View this article in English | bilingual

Más allá de esta oscuridad y este silencio

El mundo se ha enterado de que tiene un ciudadano invisible. Pero nadie sabe que estás aquí.
H. G. Wells 

Se lo advertí en una de nuestras primeras conversaciones, aunque no me tomó en serio: «Soy invisible». No es que le reproche su escepticismo. En realidad, suelo abstenerme de hablar de ello; la gente no está preparada para hacer frente a lo extraordinario. Lo cual, si formas parte de lo que se considera «extraordinario» termina por resultar agotador.

De Gala lo sabía casi todo. Sabía de sus deseos nunca confesados y de sus tediosos años de matrimonio. Tenía exacta noticia de lo insoportables que se le habían hecho los últimos años, desde que ella manifestó sus ansias de tener un hijo y tropezó con la negativa frontal e innegociable de su marido.

«Es como si él no deseara que pasara el tiempo. Como si fuera feliz instalado parta siempre en este presente insoportable», dijo.

Aquella noche, Gala se refería a los sinsabores de su matrimonio con más tristeza que otras veces. Me hablaba de zanjas que se abren de pronto entre dos personas y que ya no vuelven a cerrarse. Me hablaba de cansancio, de resignación y de silencio:

 «Ya no tenemos absolutamente nada que decirnos. Y así, día tras día».

Recordaba que, nada más conocerla en el canal de conversación virtual, me dijo que estaba casada y me preguntó si para mí aquella situación representaba un problema. Por supuesto que no lo era. Entre otras cosas, porque ella era una desconocida entonces, alguien que no me importaba.  Recordé aquellas palabras precisamente entonces, mientras experimentaba una rabia intensa. No podía comprender qué hacía Gala al lado de un hombre que no sabía valorarla. No podía soportar la idea de que se acostara con otro, noche tras noche, mientras yo la deseaba. Me había enamorado de ella.

Tal vez fue la rabia la que me impulsó a hablar. O tal vez los cuatro güisquis que me había tomado. 

«Ahora que estamos en el terreno de las confidencias —escribí en la barra de conversación— yo también quiero confesarte algo».

Fue entonces cuando le hablé de mi invisibilidad.

Respondió con un perplejo mutismo. Normalmente, apenas tardaba unos pocos segundos en teclear su respuesta. En aquella ocasión, adiviné que cribaba las palabras pero no encontraba la que quería. Me pareció oportuno matizar mi afirmación:

«No hablo en sentido figurado. Soy realmente invisible. Es una rara mutación genética que se da en algunos hombres de mi familia. Una tara incómoda, que no tiene cura».

Como había pensado, se mostró impresionada. Quiso conocer los detalles técnicos. Me preguntó cómo me las había apañado para estudiar, para encontrar un trabajo, para mantener relaciones sexuales, para vestirme. Le conté que vestirme nunca fue un problema, ahora que existen tejidos especiales para gente como yo. Lo mismo que estudiar. El diagnóstico médico propició que pudiera hacerlo a distancia, y obtuve, por cierto, un brillante expediente académico. Reconozco que buscaba impresionarla cuando le dije que fui un estudiante sobresaliente, el mejor de mi promoción. Y todo ello desde la enseñanza primaria hasta el doctorado, que superé sin ninguna dificultad. Fue natural que me dedicara a la investigación, como lo fue que me convirtiera en uno de los físicos más reputados en mi especialidad.

Le expliqué que jamás tuve que preocuparme por buscar trabajo ni por superar el inconveniente que suele afectar a los de mi condición, ya que nadie parece dispuesto a contratar a alguien de quien no puede saberse con absoluta seguridad dónde se encuentra. Sí, es cierto que hay indicios. Un observador agudo puede apreciar, por ejemplo, que allí donde me siento se produce una ligera deformación (apenas es visible en las superficies más duras, pero por el contrario en las blandas llega a resultar chocante para alguien no familiarizado con el fenómeno). Es más difícil no percibir que en mi puesto de trabajo los teléfonos se mueven («solos», dicen los ignorantes, faltando a la verdad), los bolígrafos esmeran su caligrafía sobre el papel o las piezas del teclado se hunden a buen ritmo mientras en la pantalla avanzan los signos tipográficos, como urgidos por una fuerza sobrenatural.

Gala debía de estar muy sorprendida. Si no hubiera habido motivos para ello, habría creído que estaba al teléfono o que, simplemente, había salido del canal por una urgencia. Es difícil diferenciar la estupefacción de la ausencia en una conversación que transcurre en una pantalla.

«De modo que en mi vida profesional no he encontrado grandes escollos», le dije, antes de añadir: «No puedo decir lo mismo con respecto al amor y al sexo. Los finales siempre me destrozan. Ahora mismo, sin ir más lejos estoy destrozado».

También supuse que aquella frase actuaría como señuelo. Gala se interesó de inmediato por lo que acababa de decirle. Quiso saber qué tipo de dificultades había encontrado. Me hice el remolón, argumentando que no me gusta hablar de ello (es rigurosamente cierto), pero cedí en cuanto ella insistió un poco.

«La mayoría de las mujeres no soportan la idea de acostarse con alguien a quien no pueden ver», tecleé, a la velocidad acostumbrada.

Me sorprendió la prisa que se dio en responder:

«Yo no soy de esas».

«Tal vez lo dices porque no me conoces en persona».

«No. Lo digo porque hace mucho que deseo conocerte y porque nada nuevo me asusta».

Por mi experiencia, nada hay mejor que plegarse a los deseos de una mujer.

           

* * *

 

Reservé la habitación 306 del Hotel Ritz. La elección no fue casual: nos conocimos en el canal de conversación virtual el tres de junio cuatro meses antes de nuestra primera cita. Cuatro meses de varias horas diarias de conversación. Elegí el Ritz no sólo porque quería impresionarla, sino porque allí trabaja un primo mío que me sirvió de cómplice. Llegué a la habitación un buen rato antes de la hora de la cita para preparar todos los detalles. Le pedí a mi primo que le entregara la otra llave de la habitación a la mujer que se presentara como señora Wells —Wells era mi seudónimo en el Chat. Mientras ella llegaba, yo creé un clima propicio: ausencia casi absoluta de luz, música suave, champán francés recién traído por el servicio de habitaciones y la cama sin abrir. No quería parecer impaciente ni causarle mala impresión.

Llegó puntual, abrió con su llave y se detuvo en mitad del diminuto pasillo.

—¿Hola? —saludó.

Le pedí que cerrara los ojos y obedeció al instante.    Me di cuenta de que sonreía y que era más bonita de lo que había pensado.

Acerqué mis labios a su hombro. La libré del bolso. Besé sus brazos desnudos. El dorso de su mano. Sus dedos; uno por uno. Probé el sabor de su piel, recorrí su antebrazo, me detuve en el codo. En un cambio audaz de sentido, avancé hacia sus pechos. Mi maniobra la estremeció. Creí que había llegado el momento de que mi boca buscara la suya. El beso duró más que su desconcierto. Ella buscó mis mejillas con sus manos y me tocó. Me recorrió despacio, con las manos muy abiertas, como una ciega. Enredó los dedos en mi pelo, acarició con suavidad mis hombros, amasó mi espalda, se detuvo en la nuez y en los párpados.

—Tu ceguera me hace visible —le dije.

—Tu voz… —contestó ella.

Esperé a que continuara, pero no lo hizo. La guié despacio hacia la cama y ella se dejó llevar. No apartamos la colcha.

Creo que no volvió a hablar hasta dos horas más tarde, cuando dijo:

—No quiero abrir los ojos nunca más.

           

* * *

 

Durante semanas nos citamos cada martes. El mismo día, la misma habitación, el mismo menú, el mismo rito de caricias y ceguera. Yo la esperaba dentro, en la penumbra y ella se acercaba a mí, preciosa y excitada.  La segunda tarde me sorprendió trayendo un antifaz de los que se utilizan para dormir. Lo llevaba en un bolsillo, y nada más traspasar el umbral, se lo colocó sobre los ojos, dejó el bolso en el suelo y proclamó:

—Estoy lista.

Cuando el sexo nos daba hambre, llamábamos al servicio de habitaciones y yo mismo la alimentaba. Ni siquiera para comer accedía a quitarse el antifaz. Yo le suministraba los alimentos en la boca, y ella me lamía los dedos para saborearlos al máximo. Me hablaba de sus conflictos en el trabajo, de aquella vida conyugal que sentía como el mayor error de su vida, de las aficiones para las que apenas tenia tiempo. A veces, sus palabras me transmitían una punzada de tristeza. Como cuando me dijo:

«Cuando estoy con mi marido, me siento como si fueras tú».

«¿Afortunada?», pregunté.

«No. Invisible».

Fue en una de esas charlas deleitosas en que supe que tenía algo que decirme. Lo supe por el modo en que fruncía la boca, por los gestos nerviosos, por sus titubeos al hablar, y también porque aquel día apenas me contaba nada de su trabajo, ni de su marido. Se pasó todo el tiempo hablando del viejo desván de su casa. Se había atrevido a subir, después de muchos años, y había descubierto un tesoro de cachivaches viejos. Me confesó que de pequeña solía pasar muchas horas en ese lugar, practicando sus juegos de niña solitaria y sin amigas. Que no había vuelto a poner los pies allí desde que se casó, en parte por miedo a lo que iba a encontrar y en parte porque le asustaba la idea de enfrentarse a la niña que había dejado de ser tanto tiempo atrás. Pero estaba contenta de haberlo hecho. El sitio, reparé, parecía entusiasmarla mucho más que su contenido. Estaba pensando en arreglarlo. Limpiarlo, tirar los trastos viejos y convertirlo en un estudio, la ilusión de su vida. Un rincón donde aislarse del mundo, donde dormir de vez en cuando —cuando el marido estuviera de viaje— mirando a las estrellas a través de la lucerna del tejado, un rincón donde soñar, donde vivir otra vida.

Yo llevaba un rato preguntándome por qué me contaba todo aquello cuando de pronto dijo:

—Ven a vivir allí. Es un lugar perfecto para nosotros.

Me dejó perplejo.

—Lo arreglaré para ti. Podremos estar juntos. No tendremos que continuar con nuestras citas clandestinas una vez a la semana.

Era una locura. Lo veo ahora como lo vi entonces. Un completo disparate. Pero ¿cuántas locuras han cometido los seres humanos por amor? ¿No es el amor, de las causas posibles para dejarse arrastrar hacia el delirio, la mejor de todas, la más irresistible? ¿Y no era aquella una oportunidad de oro para esconderme, para alejarme del lugar donde, en sólo unas horas, sería mejor que no permaneciera?

Ella no sabía nada de mí. En realidad, todo lo que estaba haciendo con ella era deshonesto. Engañarla, seducirla, aceptar su ofrecimiento, ver su propuesta como una tabla de salvación.

De pronto, lo vi todo claro: aquella desaparición me ofrecía la coartada que llevaba tanto tiempo buscando. Si es que alguien como yo necesita alguna vez una coartada a la hora de planificar un desenlace.

 

* * *

 

No fue inmediato. Le dije que tenía algunas cosas que resolver antes de mudarme. Que un hombre no puede desaparecer así como así. Resolví mis asuntos, actué con rapidez profesional, fingí que me iba de viaje a algún lugar lejano y me esfumé. Puede que este modo de hablar sorprenda a quienes creen que alguien invisible no puede esfumarse. Es un error: en el mundo que nos ha tocado vivir, nadie es completamente invisible. Ni siquiera yo.

Cinco semanas después de la propuesta de Gala, estrené el desván, recién convertido en estudio. Estaba aún fresco el olor del barniz, y todo tenía ese aire de novedad tan cargado de esperanza. Lo mejor fue que no me sentí extraño en ningún momento. Hasta allí arriba apenas llegaban los ruidos del mundo. De vez en cuando la paz se veía turbada por algún bocinazo que parecía venir de otra dimensión. Por lo demás, allí sólo se escuchaban con claridad los pájaros que anidaban en el tejado.

Mi anfitriona había instalado para mí un amplio sofá, donde pasaba las noches leyendo hasta tarde y las mañanas haciendo el amor con ella, que jamás entraba sin llevar su antifaz bien colocado sobre los ojos. Se la veía feliz como una niña. Tenía mejor color, una amplia sonrisa siempre dibujada entre sus mejillas y un tono de voz tan cantarín que me recordaba a aquellos pájaros que vivían conmigo en las alturas.

—Mi marido no sospecha nada. Ni siquiera se interesa por ver las reformas que he hecho aquí.

No quise desengañarla contándole que el marido había estado allí. Por fortuna, la madera del último tramo de la escalera crujía tanto que te daba tiempo a prepararte si alguien subía. La primera vez me quedé quieto en mitad de la habitación, deseando que no fuera de esas personas con una sensibilidad tan aguda que percibe cuanto pasa a su alrededor, aunque sus sentidos no se lo confirmen. No era de esos. Entró, echó un vistazo circular, cerró la ventana que yo había abierto, pareció dar su aprobación a las reformas que había llevado a cabo su esposa y se dirigió de nuevo a la puerta. Cuando ya se iba, volvió sobre sus pasos. Reparó en el libro que yo estaba leyendo —de Caballero Bonald— y que acababa de dejar sobre el sofá, lo inspeccionó, lo abrió por una de sus páginas centrales, como calibrando aspectos concretos, y decidió llevárselo consigo.

No tenía ni idea de que le interesaba la poesía.

Cuando ellos estaban en casa, los rumores de su vida doméstica me llegaban como desde otro mundo: tintinear de platos, rugir de sordos motores eléctricos, pasos avanzando con prisa por los pasillos, retazos silbantes de conversaciones y la alegría un poco infantil de la televisión siempre encendida, como si ninguno de los dos se supiera capaz de soportar el silencio que amenazaba sus vidas cuando todos los aparatos callaban. Por las noches, el marido se acostaba temprano y ella subía al desván, decía que a leer.

Era estimulante hacer el amor en un silencio absoluto, procurando que nada alertara al marido engañado, que dormía sólo un piso más abajo. Ella solía subirme la cena, y se quedaba casi hasta el amanecer, charlando en susurros.

Bajaba cinco minutos antes de que sonara el despertador en su habitación. A veces podía escuchar sus excusas:

—Me he quedado dormida arriba, qué tonta soy.

El marido refunfuñaba, pero enseguida olvidaba los reproches para volver a sus prisas.

* * *

Sólo de vez en cuando me animaba a salir de mi guarida. Cuando ninguno de los dos estaba en la casa, me gustaba deambular por las habitaciones, observar el desorden, picar algo de la nevera, arrancar flores muertas de las plantas del jardín. Lo hice a menudo durante los primeros días, cuando sentía necesidad de ver las noticias de la televisión (nada te ofrece una idea más aproximada de la dimensión de un suceso que verlo narrado en un informativo televisivo). Luego, comencé a interesarme por el exterior. Sabía dónde estaban las llaves, y las tomaba a mi antojo —tenía el consentimiento de Gala—, daba una vuelta por el barrio, entraba y salía de diversos establecimientos y regresaba antes de que se hiciera tarde. En uno de esos paseos conocí a Miriam. Fue algo totalmente impremeditado, sorprendente. Ella miró hacia donde yo me encontraba, achinó los ojos, brilló un fulgor extraño en sus pupilas y mi corazón comenzó a palpitar más fuerte que nunca.

A medida que mis paseos se hacían más frecuentes, comenzó a costarme cada vez más mantener la pasión con Gala. La culpa no fue de ella, sino mía. Su entrega seguía siendo absoluta. Cuando el marido estaba de viaje, nos refugiábamos en el desván y nos olvidábamos del mundo. Pero ya no era tan intenso como antes, unas semanas atrás, cuando sus énfasis encontraban entre mis brazos justa correspondencia. En esa época de dudas, llegué a hacer cosas abominables. Reaccionar al crujido de los escalones que me anunciaban su visita con un fastidio desconocido. Aguantar la respiración, pertrecharme junto a una pared, procurar no mover ni un músculo y fingir que no estaba allí, observando su desconsuelo y su falsa soledad.

Recuerdo especialmente una de esas mañanas en que ella entraba, con los ojos vendados, la sonrisa preciosa y las manos extendidas, buscando en las tinieblas hasta encontrarme. Cuando vio que no respondía a su llamada con la fogosidad de siempre, se detuvo, se quitó el antifaz, observó el espacio, supuestamente vacío. La contrariedad afeó su rostro (la desilusión no sienta bien a las mujeres). Musitó algo. Un ronroneo, un quejido. Se quedó un par de segundos pensativa, observando las motas de polvo que caían lentamente, doradas por la luz solar. Y bajó de nuevo las escaleras.

La escuché llamar por teléfono, quedar con una amiga, citarse con ella en una cafetería. Volvió a subir al desván para cerciorarse. Volví a aguantar la respiración, a desear que no me presintiera, a dejar que creyera que había salido. Me fijé en que rastreaba el suelo, los sillones, las cortinas, en busca de algún vestigio, cualquiera, de mi presencia. Ella también desconfiaba. También comenzaba a darse cuenta de que el engaño podía ser algo más que un intruso entre nosotros.

Por aquella época, yo ya no sentía nada por Gala, además de un fundamentado agradecimiento. A pesar de que el desván seguía siendo el mejor escondrijo posible, comenzaba a añorar mi piso, mi calle, mi barrio residencial lleno de hombres que no se conforman con ser visibles y aspiran a la notoriedad. Un poco como me ocurre a mí, pero de otra forma. Ellos ambicionan dinero, posición, poder. Yo sólo aspiro a haber hecho algo realmente importante. Algo grande, que salga en las noticias. Ya sé que no es el estilo de vida ideal, pero es el mío, y ni entonces ni ahora estaba dispuesto a renunciar a él.

* * *

Suelo meditar mucho en los finales de las cosas. Terminar, bien o mal, es a veces muy fatigoso. Por eso procuro darle a todo el remate que merece para que el remordimiento no me persiga después, en mis noches de insomnio. No me habría perdonado darle a Gala un final que desmereciera la intensidad de la historia. Por eso pretendí que la última noche fuera inolvidable. Los años, y no sólo ellos, me han enseñado que un bello recuerdo desconsuela a una mujer al principio, pero luego le da el único de los consuelos posibles: el de creer que ha tenido la oportunidad de vivir algo único. Pensando en los recuerdos futuros de Gala, me esmeré en amarla mejor que nunca. Fingí la pasión que no sentía, susurré junto al oído las frases más cursis y jadeantes, le hice el amor varias veces antes de que anocheciera, tapándole la boca con dulzura cuando ella hacía amago de gritar, para que su marido no pudiera escucharnos. Cuando ya amanecía, ella volvió su rostro hacia mí y dijo:

—Todo lo que ocurre más allá de esta oscuridad y este silencio ha dejado de interesarme para siempre.

Sentí una punzada de temor, pero seguí adelante. Cuando la vi desaparecer, cinco minutos antes de que el despertador lanzara su estridente reclamo, supe que no habría una próxima vez.

* * *

Entonces regresé a mi casa. Durante mi ausencia, nadie había sospechado nada. La portera no había hablado de mí a la policía que durante unos días frecuentó la zona. En casa de la vecina muerta, se habían levantado ya los precintos policiales y sólo había albañiles y pintores. Renovarse o morir, ese es el lema que conduce nuestras vidas hacia la nada.

Debo confesar que durante unos segundos de aquella última vez acaricié la idea de matar también a Gala. La última posesión, el instante definitivo. En aquel momento, ella me lo habría agradecido, estoy seguro. Un cuchillo muy afilado y un cuello blanco y expuesto: el binomio perfecto. Luego la sangre. Hay que tener cuidado, las huellas podrían delatarme, como ocurrió con la vecina. Aunque soy todo un maestro y no debo cuidar sólo los finales: también debo prestar atención a los detalles, para que nada de aquello vuelva a suceder.

A Gala no la maté. Pensé que era mejor dejarla con su dolor, su muerte figurada, y la grandeza posterior de su propio resurgir de entre las cenizas. En el último momento, lo confieso, no sólo pensé en ella. Imaginé al infeliz del marido, solo y cargado de sospechas para el resto de su vida. No merecía ese destino. El pobre tipo, qué cosas, me caía bien.

Tal vez incluso pensé en mí. En mis noches de insomnio después de ver agonizar a Gala. Toda elección es en el fondo un acto de egoísmo.

Si nunca le hablé a Gala de Miriam fue para evitarle un dolor que no habría podido soportar. Habría querido saber qué tenía Miriam que ella no pudiera ofrecerme. En realidad, en lo esencial no se diferencian tanto. Ambas son fogosas, bonitas y discretas. Ninguna de las dos hace preguntas. Sin embargo, Miriam padece un extraño tipo de daltonismo, muy poco común, que le permite ver lo que otros no son capaces de ver.

A mí, por ejemplo.

Aunque nada de todo esto importa ahora. Lo único importante es el final. El de mi vecina, que también era fogosa, pero no era discreta. El de mi historia con Gala. El de Miriam, en el que estoy comenzando a pensar, con el tiempo que precisa toda buena historia.

Es hermoso saber, o a mí me lo parece, que al final de todo siempre está lo invisible.