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Muerte

El día que mataron a Gianni recién había desempacado de un viaje a Cartagena, adonde fui a broncear mi bello cuerpo porque yo, bronceada, me veo divino. Por eso llamé a mi amiguito que trabaja en ACES  a preguntarle cuándo estaba de turno para pilotear a Cartagena, cosa que pudiese meterme gratis al avión, y él, que es un encanto de hombre y un papito trozudo, ahí mismito llamó a sus compañeros en  la aerolínea  y me levantó los tiquetes, y pude irme de fin de semana a Cartagena a casa de un paisanito que tiene casa allá, porque yo, la verdad, no tengo un peso para viajar por ahora ni a Melgar, a menos, pero por Dios, que me regalen el viaje, como efectivamente sucedió porque a la final no pagué absolutamente nada.

Pues bien, el día que mataron a Gianni, yo acababa de llegar de Cartagena y me disponía a visitar a mi amigo Roberto para contarle todo cuanto hice en esas bellas playas colombianas y que se revolcara con toda la envidia del mundo, que, como dice la propaganda, es mejor producirla que sentirla. De manera que tomé el primer bus ejecutivo que pasó por la Séptima -porque en buseta, ¡jamás!-, y me disponía a sentarme, caminando así, regia por ese pasillo donde me sentía como en las pasarelas del hotel Hilton de Cartagena cuando desfilan las reinas en traje de baño, cuando de repente, ¡suaz!, la noticia, así de golpe, como para causar conmoción mundial: acababan de matar a Versace en una calle de South Beach. Horror: ¡Yo sin conocer South Beach! Imagínense la catástrofe: no podía ubicar el lugar, no sabía de qué hablaban, no se me ocurría imaginar la situación. Me sentí ignorante, bruta, inculta. Y para colmo, la gente que iba en el ejecutivo ni se inmutó. Yo, que continuaba de pie en el pasillo, veía los rostros de las personas que viajaban en ese medio de transporte y nada, la gente como si nada, seguían indiferentes mirando por la ventana, o hablando, o riéndose. Y yo me pregunté: My Dragness, ¿qué país es este donde nadie se conmueve con semejante noticia, donde nadie se inmuta por la muerte de semejante dios?  Por eso es que hay injusticia socia, -reflexioné en ese momento- por eso es que hay vandalismo, por eso la inseguridad en nuestras calles: por la falta de solidaridad, por la falta de amor al prójimo. Ahí fue cuando me convencí de que en Colombia, por tantos años de violencia, me imagino, ya perdimos la vaina esa que llaman conciencia social.

Yo, en cambio, quedé exánime, y enseguida pensé en  Donatella, y en  Santos, y en la cosota divina  de Antonio D´amico, el marido de toda la vida de Gianni, y me pregunté quién heredaría toda esa fortuna y se quedaría con el almacén de la Quinta Avenida, y con la mansión de South Beach, y con las camisas, y con los calzoncillos espectaculares que jamás podré comprar porque cada uno cuesta como 50 dolaretes. Creo, incluso, que me desmayé porque caí en la primera silla disponible así, ¡suaz!, como si me hubiera tropezado con la vida, y lloré y lloré y lloré, y no todo un río, como en la canción de Maná, sino todo el océano Pacífico, y el Atlántico, y, por supuesto, el mar Mediterráneo -porque si una llora todo un mar tiene que llorar el mar Mediterráneo o, cuando menos, el mar Egeo, que es tan limpio y tan lindo, y tan azul, y que baña esas playas tan divinas de Paradise y Superparadise que quedan en Mykonos y todo el mundo que las ha conocido cuenta que los papitos más divinos del universo se broncean, desnuditos, en ellas-.

Al recordar la muerte de Gianni. Siempre me pasa lo mismo cuando pienso en la muerte, y me parece megajarto porque me pone tristísimo, y a mí la tristeza me da rabia y, para colmos, me da la melancolía, y me llega  la pensadera, y qué jartera la pensadera porque eso no conduce a nada positivo, y uno termina mas empeliculado que el triplegatico de mi amigo Simón. Pero hoy he estado todo el día  así, con dejamestá, que es una palabra que se inventaron en mi tierra para no admitir la depresión, porque la depresión es como la muerte: tema tabú. A nadie le gusta hablar de la muerte, y menos leer sobre ella para evitar pensar que algún día toda esta dicha se va a acabar. Por eso entiendo si alguien  quiere  que acabe mi carreta acá, aunque, la verdad,  yo no puedo escribir sobre el zaperoco de la alegría cuando estoy triste, como hoy, a pesar de saber que mi vida toda es una algarabía y que mi corazón está pletórico de contento. Por eso prometo, muy solemnemente, que tan sólo hoy le voy a dar un break a la felicidad para hablar de cosas que a nadie le gusta oír, y si en alguna otra ocasión –que no creo suceda- me siento deprimido, preferiré abstenerme de contar historia alguna porque yo opino lo mismo que los demás, que la tristeza hay que zapearla, y  cuando una lágrima pretenda asomarse es mejor decirle ¡olé! y hacerle el quite lo más pronto que se pueda  con la mas elegante de las verónicas.

Yo, con el tiempo, he aprendido a disfrutar y a gozarme la homosexualidad. Pero confieso que no fue fácil, y ahora tampoco es que lo sea, sólo que cuando se acepta y entiende que no es culpa nuestra ser así, ni que es un invento del diablo que se metió en nuestros cuerpos para hacer el mal, y mucho menos el pecado del que hablan las beatas en misa de cinco, ni que hay que darse golpes en el pecho, ni latigarse, ni siquiera llorar cada noche cuando estamos en nuestras camas bajo las cobijas, tan sólo por ser diferentes al resto de la humanidad. Que tampoco es que sea muy diferente, pues, para ser sinceros, lo que nos diferencia a los gays de los straight no es que nosotros nos acostemos con hombres y ellos no. Ellos también lo hacen. Lo que nos diferencia, repito, es que nosotros tenemos la corajudez de vivir como nos da la gana, rompiendo todos los esquemas impuestos por la “sociedad”, enfrenta[ndo] todos los paradigmas que dicen que uno se debe casar con una mujer, y tener hijos, y criarlos, y mandarlos al colegio, y producir para darles su mesada mensualmente, y obligarlos a casarse con la mujer que a nosotros, sus padres, nos parezca conveniente, y dejarlos ir un buen día a que vivan lejos de casa para, en ese momento, cuando uno ya tiene cincuenta años, hacer las cosas que siempre quisimos hacer.

El problema no es sólo que nuestros pueblos sean machistas, como piensan muchos, sino que nuestras sociedades manejan criterios ambiguos, y prefieren, por tanto, que  la  gente  sea  hipócrita, y haga lo que les dé la gana con tal de que no se haga público. Así somos no sólo los latinos sino también los gringos, que […] son capaces de armarle un tierrero a su presidente sólo porque se la dejó mamar de la Paula Jones, o de la Mónica Lengüinsky, o de no sé cuantas más, cuando el mundo tiene tantos problemas importantes como para averiguar si Bill Clinton tiene un lunar en la verga o si la tiene torcida o no, y si debe renunciar e irse un buen tiempo a la cárcel por eso. Los daneses, en cambio, no se dejan influenciar por esas maricadas religiosas y le dicen vino al vino y pan al pan, y nadie puede decir que no tengan moral, porque para muchos -en la práctica- moral es tan sólo una mata de moras. [...] Pero, en cambio, ya ven a los franceses, que no son nada maniqueistas y, aun así, viven felices, y ahí los vimos en la ¡Hola! el día del entierro de Mitterrand acompañando a la esposa y a la amante, porque así es como debe ser, así es como se debe vivir: de frente, sin dejarse gobernar de nadie, sin cumplir órdenes sociales que nadie entiende por qué existen, ni de dónde salieron, ya que estoy seguro de que si alguien pregunta por la calle por qué es malo ser homosexual nadie, lo aseguro, nadie da una respuesta inteligente.

De hecho, todo el mundo piensa que hay que alejarse de los gays sólo porque la “sociedad” así lo dice, pero sin miramientos anteriores, sin atreverse a preguntar qué diablos hay de nefasto en eso, sin saber siquiera [en que consiste] el “pecado” de la  homosexualidad.

Y es que, los humanos somos más gregarios que las ovejas: somos tan facilistas que preferimos vivir vidas prestadas, incapaces de alejarnos de modelos prediseñados, y cobardes cual avestruces, siempre con las cabezas metidas bajo tierra con tal de no enfrentar las realidades de la vida. Por eso algún día me iré a vivir a Francia, o a Holanda, o a Dinamarca, o algún país en donde la gente no se detenga ante las minucias del qué dirán, y se atrevan a hacer lo único inteligente que puede hacerse en este puto mundo en el que nacimos: ser felices.

Pero feliz no puede ser uno cuando el día menos pensado amanece y, ¡suaz!, se entera de que están matando a sus héroes; cuando mentes perversas son capaces de matarasesinar hasta a Gianni, un tipo que no sólo no le hacía daño a nadie sino que, además, cosía unos vestiditos redivinos, espectaculares, todos rococós, con colores alegres y con la medusa incrustada en cualquier parte. Ya lo dijo el Hamlet en la película que arrendé en Blockbuster el otro día, la que protagoniza Mel Gibson: cuando supo que su tío había matado a su papá, el rey, dijo algo así como algo podrido huele en Dinamarca, pero no sólo en Dinamarca, sino también en Bogotá, y en Lima, y en Los Ángeles, y en Tai Pei, y en Shanghai, y en Nueva York, y en Miami, donde una loca se deja reprimir por la sociedad y un día cualquiera sale a la calle con un arma y va y le mete un tiro a Versace en la cabeza. Claro está, pregunto yo ahora, quién no lo haría, teniendo tantas musarañas en la cabeza, o tantas cucarachas diría mejor, que fueron las únicas que sobrevivieron a la bomba atómica que lanzaron los gringos sobre Hiroshima, y siguen siendo las únicas capaces de sobrevivir en las telarañas que nos tejemos en la mente los humanos. Claro es que tampoco es que sepamos a ciencia cierta que el tal Cunanan, el mancito que dicen que asesinó a Versace, realmente fuera un gay reprimido. Igual cosa aseguran de Yolanda Saldívar, de quien se dice mató a Selena: que era lesbiana. Pero vaya uno a saber si de veras estos asesinos son homosexuales o no son más bien artificios de la “sociedad” para convencernos de que ser gay es tan malo que hasta somos capaces de acabar con nuestro prójimo.

Mas éste, en definitiva, es un mundo sin héroes. La consigna es acabar con cualquiera que logre surgir, como han tratado de acabarme a mí mis enemigos de La Caja de Pandora, diciendo que yo soy una arpía venenosa, como si las arpías fueran venenosas. Son venenosas las víboras, algunas ranas, las hormigas quinquín, y qué sé yo qué otros animales, pero no las arpías. Claro que al menos ellos lo hacen como mecanismo de defensa, para mantener la especie sobre la tierra, como aprendimos en la primaria que decía el tal Darwin ese, pero no Darwin Jiménez, el primo de Enrique, mi amigo de los sex shops, sino otro Darwin, aquel que habló del cuento de la supervivencia de la especie. No como los humanos que matamos por placer, por envidia, por dejarnos llevar por las represiones sociales, por conseguir una plata que no nos vamos a llevar nunca al infierno, porque ni siquiera los griegos podían llevarse al más allá los óbolos esos que dicen que les ponían en la frente cuando se morían dizque para pagarle a Caronte por transportarlos a través del río Estigia. Y es que cuando uno está muerto, está muerto y punto.

Es curioso pero, ahora que lo pienso, los homosexuales nos acostumbramos a la pérdida de personas amadas desde muy temprano. A quien primero perdemos, por supuesto, es a nosotros mismos: es el inicio del ese gran dolor que enfrentamos en nuestras vidas, el desconcierto de saber quién somos, así: en plural, o que no somos lo que los demás desean, el sentimiento de ese “monstruo” grande que va creciendo en nuestro interior y que no podemos doblegar, sin saber siquiera de dónde surge, cómo nace, por qué. Nadie que no haya vivido el sinsabor de enfrentar algo a lo que todos juzgan maligno puede entender claramente este suceso.

Luego perdemos a nuestros padres, quienes, generalmente, menos aceptan la idea de tener un hijo marica. Algunos simplemente se sienten culpables por haber engendrado semejante réprobo de los demonios que más bien debería permanecer eternamente en las profundidades del Tártaro, o por habernos malcriado y consentido desde niños, como si esa fuera la causa de la homosexualidad. Otros enfrentan temores profundos: ser mediadores de Satanás y esas cosas, y haber engendrado un ser vergonzoso, abominable, que rechaza la familia y se rebela contra Dios. Y cuando la cosa no la ven tan grave, los padres siempre están prestos a inventarse problemas. Les cuento, por ejemplo, el caso de mi amiguito Gabriel que enfrenta un drama materno el macho: su familia ha heredado, de generación en generación, un anillo que fue del primer ascendiente que pisó el país, por allá por los tiempos de la colonia, y ahora, como  Gabriel no sólo es gay sino, para colmo, hijo único, el anillo no tiene sucesor y va a quedar guardado en una caja fuerte in saecula saeculorum, y nadie más sabrá de su existencia, y es terrible porque, dice la mamá, ya ella es una mujer vieja,  tiene más de cincuenta años y no puede volver a engendrar otro hijo que herede el anillo que perteneció a su tataratataratataratatarabuelo. Por eso, siempre que me encuentro con Gabriel le pregunto por su mamá y él, todo acongojado por su desgracia secular, me contesta lo mismo: “Ahí, sin saber aún como vamos a solucionar el problema del anillo”. Sí, definitivamente sé de muchos padres que preferirían hundir a sus hijos homosexuales en el fondo de la tierra, cual Urano, y no dejarlos ver la luz jamás, con tal de no sentirse inferiores al resto de la humanidad: lo prefiero muerto antes que marica, exclaman desagradecidos ante Dios.

Todos se van yendo, poquito a poco, de nuestro lado. Si queda alguno es caso extraño. Sí, ya sé que eso de ser gay está ahora de moda y la gente nos llama y nos invita y “Vení a la fiestecilla que doy en mi apartacho este viernes, pero vení en drag que a la gente eso le encanta”, y uno va, sabiendo que lo invitan como al payaso que se encarga de la diversión, pero va porque, igual, es la fiesta de fulana de tal y Cómo nos la vamos a perder si sus fiestas salen en todas las A!ós y en todas las Cromos. Pero esa gente no es amiga de uno, amiga de verdad verdad, de lavar y planchar, de esas para sentarse y contarle las cuitas y las desgracias y los sinsabores yMirá que el sutanito me dejó por otro y  no sé que voy a hacer ahora, solo, por la vida”.

Y eso significa que son dos tragedias juntas: ora, porque te abandona el amor de tu vida; ora, porque no puedes desahogarte con nadie. Y yo me pregunto: ¿Para qué diablos sirve una tragedia si no puede ser contada? Pero no, nosotros tenemos que sufrir solos, porque como los heteros creen que esto de ser gay es un castigo, se debe  pagar una culpa. Por eso, además, para ellos no sólo es escandaloso que seamos gay sino, peor aún, que tengamos una relación de pareja. Eso les parece terrible y “¿Cómo así que estás enamorado de otro hombre y eres correspondido?”, y les molesta porque tenemos con quien andar, y en quien apoyarnos, y con quien compartir las cuitas, y todas esas cositas del amor.

No, señores: ser gay no es nada fácil. Ojalá algún straight tuviera la valentía de vivir todo esto, pero son tan cobardes los hombres, “el sexo fuerte”, que prefieren refugiarse en el regazo de sus esposas, de sus mamitas, de sus hijitos, y despotricar de nosotros todo el tiempo, como si uno hubiera tenido opción en la vida y le hubieran preguntado cuando iba a nacer: “Oiga, ¿usted quiere ser gay?”