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Y si ves que no regreso

Mira como llegas, estás empapado, llevo horas esperándote. Te vas a por tabaco en medio de esto. Tenemos que hablar. ¿Y los cigarros, no has traído?

Pues no, pensé que era mejor volver sin ellos que irme yo y que volvieran los cigarros solos. Me imaginé que te enfadarías si los vieras llegar a estas horas tal y como están las calles de peligrosas. No pongas esa cara, he ido a comprar tabaco y lo he hecho pero no me ha llegado uno vivo. Cosas de esta ciudad empinada, empapada, armada.

Te dejé con la palabra en la boca, lo sé. Discúlpame, pero necesitaba fumarme uno. Además hacía un rato que no entendía nada de lo que me estabas diciendo. Gritabas (sin levantar la voz, como sólo tú puedes) y cuando gritas así me entran ganas de fumar (y de besarte en la boca, pero eso no te lo voy a decir).

En fin. Bajé la Décima con cuidado de no caer rodando hasta la plaza Bolívar, bajé haciendo zig-zag como un escalador prudente. En el quinto zig me encontré a Marcelo, me pidió cigarros, por supuesto no tenía y le di alguna moneda; Marcelo siempre escupe al hablar, una especie de agresión salival tolerada. Doscientos zag más abajo encontré al tipo que me vende el tabaco, en la Séptima, al lado de los militares. Me preguntó por ti y como siempre alabó tu belleza (Qué bonita que es su mujer. Sí señor, para usted, yo hace tiempo que no la veo, no puedo verla, ya sabe que el amor es ciego. ¿Por eso lleva gafas? Sí, por eso mismo. Que tenga un buen día).

Encendí uno nada más comprar la cajetilla, seguí caminando y me senté en un parquecito, uno de esos donde me gusta sentarme a observar. Tus palabras me retumbaban dentro. Dejé otros tres cigarros allí sentados para que pudieran sentirse observadores como yo. Les pinté ojos y boca. A uno lo puse con la boca abierta, hablando; el del medio está dormitando y no escucha al que habla sin parar. Él otro, el tercero, tiene la mirada encendida, mira a la nada y busca cerillas en sus bolsillos para prenderle fuego (y fumarse) a ese coñazo de cigarrillo que no deja de parlotear. Los dejé en el banco donde me gusta sentarme a mirar a gente que no es de mi edad. No pongas esa cara. Algunas veces, sobre las doce y media me siento solo -y me siento sólo- entre una decena de ancianos que caminan despacio, se incrustan en los bancos mientras ojean periódicos llenos de muertos y folletos de supermercados. Otros días encuentro niños tragándose arena y gritando mientras se pegan puñetazos a modo de juego; ellos también me hacen quedarme fuera, como un espectador al que sólo le dejan meter una pierna en la sala del cine (el resto del cuerpo se queda fuera observando la película por la ventanita de la puerta). Ahí me fumé otro, a la puerta de ese cine, mirando desde fuera esta película donde sales tú y todos los demás seres reales de esta ciudad.

Recuerdo que iba fumando mientras salía del parquecito de aislamiento. Recuerdo que tardé más de quince minutos en decidirme, no me digas por qué, pero tenía la mente llena de frases tuyas, como si las mías se hubieran desaparecido. Tardé un rato llegar a la conclusión de que ya no tengo frases.

Acto seguido comencé a sentir eso que se siente cuando quieres volver a casa. Así que caminé firme, huyendo como un valiente que vuelve con la cara de culpable recién puesta. No tenía prisa, sabía que me esperabas pero aún así tomé un atajo y acabé cruzando por esa calle concurrida, saturada siempre de trajes oscuros con corbatas de fantasía, con pantalones ajustados, pelo liso de secador y maletines vacíos de piel brillante. Y sin querer, esto te lo juro, sin querer me tropecé con uno de los cuerpos que iba dentro de uno de esos trajes oscuros y le quemé en la mano, le apagué el cigarro en la mano que aguantaba un maletín vacío de piel brillante. Me quedé paralizado y él, el tipo que iba dentro del traje, me miró horrorizado y me dio las gracias ¡Me dio las gracias! Desapareció entre un tumulto de culos que iban apretados dentro de pantalones ajustados y me sentí menos aislado que de costumbre por lo reconfortante del agradecimiento por parte del traje (uno de esos trajes rellenos de persona). Pensé en que hacía mucho tiempo que no me daban las gracias por nada –tú nunca lo haces­– así que me gasté otros diez cigarrillos en las manos, las espaldas y los culos de algunos pantalones con pinzas y en una blusa oscura. Los apagué también en el tobillo que iba sobre un zapato de tacón de aguja y en una oreja que iba bajo una gorra de policía. La oreja también me lo agradeció, le oí decir cosas bonitas pero allá atrás, no pude ponerle mucha atención porque me habían entrado unas ganas súbitas de correr; de alegría me imagino. (Si quieres puedes apagarme alguno a mí y yo haré lo mismo contigo. Así nos daremos las gracias mutuamente).

Fue en ese instante cuando me di cuenta de que debía volver a casa y terminar la demolición: no se puede dejar un trabajo a medias, no podría ser que saliera a por tabaco y no regresara. Seguro que te alegraría verte en esas, te sentirías armada con una frase hecha, perfecta para culparme hasta del primer delito de la historia. No. Yo, si salgo a por cigarros vuelvo; aunque sólo sea por no ponerte tan fácil el relato de mi huída. Jamás dejaría que contaras mi historia en el bar y que la gente pensara que soy un puto tópico. No caerá esa breva. Para huir hay que ser muy valiente y yo, cobarde, aunque sólo sea por joder, vuelvo. Siempre vuelvo.

Me puse a caminar rápido por las calles cuesta arriba, adoquinadas de tal manera que más bien parecían una escalera interminable de peldaños con un centímetro de diferencia. Y empezó a llover. Y me entraron unas ganas enormes de fumar pero tenía prisa, no podía buscar un parque, un banco y unos ancianos entre los que aislarme. Llovía fuerte. Llovía romo. No podía pararme a fumar, tenía que llegar cuanto antes y encendí el cigarro en marcha, le pegué un par de caladas hasta sentir que ya estaba incandescente y justo cuando empezaba a disfrutarlo, plaf. Plaf. Una gota estalla encima del cigarro, justo en la punta. Reventó con una explosión discreta y la metralla atravesó el papel de fumar como papel de fumar. El cigarro, que no sintió nada, no tuvo tiempo, se apagó, estaba empapado. Lejos de acojonarme, tú sabes que no lo hago, tomé otro y lo encendí. Al empapado y roto lo dejé caer en la alcantarilla que corre por en medio del empedrado. Se fue flotando como un soldado de la reserva muerto mucho antes de haber pisado primera línea de combate.

Encendí el siguiente gracias a un alfiler de fuego que brotó durante un instante. Aspiré. Tardé justo lo que se tarda en pensar en la casualidad que lleva a una gota de lluvia a caer en mi cigarro y plaf. Y esta vez no en la punta sino en el medio, una gota tan grande que partió por el centro al cigarrillo, abriendo un cráter en el tabaco, lo desgarró dejándolo con las tripas fuera, gritando. Tocado, inundado, hundido.

Alarmado, que no neurótico, pedí fuego a unos bachilleres que fumaban en la esquina de la tiendita de Doña Auri. Me miraron serio, yo intentaba sonreír pero me temblaban las manos. Quedaban pocas cuadras y procuré pegarme a las paredes de esas casonas viejas buscando el refugio de sus aleros de madera. Corría cuando no tenía más remedio que cruzar la calle, siempre cuidando de tapar con la mano el cigarro que ya se consumía perfectamente. Creo que por eso me dolió más, porque ya estaba seguro que no volvería a pasar, que eso de verlos ahogarse delante de mi nariz sólo era una coincidencia, como lo nuestro (como lo de este pobre país), algo puntual, una mala etapa.

La puta gota era enorme. Calló en picado desde la punta de una teja que se salía unos centímetros de aquel alero. Saltó, más bien, calculando la velocidad del viento, mi desplazamiento y el ángulo de la pendiente. Acertó. A este, me lo arrancaron dejándome la boquilla colgando de los labios como si me hubiera quedado con la cabeza de un cuerpo que acaba de ser guillotinado.

Sí. Y aunque te parezca que todo es un cuento, que no tiene sentido tanta mala ostia y tanta buena puntería, lo cierto es que todos han muerto ahogados por gotas francotiradoras y suicidas. De nada me vale decirte que lo intenté, que corrí, esquivé, salté. De nada me sirve confesar que lo siento, asumir la responsabilidad, clamar que a mí me pasan esas cosas como a ti te pasan esas otras más normales. Tú, tan fumadora social, puedes culparme de todos los errores, tienes todas las pruebas, el jurado está contigo (y además no le caigo bien al juez).

Este es el último. Si quieres lo compartimos o mejor me bajo en un momento hasta la esquina y te busco una cajetilla. ¿Y esa maleta? Puedo preguntarle a los vecinos, siempre guardan algo de tabaco de liar – ¿te vas de viaje?– o mejor me voy hasta lo de Doña Auri, (no entiendo, por qué esas lágrimas) y te traigo algo de comer y esos cigarros que te gustan, los azules. Prometo que esta vez te los traeré todos aunque me disparen todas las gotas de esta ciudad. Plaf*.

*Este es un plaf de lágrima. Las lágrimas mojan menos y suenan a puerta que se cierra.

© Luis Nuño. By arrangement with the author. Translation © 2012 by Maureen Shaughnessy. All rights reserved.