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Cruzando Puentes

Crucé el Moldava por el puente de Carlos.
Crucé el Neva por el puente de la Trinidad.
Crucé el Danubio por el puente de los Leones.
Crucé el Moscova por el puente Novoarbatski.
Crucé el Sava por el puente de Branko.
Crucé el Tíber por el ponte Sant´Angelo.
Crucé el Sena por el puente Mirabeau.
Crucé los puentes de hierro oxidado sobre el inmenso Paraná,
en Gualeguaychu,
y el no menos caudaloso río Santa Lucía
a la entrada del antiguo Montevideo.
Y ahora estoy atravesando el East River
por el puente de Brooklyn.
¿Cuál de ellos será el puente de mis sueños?
Estoy inmóvil en el aire a mitad de camino entre
Manhattan y Brooklyn. El East River a mis pies:
denso, deshabitado, sin fluir. Así mi sangre.
Y una poca brisa levantando las faldas de las escolares.
A mitad de camino como el ombligo de aquella joven,
a mitad de camino entre la camiseta encogida
y el comienzo de su pubis marcado por el caído pantalón.
Así estoy yo en medio del puente de Brooklyn,
en medio de todos los puentes del mundo.
Los nobles arcos neogóticos de Manhattan despidiéndome,
esperándome los de Brooklyn.
Esta mitad del camino, este poder elegir
entre continuar o regresar, esta tierra de nadie
en medio del aire es, como escribió Whitman,
la mejor medicina para el alma.
¿No es el alma también algo aéreo?
Sentado en este banco, en medio del puente,
el atasco detiene a una gran limusina negra
justo entre los intersticios del maderamen.
Va hacia Brooklyn pero regresa a Manhattan
y así sucesivamente.
Aquí siento cómo el eje de mi vida se desplaza
desde el pasado al presente y los cuatro ojos
de los arcos conciben mi futuro.
Las torres del puente, a uno y otro lado,
a pesar de la neblina, están claramente
definidas. Son hermanas gemelas de los otros gigantes.
¿Sueño despierto o, más bien, despierto del sueño?
Estoy a mitad del camino y remoloneo.
Mis amigos toman asiento junto a mí,
mientras uno nos hace una foto que es velada
por una ciclista que pasa sin detenerse.
¡Sorry!
¡Sorry!
grita levantando los brazos del manillar.
Al menos se quedó en nosotros algo impreso
de su fresco rostro. 
Cruzo puentes como tormentas.
¿A qué lado nos echarán?
Busco reposo en todas las cosas.
A cuantos pasan los conocí cuando
estaba bajo las hojas de la higuera.
Cuando soy débil, entonces soy fuerte,
mi fuerza es poderosa en las debilidades.
Cruzo puentes como dejo sueños en los hoteles.
Y por los caminos de sirga fluyen ríos impasibles.
Sentado sobre el banco permanezco en silencio.
El silencio pertenece al arte de la oratoria.
Llueve sobre el Paraná.
Nieva sobre el Neva.
Mi mirada es tan inocente que engaña.