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from Rapsodia

XV

El tiempo nuestro es ya de despedida:
con los adioses viene el viento al pámpano,
como en Valpolicella oscurecida
en la mano de tinte del invierno:
parques, lejanas estaciones pasan
por andenes de invierno, por los cerros
que pierden su color al ser tiznados
en los cristales por la luz que piensa:
así vamos al centro, no a la huida
o a lo abismal, sino al clavel del tiempo,
que nos ve en un espejo llameante,
en un planeta de agua incandescente.
Así las nubes en su oficio pasan,
como Santa Compaña o estantigua,
como la romería del rosal:
no Monsalvat, no Camelot ni Trípoli,
sino el santo Grial de nuestros sueños.
Y, de toda la vida, este puñado,
esta gavilla de claveles queda:
tanta palabra por decir tan solo
la esclavina de plata del amor.

 

XVI

Es charolada la hora nocturna
y son oscuras las aguas del paso.
Por el camino vamos en zigzag,
como en el desenlace de Buñuel,
cuando el rumbo aberrante contradice
la contradanza del oficio sacro:
así el poema, siempre en serpenteo,
pero al fin todo pura imantación:
con claridad de hotel abandonado
fuera de temporada, de ojos ciegos,
mas vivos en su fiebre de balcones,
en las escribanías de fachada
que visitan los dedos de la luna,
el teclear del aire selenita,
en la noche de atrezzo de Magritte.
Lo queríamos todo, pero, al cabo,
lo hemos tenido todo: haber vivido
es el sabor dulzón de la ciruela
y el condimento de la noche rota.
Agachadas, las gachas del pasado
miran pasar los bólidos del día:
un cañoneo en la tiniebla extraña,
el cañoneo del morir de amor.

 

XVII

En la caja del aire va el telón encendido,
la mirada art déco, Jean-Michel Frank;
viene el maestresala de la luz,
un vuelo de libélulas caídas
en los esbozos del amanecer:
por una cacería de jardines
el podestá en la loma de Ferrara
se desconcierta en la nocturnidad:
el sofá de Boldini, la Casati
y su hipnótico zoo de oro y rocalla:
somos los jardineros del ayer,
pero también somos los argonautas
(qui conquit la toison), en el cenáculo
de las agorerías vueltas sombra,
en las sombras chinescas del vivir,
como el teatro en Lady from Shangai.
Todo lo que vivía va conmigo,
contigo va lo que viviste tú,
pero un puño de párpados de rosa
en una noche de luz arrecida
es lo vivido por los dos, alfombra
para una Scherezade arcoirisada
en un Bagdad con borceguí de llamas
como la noche en París que vio Proust,
en alarmas nocturnas, Grosse Bertha,
turbantes en las máscaras de frac.
A cuestas en la noche de colgantes,
llevamos nuestra ofrenda: todo el ser.
Por la turbina de los bueyes mudos
el crepúsculo cae, y nos enseña,
en el desistimiento del vivir,
la insistencia en vivir que tiene el día,
lo indesistido del amor que vive:
cara a cara nos vemos en la noche filmada,
Day for Night, aporías del espejo,
porque el amor es un espejear,
la posesión del cuerpo en sus imágenes,
imagineros de la posesión,
la posesión de la verdad de ambos:
somos protagonistas del fulgor.