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La novela perfecta

Carmen Boullosa


Capítulo cinco


Trabajamos estos días “grabando” los siguientes tramos de mi novela: la comida dominguera en el jardín de casa de Manuel, donde las dos familias departían amistosamente, mamás y tías incluidas; la vida de familia de Manuel, la de Ana, sus respectivas miserias conyugales, los hijos, las frustraciones y pequeños placeres de la vida cotidiana, sus rutinas; ya estábamos por llegar a la siguiente entrevista erótica de los adúlteros, a la que no la rondaría la violencia, pero al término de la cual se iba a desencadenar la tragedia que daría comienzo a la verdadera trama de la novela. Lo que había hecho era como pintar el paisaje, sentar los puntos sobre las íes, formular dónde iba a ocurrir la acción. ¡Y qué acción! Una semana más y la novela perfecta estaría legible, visible, accesible o como se diga.
Pero extrañamente, cuando las cosas iban a ponerse preciso bien, yo comencé a sentir una asomadita de aburrición. Sí, sí, aburrición: perdí todo interés. Y eso sí que no, yo puedo con todo, pero no con la aburridera. Pasé la noche del jueves con los ojos pelones, imaginando otras novelas. Lo que fuera, menos la que ya me sabía. Algo por cierto bastante extraño, porque nunca me aburren mis imaginaciones u obsesiones, soy capaz de guardarlas por mucho, mucho tiempo en mi cabeza. Claro, ya no las estaba guardando en la cabeza. No. Eso era el asunto, el quid del asunto, el cuore de mi desapego... Imaginaba, imaginaba, sin encontrar bien qué, como papaloteando imaginaba, no quería continuar contando lo que ya conocía. No me pregunten por qué, aunque yo les contesto que se me hace que lo que necesitaba era evadirme de mi percepción del domingo: la certeza de que dar mi novela así me ultrajaba. Dar era darlas, dar las nalgas. ¿Por qué? Yo la ponía sobre la charola completa, el software del Lederer la fijaba tal como yo la imaginaba, completa, perfecta, con todo tipo de sensación. La
transmitía impecable, pura, prístina, ideal. Repito: perfecta.


Decir transmisión es una pendejada. No la transmitía: la novela estaba, era real, era. ¿De qué podía yo quejarme? Pues me quejaba y sentía eso que ya escupí, que las estaba dando y dando, yo era un chichifo del coco. Chichifo: como los jovencitos

que vendían placeres en Sanborns del Ángel a fines de los setentas, ¿cómo se llamarán ahora en México?, ¿dónde los contratan los hombres decentes?, ¿hay todavía la costumbre?, debe haberla, porque la decencia —como la cosecha de mujeres— nunca
se acaba.


Mi desapego era en parte porque no quería dejarla ir, no quería yo soltar mi novela. Eso que yo llevaba años acariciando hasta el último detalle como lo más preciado del mundo, del universo, al ser compartido perdía para mí enteramente su imán. Me aburría. No quería seguir con eso. Y me decía: “Si pudiera encontrarle una salida que evite que yo la entregue tal como en realidad es... si pudiera imaginarla con otra salida, dejar enterrado el destino de mis personajes donde nadie jamás lo toque y dar a los cerdos una cerdada ad hoc... algo aparatoso, algo muy llamativo...” Me lo decía sin decírmelo. O sí, mediomelodecía, rondándolo.

La noche del jueves explotó esta sensación enteramente, y quién sabe a qué horas me quedé dormido, luego de imaginar insensateces infinitas. Me despertó Sarah, me trajo un café a la cama antes de salir pitando rumbo a la oficina.

—You didn’t sleep last night.

Ay, sí, qué notición. ¿Para qué me informaba de algo que yo supersabía?


—You’re telling me?

(“¡No me digas!”, le dije.)


—You should have taken an Ambion, at least half a pill,

que porque si no yo no iba a trabajar bien, que la novela iba a retrasarse, que teníamos que cumplir con un deadline... que si yo creía que un millón era cosa de juego, que estaba impuesto el castigo si... ¡Por un pelo no le aventé el café a la cara! ¡Era lo último que yo quería oír! Me enardeció la sangre. “¿Además de ponerme los cuernos cree que me tiene atado de su vaca de establo, dándole leche fresca a diario? ¡Ay sí! Pinche vieja. ¡Pinchemilveces vieja, vegetal, vejestorio, viejaputa!”, me dije que le dije.


—Don’t you dare fall asleep again!,

me rajó la muy mierda y salió pitando como acostumbra.


La oí cerrar la puerta. Me senté en la cama. Me llevé el café a los labios. ¡Me supo a chivo! Pegué una mordidita al pan tostado: tenía un resabio a ajo. Dejé mi plato sobre la mesita de noche. Entré a la regadera todavía furioso. Me ardía la piel por no haber dormido. La luz me irritaba. El agua era lo único que yo quería sentir. Prolongué la ducha. Cuando cerré la llave, me sentía menos miserable. Ignoré el café frío y bajé a prepararme uno como dios manda. Lo bebí tan despacio como pude.

Estaba más tranquilo, pero sobre todo como sedado. Con ese humor llegué a la casa del maldito Lederer. Toqué el timbre y al timbre siguió el ritual de siempre: vino en el sofá volador a recogerme a la entrada, ya con mi taza de café en la mano, pasamos un momento al tapanco electrónico a que él activara bla, ble y blu, el tiempo suficiente para que yo me tomara el café, acomodó los sensores bajo mi lengua y nos aparcó o estacionó, o como quieran decirle, en medio del cajón vacío de esa browntone pura piel.

Ese pequeño ritual tuvo un inmenso efecto reconfortante. Muy a pesar mío, empecé a imaginar sin repelar. Digamos que me fue irresistible. ¡No recordaba un pelo de lo que había pasado la noche anterior, en el interminable insomnio! ¡Como buena vaca de establo!

Y la vaca que fui vio una ventana y a través de ésta las frondas aún tupidas de árboles como los de los jardines traseros de nuestras brownstones al comenzar el otoño, las hojas grandes, maduras, verde apagado, de ésas que están a punto de caer. El viento las quiere hacer bailar, apenas responden con un dulce bamboleo de perezosas. El viento insiste, las hojas, como barcazas viejas, en buen número se desprenden, más que caer naufragan; hojas lentas, flotantes. El cielo azul encendido se deja ver entre las ramas. El sonido es tan bello como la vista, ulular de olas de mar y sonar de la luz raspando contra

la arena y la superficie del mar. Un placer dulce entraba por los ojos y los oídos.


Atrás de este soplar del viento sobre las frondas se oye algo más, igualmente dulce y también con un resabio de algo amenazante: los quejidos de nuestra pareja de amantes. Ella, Ana, tiene las piernas trenzadas sobre el tronco de Manuel, los dos pies juntos sobre su espalda, los zapatos de tacones delgados sobre los pies desnudos. Él la está montando, con los brazos extendidos le levanta el torso, ella alza las piernas y él se menea, se menea, de su cabeza y pecho resbalan gotas de sudor. Los dos se quejan, gan, guen, hn, ghn, no puedo reproducirlo con letras; los dos tienen los ojos cubiertos con antifaces oscuros (en la orillita del que ella trae puesto imaginé una pequeña etiqueta de British Airways, el tipo de detalles que corregimos, que borramos al final de una sesión de trabajo porque no significan, se han colado de chiripa). Ana le encaja el tacón del zapato un poquitín en la nalga, acicateando al amante, y él responde cayendo sobre ella con más vigor, separándole esos pocos centímetros amorosos con más celeridad para otra vez llegarle con más fuerza y con un ritmo más rápido, y ella encaja ahora el otro tacón y él más, le da más, y los dos quejidos dejan de sonar lánguidos, se vuelven más dolientes. El viento arrecia, sacude las frondas, caen muchas, muchas hojas, se oye un “¡ayyy!” masculino, puro dolor, y Manuel se desploma sobre el torso de Ana. Ella le pica otra vez con el tacón, luego con el otro. Nada, Manuel no responde. Le hierve la sangre, lo retira de sí, “¿Qué te traes?”, le dice, “¡Dame!”, y no obtiene ninguna respuesta. Enfadada, baja las piernas, tira los tacones, se le escurre para

zafarse de la pesada carga, con dificultad consigue librarse del hombrón desnudo —Ana es menuda, bajita y delgada, Manuel alto, de corpulento corpachón— y se quita el antifaz.
Manuel se ha desmayado, está desvanecido, inerte.


—¡No juegues! —le dice Ana—, si ya te veniste, total, te perdono, sí, me enojo, pero no me bromees así, me asustas...

Está sentada sobre la cama con las dos piernas cruzadas entreabiertas. Se toca la vulva para sentir si está bañada en semen: nada. Menea a Manuel. No responde. Le quita el antifaz: tiene los ojos bien pelados, abiertos de par en par, con el negro de las pupilas grandotote. No se reduce el tamaño ante el baño de luz de la ventana. Ana le pone la mano frente a la nariz: nada. Lo voltea y le pone las dos manos sobre el pecho: no se siente nada. Con las dos manos le bombea el pecho: “¡Responde, responde, responde! ¡Corazón: responde!” Nada. Le da respiración artificial. Nada. Manuel está muerto como una piedra, y como una piedra conserva la erección.

El autor, yo, irrumpe en la escena, estoy en el centro de su habitación. “Igual que yo”, digo, hablando a los lectores e invisible para los personajes, “eso es lo que es un hacedor de historias: un cadáver y una erección. No el polvo enamorado en un futuro del que hablaba Quevedo, sino una erección en vivo y un cuerpo, un yo, que es fardo, que es muerte. Yo soy esa verga parada, con eso escribo. Yo soy ese cuerpo fallecido: por eso escribo, porque soy un cadáver. Yo soy el vivo muerto, el que habla con los muertos mientras desea a los vivos. Soy uno más de mi ejército. Lo mismo fue Scherezada, la hija del visir que se sacrificó para que otras siguieran viviendo, la que puso un pie en la tumba y el otro en el lecho del rey.”

Mientras yo hablo, Ana continúa abstraída en su infierno. Como dije, el escritor se había colado, pero sus personajes ni cuenta. El horror de verse descubierta era minúsculo al lado de saber a su amado ido para siempre. Como había entrado ya el escritor a la habitación de la escena de sus personajes, el ojo que ve la novela se puso andarín: atraviesa la pared del cuarto de hotel, desde la terraza con árboles del séptimo piso observa el ajetreo de la Zona Rosa, su caos exagerado de viernes en la tarde, los coches embotellados, el hormiguero humano... El ruido de la ciudad de México entra a escena invadiéndolo todo. Ahí se ven los grupos de mendicantes, indios los más, algunos grupos caminan, otros están sentados en las banquetas, entorpeciendo el paso de los muchos

peatones, las mujeres con niños envueltos en sus rebozos, los grupos de niños y niñas vestidos con andrajos y sin zapatos, suplicando por monedas; las prostitutas de doce, trece años taconeando zapatitos dorados que parecen de muñecas; los jovencitos que se mercan; hombres con lentes oscuros distribuyendo entre los paseantes y automovilistas tarjetas de bares que ofrecen “espectáculos en vivo”, table-dances, streap-teases, burdeles para reprimidos, exasperación para fisgones; vendedores ambulantes, turistas mareados, mensajeros en bicicleta esquivando peatones y automóviles.


Ana marca a la recepción y pregunta si hay un doctor:

—¿En el hotel? —contesta el recepcionista.

—Precisamente —dice Ana, a punto de gritarle—: un doctor en el hotel.

—No lo creo.

—¿Cómo que no “lo cree”? ¿No hay un doctor a la mano?

—No, no usamos de esto, no es hospital, señorITA —subrayó el señorita, pues sabían de sus entrevistas rutinarias con el hombre casado, sin tener informes de que la “señorita” era la esposa del socio y mejor amigo de su amante.

—¿Alguno aquí cerca? ¿Alguien discreto?

—Déjeme preguntar a mis compañeros.

Se oye en la bocina el chachareo de los chicos de recepción seguido por el de los botones, “Que la señorita del 707 quiere un doctor. ¿Alguno sabe?”

Y el Ojo de la novela deja a Ana con el teléfono pegado a la oreja y baja a recepción: el caos de la ciudad se ha colado también al hotel, un camión cargado de turistas gringos de edad provecta acaba de descargarlos, vienen llegando de la playa como puede verse en sus pieles coloradas, los sombreros, la fatiga, las bolsas de plástico repletas de chácharas, y los siguen hordas de vendedores ambulantes que los botones atajan y regresan a la calle, sólo para que se peguen una vez más al siguiente grupo de

vejetes que, intrigados por su mercancía —falsas piezas prehispánicas—, les dan entrada, pero que los olvidan al ponerse en fila para registrarse en el mostrador, ansiosos por la espera.


El recepcionista repite: “¡Que si alguien sabe de un doctor!”, a voz en cuello.

—Ya se murió el viejito que vivía aquí a la vuelta —dice el veterano de los botones—. Que yo sepa, no hay otro.

—Pregúntale si es urgente —dice allá otro recepcionista mientras busca en la computadora cuál habitación asignar al gringo que lo ve con ojos de borrego fumigado.

—Que si es urgente.

—Sí, una urgencia.

—Vamos a llamar al Mocel, ¿le parece?

—¿No hay nada más cercano? Viernes en la tarde, el Mocel...

—Con suerte hay una ambulancia por aquí, déjeme intentarlo. Espere un momento, no cuelgue...

Y Ana se repega a la cara la bocina del teléfono, se abraza a sí misma, aún el cuerpo desnudo.

De nuevo el Ojo de la novela cruza la pared del cuarto, baja los siete pisos, se desplaza entre el atascón de automóviles, corriendo recorre seis cuadras, ve una ambulancia. La sirena está encendida. Adentro, en la cabina, en el radio encendido a todo

volumen empieza la Cumbia de los monjes:


Vamos a bailaaaar

Imita la tonadita del canto monástico,


Vamos a bailaaaar, vamos a bailar la cumbia…

Vamos a bailaar, vamos a bailaar la cumbia.

Suenan campanas de iglesia,


Vamos a bailaar, vamos a bailaar la cumbia

y que se suelta el tradicional chacatacata-chacatacata de toda cumbia, el chofer lleva el ritmo con las puntas de los dedos, tamborilea en el tablero, le bailan las manos. Chaca-chaca, menea la cadera, baila, baila… Y la cumbia se vuelve una especie de rap, un rap-cumbiado:


La cumbia, la cumbia, la cumbia llena mi vida

Esta noche saldré con mi novia a bailar

Dejaré todo lo que tenga que hacer ahora

Bailaré toda la noche hasta la madrugaa

Escucho un susurro que a diario me llama

Me estoy volviendo loco o qué pasará

A un ritmo que te atrae que es difícil negarse

Sólo bailando cumbia tranquilo puedo estar...

Que viva la cumbia por siempre por siempre

Sólo bailando cumbia tranquilo puedo estar

Vamos a bailaaar, vamos a bailaaar la cumbia…

Tin-ton-tan-tan, de nuevo las campanas. El acordeón, chichinchiiiinchin, el agudo del acordeón, uuioiooo,


Mi lema es gozar hasta que el cuerpo aguante

Soy hombre

Nunca me he fastidiado

Que viva la cumbia por siempre por siempre

De todo lo que hago nunca me he arrepentido

El nombre de la cumbia tengo siempre en mi mente

Bailaré toda la noche hasta la madrugaa

Una vez más el acordioncito agudo. Fuit-guit-guitgûit... guot, guot:


Vamos a bailaaar…

El chofer canta a voz en cuello, mientras fuma con el mismo entusiasmo sus cigarros Delicados. Ahora estamos escuchando la cumbia adentro de la caja de la ambulancia, donde, sobre la camilla, el enfermero fornica con la doctora de emergencias. Él eyacula cuando termina la cumbia, ¡qué sincronía con la orquesta!, y ella, alisándose el cabello y escurriéndose a un lado, dice:


—Si de verdad era urgencia, los que llamaron ya se amolaron... ¿sabes qué era?

—Una andaba dando a luz…

—Pues ése ya nació.

—Sí, ya nació. En el camellón de Reforma. Fue niño. Esperan que lleguemos para cortarle el umblical y llevárnoslos.

—¡En viernes por la tarde!

—Bueno, hija, qué quieres...

—¿Está bien la mamá?

—Una como de 13 años, todo está bien...—se asoma por la ventanilla posterior de la ambulancia hacia la calle—. Mira, hija, ahí está el puesto de tacos de Génova, ¿le entramos?

—¡Cómo crees! ¡Si vamos de urgencia!


—Hace quince minutos que no nos movemos un centímetro. Claro que me da tiempo de traernos unos tacos. ¿De qué los quieres?

—Dos de ojo con salsa roja y cilantro.

El enfermero abre la puerta, se baja, rodea la ambulancia, toca con los nudillos en la ventana del chofer. Cuando éste, lento, la abre, acaba de comenzar

a sonar en la radio un narcocorrido, “En el panteón de mi pueblo / hay una tumba vacía / esperando que yo muera.”


—Oye, güey —dice el enfermero.

—¿Quíhay?

—Voy aquí nomás a los de Génova, ¿de qué tus tacos?

—Tres, de maciza.

—¿Salsa?

—Roja, que no pique mucho.

—Ahora vuelvo, si siabre hazte a un lado, no tardo.

Y se echa a correr los muy pocos pasos que los separan del puesto de tacos instalado a media banqueta, las hojas de metal corrugado pintado de azul, con su letrero “reservado para la federación de invidentes” (aunque no haya asomo ninguno de invidentes), el tanque de gas salido. En su carrera, el enfermero esquiva la nube de vendedores ambulantes (el de billetes de lotería pregona con voz de barítono “¡lleeeve su suerte!, ¡lleeeve lleeeeve!”, un hombre alto y vestido de traje anuncia con voz solemne el diccionario de español que trae en venta “paara laa ortograafía, paara peedir empleeeo”, pero los más van silenciosos, enseñan a los automovilistas sus mercancías, chicles, refrescos, y mientras el enfermero se escurre, el Ojo de la novela se queda atorado en esta nube de mercaderes, revisándolos y observando sus vendimias, máscaras de luchador “para sus niños”, manitas para rascarse la espalda, algodones de azúcar, calidoscopios, rehiletes, yoyos y baleros decorados con mikimauses, mantelitos para las tortillas de hilo blanco de algodón deshilados a mano y planchados con almidón. El Ojo de la novela continúa pegado a la legión de vendedores cuando el enfermero, bien vestido de blanco, despachado con celeridad deefeña, regresa con los tres platos de tacos, llama ahora con el codo a la ventana del chofer, quien está oyendo en la radio otro narcocorrido:


El agente que estaba de turno en aquella inspección de Nogales

por lo visto no era muy creyente y en seguida empezó a preguntarles

que de dónde venían, “dizque tráiban” dijo el jefe de los federales.

Muy serenas contestan las monjas, vamos rumbo de un orfanatorio

y las cajas que ve usted en la troca son tecitos y leche de polvo

destinados pa los huerfanitos, y si usted no lo cree pues ni modo.

El enfermero entrega al chofer sus tacos, abre la puerta trasera y brinca donde la doctora, cierra la puerta atrás de sí, justo en el instante en que el tráfico se mueve, no demasiado, ¿qué será, cuatro pasos?, y vuelve a estancarse, inmóvil, vibrante, sonoro, atizando a los vendedores ambulantes, que contraatacan con pregones o exhibiciones silenciosas, una nube de colores menos metálicos que los de los autos, pero más estridentes.

El Ojo de la novela deja la ambulancia, corre de vuelta las seis cuadras, sube por la pared del Hotel Génova, cruza la terraza con árboles, entra por la ventana al cuarto de Ana y la encuentra con el teléfono al oído, esperando todavía alguna respuesta de la recepción. Se han olvidado de ella. Yo sigo de pie al lado de la cama y retomo mi “monólogo del creador”, que aquí, con permiso de los presentes, me ahorro. El Ojo de la novela no se ancla en nosotros, baja por las escaleras del hotel, hacia el caos de recepción —la bocina del teléfono está descolgada, nadie la atiende— y sube de inmediato, como yoyo de los que acabamos de ver en venta.

Ana cuelga el teléfono. Le limpia el sudor al cuerpo de Manuel. Le acomoda el cabello. Le besa la cara. Se sienta junto a él y continúa lo que había quedado a la mitad: abre las piernas de par en par, las dobla, apoya las plantas de los pies sobre la cama y se masturba, frotándose la vulva y los pezones alternativamente, mientras a su lado, del otro lado de la ventana, el viento sopla y sopla, y las dos hojas caen, hasta que —a coro de mi monólogo de creador— Ana se viene, con un quejido sonoro y largo y apenas hacerlo se echa a llorar. Y yo me callo, se termina el monólogo del creador. El miembro de Manuel sigue erecto, Ana se arrellana en la cama a su lado, bañada en sudor, se queda dormida y comienza a soñar.

Abruptamente di por terminado el tramo.

Dije en voz alta: “Fin del capítulo. No sé si quede lo de las hojas, es un miscast: en la ciudad de México prácticamente no existe el otoño, los más son árboles de hojas perennes. Pero va bien, tal vez lo dejo.”

—¿Fin del capítulo? ¿Tan corto? —preguntó el Lederer—. ¿Tan corto? —repitió.

—Tiene que acabar ahí, en la erección y el autor y la rorra dormida.

—Yo firmé que no iba a intervenir —dijo el maldito—, pero es verdad que eres un holgazán. No puedes hacer capítulos tan diminutos.

—El convenio que firmamos dice “capítulo por día”, sin especificar el número de páginas. ¿Qué quieres? ¿Qué arruine la novela?

—¡No! —se rió—. Lo que quiero es que, sea la mierda que sea, la acabes cuanto antes. A este paso no vamos a ir a ningún lado. Necesitamos este producto terminado cuanto ya, por dios, damn it! Hoy no avanzamos sino un puño de segundos.

—Minutos.

—Cuatro minutos y 59 segundos, más tu discursi que, creo, aceptarás, hay que tirar por el zinc.

Él dijo zinc, pero yo pensé “fregadero”. ¿Me iba a tirar por el fregadero? ¡Nomás faltaba!

—Tú dijiste, tú firmaste, Lederer, que quedaba exactamente como yo la escribiera. En buen español: “¡te chingas, güey!”

—No, no, yo no me chingo —me contestó en un español bastante decente de acento y muy regularcito de gramática—. Acaba ya con tus cochinadas y masturbaciones cuanto antes, por favor. Yo tengo un deber que cumplir. Come on, man! I beg you! Work! Continue! Go on! Please! ¿Cuándo vamos a acabar si no?

Y cruzó como sin sentirlo a su lengua pérfida, que de Albión viene y, ya lo dijo Shakespeare, la dicha lo es: “Claro que vamos a acabar, y ya pero ya. Estamos trabajando con el tiempo de lectura y con el tiempo de percepción, que es más corto todavía, no con el que lleva escribir. ¿En cuántas horas se escribe una novela? En muchas. Se le percibe en un tris. Debemos terminar este trabajo la próxima semana.” Y agregó con brusquedad: “¡Ya!”

Yo, ya lo dije, soy un artista, no una vaca de establo a la que medicinan para hincharle las ubres y sacarle jugo noche y día, o nomás a veces, pero nunca he dejado de tener mi dignidá. ¿Creía que podía exprimirme así como así? ¡Nomás faltaba! Me enchilé.

Zarandeó nuestras sillas, como si estuviéramos en un carrito chocador de la feria, un poquitín para atrás, un poquitín bruscamente para adelante, y de nueva cuenta. Lederer estaba furioso. ¡Qué berrinche!

En el fondo, el güey, aunque le estuviera poniendo a mi mujer, me caía muy bien. Aunque me estuviera arruinando la vida, me caía bien. Además, soy mexicano, no soy de los que dicen que “no” a lo bruto y pelean y se meten en líos. Como buen mexicano lo que hago siempre es, por decirlo en neta, sacar el bulto. La verdad es que el capítulo —en mi plan original— no acababa ahí, iba a ser en efecto del mismo largo que todos los demás, pero no sé qué me pasó, que en el instante que Ana comenzó a soñar le vi cierta transparencia que me dio no sé qué y comprendí que tendría que reajustar la escena, y como estaba en ánimo poco vigoroso, pues me distraje y preferí parar el carro. Lo hubiera retomado sin problema —con la pausa del sueño la escena podía recomenzar en otro punto— y muy por las buenas, pero, así el güey cayera bien, su actitud me pudría, y además no era mi día, Sarah tenía razón, debí tomar un Ambion... Aunque Ambion o no Ambion, el Lederer haciéndola de carritos chocadores, como un jefe regañón de caricatura, no ayudaba nadita. Porque él seguía con sus zangoloteos. Sentí que mi calabaza estaba desierta, pero con tal de no pelear, intenté: Cerré los ojos y me refugié hondo hondo en mí mismo, puse en off mi lado creativo —si es que tengo un lado creativo— y me puse a imaginar cualquier cosa, algo que no importara y que me sacara del aprieto. Hice rebotar al Ojo de la novela, regresamos al caos de la ciudad de México, volvimos al cuarto, sin mayor explicación borré al autor y en otro rebote aventé al Ojo de la novela otra vez a la calle. En medio de la vorágine del Deefe de viernes por la tarde y en día de pago de quincena, cae sobre el Hotel Geneve un escuadrón de la policía. ¡Qué despiporre! Cuando el operativo entra en lleno al Geneve, ya no quedan viejos de los recién desempacados en la recepción, porque para esto los recepcionistas han sido extremadamente eficientes y expeditos. Se les olvidó por completo llamar una ambulancia, pero pusieron a cada viejito en su cuevita.

Así que los polis en uniforme de unidad especial, cascos, uzis, botas negras, irrumpen —como diría un parte policiaco— por las puertas delantera y trasera con armas en mano. El gerente del hotel sale de su oficina, “¡Un momento! Esto no es un hotelucho, es el Geneve Calinda!”, pero nadie lo escucha, “¿Quién manda?”, insiste, “¿Quién es su comandante?”, alguien le señala a un gorila que viene atrás, “¿Dígame, joven?”, “Mi comandante, el Geneve Calinda es un hotel de cuatro estrellas, no pueden entrar así a aterrorizar a nuestra clientela”, “Lamento decirle que sí que podemos, traemos orden de cateo para el hotel completo”, “Pero mi comandante, es el Geneve Calinda”, luego del zalamero mi comandante, se lanza a decirle todos los motivos de orgullo que sabe recitar como el bien aplicado estudiante que recuerdan sus huesos: “Aquí se hospedó Lindbergh reiteradas veces, cuando era amante de la hija del embajador gringo, Dwight Morrow; estamos abiertos desde 1907”... pero el gorila le contesta con una mirada gélida de tapaboca y el gerente, atemorizado y hecho un pollito, corre hacia la oficina a llamar al abogado del Calinda, “no es posible”, se dice a sí  mismo repetidas veces, intentado contactar al bufete. Mientras tanto, en plena recepción un poli no uniformado se lanza sobre una de las computadoras mientras los demás suben por los elevadores y bloquean escaleras. Ana escucha a las mucamas: “¡Hay un operativo policiaco!, ¡corre y avísale a la salvadoreña que se pele!” Ana toma su bolsa, zapatos, vestido y otras prendas, y sale destapada, deja la puerta abierta, se mete al cuarto vecino, el ropero de la lavandería.

Justo a tiempo, los elevadores desempacan un puño de polis que van golpeando puertas a porrazos mientras una aterrada mucama que engancharon en el piso anterior las va abriendo de una en una.

Ana se avienta al gran canastón de la ropa sucia, enterrándose en éste bajo las sábanas y toallas sucias, con su ropa abrazada. Apenas a tiempo, los policías husmean desde la puerta la lavandería, porque oyen a un colega gritar: “¡Aquí hay un muerto!” y todos corren hacia Manuel.

Estamos —quiero decir, el Ojo de la novela— con Ana bajo la pila de ropa sucia. Ana quiere llorar. No se atreve a moverse. Aún se escuchan pasos. Pasa el tiempo. Ana se queda dormida y sueña:


El sueño de Ana


Que está con el rey Moctezuma, en la esplendorosa ciudad de Tenochtitlan del XVI. Los llevan en andas sobre un fastuoso palanquín, cruzan la Avenida Tacubaya bordeada de ambos lados por inmensos lagos. Al frente, los templos, el mayor inmenso, los que hay a su lado custodian agrupándolo con los volcanes y cerros del Valle. Ahí está el Popocatépetl, ahí el Iztaccíhuatl, el Pico del Águila atrás de ellos coronando el Axochco —hoy lo llamamos el Ajusco, lugar de ranillas, floresta del agua.


Ana va al lado del emperador Moctezuma, ¿es su amante?, ¿una de sus esposas? ¿Su hermana? La avenida ha desembocado en al centro de Tenochtitlan, ahora los custodian hermosos edificios pintados con las formas características de los aztecas, aquí y allá hay las más bizarras e inmensas esculturas. La ciudad completa es una joya. Llegan a la Plaza Mayor, al palacio de Moctezuma, a unos pasos del Templo Mayor. Todo es ceremonia, extienden un tapete de flores rojas para que las plantas del emperador no huellen la tierra.

Los esperan en un salón los hombres principales del imperio. La nueva ha corrido ya: un puño de extranjeros con armas que echan fuego por la boca han desembarcado en la costa. Vienen montando inmensos animales, como perros pero de gran altura. Han quemado sus naves. Tienen las barbas rubias y el cuerpo cubierto de armaduras de metal pulido. Entra uno de los heraldos, lo siguen algunos artistas que van desplegando sus códices o libros con las pinturas de los recién llegados. Sobre los códices se ve una escena en la que se pierde el Ojo de la novela:



Lo que el códice cuenta adentro del sueño de Ana


Al lado del acueducto de Chapultepec —a unos pasos de donde está el hotel de Ana—, un grupo de niños se tunden a golpes en franca batalla campal. Tendrán once, doce años. Todos traen una coleta trenzada, signo de su inmadurez, de que no han aún participado en una batalla. Se revuelcan en el polvo, se siguen golpeando, aquel cae descalabrado, la batalla se detiene, los niños están asustados. Uno habla, y contesta otro, en sus lenguas hay la punta del maguey clavada, un castigo. ¿Qué se dicen? Hablan en náhuatl. Levantan al caído, alguien le da agua, lo limpian. Camaradería, risas.




Fin del Ojo en el códice


El hombre que ha extendido el códice que visitó el Ojo de la novela, lo cierra. Tiembla. Tiene miedo. Siente pesar en su corazón. Cree que los dioses los están abandonando. No se atreve a decirlo por temor a la ira del emperador. Se suelta a llorar. Ana ha observado toda la escena, aunque sea mujer.


Pero las mujeres no pueden estar en una reunión de este tipo en esa ciudad de entonces, imposible; está bien mentir pero ahora sí que ni en sueños, me fui hasta la azotea, el tabú contra ellas... Y además ¿qué demonios hace Ana soñando esto cuando está en el contenedor de ropa sucia, en medio de sábanas sucias de quién sabe quiénes, desnuda y aterrada? ¡Y se le acaba de morir su Manuel!, ¿cómo voy a creer que se ha quedado dormida una segunda vez? ¡Me fui hasta la cocina! Ni Ana está ahí, ni entraron los polis, ni menos todavía Moctezuma y niños dándose moquetes y asesores chillones... ¡Qué sarta de pendejadas!

Apenas pensarlo, me distraigo. No puedo continuar con mi retahíla de mentiras. Me repugna. Dije “distraigo”, ¿qué estoy diciendo?, la verdad es que me dio algo parecido a vergüenza, me cayó el veinte de que mi arrojo era una bobada...

Perdí por completo el hilo.

—Damn it! —escupe el maldito Lederer—. What’s happening? Everything’s getting blurry, confusing… We’re losing her, man!

Me saqué los sensores de la boca, y me disculpé con él.

—I’m sorry, tomé un track equivocado y me he descarrilado, qué quieres...

—Quito esta última basura y vamos a dejarlo donde decías, acabamos el capítulo donde decías.

Ya sin berrinches, en otro tono y viendo que ahora era yo el que estaba atribulado, continuó:

—¿Vale? ¿Un café? Salgamos de casa un rato, a la vuelta vemos si quieres terminar ahí o no.

Lo de salir me encantó. Ya no tenía para dónde ir ahí metido, nada con Ana, nada con los polis, nada con el pobre gerente, desmoronado en su oficina, pensando que ha perdido el empleo justo cuando su hijo está por entrar a la Ibero, la universidad de los jesuitas, “el primero de la familia que iba a sacar el cuello”. Por mi mexicanada de no haber dicho que no a su debido tiempo y por no entregarme a lo que estaba “narrando”, me había metido en un berenjenal sin ton ni son. ¿Salir? Nada podría sonar mejor. Tenía, insisto, algo como pudor. Esto de ser mexicano es así: no dije “no” cuando quería decir que “no”, comencé por hacer mal las cosas voluntariamente, luego traté de sacar mi barco del lodazal y, al no poder, sentí vergüenza... ¡Tan fácil que es para otros decir no al no y sí al sí, y actuar conforme a lo dicho! ¡Pero nosotros! Eso no es herencia azteca, sino entrenamiento colonial. Pero discursis, ¡a la bodega, que aquí no hay tiempo!

Así que lo de salir que proponía el Lederer... ¡yes yes y súperyes!, asentí con la cabeza, y mi “sí” era un recontrasí sincero. El Lederer corrió los últimos segundos y dejó la imagen suspensa. El efecto de estos últimos segundos, cuando estábamos “perdiendo” a Ana, era algo la verdad que genial. Parecía que Ana misma se desvanecía, volviéndose, como en un cuadro de Remedios Varo, parte de las sábanas, o las sábanas que la envuelven parte de ella misma. Visualmente era genial, deveras.

—Mira —le dije al Lederer apenas pusimos un pie en la calle, cuando él estaba cerrando con llave la puerta—. No se veía mal. ¿La borraste?

—¿Qué? —me dijo, llevándose la llave al bolsillo.

—La parte final, cuando me desbarranqué. ¿Nada mal, no?

—No sirve, es un desecho.

—Sí, ya sé, pero ¿la borraste?

—¿Para qué la quieres? It’s a mess...

—Creo que se ve suavísimo. Quiero tener esa imagen. ¿Viste cómo ella parecía disolverse?

—A mess!— repitió, con desagrado.

—Anda, guárdalo para mí. No me parece mal. No lo quiero para la novela, yo no me las doy de experimental.

—Pero te incluiste, el autor entró...

—Come on, mano! Eso no es experimental, ¿quién no lo hace? Es un lugar común. Lo hizo Cervantes...

—O.K.

Bastaba que yo sacara a uno de los nuestros para taparle el pico, porque como no podía ni opinar...

—Anda, mano, guárdame esa imagen. Me gustó ver a la Anita deshaciéndose en telas, es como una pintura surrealista. Quiero tenerla. Es más que una pintura, con lo de las tres dimensiones es como una escena real cortada y enmarcada... ¿Te imaginas? ¿Hacer una exposición con eso? ¡Me vuelvo sillonario! ¿Hace cuánto que no se ven imágenes tan impactantes?

—No le pongas tanta crema a tus tacos —bueno, no dijo tal exacto, pero eso quiso decir. Y me lanza un nombre y otro, que si este fotógrafo, que si aquel instalador...

—¡Ya párale güey! —dije, pero en inglés—. Sí me la pongo, la crema a mis tacos y a mí mismísimo. ¡Se veía genial!

El Lederer me clavó una mirada con el rabillo del ojo que tenía mucho de desprecio y mucho también de admiración.

—I’ll keep it for you. “Te la guardo, güey, si te importa tanto como dices.” In fact, de hecho, aquí la traigo.

—¿Aquí?

—Sí, aquí —sacó de la bolsa de su camisa su lata tipo Altoids, como aquella de la que me ofreció la insípida pastilla grisosa el primer día que me habló en las escaleras de la casa. La abrió: en el fondo de la cajita había un pequeño tablero y le picó no sé qué—. Salvé ya ese último segundo. Lo tengo aquí. Puedo proyectarlo donde quieras.

—Great! ¿Me dejas ver la imagen en el café?

—¿La saco de la nada? —y diciendo esto, apareció en su mano izquierda una carpeta guinda, como de pintor, como de cargar dibujos. Una carpeta virtual, como virtual había sido su perro el día que me enganchó. ¿Qué más virtualidades podía enseñar? ¿Con cuáles había enganchado a la Sarita?

—O.K., let’s go —y echó a andar hacia la Cuarta—. But... Debo aclarártelo: no estamos haciendo gracejadas como ésta. Lo que estamos haciendo en realidad no se trata de frivolidades.

—Es que, mano, no es frivolidá ni vanidá, una imagen vale pero con mucho el tiempo que le hemos metido...

—No! —casi lo gritó, y suavizando la voz agregó—. No, you don’t get it —pero de nuevo alzó la voz, ya no como enfadado o impaciente, sino que usó un tono muy serio, como un predicador o un profeta—. We’re not playing, no estamos jugando. You don’t get it, no entiendes.

—I don’t get what?

Teníamos frente a nuestras narices la Cuarta Avenida atestada de automóviles. ¿Qué estaba pasando? A veces hay tráfico, pero este atascadero era totalmente inusual. Oímos a los bomberos aproximarse. Ya en la esquina, los vimos a nuestra derecha, llegaban al cruce de las avenidas, donde se juntan Atlantic, la Cuarta y Flatbush.

—Took them probably three minutes to get here.

—Make it four.

—¿Te imaginas en México...? —y me quedé pensando.

Es algo que no puedo evitar, traigo esa calculadora puesta y siempre en on, me saltan siempre las comparaciones. Comparo todo, desde la luz hasta el olor de la gente en el metro. Con México, por supuesto. Hace doce años que no vivo allá, pero lo sigo haciendo. Los zapatos, las bolsas, los gestos, las casas... No sólo aquí, en mi Brooklyn o en la detestable Manhattan; también en París, donde estemos. Comparo todo, mido todo con mi México. Mi Sarita dice que nunca he dejado México, bromeando me apoda “El Taco de Brooklyn, Nueva York”, la cito literal, el taco y nueva york en mi lengua. Viajo sólo tres veces por año —al cumpleaños de mamá que cae en septiembre, a la Navidad que no me la perdona, y las primeras dos semanas del verano a nuestra casita en Troncones, con toda la familia—. Pero sigo comparándolo con todo, como si fuésemos el parámetro universal. Y lo somos, por lo menos para mí, “como México no hay dos —patada y coz—”, a lo Botellita de Jerez —y no todo lo que digas será al revés—. “¡Alarma, alármala de tos, un dos tres, patada y coz!”

Al camión de los bomberos le pisó los talones la también gritona ambulancia. Cuando llegamos a la esquina de Atlantic y la Cuarta —a sólo dos cuadras de nuestras casas— ya se había destruido la escena original, así que hube de recurrir al chisme para saber que: un hombre en bicicleta se había aventado el cruce sin respetar las luces y una pequeña camioneta de Verizon lo había golpeado, tumbándolo al asfalto y dejándolo ahí postrado. ¿Se le había roto el cuello? No había sangre, no había huella de herida, pero el tipo no se movía. La bicicleta se veía intacta. Sobre Atlantic, hacia la casa, estaba estacionada la camioneta dicha y el conductor, custodiado por dos policías, alegaba en voz alta —¿era puertorriqueño?, ¿dominicano?, a la distancia sólo alcanzaba a oírle lo caribeño, no más— “que no lo vi, que se aventó contra mí”... en español, porque los tres azules, dos hombres y una mujer, eran de los nuestros. Su desolación parecía no tener fin.

El tiempo que me llevó averiguar y oír fue el que tomó a los chicos de rescate subir inmóvil —la cabeza sujeta con un cuello ortopédico— al encamillado. ¡Un camión de bomberos, una ambulancia, un vehículo de la policía, tres para hacerse cargo de un herido que ni siquiera sangraba! Para mí que no tenía nada, se estaba haciendo pato. Y dije:

—Si es ilegal, ya se jodió.

—¿Qué?, ¿quién?

—¡Ay, Lederer, en qué Nueva York viven los gringos! El del delivery, el que salió volando...

—Por los chillidos del chofer, yo pensaría que el que a lo mejor el ilegal es él.

¡Ah! Yo que lo hacía en la luna, y el Lederer que no se había perdido el drama.


—No creo, trabajar en Verizon…

—¿Y si está supliendo a su primo? No sé, ¿si  no por qué está así de preocupado?

—Tal vez era su primer día de trabajo.

—Si así es, ¡será el último!


Caminábamos en el congestionamiento humano que se forma diario a ciertas horas en esta esquina, los más varones árabes que van o vienen de la mezquita Al-Farooq o de sus negocios, algunas pocas mujeres cubiertas de negro de pe a pa, la burkha les deja fuera sólo sus ojitos y los zapatos, siempre chancleados. Si uno tiene suerte, les ve los puños de sus vestidos, las más de las veces de colores. Son o muy flaquitas o muy gordas, casi todas las flaquitas caminan como cargando una depresión de aúpa. Algunas chancletean los zapatos como de pura tristeza, pero hay otras que usan sus babuchas nadadoras con una elegancia altanera. Puta tristeza, elegancia llanera. La mayor parte son hombres, algunos con jeans y tenis, pero los más traen largas faldas, barbas, gorros, y se oye al muecín  convocando a rezar, su voz llena la cuadra, cruza la Cuarta Avenida, se cuela por Flatbush.

A nuestros pies estaban los puestos de los árabes de Atlantic, la parafernalia de a un dólar, sombreros y gorras, babuchas de colores, perfumeros, inciensos, verduras y pasteles en cajas transparentes, letreros anunciando guisos aromáticos o body oils, black-seed products, kufies, scarves, hijab, hijbab, abaay and more, la Dar-Us-Salaam Bookstore, lo que orbita alrededor de la inmensa mezquita donde oficiaba el Sheik Abdel Rahman —fue el imam de esta mezquita dos meses en 1990, es al que acusan de enviar dineros a los binládenes, como si falta les hiciera—, la mezquita custodiada por el letrero “House of knowledge”, en inglés, y bajo éste, mucho más humildito, un negocio pakistaní (“for all ages”, “para todas las edades”, ¿quieren decir que no venden pornografía o qué?), Aqsa, donde anuncian “prayer rugs”, los tapetitos cucolones para rezar. A su lado el puesto judío, si esto es representación del Medio Oriente no podía quedar excluido. Venden relojes chafas y arreglan los de todo tipo —les compré un día uno: me duró 24 horas exacto, no he regresado a reclamar—, cinturones —también les compré uno, apenas llega al barrio, éste salió buenísimo, una de cal—, zapatos miserables, ¿serán kosher? Sigue “Nadina”, un negocio enorme de jabones naturales y cosméticos herbóreos, ¿se dice así, “herbal cosmetics”?

Del otro lado de la avenida, Islamic Fashion, “Mi tienda predilecta”, dijo el Lederer. “¿Has entrado?”. “No, cómo crees, me encanta el nombre”. “Yo sí he entrado”. “Really? ¡eres un vago!”, “Sí que lo soy” (y no le describí la tienda, que la verdad sí me encanta: venden todo tipo de prendas y artículos necesarios para llevar una honesta vida musulmana: vestidos y mantos, coranes, bases para sostener el libro sagrado abierto, sus rosaritos, pomadas varias; atiende una chica cubierta de pe-a-pa a la que vigila celosamente un barbón que me mira con ojos  escrutadores, como si le enfadara que mis sucios ojos y se posen en las manos de su dependienta cuando me extiende las mercancías —que le digo un día: “¿Cuánto esta burka?”, “¿Para usted?”, me dijo burlona, “No, para mi mujer”, y que me contesta la gordis: “¿Van a viajar a Irán?”). Luego pasamos la farmacia, es de cadena, no tiene gracia; le sigue el famoso Hanks, es el bar donde los domingos tocan country en vivo, pas-mal, he ido montón de veces, a su lado el edificio Muhlenberg, otra Islam bookstore, un abogado, un puesto de seguros de autos y llegamos al Flying Saucer. Es un cafetín amueblado con sillones usados y distintos, como hay varios en Brooklyn, como aquel que me encantaba hace años en D.C., cuando pasamos allá unos meses para un training que hizo la Sariux... pero ésa es otra historia, ni me acuerdo del nombre, y además era inmenso, éste en cambio es un huevito.


—No queda tan cerca —me dijo el Lederer al sentarnos.

—Vale la pena, por no arrellanarse en el Starbucks ruidoso y nuevo del mall de Atlantic, todo huele a plastico.

“Pero está el café de la Quinta Avenida.” “¿El de los changos?” “Sí, el Gorilla Cafe.” “¡Malísimo!” “No me lo parece.” Y dejando de lado el posible

debate sobre el café —que es peor que entrar en discusiones de teología, ¿cómo medirlo?—, comenzó su arenga, que aquí reduzco lo más que puedo:


—No soy el primero que trabaja en esto. Algunos colegas tienen años con implantes en el brazo o más cerca del cerebro para estudiar hasta dónde la computadora puede obedecer los impulsos nerviosos del humano. Con un paciente que había sufrido daño cerebral consiguieron que, sólo por pensarlo, moviera el cursor en la pantalla. Nos estamos volviendo uno con las computadoras.

—Un solo señor, una sola fe, un solo evangelio y un solo padre —coreé dentro de mí, se ve que la sabiduría de que me dotaron los viajes a la iglesia con las muchachas no tiene fin en temas del altísimo.

—¿Los inocentes se dejan impresionar pensando lo que será acceder a internet sin necesidad de poner el dedo en el cursor y estar cerca de la máquina? Creen que así aprendemos a pensar de otra manera. No estamos lejos, creo que Kewin Warwick anda ya por el mundo con su implante sin tener mayor molestia. En lo que a mí me toca, tanto vivir enchufado a google, como lo de los implantes, suena como a la Edad de Piedra... ¿Crees que el doctor Warwick va a conectarse ahora con su mujer? Ella va a saber cuál es su estado de ánimo, cuál su excitación, cuál su qué y qué... Poca gracia me hace. Él, como yo y muchos otros, creemos que en un futuro próximo podremos comunicarnos con señales que harán innecesaria el habla. Tendremos medios más adecuados para expresar nuestros pensamientos y sentimientos. Sólo con los recién nacidos hablaremos con palabras, como hacemos tú y yo hoy. Echaremos mano de las palabras sólo antes de volverlos cyborgs, para entrenar su cerebro en la preparación inevitable que da la lengua.

“Yo he ido un poco más lejos y tengo prisa por dar el último paso. Ya sabes lo que yo ya sabía desde que te abordé en las escaleras de tu casa: que para que aparezca como real, es necesario que eso sea “verdad” en la imaginación. Y verdad puede ser una fantasía, una ilusión, si es honesta. Hoy tú lo probaste: tus ‘mentiras’ de novelista no lo son. Estás construyendo un mundo posible. Pero tu tomada de pelo, viste, no entra, no pasa la prueba, no se sustenta, no aparece, no está. Yo lo que he descubierto es el vehículo para que lo imaginado se vuelva realidad.”

Y ahí que se larga con no sé cuánta filosofía y jerga, y no había ni cómo pararle el carro, súbele y bájale, hácele y hácele, tuércele para la izquierda, luego a la derecha, vuélale al uno y dos y tres, y otra vez uno y dos y tres, nada de ir a ningún lado sino pura pensadera fastidiosísima acerca de la naturaleza de la conciencia y la del cerebro, acerca de la relativa imprecisión de sus sensores y del margen de las posibles percepciones, acerca de no sé qué y cuá cuá cuá, ¡hasta se puso a hablar del Mal! ¡Lo juro! ¡Del mismísimo MAL! ¡No chingues, güey!

—¡Compermisito!, ¡vuelvo en un momento!

Algo así le dije y me salí a la calle. Apoyé la espalda en el ventanal del Flying Saucer. Saqué de la bolsa de la camisa la caja de cerillos con mi churro para el relax, para cuando de veras ya no puedo máx —que suele ser justo antes de sentarme a comer con mi mujer, todas las noches le atoro camino al restorán o, si es en la casa, antes de sentarnos a la mesa, así se me hace más soportable el largo, laargo, laaaargo camino al postre—. Lo prendí, aspiré hondo, hondo, retuve el aire... Sentí (porque de pensar no tenía un ápice de ganas) algo así como:

“¡Por mí que zarpe el ovni donde está metido el Lederer, de veras, por mí que se pele y no lo vuelva yo a ver nunca!” La avenida estaba desierta, había una isla en el tráfico de Atlantic, resaca provocada por el atascón que generó el atropellado. Algo extraño, pero así era: no pasaba un coche por la avenida. Clavé un instante la mirada en uno de los changarros de enfrente: “Alfa Translation Center”, encima de esta frase una leyenda en caligrafía árabe decía no sé qué. A su izquierda, las letrotas: World Martial Center. ¡Bonita combinación!, un mal chiste y, para que sonara peor, entre las dos frases había un negocio nuevo, de aparador reluciente que exhibía tapetes lujosos y caros, sin nombre, ¿le llamarían Aladino? Apagué contra la suela de mi zapato lo que quedaba de mi churrito, lo guardé con los cerillos y regresé a la mesa. Ahí seguía sentadito el Lederer. Viéndome llegar se lanzó muy galgo contra mí, retomó su rollo y su jerga. ¿En qué andaba? Si ya le había perdido la pista, imaginar cómo lo oí al volver a sentarme a su lado. Era como si escupiera sus palabras desde el otro lado del espejo. No resistí: le tomé el brazo, se lo sacudí para detener su cháchara y le dije:

—Paul

—Yes?