View this article in English | bilingual

Axel, perro viajero

La mujer de al lado quitaba las malezas y sembraba rosas que florecerían en el verano. Era una anciana con singular fuerza en las piernas y precisión en las manos. Empujaba el azadón con el pie izquierdo y se agachaba repetidamente hasta encontrar el nicho adecuado para hincar la raíz de las matas. Nos saludábamos tímidamente,  para asegurar nuestra civilidad, pero sabíamos  que no teníamos nada en común y que cualquier conversación sería superflua. Mientras tanto miraba hacia las casas esperándolos. Las puertas se abrirían lentamente siguiendo el ritmo disímil de sus habitantes. En algún momento, pensé, Axel y Lisa abrirán la suya. Lisa se sentará en los escalones de la entrada y encenderá un cigarrillo. Axel caminará algunos pasos y escogerá un lugar cercano para acostarse a disfrutar el buen tiempo.

Lisa intentará un diálogo conmigo en la convención de que, a pesar de los años que nos separan, tenemos en común la escritura. Probablemente pensará que mis libros serán extraños, o innecesarios, y de escaso interés para el mundo. Yo he ojeado los suyos en la librería del pueblo y tampoco me hago al respecto demasiadas conjeturas. Hablan de leyendas celtas, de sagas irlandesas y de historias de emigrantes. Entiendo, por los comentarios de la contraportada, que la autora logra con gran virtuosismo incorporar el lenguaje antiguo en su contemporáneo inglés americano y que demuestra un asombroso talento narrativo en la concatenación de las voces femeninas que despliegan la historia. Pero he leído demasiadas contraportadas. Sigue, pues, un conocido diálogo en el cual Lisa me preguntará si alguno de mis libros está traducido al inglés, y otras falsas curiosidades. Contestaré todas sus preguntas con amabilidad pero con la firme decisión de que el tema de nuestra conversación cambie lo más rápidamente posible. Las personas no deberían hablar de cosas que no les interesan.

Axel nos escucha desde cerca. Es silencioso, más que reservado, temeroso. No quiere ser herido y se comprende.

Supe de Axel mucho tiempo atrás.  Me había hablado de él, Milagros. Me había escrito, en verdad, una larga carta desde el Tyrone Gutrie Center de Irlanda. Sus cartas, en aquella época por fax, eran  narraciones en las que describía a los habitantes del pueblo cuyo nombre tiene una tan complicada ortografía que no me atrevo a reproducir; Annamagarret, quizá, pero seguramente faltará alguna h. Eran cartas muy hermosas las de Milagros, y lamento que se han ido borrando del papel de fax que usábamos en los noventa. Eran hermosas porque a través de ellas nos constituíamos como escritoras. Milagros me hablaba de Axel. Lo había conocido en aquel pueblo y sentía conmiseración por él. Al parecer era muy rechazado y vulnerable. Muy pobre, también, debía contentarse con las sobras.

Lisa y yo hemos terminado nuestros cigarrillos y nuestros imposibles intercambios literarios, de modo que discretamente nos retiramos a nuestros respectivos interiores para continuar con la tarea. Sus padres viven relativamente cerca, y ella, como joven que construye su destino, busca un sitio independiente y apartado para seguir inocentemente su escritura. Algún día tendrá éxito y podrá con sus derechos de autor comprar “su lugar” en alguna parte.

La mujer de al lado ha terminado de sembrar los retoños de los rosales en una pérgola que ilumina la entrada del conjunto paródicamente nombrado Victorian Village, y ha desaparecido. Tengo entendido que llego aquí hace varios años y se fue quedando. Se ocupa del landscaping. Cualquier hipótesis acerca de su vida anterior y de por qué hizo de este lugar su residencia, sería abusiva de mi parte. Me pregunto, sin embargo, qué hace durante los inviernos cuando el trabajo de jardinería sea imposible.

 En sus cartas Milagros daba muchos detalles acerca de Axel, su aspecto, su carácter, su debilidad. Se mezclaba con los escritores y artistas que compartían la residencia del Tyrone Gutrie, particularmente a las horas de las comidas. De vez en cuando alguien lo invitaba a participar y él se acercaba temerosamente, sospechando el odio, pero también con una última curiosidad acerca de la posibilidad de amor de los seres humanos. Milagros describía muy acertadamente ese sentimiento de quien esta todavía atento a la esperanza sin verdaderamente creerlo. Había guardado sus cartas sin ninguna intención ulterior, simplemente porque quería conservarlas, pero no había pensado que las releería. O en todo caso, no con el interés que me suscitaron después de mi regreso. Hurgué en mis archivos con la ansiedad que produce el pensamiento de que aquello que perseguimos sea precisamente lo perdido. En efecto, ese detalle insignificante crece en la tensión de la búsqueda y es de pronto como si el no encontrarlo fuese la mayor desolación. Así me ha ocurrido en ocasiones buscando alguna foto -muy precisamente, esa foto- que supondría una imagen particular de mi madre. Pero di con la carpeta en la que había guardado las cartas que desde Irlanda me había escrito Milagros y encontré la descripción de Axel que se había convertido para mí en un dato imprescindible.

Milagros había ganado una beca de la Unesco para pasar un semestre en la residencia del mencionado centro irlandés y  trabajar en un proyecto cuyo tema ahora no recuerdo. Es fácil suponer que el frío, la neblina, la soledad del idioma, el aislamiento de un pequeño pueblo rural, el encuentro con personas totalmente diferentes a las habituales, son condiciones que inclinan a lo literario y que no le bastaba con su proyecto, de modo que convirtió a Axel en el personaje de sus cartas. Así las leí y con cierta sorpresa porque me parecía curioso que Milagros se ocupara de perros. Sin embargo, muy clara y nítidamente hablaba de dos: Axel y Greta, una perra, en ese caso. Probablemente le llamó la atención que eran perros que estaban allí sin que hubiese ninguna razón, y que luchaban –particularmente Axel- por su supervivencia. Pero ésa es una condición muy frecuente en los perros, estar en lugares que no explican su presencia, o tener un origen totalmente desconocido. Los perros aparecen de pronto, y desaparecen sin huella.

En mis conversaciones con Lisa supe que también había sido residente del Tyrone y que después se había quedado viviendo varios años en Irlanda. Se enamoró de alguien, supuse, pero hubiera sido una intromisión preguntarlo, de modo que me limite a expresar mi sorpresa; tonta sorpresa, porque vivir en Irlanda sin demasiadas razones puede ser extraño para mí pero no para otros. Le comenté que una amiga mía había sido residente allí pero no creo que eso despertara en ella ninguna coincidencia. En ese momento tampoco yo recordaba las cartas. Le pregunté si tenía a Axel consigo desde cachorro y fue entonces cuando me contó que no sabía exactamente su edad. Lo conoció en la residencia en las mismas circunstancias que ya Milagros me había descrito. Cuando Lisa regresó a los Estados Unidos, sintió que era de alguna manera responsable por Axel y lo embarcó con ella. Por eso estaba allí, escuchando nuestra conversación acostado cerca de nosotras, mirando fijamente a Lisa con el temor de que pudiera perderla.

Su temor se acrecentó cuando Lisa inició los preparativos de la mudanza. Había conseguido un apartamento en el pueblo y decidido que ése sería su hogar por un tiempo indefinido. Comenzó a sacar sus enseres: la computadora, varios cojines, una mesa, maletas de varios tamaños, cajas de libros, un quilt, una silla de escritorio. Fue acumulándolos en el jardín frente a su puerta con tranquilidad y experticia. Se había mudado muchas veces en su vida y actuaba con la precisión de una conocedora. Axel sacó su cobija de dormir y la arrastró hacia un rincón, como si fuese el personaje de Snoopy, o un niño winnicottiano. Desde allí la miraba hacer, enfurruñado; más que enfurruñado, protegido en sí mismo, acurrucado. Lisa me explicó que las mudanzas le ocasionaban mucha ansiedad –a él, no a ella- porque temía quedarse sin casa. Le dije que el perro, rodeado de corotos, parecía un homeless. “Exactamente –me contestó-, él fue un homeless”. Comentó después que un amigo vendría con una camioneta para ayudarla a hacer el transporte y metió en su automóvil, ya atestado, más cobijas, algunas cajas de comida, otras maletas. En la casa de sus padres tenía una habitación que seguía siendo de ella, me aseguró como si yo lo dudase; como si de pronto un sentimiento de indefensión la hubiera invadido. Un lugar al cual regresar si las cosas no iban bien. Pero creo que habrán ido bien. Estoy segura de que un día el nombre de Lisa aparecerá en el New York Times Book Review.

Cuando regresé a Caracas me acordé de las cartas de Milagros y de sus relatos de perros. Las busqué ávidamente, como ya dije, porque quería estar segura de que era el mismo perro. No podía ser una casualidad o una coincidencia, se trataba del mismo. De ese modo, Axel, perro irlandés, había seguido la tradición emigrante de sus antepasados, que eran, a su vez, consignados por Lisa en su primera novela, ya que probablemente es también descendiente de irlandeses. No se lo pregunté, pero lo supongo obvio tanto por el tema del libro como por el color rojizo de su pelo y las pecas. Axel, ahora, seguía su destino literario que había comenzado en aquel pequeño lugar de largo nombre en Irlanda –si es que nació allá- y continuado en unas cartas que guardo en Caracas, y que ahora recuerdo en otro lugar que se asemeja a aquél donde nos conocimos.

La mujer de al lado atraviesa el terreno arrastrando una carretilla de jardinero. Es un trabajo pesado para una persona de su edad pero ella lo ejecuta con absoluta frescura en sus movimientos. Tuve una carretilla de juguete cuando era niña. Creo que fue adquirida en Juguetelandia, o si no, en Sears Roebuck de Venezuela. No la utilizaba para jugar de jardinera sino como parte de un diálogo que sostenía con un niño que vivía en mi habitación. Se trataba de una imagen enmarcada y colgada frente a mi cama –no recuerdo si era una foto, una acuarela, o quizás un recorte de alguna revista. El niño estaba sentado en los escalones de la puerta de su casa; la casa de tablones de madera que distingue a millones de hogares en los Estados Unidos. La estación debía ser otoño porque podían verse algunas hojas amarillas en el suelo, al lado de la carretilla. Estaba vestido con unos “overoles”, una franela de rayas, y una gorra ladeada como para darle un aspecto pícaro. Yo sentía una enorme curiosidad por su casa –su hogar o su casa, como quiera decirse. La puerta estaba cerrada y no aparecía ningún adulto ni otros miembros de la familia, pero el conjunto traducía la noción de paz, armonía e intimidad que formaban parte de la imagen de la familia norteamericana de los años cincuenta. El niño, sin embargo, estaba afuera, y parte de mi curiosidad tenía que ver con la intuición de una exclusión; con la premonición de que el niño preparaba una huida. Un niño prófugo del hogar que desmentía así la felicidad domestica que su imagen parecía anunciar. Creo estar bastante segura de que yo quería ser ese niño, o al menos estar allí en aquella casa, y arrastrar la carretilla con manzanas que yo recogería del huerto de mi padre y vendería después a los vecinos como La Pequeña Lulú.

Puede ser que de aquel extrañamiento venga mi voyerismo por las casas ajenas. O era quizás una prefiguración de que en mi vida habitaría muchas casas, mejor dicho, de que habría muchos espacios habitables en los cuales yo viviría. La mujer de al lado ha vuelto a abrir su puerta. Lleva ahora unos guantes gruesos y limpia la maleza que se forma alrededor de la pérgola. Es una maleza intranscendente; muy poca cosa, quiero decir. Una maleza a la que yo no le prestaría atención. La veo hoy decidida a entablar conversación, y evidentemente hablaremos de plantas; que me son tan ajenas como a Milagros los perros, pero forman parte de esos conjuntos en los que reparamos cuando nos encontramos lejos de la “casa” o del “hogar”.

He sabido que su relación con el cuidado de los jardines tiene muchas sobredeterminaciones (su padre, comerciante de rosas; su marido, golfista y diseñador de canchas de golf; su hijo, cirujano de árboles). Estuvo viviendo en una senior citizen residence y la institución rebajaba los costos de los residentes que contribuyeran con su trabajo. Empezó, pues, a plantar, y lo sigue haciendo aquí. Sospecho que ésta es su primera ocupación formal, y que probablemente antes era ama de casa, aunque ignoro cómo logró conseguir un empleo a los 81 años. Misterios del neoliberalismo, o quizá de la esencia de su mismo trabajo: la perenne renovación de la naturaleza. Le confieso mi preocupación por saber qué hará durante el invierno. Me contesta que entonces palea la nieve que se acumula frente a la puerta de su casa; el jardín es de todos pero las casas son de cada cual. Me comenta también que ha vendido la suya. De modo que no sé si considera este cottage su “casa” o su “hogar”.

Los norteamericanos tienen un concepto claramente diferenciado entre home y house, que no se rinde con exactitud para nosotros en hogar y casa.  “Hogar” puede sonar algo cursi –“el calor del hogar”-, o también relacionado con estadísticas -“los hogares dirigidos por mujeres”; o los cinismos políticos -“queremos devolver la paz a los hogares venezolanos”. Cuando queremos decir “hogar”, decimos “casa”. “Regreso a mi casa”; “me esperan en la casa”; ¿qué estará pasando en la casa?”; “nunca escuche decir eso en mi casa”. Casa es un sinónimo de familia. Los norteamericanos preguntan: “¿dónde esta el hogar para usted?”, sobreentendiendo que la casa donde uno esté viviendo no es necesariamente el hogar. Y que uno vive en múltiples casas a lo largo del tiempo sin que todas ellas hayan adquirido el estatuto de hogar. Son expertos en mudanzas. Axel, con el tiempo, también lo llegará a ser.