdíamos el control y nos lanzábamos una sobre la otra en busca de más carne y sangre, tal vez. El sólo sonido de la palabra “sangre” nos hacía vibrar tenazmente. Más de una vez nos juramos matarnos, planificando nuestros asesinatos mutuos o suicidios o ambas cosas. “Quiero pedirte un favor”- me miraste y vi que no dominabas tus ojos, se te escapaban como peces. “Dime, mi amor”... –  “Bésame”... De un salto me arrodillé ante ti y me prendí a tu boca en la que casi con vehemencia colocaste la cuchilla de afeitar. Tus labios envolvieron los míos, tu lengua me ofreció su humedad y el frío del metal. Lamí el filo, tragué la sal espesa que nació bajo el movimiento agudo de nuestras bocas, cerré los ojos y estuvimos una eternidad ausentes, mientras nos llenábamos de cortadas viscosas. Camino todo Prado sin hacer caso de los piropos que me lanzan individuos de toda clase (“pescar una chica”). Miro con esperanza los bancos, pero sólo descubro parejas enroscadas, parejas estiradas, parejas acopladas. Sigo sin detenerme, dejando el rastro de mi perfume, aceite de sándalo, y el repiquetear de mis cascabeles de plata. Las imágenes se mezclaban en mi cabeza sugiriendo visiones de vulvas con largas lenguas que se lamían chorreando baba, se besaban incorporando cuchillas de afeitar al beso, sangraban, absorbían la sangre y las secreciones mutuas hasta los úteros y palpitaban dando a luz descomunales orgasmos. “¿Nunca le has hecho el amor a una mujer?” – preguntaste. Negué con la cabeza. Tenía un abismo en el abdomen y una mujer desnuda delante. Al llegar hasta Malecón me detengo por unos instantes. Es el clásico dilema: si tomas el camino de la derecha llegarás a tal lado, si te decides por el de la izquierda, a tal otro lado y si vas recto, tendrás que enfrentar al dragón... En realidad, a la derecha quedaba el camino hacia tu casa. (“Pescar una chica”...) Avancé rápidamente en dirección contraria, dominando el impulso. “Mastúrbame” – “No sé hacerlo”... – “Hazlo como te lo haces a ti misma” – “Déjame fumarme un cigarro”... Lo saqué de la caja, lo encendí, noté cómo me temblaban las manos y los labios. No me creía preparada como para enfrentar la situación. Me había pasado los días masturbándome, imaginando una y otra vez ese cuerpo estremeciéndose entre mis brazos, cada fragmento de esa piel al tacto, la más recóndita humedad, el más violento surco. Aspiré todo el humo que me cupo en los pulmones y cerré los ojos. Otra vez vi aquellas figuras fragmentadas: vulvas lamiéndose con rojas lenguas que gotean sangre, los besos de unos senos que se frotan los pezones abultados, el movimiento rítmico de nalgas abriéndose y cerrándose como alas de  pájaros gordos y hambrientos... “¿Lo vas a hacer?” – insististe. Me senté delante del espejo y abrí las piernas. “Ven”...  No sé qué me habrá hecho pensar que el Malecón estaba lleno de mujeres que sólo esperaban a que yo llegara para irse conmigo hasta el fin del mundo. El Malecón, aparte de las parejas,  está lleno hombres que sólo esperan a que yo pase para decirme cualquier cosa, para ofrecerme acompañarlos hasta el fin del mundo. Pero los hombres me tienen sin cuidado. Más que eso, los hombres me dan rabia. Trato de no mirarlos para no responderles con groserías. Varios carros frenan a mi lado, sus conductores, siempre hombres, me invitan a un paseo nocturno. Les viro el rostro ocultando el aborrecimiento. Parece mentira que en esta ciudad de mujeres solas yo no pueda encontrar ni una sola mujer. Avanzo acelerando el paso, estoy a punto de arrepentirme de esta salida y tengo ganas de masturbarme urgente. Nunca antes había sentido tal exaltación de los nervios como cuando mis manos rozaron tu sexo. Me perdí y resultó inútil el espejo con dos mujeres agitando los impacientes cuerpos, inútil la varita de incienso prendida, inútiles aquellas fantasías, casi disparatadas. Únicamente el tacto, el tibio rocío bajo la piel de los dedos, el cuello a unos milímetros de la boca, la respiración entrecortada y un esfuerzo sobrehumano por no morder, no destrozar, no estallar, suprimir la furia siega que corría por las venas y resbalaba en un fluido ardiente entre los muslos, domar las manos exasperadas, retener los impulsos para degustar íntegramente aquella primera aproximación. Cruzo la avenida y subo veloz hacia el hotel Nacional. Unos italianos se meten conmigo a la entrada, los esquivo, un español intenta detenerme en el lobby, me escurro, unos alemanes me miran sonriendo desde la mesa del jardín. Me alejo hasta el mismo fondo, busco el banco más apartado frente al mar, de espaldas a todos, y le encargo una cerveza al camarero de expresión malsana. Luego, con la cerveza helada en la mano izquierda y la mano derecha introducida disimuladamente entre las piernas, miro el mar, las olas, intento imitar sus movimientos suaves y rotundos, su ritmo. Pero no era suficiente frotar con los dedos aquel rincón volátil, yo necesitaba averiguar su sabor, sentir de cerca sus pliegues, repasar sus apremios. Y mi boca tuvo el regalo insospechado del beso más tierno y sensitivo que ha recibido en su vida, mi lengua se hundió en un mar de cálido magma, mientras las olas golpeaban mis labios. “No me tortures más y síngame” – murmuraste y otra vez se volcó algo en mi interior y otra vez se me nubló la vista, dejándome a orillas de un universo trémulo y grandioso. Me obligo a no cerrar los ojos, coincidiendo la oleada arrasadora en mi vientre con la ola mayor que rompe contra el muro y lo sobrepasa salpicando la acera del Malecón. La lata de cerveza resbala de la mano y cae a mis pies, roceándolos. La miro rodar hasta la hierba, miro calmarse poco a poco el mar, respirar con más docilidad, siento aplacarse mis latidos, cierto dolor oscuro en lo profundo del vientre, unos pocos instantes más para dominarme del todo y abandono el lugar. Fue como un salto al vacío, los dedos se sumergieron blandamente como se hunde el cuchillo en la herida y fueron chupados por la pulposa hendidura que luego de tragárselos, comenzó a oprimirlos con movimientos irregulares  y absorbentes. Salgo del hotel con la intención de tomar un taxi de regreso, me noto absolutamente hueca, me duele la cabeza. Mis dedos, totalmente independientes de mi ser, se movían en el húmedo refugio, cada vez más húmedo, mientras en mi cabeza estallaban fuegos de colores y retazos de melodías, o palabras, o sonidos abstractos. Más tarde lamí tu néctar de mis dedos lánguidamente, era el sabor de la dicha. “Sabes a mar”- quise repetir la frase que habías pronunciado hacía ya un tiempo – “¿Sabes amar?” Pero te adelantaste haciéndome la confesión más inverosímil y fantástica que podía esperar: “Eres la primera mujer en mi vida que he dejado penetrarme”... Ya cruzando la calle me tropiezo a un hombre que no me mira como lo hacían todos los demás. Está parado de algún modo inestable, abrazando un pequeño maletín y tiembla. La expresión de su cara delata un vacío mayor que el mío, cosa que me conmueve. “¿Te sientes mal?” – pregunto.  – “Sí”... – “¿Qué te pasa?” – No responde. – “¿Estás bebido?” – adivino. “Sí”... Tiembla, no para de temblar. “¿Dónde vives?“ – “En Alamar” – su voz es casi un suspiro. “Vamos, te acompaño al taxi” – lo tomo debajo del brazo y lo sujeto fuerte. Con pasos oscilantes me sigue. “No tengo dinero para el taxi – murmura – me lo bebí todo, todo”... Es muy joven, tendrá entre veinte y veintitrés años. “Yo te daré el dinero, vamos” – digo, conduciéndolo con cuidado. Podría llevármelo para mi casa, pienso. ¿Para qué? – pienso. “¿Porqué haces esto? - pregunta – ¿Porqué te preocupas por mí?” – “No sé... Olvídalo”... – “Eres la mujer más increíble que he conocido en mi vida... Nunca me he encontrado a nadie como tú... Dime tu nombre, cómo puedo localizarte, agradecerte”... –  Al parecer, se le ha pasado algo de la borrachera. – “Olvídalo – repito – no estoy haciendo nada extraordinario, te sentías mal y estoy ayudándote”. Agito el brazo y paro un taxi. Le doy el billete de veinte pesos que traía para mi regreso con la chica que iba a pescar. “Cuídate. ¿Sabrás llegar solo?” – “Gracias. – parece a punto de llorar - pero dime tu nombre, nada más que el nombre”... Cierro la portezuela sin responderle. Pero volvían obstinadas aquellas fantasías virulentas con mucha sangre y carnes masacradas. Me asustaba de mi misma, ¿de dónde tanta crueldad? Eran días terribles, días de masturbación perpetua, de más y más turbación, de deseos insaciados, insaciables. “Tus cuentos son morbosos” – dijiste y no me atreví a hablarte de mis cuentos no escritos, mis cuentos no contables, porque no hay quien resista leerlos o escucharlos, ni yo resistiría contarlos o escribirlos. Me masturbaba sin parar, en todo lugar, todo momento, pensando sombríamente que únicamente muriendo ambas en una mutación, únicamente desangrándonos, abriéndonos las carnes, mordiéndonos, masticándonos, devorándonos, únicamente destrozándonos, triturándonos y uniendo los restos, mezclándolos en un amasijo inhumano, únicamente así, quizá, llegaría yo a una mísera semejanza del placer.  Saco un cigarro, lo enciendo sin apuro y tomo el camino a casa. Voy por la acera opuesta del muro, evitando a los hombres con sus impertinentes cortejos y a las parejas con su insoportable exhibicionismo. Una noche acaricié largamente tu más profunda piel, hasta sentir bajo mi lengua cómo se franqueaba despacio pero definitivo el sendero hacia el universo secreto. Me regodeé aplazando la entrada, succioné con deleite captando cada movimiento apenas perceptible, cada capricho líquido, entonces coloqué en la boca la cuchilla. “Así, mi amor, así”... – gemiste. Habíamos rebasado las fronteras. Besé con generosidad abriendo surcos con cada contorsión y bebí de los pozos descubiertos. “Más – rogabas – mas”... La cuchilla resbalaba despiadada y traviesa entre dos bocas voraces, la sangre me corría por la barbilla y goteaba entre tus nalgas como una lava perezosa. Hubo un instante de aparente paz y luego tu grito partió la noche en mil fragmentos. Subo las interminables escaleras de mi edificio tratando de evitar los charcos de orine, avanzo por el largo pasillo obligándome a no pensar – no pensar – no pensar. En la oscuridad me parece ver una silueta difusa delante de la puerta de mi casa, me acerco sin poderlo creer, pero te reconozco. Me recuesto a la columna y te miro mirarme; como dos tiburones al acecho, ambas conociendo el final.