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Confesión

Lo confieso: una vez maté a un periodista.

He tratado de olvidarlo, callar, fingir, pero ya no tiene sentido continuar engañándome a mí misma. Nadie puede escapar de su memoria.

El recuerdo de aquel infeliz me persigue, de día y de noche. Y cuando digo que me persigue me refiero exactamente a eso: cuando abro los ojos de madrugada, asustada por alguna presencia que no reconozco como real, encuentro a mi lado a aquel bobo, observándome con los ojos saltones que ya tenía en vida, formulándome preguntas de pesadilla. No puedo soportarlo más. Tal vez a alguien pueda resultar sorprendente el lugar que he elegido para esta confesión. Quienes alguna vez me habéis acusado de meliflua o sinsustancia tendréis por fin vuestro merecido. Yo opino que en realidad nada de eso importa mucho: las historias existen, con indiferencia de lo que aportemos a ellas. Y los lugares, como los sucesos, te escogen para que los cargues de sentido.

En fin, no quiero irme por las ramas. En mi descargo debo decir que no se trataba de uno de esos periodistas curtidos, que siempre descubrimos afilando la palabra justa o husmeando allí donde ocurren cosas que de verdad nos interesan. No. Aquél pertenecía a la clase prescindible de los informadores culturales, uno de esos especialistas en el refrito de las notas de prensa, en la distorsión de las declaraciones y en la copia salvaje del artículo anterior, pescado en Internet, y siempre firmado por alguien más brillante. Además, técnicamente ni siquiera era periodista titular. Apenas becario, uno de esos recién llegados a una sección de Cultura desde el útero de la Universidad de Ciencias de la Información —¡ja!, ¿ciencias?; ¡ja!, ¿información?— que aún confunden el horóscopo con la crítica de arte. Y lo peor: no porque sean inexpertos, sino porque nunca, en toda su puta vida, tendrán la capacidad suficiente para discernir del todo una cosa de la otra.

Además, pertenecía a esa subclase de entrevistadores que jamás graba conversación alguna, sino que toma notas. Suelen sentarse frente a ti enarbolando un cuaderno cuadriculado y un bolígrafo de plástico, lanzan una pregunta como quien arroja una piedra a un pozo y pasan el resto del tiempo garabateando a toda prisa en su cuaderno, con el ceño fruncido y sin mirarte a la cara ni una sola vez. A veces imploran:

—¿Podrías hablar un poco más despacio, por favor?

Cuando eso ocurre, yo me esfuerzo por expresarme lo más rápido posible. Tengo comprobado que da igual la cantidad de palabras tuyas que sean capaces de retener al vuelo mientras tú te esfuerzas en razonar. No importa qué digas, porque ellos interpretarán lo que les plazca y, lo que es peor, le darán a tu discurso la forma del de ellos. De modo que al día siguiente, todos los lectores de las páginas de Cultura de su diario se preguntarán cómo una idiota como tú, que apenas sabe conjugar y que desconoce los secretos de la concordancia entre sujeto y verbo, puede haber tenido el atrevimiento de publicar un libro.

Los aficionados a los detalles morbosos os estaréis preguntando qué método utilicé. Sobra decir que nunca lo había hecho antes, de modo que tuve que pensarlo, aunque fuera durante tres centésimas de segundo. Podría haber lanzado contra su cabeza el cenicero de cristal que reposaba sobre la mesa que nos separaba, o podría haberle rebanado el pescuezo con el vaso de tubo de la tónica con hielo que estaba tomando. Salvo estas armas, no tenía a mano ninguna otra, de modo que me decanté por lo de toda la vida, que siempre da buenos resultados: le agarré por el pescuezo y se lo retorcí hasta que exhaló su último aliento. Así, sin más, aprovechando la ventaja que me daba su desconcierto (¿qué periodista podría prever que su entrevistado se comporte de ese modo?) y su menguado tamaño (no debía de pesar más de cincuenta quilos ni medía más de un metro sesenta).

En rigor a la verdad, debo reconocer que no me resultó tan fácil como yo creía. Pataleó, se retorció, intentó arañarme con sus uñas mordisqueadas, trató de defenderse arrojándome la grabadora (que no había conectado para no tener que perder su precioso tiempo escuchando la grabación), hizo volar por los aires uno de sus mocasines y hasta trató de agredirme con el bolígrafo de plástico, pero nada de aquello le valió de mucho. Apreté, y apreté y apreté, hasta que vi asomar a sus mejillas un rubor intenso y me di cuenta de que su lengua caía, fláccida, entre sus fauces. Entonces le solté. Cayó con un plof sordo sobre la mullida alfombra. Miré a ambos lados. Estaba sola en aquel rincón de la cafetería. Dejé cinco euros por las consumiciones y salí del lugar, ajustándome la bufanda de lana.

Está bien, lo acepto, fui algo tosca. La ofuscación es lo que tiene. Procedía con la misma vehemencia con que ahora estoy aporreando el teclado para vomitar esta confesión destemplada que durante todo este tiempo ha ardido en mi memoria. No me explico cómo he podido esperar tanto, y sin volverme loca. Ocho años y medio. Ese es el tiempo que hace que abandoné el enclenque cadáver del becario sobre la alfombra de color sangre del Gran Hotel España, de Oviedo, y salí a callejear, a recobrar una ciudad que siempre me pareció hermosa y que toda aquella pamplina de la promoción me había obligado a ignorar.

 

* * *

 

Es paradójico, pero no sé apenas nada de la vida de aquel infeliz, salvo que yo le puse fin. Meses después de aquella tarde en que llovía sobre Oviedo, supe que tenía una novia, que luego resultaron ser dos (no hay amores excluyentes). El jefe de sección de su periódico le consideraba un idiota, lo cual en algún momento me ayudó a tranquilizar mi conciencia («un idiota menos en el mundo —pensé— deberían darme un premio por esto, y no por escribir novelas»); con su padre mantenía una relación cercana a la antropofagia (la madre había muerto cuando él era un chaval).

Su nombre fue lo único que tuve claro desde el principio, aunque me lo reservaré no por respeto (sería ridículo, a estas alturas) sino por pudor. Digamos que se llamaba M. M., por si a alguien le sirve de algo saberlo (y perdón a todos aquellos que, lo sé, odiáis los personajes que se nombran sólo con iniciales, espero que en este caso sepáis comprender que no puedo hacer otra cosa). Gracias a que supe su nombre desde el principio pude llevar a cabo las pesquisas necesarias para saber cuanto acabo de constatar (una de las dos novias tenía una bitácora en Internet donde le gustaba explicar todas sus nimiedades, la mayoría de las cuales le afectaban también a él).

Acerca de lo que hice después del asesinato, no sabría precisarlo. Ya he dicho que me lancé a callejear por los alrededores de la catedral, muy contenta y mucho más tranquila de lo que había estado en las últimas semanas, desde que comenzó la promoción. Entré a echar un vistazo a los anaqueles de la librería Cervantes y hasta me encontré con mi amiga Concha Quirós. De inmediato pensé que me notaría algo raro en la mirada, un temblor o una palidez delatoras, no sé, ese tipo de cosas que en las novelas negras siempre constituyen una pista definitiva para resolver el caso. Para mi sorpresa, no ocurrió nada especial. Mantuvimos una conversación distendida y agradable acerca de su maravillosa librería y de mis deseos de dejar de viajar y regresar a casa, donde podría seguir escribiendo con esa tranquilidad que he tenido que aprender a guardar de los depredadores.

Concha estuvo de acuerdo conmigo.

—Créeme que os compadezco —dijo— tantas ciudades y tantas personas distintas y vosotros explicando siempre lo mismo… es como un castigo divino.

Qué acertada está siempre Concha Quirós, pensé. Y qué bonito nombre el de esta mujer: Concha, Quirós. Dos palabras que da gusto pronunciar. Como «pulpa», como «tántalo», como «plantígrado».

Ella fue lo único bueno que me pasó esa tarde. Cuando declaró a la policía, Concha Quirós dijo que no me había notado nada raro. Nunca supe si lo hizo por protegerme o porque realmente había conseguido engañarla. Aprovecho esta ocasión para agradecérselo, ya que no pude hacerlo en persona, como habría deseado.

 

* * *

 

Una vez, cuando yo misma trabajaba en la sección de «Cultura y espectáculos» de un rotativo con mucho más pasado que futuro, me enviaron a entrevistar a Mariano Antolín Rato. Había escrito una novela llamada Abril Blues en cuyas páginas la capital era un lugar con catedral —en aquellos tiempos la Almudena seguía en obras perpetuas— y hermosas playas de arena blanca y fina. La había publicado Anagrama y Antolín Rato recibía a los periodistas en la editorial, de la que guardo un vago recuerdo de cuartos repletos de papel, moquetas polvorientas y sofás de polipiel (aunque, ahora que lo pienso, es posible que los sofás fueran auténticos).

Yo tenía entonces dieciocho años y una vida muy ajetreada. Por las mañanas estudiaba Derecho y por las tardes me las daba de periodista. Debí de ser la redactora en plantilla más joven de toda Barcelona. Casi todos los días salía de trabajar pasadas las once y cogía un taxi —con cargo al periódico— que me llevaba hasta mi casa, a treinta quilómetros. Al día siguiente me levantaba a las seis para llegar a la Universidad a las ocho de la mañana, a tiempo de conseguir un asiento en las demasiado concurridas aulas de los primeros cursos de carrera.

De todo esto, claro, Antolín Rato no sabía nada. Tal vez de haberlo sabido habría actuado de otro modo. El caso es que yo me planté frente a él con su libro y un cuaderno en la mano y espeté aquella frase-lugar común entre los habitantes del azaroso universo del periodismo cultural:

—Lo lamento mucho, pero me han dado su libro hoy mismo y no he tenido tiempo de leerlo.

Mariano Antolín Rato, a quien recuerdo con un bigote grisáceo al estilo de Pablo Abraira, me miró sin perder la calma y replicó:

—No te preocupes. No tengo prisa. Ahí tienes un sofá muy cómodo —señaló el único que había—, donde puedes instalarte a leer. Cuando termines, charlaremos de lo que quieras.

No me atreví a replicar. Leí el libro de cabo a rabo sentada en el sofá de Herralde que, para colmo, estaba en el recibidor, de modo que frente a mí desfilaron uno por uno los tres o cuatro colegas que estaban citados después que yo. Cuando terminé, me confesé preparada para realizar mi trabajo. Antolín Rato me atendió con la amabilidad que merecía alguien bien preparado, y todo acabó mucho mejor de lo que había empezado.

Por lo que a mí respecta, aprendí una lección elemental: nunca te atrevas a decirle a un escritor que sólo has podido ojear su libro. Un escritor es alguien obsesionado hasta la enfermedad con ese trabajo que tú sólo has ojeado; es alguien que ha invertido veinte años de su vida en algo a lo que tú ni siquiera estás dispuesto a sacrificarle un par de horas. Y, lo que es peor, ni siquiera estás dispuesto a mentirle para fingir que lo has leído y —lo que sería deseable— que te ha fascinado. Permite que te dé un consejo: si alguna vez entrevistas a un escritor sin haber leído su libro, procura que no se note.

Conste que no digo todo esto por la novela de Antolín Rato. Abril Blues, contra todo propósito, me gustó. No será por las agradables circunstancias en que la leí, ciertamente.

Moraleja: Como se sabe desde antiguo, se aprende a ser fraile ejerciendo de monaguillo.


* * *

 

Aquella madrugada asturiana, en la 307 del Gran Hotel Regente tuve el primer contacto con el fantasma del bobo a quien había asesinado. He aquí un axioma infalible: si alguien ha sido idiota en vida, sigue siéndolo después de muerto. Aquel lamentable individuo estaba condenado, por mi culpa, a ser becario desaliñado y memo para el resto de la eternidad. Del mismo modo, yo lo estaba a soportar la venganza de su espíritu y resistir sus envites durante el resto de mi existencia.

Comenzó por algo sencillo: se sentó en la cama, a mi lado, y formuló durante toda la noche la misma pregunta. Era la pregunta que me había decidido por fin a lanzarme a su cuello, después de algunas vacilaciones. Se comprendía que, ya que había muerto con ella en los labios, se convirtiera en algo que no podía dejar en tierra al partir hacia una vida ultraterrena. La había traído consigo y la blandía con la persistencia de un tábano. Lo hizo mil cuatrocientas once veces. ¿Lo sé por algún motivo en concreto? Por supuesto. Las conté. En algo tenía que entretenerme, mientras el bobo muerto me miraba de hito en hito y me acribillaba con su curiosidad que ya nunca se saciaría.

Serían las cuatro de la madrugada cuando cambió de registro y soltó la frase que ya no habría de dejar de repetir hasta el amanecer:

—¿Qué piensas de la literatura femenina? ¿Qué piensas de la literatura femenina? ¿Qué piensas de la literatura femenina? ¿Qué piensas de la literatura femenina? ¿Qué piensas de la literatura femenina? ¿Qué piensas de la literatura femenina? ¿Qué piensas de la literatura femenina?

Qué sádico castigo.

Desde entonces, mi vida se convirtió en un infierno. No porque di con mis huesos en la cárcel, después de una investigación policial corta y un juicio bastante largo que llevó a la depresión a mi abogado defensor (aunque después de conseguir una pena bastante rebajada alegando enajenación mental transitoria y, qué cosas, arrepentimiento). No, no, todo lo contrario, mi reclusión es un gusto: por fin encontré una excusa convincente para decir que no a todos mis compromisos y dejé de asistir a mesas redondas, reuniones de jurados, charlas en centros de secundaria y fiestas literarias organizadas en loor ajeno, que tanto tiempo me robaban. En la cárcel de Wad-Ras, además, me siento comprendida y bien tratada, imparto talleres literarios a una docena de entusiastas alumnas y tengo más tiempo que nunca para escribir. Además, recibo visitas, disfruto de algún que otro bis a bis y de permisos de fin de semana (esto último, sólo desde hace un par de meses).

El problema es otro. El problema es que no importa lo que me ocurra de día, a qué personas conozca, qué lugares pise por primera —o por última— vez. No importan las pequeñas o grandes banalidades con que se aliña la cotidianeidad de la única escritora viva condenada por homicidio, porque por las noches vuelvo a toparme con el espíritu vengativo y tenaz del becario. Recuerden que les dije que le maté hace ocho años y medio. Lo cual eleva a tres mil ciento dos las noches que he pasado ya en su nada deseable compañía. Comprenderán que no haya podido descansar, olvidar, reponerme. Y mucho menos encontrar pareja. Fundar una familia es para mí una empresa impensable.

Tenía un marido cuando todo ocurrió —como algunos recordarán— pero me dejó poco después de mi condena, incapaz de comprender y ni siquiera de preguntar. Desde que disfruto de dos noches a la semana fuera de estas paredes, no es fácil encontrar a alguien dispuesto a departir noche tras noche con el memo, que inexplicablemente tiene la costumbre de acribillar a preguntas también a mis amantes. Eso ha hecho, por lo menos, con los (pocos) compañeros de cama que he tenido. Compadecí a uno en concreto, que se levantó a mear en mitad de la noche y regresó preguntándome por qué un señor muy raro y ojeroso que estaba en mitad del pasillo acababa de preguntarle su opinión acerca del panorama actual de la narrativa española. Por la mañana el fantasma ya no estaba en el pasillo, pero el amante tampoco estaba en mi cama.

No creo que sea difícil comprender que entre lo que les cuento y la locura sólo media un poco de tiempo. Y, como sabrán aquellos que alguna vez hayan tenido contacto con presencias espectrales, los seres de la otra vida tienen una paciencia infinita. Será porque allí donde viven el reloj ya no importa mucho. El caso es que pueden permitirse una tenacidad a prueba de calendarios. Siempre se salen con la suya. La constancia todo lo consigue, siempre que se lleve al extremo necesario, parecen querer enseñarnos.

Pues bien. Heme aquí, convertida en el despojo de lo que fui. Narradora premiada e histérica. Esté donde esté —mi querida celda de Wad-Ras, hotel, domicilio, cámping o casa de amigo— siempre comparto tálamo con el periodista de La Nueva España que jamás terminó de entrevistarme. Y siempre, a eso de las cuatro o las cinco de la mañana, cuando he conseguido por fin dormirme y olvidar su presencia, cuando me hallo sumergida en un sueño feliz donde tengo marido, tres hijos y una casa con perro, alfombra y secadora, en ese momento el muy sádico me zarandea con sus manos inertes, agarrándome sin piedad por los hombros, me obliga a enfrentar mi somnolencia con sus pupilas saltonas y espeta aquello que lleva espetándome tres mil ciento dos noches, sin una sola falta, con urgencia de ahogado y estupidez incurable, desde que lo maté por hacerlo:

—¿Tú eres Ángela Vallvey, verdad? ¿Te importaría deletrearme tu apellido?