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La verdadera historia del laberinto

By

Gabriela Vallejo


Uno.

"En la mañana temprano, cuando empiecen a descubrirse las cosas con el sol, para mí será tarde: un día que regresa y me asusta", se confesó Clara mirándose de reojo al espejo. Pensaba en sí misma, los ojos rasgados, la cara pálida y el cuerpo escuálido perdido entre las ropas masculinas que se había puesto antes de escapar de casa. Era sábado. No tendría que salir de la habitación en donde había encontrado refugio. Hacía tiempo que no hablaba con nadie; los vecinos cambiaban con frecuencia y el portero no hacía preguntas. Desde su llegada sólo había comido pan, sardinas y café, en pequeñas cantidades, traídas por el hombrecito que se asomaba a su cuarto por la tarde. Entre otras cosas, había perdido el apetito. "Las náuseas son peores. Será el miedo," se decía. Los pensamientos se le agolpaban en la frente amplia y plana que bajaba a una nariz más plana y una boca apretada que rehusaba revelar todo lo que sucedía dentro. A últimas fechas, la única posibilidad de diálogo se daba con su propia imagen. Ésta la acompañaba día y noche: una hermana gemela, dura y hermética, que no podía separarse de su reflejo. A veces la asediaba con preguntas y recuerdos y la obligaba a evadirse hacia la ventana, en donde permanecía horas hasta perderse de nuevo en la ensoñación.
Aquí, en este cuarto de hotel con paredes amarillentas y arañadas, Clara encontraba una soledad incompleta. Estaban ella y ellos, los caminantes cotidianos del barrio a quienes observaba escondida tras unas persianas semiabiertas y sucias. "Las personas caminan por las calles para desaparecer. Pero no se van del todo: conozco sus escondites. Los veo salir, regresar y disfrazarse para salir de nuevo por la noche, entre las sombras, y así desaparecer y eternizarse una y otra vez, una y otra vez..." Esas ideas en vaivén persistían atrapadas en su memoria trémula.
Otras veces, arrucucada en las colchas frías de la cama, podía concentrarse y dirigir sus recuerdos en dirección al hogar. Un pasado sin brillos que se ahogaba día a día en las aguas de su imaginación. Los recuerdos se alejaban para alojarse en un tiempo donde nunca había pasado nada.
En ese tiempo sin días, Clara se arrellanaba perezosamente y cerraba los ojos. Su sangre espesa la adormilaba y le cubría viejas heridas. Desde que se casó decidió dejar de sentir, pero no lo logró del todo. Se convirtió en un camaleón. De hecho, tenía desde pequeña una sequedad por dentro que no permitía arraigos. Para últimas fechas, había dejado atrás los únicos: el viejo cortijo –su casa- con sus olores animales mezclados con los gases de la ciudad, sus colores verdes grisáceos de los que se desprendían las llantas viejas, polines rancios y toda suerte de materiales de desperdicio. Allá se quedaron los abuelos, de una antigüedad que se medía por épocas, viviendo de la venta de lo inútil: fierros viejos, vidrios y papeles que no dejaban de llegar a sus puertas. En el olor a tierra seca, se movían a pausas, con tranquilidad, cargando los años y los secretos de la familia, pues ellos eran los guardianes de las puertas del tiempo. Aunque hablaban un idioma que Clara no podía entender, le enseñaron el mapa de China, una gran isla roja entre otros países amarillos como un mar. Venían de Manchuria y al irse supieron que no volverían. El barco mercante que tomaron para llegar a su nueva casa no regresó: se hundió en la mitad de las aguas, o por lo menos así se lo contó a la abuela por carta una vecina de esas tierras.
Los viejos hablaban poco y, al igual que Clara, también permanecían quietos en su silla, mirando por horas hacia afuera de la ventana, como si algo sucediera allá que no lograba verse a simple vista. Los sonidos apagados del basurero y el terregal los habían vuelto inmunes a las afectaciones del exterior. No tenían mucho pero no necesitaban más: la ansiedad y el miedo desaparecían ante una calma que inundaba el aire y subía a las nubes trepada en los montones de basura. Esos años no fueron para la china más que un preludio apacible antes de un paréntesis de oscuridad: un día, sin grandes aspavientos, las puertas de ese mundo se cerraron.


*

A las cinco de la mañana, la ciudad estaba atravesada por el ruido continuo de las avenidas; se abrían puestos de periódicos y llegaban camiones de provisiones a los almacenes. En las paredes los restos de carteles anunciando la lucha libre y las noches musicales desenfrenadas. Por las calles cruzaron los primeros trabajadores y los últimos clientes trasnochados, escurriéndose lánguidamente a sus lugares de origen. Era la hora de las transfiguraciones. En el hotel París, los amaneceres entre camiones y gritos tempraneros despertaban a Clara. Lejos de casa, Pancho estaba ahí para dar fe de la nueva realidad: ahora era su marido, el dueño provisional de su tiempo y espacio. Cada mañana oficiaba el mismo ritual: su brazo se alzaba sobre la superficie de las sábanas y desde las profundidades del sopor, traía a la vigilia los resultados de su vida espasmódica y nocturna. Se encendía de golpe el bulbo del buró y entraba sofocada esa luz baja que propicia la transformación de los sueños en materia. En el espejo de luna aparecía de repente una figura semivestida con la camiseta de dormir, la barba rala que crecía de manera irregular por la barbilla, el olor pesado a aguardiente, y además con una indiferencia total hacia Clara:


-Oye, tú, levántate. Necesito mi café y el agua lista para el baño. Saca mi traje el elegante. No voy a regresar hoy a la casa -gruñía el marido, sin voltear a verla, mientras se incorporaba con pesadez y se sentaba en la cama. Luego permanecía varios minutos inmóvil, sin parpadear, con la respiración entrecortada, hasta que le regresaba el espíritu de repente y se echaba a andar el movimiento del organismo.



En esta ocasión, Clara, sin obedecer de inmediato, se miró en el espejo oscuro en el que apenas se reflejaba la figura blancuzca del marido. No le contestó. "No dije nada. No necesito mover los labios para hablar: escucho voces muy adentro que me dictan lo que tengo que hacer. Les respondo con la boca cerrada porque el candado me impide abrirla, aunque quiera. Ese candado apareció una vez. Él me abofeteó por preguntar a dónde iba. Salió casi de inmediato y la boca se me quedó dura por días. No sentía nada. Sólo la boca cerrada que no podía abrirse; era un espacio como de iglesia por dentro. A veces sentía pájaros en el interior. Pero todos se murieron con el tiempo."

De eso sólo restaba el vacío y la boca muda. Adormilada, ella se dispuso a hacer café, mientras Pancho tiraba la ropa de Clara para acomodar la suya sobre la cama: el traje negro de las ocasiones especiales. Era un día parecido a muchos otros, hasta que él se metió al baño a remojarse. Su cuerpo mareado solía acomodarse en la tina cual molusco en su concha; entonces cerraba los ojos para que el agua tibia lo despertara lentamente y lo hiciera salir minutos después despabilado y fuerte cual animal de carga. Ese viernes no sucedió así: "Mi cabeza tenía de nuevo esos ruidos. Cuando lo oí gritar, supe que él ya se estaba yendo al mundo de los muertos", recordó Clara al verse en el espejo. Por primera vez, su destino fue dirigido siguiendo la voluntad de alguien más, de un designio superior que ordenaría las cosas. En el baño, Pancho se golpeó la cabeza contra el borde de la tina. El líquido rojizo lo cubría. Clara se movió con pasitos tímidos y se paró unos momentos en el marco de la puerta. Estaba oscuro salvo por el blanco de la tina y de las piernas de Pancho, sobresaliendo de los bordes. Clara se acercó dudosa y lo empujó con fuerza hacia abajo hasta que se acabaron las burbujas, y el hombre se quedó tranquilo. Muerto. Los brazos húmedos de ella estuvieron duros y fríos por un rato. Pancho la miraba asombrado, desde el fondo del agua turbia, más ahogado que de costumbre. Fue entonces cuando ella se preparó a cambiar: recogió sus cosas, guardó el dinero que él tenía en la cómoda y tiró en el excusado los papeles escritos que encontró. Se puso el traje negro de Pancho y apagó la luz.

Horas después que varios músicos en la calle terminaron de tocar, Clara salió de su cuarto temblando y cerró la puerta con prisa tras de sí, con la pequeña maleta de cuero que contenía sus pocas pertenencias. Trató de perderse por las calles, antes que empezaran a abrir los primeros cafés. Hacía tan sólo sesenta y tres días que ella y su marido se habían mudado a esta parte de la ciudad, al hotel París, mientras que encontraban una casa definitiva. Al casarse habían vivido en la incomodidad de dos habitaciones compartidas con la madre de él, un ser enorme que vigilaba los mínimos movimientos que Clara hacía. Aunque sus serios problemas de memoria la llevaban a olvidar las cosas casi en cuanto sucedían, con frecuencia recordaba los errores de la nuera y encontraba algo que reprochar a esa mujer que su hijo y ella odiaban sin más. Al fin, tras un larguísimo desempleo, Pancho se topó casi sin proponérselo, una ocupación al otro lado de la ciudad. Él y Clara se vieron obligados a dejar a la madre llorosa que respondió con un furioso ataque de asma.

En el nuevo rumbo, ambos permanecieron extraños a lo que allí sucedía; Pancho trabajaba en una construcción hasta la caída de la tarde, mientras ella cosía vestidos y otra ropa femenina en un pequeño taller. Al terminar su jornada, Clara se escurría a su cuarto para escuchar la radio y gozar de los momentos más deseados de soledad. A la salida, venía imaginando por parques y tranvías historias, encuentros fantásticos, posibilidades secretas. Ya en casa sacaba de su bolsa las revistas que había podido robarse del taller, las acomodaba sobre la mesa y empezaba a hojearlas con lentitud en una suerte de rito. Veía las modas, las mujeres refinadas con sus peinados altos. Entonces sacaba sus tijeras y cortaba las cabezas, y las pegaba con extremo cuidado en un cuaderno, creyendo robarles, por acto de magia, un poco de sustancia para sí misma. Esto le daba placer. "Se ven tan bien. Tan perfectas. Deben tener vidas perfectas", se decía de manera simple y contundente, como funcionaba a veces su cabeza.
En el espejo, esa figura delgada y casi andrógina (que era quizá la razón única por la que la había elegido Pancho) no se parecía a las otras mujeres, y su cara menos aún: facciones regulares, ojos rasgados y una extrema palidez. Unos meses antes, su hermano mayor, a cargo de ella, de una hermana menor y de los abuelos, había decidido venderla para sacar un poco de dinero y solventar algunas deudas. Él creía que de cualquier manera nadie se interesaría en una chica tan flaca, tan pequeña y, digámoslo, tan fea. Además llevaba el estigma extranjero de su origen en la frente: pertenecía a una raza vista de soslayo, considerada deshonesta en los negocios, con una asombrosa capacidad reproductiva, y, en general, estéticamente desagradable por ser tan distintos a los demás. Así lo había vivido él en los años que lo relacionaban con este país, saliendo apenas de una época de violencia e incertidumbre económica. Por fin, una tarde de invierno, llegó el comprador: Francisco Molina, vecino de edad madura, ex-policía, obrero, desempleado. Él se llevó a la hermana de Juan Li a otra ciudad muy lejos. A otro mundo.
*
El hotel París empieza a desvanecerse en el horizonte de la memoria conforme se va alejando el tranvía de las siete. El carnicero está abriendo su cortina para mostrar las reses recién destazadas. "Nada cambia y yo tampoco," pensaba Clara pegada al vidrio empañado del tranvía (su mejilla asemejaba una gran ventosa blanca vista desde afuera, un pulpo en un frasco). Al compás de los rieles, con los ojos cerrados, se le contrajeron las entrañas. "¿Y si Pancho regresa con su cara hinchada? Su cuerpo inflado por el agua. Un globo blanco y redondo, como los ojos de las reses muertas de la carnicería." Al morir, Pancho se había transformado: la piel se le estiró semejante a la de un bebé y adquirió el aspecto de un lechón que espera entrar al horno. Clara había observado con cuidado la metamorfosis: ese no era Pancho sino un pedazo de carne vacía. Sin fuerzas. Por supuesto, al liberarse de él, ya no temía entonces al cadáver, pero sí al espíritu, quizá atrapado entre los mundos. "Mi hermano me habló de eso; decía que el verdadero peligro está en lo que no puede verse. Si así fuera, Pancho
podría seguirme a todos lados, sentarse junto a mí en el tranvía, esperando el momento para hacerme daño", reflexionaba Clara encogiéndose y volteando a ver con suspicacia a la gente que la rodeaba. "Pero los fantasmas le tienen miedo al agua. Se disuelven, cambian, se vuelven otros. Si llueve, estaré a salvo."
En su corta vida conyugal, Clara nunca se había sentido segura, excepto cuando Pancho no estaba; se iba temprano y llegaba tarde a diario, habiendo gastado buena parte de su salario no en mujeres, como alguna vez llegó a pensarlo, sino en jovencitos ofrecidos en bares para consumar el deseo de muchos hombres a lo ancho y a lo largo del barrio. Eso lo supo desde el primer mes: un día lo vio pasar frente al taller de costura, justo a las cinco de la tarde. Clara lo siguió temblorosa en su recorrido, hasta que se paró frente a una casa sin ventanas, para arreglarse la corbata y entrar. Cuando al salir él la encontró empequeñecida en la puerta, la golpeó en la cara y le ordenó volver a casa. Ellos, los niños, sonrieron. Pancho no la volvería a tocar ni a negar lo que había visto. Le importaba un comino lo que ella pensara.

El tranvía se paró. Clara estaba perdida. Casi no conocía la ciudad. A veces, su marido la enviaba a comprar café y aguardiente a distintos comercios. Él, con su bigotito ralo, con sus trajes sucios de días y su desgano permanente, tenía el gusto de beber sin límites. Entonces salía en expediciones por las tiendas, buscando los encargos sin los cuales no podía regresar. El efecto que tenían en Pancho era total: la excitación le afectaba el cerebro en cuestión de minutos. La necesidad se le concentraba en la garganta, que no podía prescindir jamás de estas dos bebidas.
En una de esas búsquedas se había aventurado hasta sitios desconocidos, con calles rectas, iluminadas, las de las grandes tiendas, aquellas en las que podía encontrar lo que deseaba: las modas, los muebles finos, la gente que se mostraba con sus adquisiciones a través de los escaparates. En un gran almacén, con elevador enrejado, se robó un pequeño espejo de plata que luego llevaría siempre consigo. Un dependiente se dió cuenta, pero ella logró salir tan rápido que no fue molestada. El espejo la quemaba a través del bolsillo de su abrigo. El calor le subía desde los tobillos hasta el cuello. La emoción resultaba tan intensa, que ahí mismo lo supo con claridad: "Es tremendo. Muy malo. Un verdadero crimen." Y sin embargo, empezó a distinguir un atisbo de placer, un sentimiento nítido y profundo. Su vida hasta ahí había sido un obstáculo para llegar a cualquier lado, a lo bueno y lo deseable. Su cuerpo estaba marchito porque no poseía la llave para ninguno de los sentidos. Todo lo que le había sucedido hasta entonces estaba fuera de ella, era la vida de los otros, de aquellos más afortunados. Hasta que encontró el espejo y se dejó guiar por él. El objeto sería su dueño.
El tranvía frenó súbitamente y Clara despertó de su letargo en un lugar inexplorado. El fango hacía que las casas y las personas no se diferenciaran unas de otras. Se sintió confundida, por primera vez en los recuerdos de sus días. La muerte de su marido, tan simple y contundente, la ponía en una posición extraña: ahora que podía salir, tenía que guardarse hasta que supiera qué hacer. "Debo estar atenta por eso de los presagios. Estoy sola y no tengo más que un espejo. Eso es algo, creo. Pero hay que esperar las palabras, las voces que vienen del cielo." Con pasos cuidadosos, entró a un hotel al fondo de una calle arbolada que, de hecho, no estaba demasiado lejos del hotel París. El lugar tenía paredes negruzcas y ventanas pequeñas. Clara lo recorrió con paso firme como si ya hubiera estado ahí. Una hora después, un hombre pequeño, más concretamente un enano, la encontró sentada en la cama de una habitación del tercer piso:
-Vaya, pues, bienvenida -dijo el hombrecito con una mueca a manera de sonrisa- bienvenida sea usted, señorita, a esta casa. Si usted quiere, ésta será su alcoba. En muy buena condición. El baño está en el corredor y la luz la cortamos a las 11 de la noche. No haga caso de los ruidos extraños. Espero que le agrade. Eso sí, cuídese, los pasillos son oscuros y a veces pasan cosas raras... Por lo demás no nos importa lo que usted venga a hacer aquí. Nadie sabe nada.
Sintiendo el fuego de su espejo en el bolsillo, Clara puso su maleta en el ropero, sin decirle nada a su interlocutor, que estaba a la misma altura de la mesa de noche. Él, sin embargo, no se fue. Se quedó mirándola un largo rato con detenimiento y un cierto temor naciente. Al fin, se retiró caminando hacia atrás, cerrando la puerta con mucho cuidado.

A mediados de la primavera, estalló el calor. Clara había perdido la noción del tiempo que llevaba ya en su guarida. El tapiz del cuarto se escurría despidiendo un olor dulzón. Ella apenas lo notaba. Estaba concentrada, escuchándose. Por las tardes, Clara oía un susurro que le relataba lo poco que conocía de su familia, una y otra vez. Su historia se confundía con las conversaciones de sus voces. Habían pasado 2 semanas desde su salida. Ninguna persona llegaba a subir a su habitación, excepto el enano que iba sólo a mirarla. El pequeño era administrador del hotel, y así regulaba los días y las noches. Ella sabía que él escuchaba detrás de las puertas, que estaba al tanto de todo y controlaba bien su mundo en el hotel Suecia. Por él se había enterado del cambio de gobierno y de la matanza de obreros en la fábrica "La bonita". Por él había sabido, con el pulso golpéandole las sienes, de cómo habían hallado a un hombre muerto en la tina, en un hotel a muchas cuadras de distancia. No hubo reclamación del cuerpo, así que se lo llevaron a la morgue en una sábana de dónde se le salían los brazos y piernas.
-Los pobres diablos se mueren en cualquier lado, salidos de quién sabe dónde -le comentó-. No les tengo lástima porque son una molestia. Ellos deben morir. Está escrito y así será.
- Si, es cierto. Le contestó la china en voz baja.
-Pero tú no temas. Nunca morirás.


Acto seguido, el enano salió haciéndole una reverencia y cerró la puerta sin hacer ruido. Ella intuía que el administrador tenía razón: no podía morir, no lo haría jamás. "Eso está bien para los otros", consideró discretamente. Su destino, por ahora, continuaba cifrado, hasta que supiera qué hacer. Una tarde, mirándose en su espejo tratando de no perder nada de sí misma, creyó al fin entender el mensaje: debía refugiarse en un objeto, penetrar y guarecerse en él, hasta que lograra borrarse, desaparecer. Dejaría de ser quien era (si es que era alguien) para convertirse en atributo, un color, una forma con una vida oculta. Así daría, sin duda, el siguiente paso.