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Entrevista a Sergio González Rodríguez

Carmen Boullosa: Cuando me acerqué a pedirte una colaboración para este número de WWB, comentaste que estás convencido de que la situación por la que pasa México no puede leerse como un asunto de "malos" y "buenos" -los criminales atacando a los inocentes-, sino en otro marco.

Sergio González Rodríguez: La situación mexicana de hoy es mucho más que una película de buenos contra malos. Y, desde luego, hay en ella malicia y muchas otras cosas negativas. Estoy convencido de que el medio literario mexicano padece un trauma frente a la historia del presente en el país. Un ámbito que estaba allí, pero que  era secundario frente a la oferta cosmopolita del supermercado global. De pronto, algo terrible se reveló de cuerpo entero: yo le he llamado la grieta. Y regresaron al uso cotidiano palabras que parecían ya muy distantes: sangre, plomo, guerra, policía, ejército, asesinados, muerte, peligro, daño, terror, silencio. Todo desgarramiento profundo implica un episodio traumático. Y registra un duelo, que en este caso tiene dos grandes vertientes: la certeza frente a las ilusiones perdidas y el proceso de asimilación de una realidad indeseable.  Conviene recordar que un proceso de duelo suele constar de cinco fases: incredulidad; negación; depresión; culpa; resignación. Frente al presente, la literatura mexicana se ubica apenas entre las dos primeras fases: entre la incredulidad y la negación. Quizás está ya en el umbral de la depresión (esto lo ejemplifica el caso del escritor Javier Sicilia que reacciona con la decisión del silencio poético ante el asesinato de su hijo). La mayoría de los libros más significativos que recuperan el tema de la violencia, el crimen o el delito en México son narrativas de ficción de cariz paródico o distanciado mediante alguna retórica parabólica, en el mejor de los casos. En ellas se plantea una distancia incrédula y evasiva frente a la realidad a partir del “humor”. Está ausente el sentido de lo trágico que manejó en su momento, por ejemplo, Martín Luis Guzmán.

C.B.: ¿Y la poesía mexicana ha optado también por esta opción?

S.G.R.: Me parece que no, pues hay excepciones valiosas: la poesía mexicana ha permanecido más abierta a las contradicciones de la actualidad, la supervivencia y el sentido de lo trágico. Y no me refiero para nada a una sacralización de dicha crisis por vía del lenguaje poético. Al contrario: la mejor alternativa en términos formales a lo paródico y el silencio se halla quizás en la propuesta de poetas emergentes que enfrentan la violencia explícita o encubierta desde un lenguaje renovado, potente y lúcido: Feli Dávalos, Morir mejor; Juan Carlos Bautista, El horroroso Caso; Balam Rodrigo, Bitácora del árbol nómada O Claudina Domingo en Tránsito. Son poetas jóvenes que han vivido y crecido bajo una curva descendente: la involución mexicana. Y cada uno la retrata de una manera personal.

C.B.. ¿La violencia de estos últimos años ha dejado ya un impacto formal en la narrativa y la poesía mexicana? Dejemos al lado lo temático, vayamos a la forma. 

S.G.R.: De un modo u otro, la violencia forma parte ya de los temas habituales entre los escritores y los lectores. La crítica periodística los atiende y la academia, como acostumbra, les ofrece una atención paulatina. Pero en el caso de los poetas que ejemplifico, muestran una determinación formal que comienza por su saber y, al mismo tiempo, descreimiento de los valores heredados. Están lejos de buscar la palabra sagrada, universal, de cariz humanista. Tampoco juegan con las piezas de la entropía en el metalenguaje, las re-apropiaciones-pastiche-plagios, ni se entregan a reivindicar la musa callejera actualizada. Lo suyo es una madurez precoz explora las resonancias del pasado para otorgarles una vida renovada, oblicua, alrevesada y compleja respecto de las inercias tradicionales. Un ultra-vanguardismo crítico y diverso a partir de versificación libérrima y neologismos asombrosos. Ni apuestan sólo por la imagen, ni por la metáfora, ni por la narrativa, ni por los experimentos, por decirlo así, sino por todo eso junto y muchas cosas más, siempre desde planteamientos centrífugos, donde se difuminan los términos entre prosa y poesía, entre prosa poética y poemas en prosa. Construyen y reconstruyen, consuman una plasticidad radical de la escritura.

C.B.: ¿Crees que el imaginario mismo ha cambiado? 

S.G.R.: Frente a la violencia, y en general frente a la realidad, los nuevos poetas y algunos escritores han desarrollado un imaginario bifurcado: ya no está hecho de los prestigios consabidos, o no tan sólo de ellos, sino de su re-elaboración. No hay que olvidar que en los últimos años hemos vivido en el mundo una revolución técnica en la vida cotidiana: el modelo humanista, que se centró en el libro como credo y práctica de civilización, educación y comunicación, entró en el ocaso. Las nuevas tecnologías de la información e Internet, como paradigma, transformaron nuestra realidad y, desde luego, nuestros imaginarios. Los nuevos escritores, y los poetas que he citado muy en particular, participan ya de este dinámica en pugna entre lo inercial y sus nuevas perspectivas: ambiguas, escépticas, lúdicas, prospectivas.

C.B.: Publicaste hace un par de años "El hombre  sin cabeza". ¿Cuál es la relación que tienes con este libro, a raíz de la debacle en que estamos sumidos? ¿Asientes, reescribes, cambias, confirmas? 

S.G.R.: Para bien o para mal me tocó jugar un papel ingrato con el libro que citas, al igual que con otro anterior: “Huesos en el desierto”. El papel de Casandra, aquella figura mítica que fue castigada por Apolo con una condena: sería una profetiza infalible, pero nadie le creería. Mis libros anticiparon desde tiempo atrás la tragedia que el país vive ahora. Y muchos creyeron que exageraba yo. Ojalá me hubiera equivocado. Con mis libros quise darle una estatura literaria a una situación en la que otros veían, y ven aún, un simple escenario de nota roja. Me interesaba hacer la historia de un presente difícil, su génesis y complicaciones, algo por desgracia sujeto en los hechos a un impulso oscuro. El tiempo me ha dado la razón.

C.B.: La visión presidencial es que hay un combate al mal (al Crimen) y que los caídos son víctimas de esta "guerra" -palabra que él ha puesto en la charola, y ha retirado varias veces. ¿Hay autores que hayan tomado esta visión para novelarla? 

S.G.R.: Hasta el momento, dicha visión presidencial de quien declaró una “guerra” al narcotráfico como si fuera un acto de superación personal o auto-ayuda a costa de la muerte ajena y sin medir la responsabilidad de por medio, se mantiene distante de la literatura. Supongo que habrá de pasar más tiempo para que alguien se atreva a retomar semejante postura y convertirla, por ejemplo, en alguna narrativa digna. En lo personal, me parece que hay visiones más interesantes. Menciono una de ellas: la irresponsabilidad de las clases dirigentes en el país frente a su propia decadencia. Jorge Ibargüengoitia, que no era ningún novelista humorístico como a veces se tiende a creer, habría hallado la forma para consignar tal desafío. Tomará muchos años para que México recupere el Estado de derecho (Rule of Law) que ha perdido. Para la literatura mexicana queda una lección siempre difícil de aplicar: la imaginación proviene del caos. Ya veremos si nuestros escritores estuvieron o no a la altura de la situación. Hasta ahora, y en su mayoría, esta batalla la llevan perdida.