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Limones amargos

Todo fue bien hasta que llegamos a Corfú. No es que empezaran allí a ir mal las cosas, sino que la felicidad ya se prolongaba demasiado. Era un profesor novato. Al terminar mi primer curso de enseñante me compré un coche: un 127 blanco. Mi intención era viajar ese verano por Grecia recorriendo aquellos lugares históricos y literarios con los que había soñado desde la infancia. Ni económica ni físicamente podía hacerlo solo y todas las promesas de compañía que me fueron hechas se vinieron abajo. El tiempo apremiaba y se me ocurrió poner un anuncio en el recinto de la Facultad. Una llamada me confirmó el interés de dos alumnas. Lo habían sido mías y aquel curso no tenía nada pendiente con ellas. Con Maite y con Victoria, con quienes apenas me separaban unos pocos años de diferencia, emprendí pues la marcha. Al principio se me hizo raro viajar con unas chicas con las que había mantenido cierto grado de distancia profesional, pero su buen carácter y su humor nos acercaron muy pronto. Todos conducíamos, a todos nos gustaban los monumentos y ruinas, la camaradería y el servicio mutuo aminoraban el calor y el cansancio. Atravesamos el sur de Francia, y luego Italia, y ya íbamos en el ferry de Brindisi a Corfú para luego pasar al continente. Avisé de la llegada al puerto, y a la vista de los edificios que allí nos recibían no noté diferencia en el cambio de país. Construcciones pomposas musolinianas daban paso a edificios y plazas importadas de las antiguas metrópolis francesa e inglesa, en el centro histórico de la capital. Era de madrugada, teníamos todo el día por delante y decidimos buscar un lugar más rústico y marino alejado del bullicio de la ciudad. Las señales de tráfico nos llevaron al noroeste de la isla. Íbamos por la carretera de la costa. Pasamos por Alikes, Kondokali y las majestuosas ruinas de las antiguas atarazanas venecianas de Gouvia; luego Komeno, Dafnila y, finalmente, Dassia que tenía una playa inmensa de casi quince kilómetros. Algunos huertos bajaban a las arenas blanquísimas. Allí, en el mar Jónico, pudimos darnos nuestro primer baño helénico. Yo me eché a la sombra de unos olivos, y al despertar vi a Victoria todavía flotando sobre las aguas, y a Maite que regresaba, no sé de dónde, gesticulando con una señora de edad, toda vestida de negro. Había encontrado, allí mismo, un alojamiento. Era una antigua cuadra ahora toscamente reformada. Tenía tres camastros, una mesa de comedor y un pequeño hornillo, todo en un mismo espacio diáfano. Fuera estaban el w.c. y un pilón que servía como baño y ducha sin agua caliente. El precio era asequible y nos pareció bien este pequeño cuartel donde tomar nuevas fuerzas para el asalto a la Grecia continental. La casa y los huertos de la dueña se encontraban muy próximos, y la mujer nos surtía de frutas y verduras. Todo era perfecto, hasta en la íntima castidad que practicábamos. El tiempo pasaba lento y yo me dejaba perder en el porqué de las cosas terrenas, mientras ellas se iban convirtiendo en mujeres salobres, enyodadas y de ojos acuáticos, de cabelleras de alga que repasaban unas redes colgadas de los techos como velos nupciales. Desde nuestro campamento subimos hasta el norte de la isla, a Kassiopi, donde Tiberio construyó otra de sus mansiones; y también bajamos hacia el sur. En Gastouri se encontraba el Achilleion, la quinta edificada por Sissí, la emperatriz melancólica, en honor de Tetis y de Aquiles. Una construcción neoclásica, con bellísimos jardines presididos por las estatuas del héroe triunfante y herido de muerte en el talón. En Kerkyra pasábamos muchas tardes en las terrazas de la plaza de la Arcada, que nos recordaba la de la Rue Rivoli de París. Mientras ellas recorrían parsimoniosamente las estrechas calles repletas de escaparates llamativos, yo visitaba el frontispicio de Medusa, la que embelesaba mortalmente. Su sonrisa demente, sus ojos saltones, las ensortijadas serpientes de sus cabellos y de su cintura, su boca inmensa de la que debió salir una lengua ancha y bífida como la de una víbora, me petrificaban. Me sentía bien en la isla de los feacios, donde Nausicaa encontró perdido a Ulises, pero los días propuestos para la parada habían pasado y yo las avisaba de una partida inminente que no llegaba nunca a producirse. Así, al alba de cada amanecer, me escondían entre la maleza de sus pubis. Comprendí que me hallaba dulcemente anclado, cuando comprobé que ambas muchachas habían abandonado la depilación y su cuerpo corría libre bajo frágiles ropas. Las contemplaba durmiendo, domésticas y enigmáticas, y se me iba la hora de marcharme. La habitación se cubría de objetos esparcidos, las ropas se mezclaban en desorden. Me gustaba ser un objeto más. No sacudía el polvo que los iba cubriendo. Todos se quedaban donde estaban, en la misma forma y disposición. Sus ropas me ensimismaban y no sentía nostalgia de mi orden doméstico. En aquel lugar ni siquiera lograba poner en disposición mi propio ser. Quedaba envuelto por todas esas formas que esparcían las nubes por el firmamento, y también dentro de mi corazón.

El coche se encontraba perfectamente preparado para seguir el viaje, y mi maleta dispuesta. Sin embargo revisaba una vieja bicicleta, aceitaba su cadena y salía de madrugada, lentamente, a recorrer la línea de la playa. A veces lograba alcanzar Ypsos, un arenal más pequeño cubierto de guijarros, y subía al monte Pantokratos, el más alto de la isla, rodeado de bosques y dominando la bahía. En este paseo matutino me cruzaba con los ferrys que llegaban de Italia o los que partían en dirección a Patrás. Al final del arenal de Dassia, en una curva donde ya no se divisaba el punto de partida, había un casetón de bebidas que servía por la noche como bulliciosa discoteca. En uno de sus muros se leía su nombre: “La tortuga ecuestre.” Pero, un poco antes, a distancia prudente de este local lúdico al aire libre, observé cómo tomaban posición un par de grandes camiones. Llevaban la luminotecnia y el atrezzo para rodajes de cine. Detuve mi marcha y busqué una buena perspectiva para distraerme con el trabajo de los otros. Poco a poco, del interior de aquellos grandes estómagos, emergían los focos, grúas, rieles y cámaras, los cables y otros objetos que no conocía. Al final, debido a la confianza que nos otorga el tiempo transcurrido, me enteré por uno de los obreros que preparaban el rodaje de una película cuyos exteriores se habían localizado en la isla. Para asegurar mi soledad, nada comenté a mis carceleras. Decidí regresar al día siguiente y ofrecer mis servicios, aunque fueran gratuitos. Me levanté a las primeras luces y las dejé dormidas, abandonadas en su desnuda geografía. A veces me reclinaba en el camastro y las contemplaba hasta el despertar, no para perderme en el deseo, sino para cuidar de sus sueños. El vello de Maite era más fértil que el vello de Victoria, pero el de ésta enraizaba en zonas más abismales.

Llegué al plató cuando ya habían comenzado las labores de preparación. Ahora a los camiones iniciales se habían unido otras roulottes para albergar a algunos de los actores y al propio director. Mi ayuda voluntaria sirvió para acarrear bultos pesados y disponer mejor todo. Pero mis pesquisas relacionadas con la ficha del film no progresaron mucho. Dilucidé de los comentarios que era un péplum y me causó una emoción muy especial encontrarme en Grecia y asistir al rodaje de un género cinematográfico tan querido por mí. A medida que el día avanzaba aquel extraño paisaje de objetos dispersos se fue cubriendo de actores vestidos de época. Comprendí de inmediato, por la indumentaria, que no eran romanos, sino griegos, y este primer requerimiento me fue confirmando por la pizarra de la claqueta, donde figuraba escrito, en italiano, el título siguiente: I rostri di Helena. Si no fuera porque había entablado alguna amistad entre los técnicos y aceptado el compromiso de echarles una mano, hubiera regresado a mi inquieto estado contemplativo, pues descubrí lo aburrido, lo lento y lo tedioso que es el realizar una película. El final de la jornada laboral se resolvía apenas con unos pocos minutos de celuloide válido. Al sexto día de estar ocupado en estos menesteres, pendiente de las últimas promesas de partida de mis amigas, llegué al rodaje como siempre a la hora del alba. La preocupación y expectación eran mayores, porque ese día ya no intervenían extras ni actores secundarios, sino los protagonistas principales. Todo parecía preparado y, aún así, tuvieron que transcurrir tres horas para que la acción se reiniciara. Yo estaba sentado a la sombra de una jirafa tomándome un refresco, cuando oí que se abría la puerta de uno de aquellos móviles camerinos y aparecía Helena que, para mi asombro, no era otra que la actriz Rossana Podestà, que ya había interpretado ese mismo papel, unos diez años antes, en el filme de Robert Wise Helena de Troya. La escena que se rodaba consistía en la interpretación de tres personajes, dos hombres y una mujer, rodeados por un pequeño cuerpo de ejército, en medio de la playa. Uno de ellos trataba de atravesarla con la espada, mientras el otro guerrero lo impedía. Entre los tres se entablaba un diálogo de amenazas y reproches que finalizaban con el perdón de la protagonista. Se hicieron varias tomas no por error o fallo en la dicción o en los gestos, sino porque el que agarraba amenazador a la actriz lo hacía con tal violencia que sobrepasaba las exigencias de la dirección de actores. Durante la comida me enteré de que la disputa repetía la de Agamenón con su hermano Menelao para evitar que éste matase a su traidora mujer. Y aquella extrema violencia, castigada con la incesante repetición, provenía de las disputas que mantenía la pareja protagonista, recientemente separados en la vida real. Los interiores de esta coproducción italo-franco-alemana ya se habían rodado en los estudios romanos de Cineccità. El argumento del filme trataba de reconstruir lo que le pudo pasar a esta mujer “rica en hombres”, después de la caída y el incendio de Troya. Para ello su guionista y director, Duccio de Martino, se basaba en tres historias diferentes, contadas en la antigüedad por Eurípides, Hesíodo y Virgilio. El primero, en Las troyanas, dibujaba a una mujer trágica, suicida, inmolándose para lavar la culpa que había provocado tan grandes desgracias. Sin embargo, Hesíodo la eximía de responsabilidad, dado que jamás había estado en Troya, sino una falsa imagen suplantadora. En cuanto a Virgilio, en la Eneida, hacía que Venus evitase que la espada de Eneas la traspasara en castigo a su traición a los troyanos y la entrega de su indefenso cuñado, Deífobo, a la venganza feroz de Menelao.

Habían elegido Corfú para grabar las tomas exteriores debido a la cercanía, el aislamiento, la economía y la variedad de los paisajes. Rossana pasaba gran parte del tiempo sola, pues nadie quería optar, en la disputa personal, por uno o por otro. Una vez terminada la jornada, aquella Helena mítica se subía a su coche deportivo y desaparecía camino del hotel.

Cuando regresé a nuestro alojamiento y conté a Maite y Victoria mi pequeña aventura, mostraron ciertos celos y me anunciaron –después de semanas de dilación- su disposición a marcharse de la isla y continuar nuestro viaje interrumpido. Entonces me negué y les comuniqué –una mentira piadosa- el compromiso adquirido con la empresa productora de la película para trabajar hasta el final de las sesiones, en un par de semanas. Mi verdadera intención era ver, cara a cara, a aquella nueva Helena de carne y hueso pero, sobre todo, tocar sus manos. En Helena de Troya, Rossana Podestà hacía el papel de una mujer enamorada y fiel, lo mismo que el que representaba a París, Jacques Sernas. Cuando él muere a manos de Menelao, en medio del incendio y saqueo de la ciudad, tras la entrada del caballo de madera de Ulises, ella lo abraza y su blanda túnica y sus manos quedan llenas de sangre. En la escena siguiente, la última,  Helena va en un navío de regreso a Grecia. Menelao todavía ve manchadas sus ropas y le aprieta las muñecas para mirarle las manos. Entonces, con gran enfado, lo ordena que se las cambie y que se lave. Y ella, mirándolo con odio, le contesta: ¡Jamás!

Las tomas de exteriores fueron cambiando a lugares no muy distantes de aquel primer emplazamiento. Yo acechaba el momento del encuentro. Debido a mi posición de alerta permanente, pude ver cómo Steve Reeves, abandonando la compañía de Stanley Baker y de Cedric Hardwicke, iba hacia Rossana cuando se retiraba del set a su camerino móvil. La paró e intercambiaron unas palabras. Ella lo rechazó y él la agarró de manera furibunda hasta arrojarla al suelo. Entonces salí en su ayuda y recibí un fuerte golpe en la cabeza propinado con el mismo yelmo aqueo que él llevaba en sus manos. Durante unos instantes perdí el conocimiento. Al despertarme tenía todo el rostro empapado de sangre y la brecha abierta en la ceja seguía manando. Junto a mí estaba Rossana, o quién sabe si Helena, con su péplum y sus manos manchadas con mi linfa, tratando de contener la violenta hemorragia.

Maite y Victoria me recibieron como amantes despechadas, un rol que nunca me habían asignado. Volvimos a hablar de la partida –llevábamos allí casi dos meses- y de nuevo fue imposible ponernos de acuerdo. Insistían en pasar también septiembre. Pero mi tiempo se acababa y yo debía, ya no seguir a la Grecia continental, sino volver a Madrid para realizar los exámenes de septiembre. Cargué mi 127 y al día siguiente, al encenderlo, vi que no funcionaba. Durante varios días fui objeto de sus tretas, en verdad, placenteras e ingeniosas. El catorce de septiembre, la fecha de mi cumpleaños, las llevé a festejarlo a “La tortuga ecuestre”. Bebieron y bailaron agotadoramente mientras yo fingía hacer lo mismo. Me costó hacerlas regresar, y cayeron rendidas en sus camastros. Las miré por última vez, desnudas y confiadas. Entonces, no sé por qué, de uno de sus neceseres cogí una maquinilla de afeitar, rasuré con cuidado el vello de sus pubis, y lo guardé en sendos libros, como las hojas secas.

Desde la popa del ferry que iba hacia Brindisi vi la sombra de las colinas sobre los campos de trigo, las vides, los olivos, los naranjos y limoneros amargos de las islas.